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QUINCE AÑOS DESPUES
Por Jose Luis Mejia

Uno no se da ni cuenta y ya han pasado quince años desde aquella noche de diciembre cuando, disfrazados de graduados universitarios, con nuestros imberbes dieciséis a cuestas, desfilamos emocionados ante la mesa donde el director nos esperaba, esbozando su eternamente congelada sonrisa, con el inservible diploma en un inglés que jamás he llegado a dominar, pequeño como nuestros logros, de cartón alisado y forrado en una especie de marco de plástico que trataba, inútilmente, de imitar un elegante porta retratos de cuero...


Uno no se da ni cuenta y ya han pasado quince años desde aquella noche de diciembre cuando, disfrazados de graduados universitarios, con nuestros imberbes dieciséis a cuestas, desfilamos emocionados ante la mesa donde el director nos esperaba, esbozando su eternamente congelada sonrisa, con el inservible diploma en un inglés que jamás he llegado a dominar, pequeño como nuestros logros, de cartón alisado y forrado en una especie de marco de plástico que trataba, inútilmente, de imitar un elegante porta retratos de cuero. Aún hoy, en un rincón de mi desordenada biblioteca, sobrevive el documento aquel junto al cual aparezco, joven, tímido, granuliento y confundido, en una foto que le hace honor a los pocos kilos que pesaba entonces y que, sin embargo, para mi psiquiatra, mi subconsciente y mis púberes complejos, me parecían excesivos. Entonces, hoy lo recuerdo, era tan fatalista como ahora. Me preguntaba si llegaría al siguiente milenio, y estos treinta y dos años que arrastro me parecían una fantasía inútil.

De un momento a otro se dispararon los días y los meses y, sin percatarme del tiempo transcurrido, me encontraba ya, reunido con media docena de nostálgicos, haciendo los intentos más serios y graves de reunir, tres lustros después, a los que aquella noche veraniega del ochenta y seis, juramos que seríamos amigos para siempre, y que sólo unos meses después andábamos extraviándonos por distintos y, a veces, distantes caminos.

Ya hace un tiempo habíamos dado inicio al esfuerzo de reunir la información de todos los que anduvimos once años por los mismos patios, pacientes e inmutables, que soportaron riñas y pelotazos, desencuentros y amoríos, faldas al vuelo y ojos impertinentes de varones en ciernes; por las mismas aulas que vieron nuestras palomilladas, nuestros retos al profesor más ingenuo, las burlas implacables de los jóvenes monstruos que éramos y esa
canallada tan cruelmente natural en adolescentes preocupados por demostrarle a todos (y demostrarse) que merecen un lugar en este mundo, que son hombres "bien machos" y mujeres "muy hembras" o "muy damas" (según convenga); los mismos corredores y las mismas paredes que deben recordar todavía nuestras frustraciones y nuestros miedos.
Cuando nos juntamos por vez primera (tras convocar a la reunión por semanas a la que, por supuesto, sólo respondimos los mismos tontos entusiastas de siempre), no teníamos la menor idea de la envergadura y posibilidades de nuestro proyectado almuerzo de reencuentro. Sólo cuando empezamos a atar cabos, cuando la fechas dejaron de ser vagas para convertirse en un número cierto en el calendario, cuando los presupuestos empezaron a llenar nuestra mesa, cuando los correos atravesaban la ciudad urgiendo esto o aquello, sugiriendo que sí o que no, pidiendo, reclamando, convocando, invocando, reconviniendo, explicando y esperando, sólo entonces se abrió ante nosotros
el mare magnum en el que nos habíamos adentrado.

Quince años son toda una aventura. Las reuniones de coordinación se
convirtieron en jornadas evocativas, en tiempo para desandar los caminos abiertos (o devastados). Llegaron pronto las viejas historias, las anécdotas, los días aquellos cuando nuestra única responsabilidad era cumplir con la odiosa tarea de Geometría, o llegar media hora antes para ponerse al día en la clase extraordinaria de Física con que el profesor atormentaba a los menos aprovechados, o elaborar la revista de Ciencias para aprobar de alguna manera un curso del cual apenas sabíamos que H2O era la composición del agua, o aprenderse el poema para declamar en clases de Arte o las líneas del "El Sargento Canuto" para las de Literatura, o hacer el infinito trabajo de Cívica para el profesor aquel a quien convertimos en un amargado con nuestras burlas, o concluir y exponer la monografía sobre algún tema de la historia republicana de nuestra patria que nos parecía tan complicada (a estas alturas debo confesar que hice como cuatro trabajos, vendiendo mi alma a la muchacha ingrata que se fue con otro, a los tallarines magníficos del italiano incorregible, y al amigo entrañable cuya novia de entonces inspiraría, alguna vez, mis versos).

