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| Si uno le pregunta a un escolar cualquiera cuál es su curso favorito, responderá con la pícara sonrisa de sus pocos años, “el recreo”. Jugar es, seguramente, la manera más elocuente de vivir la juventud. Ese proceso lúdico, donde la imaginación abre las puertas inmensas de la fantasía, es el que nos preserva de futuros desconsuelos y desilusiones. Es a través del juego cómo accedemos de manera natural al universo que nos rodea, conocemos a los otros, socializamos, intercambiamos experiencias y nos convertimos en parte de un conjunto con el que vamos a lidiar, compartir e interactuar, por el resto de nuestra existencia. |
| Si uno le pregunta a un escolar cualquiera cuál es su curso favorito, responderá con la pícara sonrisa de sus pocos años, “el recreo”. Jugar es, seguramente, la manera más elocuente de vivir la juventud. Ese proceso lúdico, donde la imaginación abre las puertas inmensas de la fantasía, es el que nos preserva de futuros desconsuelos y desilusiones. Es a través del juego cómo accedemos de manera natural al universo que nos rodea, conocemos a los otros, socializamos, intercambiamos experiencias y nos convertimos en parte de un conjunto con el que vamos a lidiar, compartir e interactuar, por el resto de nuestra existencia.
“Yo no jugué de niño…”, escribía Chocano, ese gigante olvidado de las letras americanas, y continuaba: “…nadie comprende, nadie, lo viejo que en el fondo / tiene que ser un hombre que no jugó de niño...”. Y casi sin darme cuenta, me encuentro en el recreo del colegio, ¿a las 12:15?, cuando todos salíamos cual tropel de potros desbocados rumbo a la captura de una de las pocas canchas de fulbito, donde sólo se aceptaba a los buenos jugadores (excepción hecha, por supuesto, con el odioso dueño de la pelota que no tenía ni la menor idea de cómo diablos se hacía para dominar el balón por más de tres segundos pero que se disfrazaba de capitán de equipo con la inútil, perfecta y completa indumentaria del jugador profesional que papi le había comprado y que nos recordaba cómo era de sabio el dicho aquel de que “el hábito no hace al monje”, razón por la cual el sujeto era relegado a las posiciones menos importantes mientras repetía a regañadientes que si lo botaban se llevaba el aparato que le otorgaba a él los privilegios y a los demás galifardos la oportunidad de consumir el almuerzo sudando a borbotones en medio de fintas, pases, guachas, chalacas, cabezazos y goles...).
Por supuesto, y felizmente, que el fútbol (¿será que le llevó bronca al bendito juego porque jamás me dejaron entrar en la cancha por no sé qué infundado prejuicio que sostiene que los gordos somos malos deportistas?) no era la única manera de pasar un buen rato de diversión y no era el único deporte que capturaba los patios en medio de gritos entusiastas y a veces destemplados. El básquet también reunía a muchos alrededor de sus aros, generalmente a los miembros del equipo del colegio y a uno que otro despistado que creía que para jugarlo había que ser menos virtuoso que en el “deporte rey”. Recuerdo que eran menos selectivos y permitían que fuera el mismo rigor de la competencia el que se encargara de dejar en las canchas sólo a los más aptos. El vóley tuvo sus épocas, la popularidad que alcanzó el juego con las actuaciones sobresalientes, a nivel mundial, del seleccionado nacional, permitió que muchos que veían ése como un juego femenino o afeminado, dejaran sus prejuicios y se pusieran a dar mates, bloqueos y colocadas, en la veintiúnica cancha del colegio.
