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| Decimos que Fernán Caballero es la última de nuestras musas románticas. Ahora bien: ¿es justa la clasificación? Por su época, por el ambiente en que transcurrieron los años de su formación, en una palabra, por todo cuanto no es propiamente su obra, Fernán Caballero, es una romántica; pertenece al romanticismo... |
| FERNAN CABALLERO (1796-1877)
“No aspiramos a causar efectos, sino a pintar las cosas del pueblo tales cuales son...” Fernán Caballero.
LA ULTIMA ROMANTICA.
Decimos que Fernán Caballero es la última de nuestras musas románticas. Ahora bien: ¿es justa la clasificación? Por su época, por el ambiente en que transcurrieron los años de su formación, en una palabra, por todo cuanto no es propiamente su obra, Fernán Caballero, es una romántica; pertenece al romanticismo.
Al romanticismo español, en lo que éste tuvo de más refinado y genuino: el de Cádiz del sitio napoleónico y de las cortes; el de las bombas con que “se hacían las gaditanas tirabuzones”, y de los saraos aristocráticos de carácter marcadamente político (¡aquel famoso baile en honor de lord Wellington, en que lució Fernán sus chapines de encaje!), y la Sevilla del San Telmo de los duques de Montpensier. Y también al romanticismo germano de los años infantiles y adolescentes, y al francés.No le falta ni siquiera la obligada pincelada colonial de su estancia en Puerto Rico.
Como personalidad mundana, la de Cecilia Böhl de Faber, no podría presentarse con sabor más marcadamente romántico; considerada como personalidad literaria ya hemos de andar más despacio antes de aplicarle esta etiqueta. Y como, no obstante, el deseo de la “interesada” de no aparecer en la sociedad sino bajo el aspecto de una discretísima dama, fuerza no será ver a Fernán Caballero más próxima a los escritores post-románticos que a aquellos con quienes su exterior parece a lo primero deber emparentarla...
La figura y su marco son por tantos parejos en absoluto de los de una Avellaneda o una Coronado. La obra -lo esencial- es lo que se aparta rotundamente de éstas.Gertrudis y Carolina dieron en todo momento rienda suelta a sus emociones, a los delirios de su numen y de su corazón. Fueron románticas porque instintivas, porque impulsivas; porque el mundo empezaba y acababa en ellas, o en el reflejo que de ellas mismas buscaban en cuanto imaginaban o veían: el amor y el dolor serán, para la primera, sus amores y sus dolores; la libertad y la naturaleza serán para la segunda, la libertad por la cual luchaban los suyos, y la naturaleza vista por sus ojos.
Para Fernán Caballero, la producción literaria será un medio de conocer mejor lo que le rodea, y de expresar cuanto en ella existía de exterior a su intimidad. Y ello a tal punto, tan objetivamente, que consiguió separar por completo su personalidad y su obra. Su seudónimo fue realmente algo que había de disimular su verdadera identidad: Fernán Caballero era un ente nacido con la letra impresa, a ésta sujeto, y que no participaba nunca, ni para nada, en la vida, ni en el espíritu de Cecilia Böhl de Faber.
Ella misma nos dirá, en una página del más famoso de sus libros, La Gaviota, lo que en su opinión debe ser la novela: “Hay dos géneros que, a mi corto entender, nos convienen: la novela histórica, que dejaremos a los escritores sabios, y la novela de costumbres, que es justamente la que nos peta a los medios cucharas como nosotros...” Ya está dicha la palabra decisiva: novela de costumbres. Una novela a modo de fotografía avant la lettre. O sea la negación, más aún, la abstención deliberada de todo asomo de fantasía. Las alas cortadas a la imaginación. Exactamente lo contrario de la ideología del romanticismo. Mas, esto era el propósito. A Fernán, según sus propias palabras, “le salía de adentro contar lo que veía”. Nada más. Ella lo asegura, y debemos creerla. Ahora bien: en lo que veía ¿lo veía todo?
Y ¿no se interpone acaso, entre la realidad y la visión del escritor, aun del más objetivo, un cristal que aumenta o reduce determinados extremos, conforme a una inclinación sentimental existente a priori? Con mayor razón los que nos quieren saber sino de aquello que ha de concurrir a sus fines, o no ha de estorbarlos. El fin, en Fernán Caballero, no puede presentarse más diáfano: era un fin didáctico y moralizador. Y, poco a poco, dejándose llevar de este afán moralizador, llegó incluso a cortar sus relatos con largos y enfadosos discursos, totalmente extraños a éstos.
El costumbrismo de Fernán Caballero viene a ser ascendiente directo del de los hermanos Quintero: su Andalucía no miente; lo que pasa es que calla parte de la verdad, o prefiere ignorarla. Cecilia -no lo olvidemos- era andaluza por su madre, y andalucisíma por su constitución y sentimientos: verdadero prototipo de gran dama andaluza. Pero vino a Andalucía de fuera. La tertulia de doña Frasquita Larrea, su madre, se alzaba en Cádiz como un baluarte de la tradición. Tradición por encima y ante todo, y en todos los aspectos: en literatura para su padre don Juan Nicolás Böhl de Faber, no había salvación fuera de los moldes del siglo de oro; en política, el rey era Nuestro Señor; en moral, no se abría sino un camino: el trazado, estrechísimamente, por la Iglesia católica y las leyes de nuestros mayores. Y este ambiente, respirado en los años más decisivos de su formación, y contra el cual no supo, o no quiso rebelarse nunca; este ideal de antemano prescrito, es el que Fernán Caballero transporta a sus cuadros costumbristas, y el que limita constantemente el campo de su visión.
Pero con límites brotados de hondas raíces. De no haber sido así, no hubiera podido, la autora de La Gaviota, ejercer la influencia avasalladora que fue la suya sobre el desarrollo de su género literario. La Gaviota ha sido, sin duda alguna, la novela española del siglo XIX más leída en el extranjero. El mundo empapóse de ella, como Washington Irving, antes de escribir sus Cuentos de la Alhambra, habíase empapado de La familia de Alvareda por lo típico, lo inconfundible de su sabor. Y La Gaviota ha sido también la novela del siglo XIX más trascendental dentro de nuetro país, gracias a ella, la novela española ha sacudido el yugo de una guardarropía a lo Walter Scott, que amenazaba con hundirnos en las extravagancias de nuevos libros de caballerías. Una vez más el realismo -aun dulcificado por una visión empeñadamente optimista de “la última romántica”- salvaba, autorizándolo, el vuelo de nuestra imaginación.
Francisco Arias Solis e-mail: aarias@arrakis.es URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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