Aquellos días de tranquilidad y armonía sólo se destemplaban cuando la fiesta era esta noche y nos había salido un grano impresentable en plena nariz; cuando la niña de nuestros sueños bailaba todas las canciones con el idiota musculoso; cuando de un pelotazo quebrábamos la luna de la clase de la profesora más histérica que terminaría citando a nuestros padres; cuando no teníamos idea de cuál era la capital de Sudán y esa era la única respuesta que nos faltaba para aprobar el examen y el curso y, tal vez, el año, y la tentación de copiarse del estudioso del al lado era infinita y cedíamos y el profesor se daba cuenta y nos rompía el papel en pedacitos
mientras decía el "tienes cero" lapidario con que se terminaban nuestras esperanzas de estar en la graduación; cuando el haragán del grupo no traía la carátula ni el índice del proyecto ("te estamos dando lo más fácil") y sabíamos que el profesor iba a empezar con la cantaleta de "la responsabilidad en el trabajo grupal es compartida.", mientras, con un plumón infame y rojo, anota un "menos 5 puntos" con el que arruinaba nuestros ya desastrosos promedios; cuando nos olvidábamos del artículo semanal, de hacer firmar el "lesson book", de devolver la prueba (y su mala calificación) con la firma de nuestros padres o cuando, sencillamente, sentíamos que el universo entero se había confabulado contra nosotros porque las cosas no salían como nuestros caprichos adolescentes ordenaban.

Todo esto recordamos en las reuniones, que fueron muchas, y con todo eso en los hombros salimos al frente, buscamos, encontramos, llamamos, escribimos, convocamos y reunimos a una tercera parte de los que fuimos. Otra tercera parte vive en el extranjero (¡oh generación expulsada por la estupidez de nuestros gobernantes!) y el resto lo conforman lo que no pudieron pagar el almuerzo, los que no quisieron, los que detestan acordarse de los tiempos en que eran considerados torpes y afeminados, las feas de rigor a quienes ni el
tiempo ni la cirugía ha sabido redimir, las que no soportan los veinte kilos que ganaron con los años, los acomplejados de siempre y los extraviados (en este y en otros mundos) con los cuales fue imposible comunicarse.

Claro, ya preveo el gesto de decepción de mis compañeros, de aquellos que esperaron de mi crónica el recuento implacable de la jornada, de los que se relamían esperando que hablara de las que llegaron vestidas de fiesta como para recordarnos que les va bien en la vida, los que aparecieron tras una larga ausencia como profesionales exitosos, las que hicieron dieta para que la ocasión las alcanzara con diez kilos menos, los del carro nuevo, las vírgenes avergonzadas, los que llegaron dispuestos a demostrarnos que el tiempo los ha vuelto más audaces y se abrazaron de cuanta rubia encontraron
a su paso, las que llegaban a saldar viejas cuentas, apretadas en ropas estrechas que dejaban inútil la imaginación y escotes agresivos que dejaron mareados a más de uno, los triunfadores, aquellos que agredieron nuestra simpleza con sus agresivas colonias y sus fanfarronadas, las de las faldas cuarta y media encima de la rodilla y las del peinado con fijador y peluquería previa. Cómo hubieran disfrutado de la comidilla, del cuento de quién habló con quién y cuánto habló, de los bailecitos insinuantes, las miraditas pícaras y prometedoras, las botellas de whisky que se evaporaban rápida y consecutivamente; de los estragos que seis horas de alcohol causan
en cualquiera, las que empezaron a despeinarse, los que comenzaron a
entusiasmarse y se quitaron el anillo, las que se olvidaron de repente del marido impaciente que aguardaba en casa, las que no tenían marido de quién olvidarse y coquetearon con todos, los galanes, las sonrojadas, las que se fueron, como aconseja el manual, "a la hora indicada", las que se quedaron porque su curiosidad podía más que el aristocrático paternalismo con que se
sentían ajenas a Eros y a Baco. En fin, podría comentarles del entusiasta compañero que invitó a todos "a seguirla" en su departamento, de su esposa, diplomática hasta lo inenarrable, que miraba, sin cambiar de gesto, como las sillas se manchaban de cerveza, los sillones corrían peligro frente a la infinidad de cigarrillos y la bulla alcanzaba los niveles de escándalo con
que la odiosa de la junta de vecinos tendría una magnífica excusa para molestarla.

Pero no, no he querido que esta cita con la nostalgia sea un hervidero de chismes y me he negado a complacer el morbo de algunos de mis compañeros, sé que mis fieles y queridos lectores sabrán comprenderme.

Por Jose Luis Mejia
mailto:jlmh@ezperu.com
Publicado Sábado, Diciembre 8, 2001


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