Claro, no sólo de pan vive el hombre y no sólo de pelotazos se satisface la juventud. Uno de los lugares que era tomado por asalto (y donde los “grandes” de los últimos años de secundaria imponían su fuerza) era el kiosco de la señora Laura. Era una casita de madera, de esas que ponen en las kermesses y festivales pintada de rojo y blanco (y no por los colores gallarda bandera nacional sino porque la bebida gaseosa, esa que es “la chispa de la vida”, pagaba al contado la decoración que consistía, por supuesto, en un logotipo inmenso e inconfudible). Allí uno podía encontrar variedad de aguas gaseosas (claro, todas las presentaciones de la marca que pintaba el kiosco y, por supuesto, las de la competencia, vendidas de contrabando y a hurtadillas) y las golosinas de toda la vida; la nacionales, por supuesto, esas que comieron nuestros abuelos y disfrutábamos nosotros, ignorantes de los dulces que se elaboraban tras las fronteras (eso porque en los ochentas el liberalismo recién asomaba el rostro -y aún no mostraba los dientes-, y era muy difícil acceder a los deliciosos chocolates importados que hoy atiborran las estanterías de las tiendas). Pero los reyes del almuerzo eran los sánguches, cuyas dos máximas expresiones, el soberbio de pollo con mayonesa y el triple inmortal de tomate, palta y huevo, constituían el botín mayor de los que allí disputábamos un espacio para llegar con nuestras monedas hasta el mostrador donde Laura, Fidel y sus hijos (que estudiaban democráticamente con nosotros) se multiplicaban para atendernos a todos.
Los mayores también aprovechaban el recreo para mostrarse, cual pavos reales, ante las chicas. Si se daba la oportunidad, día soleado, partido exigente, sudor a borbotones y profesores distraídos, él se quitaba la camiseta y mostraba el torso a ella que se reía con las amigas para disimular que sí, sí le había encantado verlo más cerca de Adán y más lejos de los curas que casi nunca aparecían. Era el tiempo de las parejitas (los de quinto con las de tercero), los paseos alrededor del patio, los besos furtivos, los sonrojos y las invitaciones.
Yo fui de los más aburridos. No jugaba ningún deporte y tímido hasta la vergüenza (aunque nadie me crea) era incapaz de acercarme a las chicas intentando desarrollar una conversación que no fueran los “cómo hago esto”, “ayúdame en tal cosa”, “explícame aquello” y el “¿tú crees que puedas?” que si venía de los labios indicados me llevaban toda la tarde a su casa para consumirla haciendo tareas y terminando monografías. Me pasaba el recreo persiguiendo la lonchera de Mario (mi inacabable amigo), tratando de confiscarle uno de los deliciosos sánguches de jamón o, los mejores días, luchando por uno de los de paté, elaborado en casa, por las santas manos de su madre. Otra de mis víctimas era Gustavito, llevaba una bolsa de rosquitas de manteca deliciosas de las cuales, siempre, consumía sólo la mitad, el resto, generalmente, fue mi trofeo. Éramos los que no jugábamos ningún deporte y nos la pasábamos hablando cosas inteligentes como para demostrarnos que éramos demasiado intelectuales como para andar sudando tras una pelota... Y nos lo creímos. Allí, junto al pequeño jardín de cactus, al lado de la biblioteca, consumimos interminables recreos acompañados por otros desadaptados, voluntarios unos, eventuales los otros, y casi siempre, y casi todos, prejuzgados. ¿Qué será de Pepeña? El gordo silencioso y abusado, que me hizo jurarme no aceptar las burlas ni los empellones de los abusivos sin una frase lapidaria que demostrara que su imbecilidad musculosa no podía con mi adiposa inteligencia...
Y, sin embargo, me divertí e hice amigos entrañables. Los abusivos se fueron desdibujando, las preciosas perdieron su belleza inconsistente, la mayoría maduró y se hizo adulta, sólo los más tontos (o los menos afortunados, estoy tratando de no juzgar) se perdieron en los callejones de la estupidez y de las drogas. Si pudiera volver a esos días, si sonara la campana de las doce y quince, si patio se llenara de nuevo con mis compañeros, volvería por un sánguche de pollo, aceptaría que soy malo jugando fútbol y abandonaría a Mario, en los últimos cinco minutos de nuestra conversa, para decirle a la chica aquella (y en el recuerdo se me confunden muchos nombres) que sería feliz si en la tarde pudiéramos hacer juntos las tareas... Por Jose Luis Mejia mailto:jlmh@ezperu.com Publicado Sábado, Diciembre 8, 2001 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |