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| "Estamos trabajando para servirlo mejor", eso es lo que rezaba en un cartel de madera que, a manera de tranca o caballete, detenía el ingreso a su calle. Ellos habían llegado de luna de miel y, cargados de maletas, cansados por el ajetreo, con una mala noche y peor amanecer en las aduanas |
| "Estamos trabajando para servirlo mejor", eso es lo que rezaba en un cartel de madera que, a manera de tranca o caballete, detenía el ingreso a su calle. Ellos habían llegado de luna de miel y, cargados de maletas, cansados por el ajetreo, con una mala noche y peor amanecer en las aduanas del país, no comprendían cómo era posible que una frase tan escueta resumiera el hecho de su imposibilidad (en realidad la imposibilidad del taxi) para ingresar hasta la puerta de su nueva casa ("alquilada, no más") en el mismísimo barrio de Miraflores. La casita era linda. Al parecer, los dueños habían realizado una especie de independización que convirtió una gran residencia en dos modernos espacios totalmente separados, cada uno con sus medidores de agua y luz, y con servicios de cable y teléfono individualizados. La circunstancia justificaba largamente el costo del arrendamiento y las condiciones de locación eran realmente irrechazables. Una pequeña y acogedora sala (que sirve también como recibidor), un amplio comedor comunicado directamente con una no muy amplia pero funcional cocina, un baño grande, "como los de antes", y dos cuartos espaciosos, dan forma al primer piso; en la segunda plata, a la que se accede por una encantadora escalera de caracol, un cuarto de servicio, baño, lavandería y una azotea ideal para parrilladas y reuniones con la patota incorregible conformada por los amigos de siempre. Además, la ubicación era inmejorable, el barrio tranquilo y la zona ideal para una pareja de tórtolos recién matrimoniados. Tras una espectacular luna miel, cuyos detalles guardaré en el monacal silencio de mi discreción, regresaron, llenos de maletas y de entusiasmo, a la diaria rutina del esfuerzo por salir airosos en medio de una silenciosa crisis económica que pulveriza puestos de trabajo, mantiene la recesión y nos somete, a los clasemedieros supérstites, a la más duras pruebas de equilibrio entre una aristocracia, que mira con desdén nuestros intentos de "tengo un negocio que si me sale me voy arriba.", y un pueblo que observa con desconfianza nuestra pose de "qué terrible tanta injusticia, deberíamos hacer algo para cambiar todo esto.". Venían dormitando en el taxi (nadie los fue a recoger porque llegaron "día de semana en horas de oficina") cuando el chofer amablemente los arrebató de sus somnolencias: "Señor, señora. Señor. Es imposible continuar, la pista está cerrada.". Y el despertar ingrato y la calle llena de desmonte y arena y maquinaria pesada, y el bendito cartel cerrando el camino con el "para servirle mejor" que les indigestó el desayuno que les dieron en el avión. "¡Cómo!", dijo él repentinamente puesto en alerta. "No es posible, si hace unos días, cuando nos fuimos, todo estaba en orden.". Pero sí podía ser, la calle parecía haber estado bajo el fuego de mil bombardeos. Todo en desorden y una media docena de obreros dándole al pico y a la lampa. Otros operaban una serie de aparatos eléctricos conectados a un gran motor estacionado justo al frente de la casa de los pobres esposos que, además de impedir cualquier tránsito, generaba un ruido ensordecedor que martillaba los cerebros de los infortunados vecinos. Bajaron más que molestos del carro e inútilmente trataron de llamar la atención de alguno de los empleados, el bullicio era tal que los trabajadores permanecían ajenos a cualquier señal. Sólo cuando uno de ellos levantó la cabeza para tomar un poco de aliento, vio a la pareja que, con cara de pocos amigos, trataba de comunicarse con los operadores de esas infernales herramientas de escándalo y destrucción. Ese hombre le pasó la voz a otro y aquel a otro y, así, en una especie de cadena de comunicaciones que llegó hasta el sujeto que, si bien vestía el mismo traje de campaña, lucía un casco de color blanco que lo diferenciaba de los demás, debía ser el jefe. Pausado, con la parsimonia de un trabajador público, el individuo avanzó hacia los recién casados con cara de "y ahora, ¿qué quieren estos..?". Ella, siempre las mujeres más impulsivas que los hombres, lo recibió con un "¿me pueden decir qué diablos hacen?", que le llegó como una bofetada a mano limpia y con viada. El capataz, acostumbrado a estos arranques de ama de casa indignada, le respondió inmutable, "señora, estamos trabajando para servirle mejor", "¿servirme mejor?", "así es", y se dio media vuelta y siguió con sus labores. Claro, él tuvo que intervenir e intervino, ante la presión masculina amainó un poco el ruido y despejaron la calle lo suficiente para que ellos (y no el carro) pasaran con sus maletas hasta la casa. Ahí no quedó el asunto, la Compañía del Agua había decidido cambiar toda la tubería de la zona porque se estaban reportando demasiados reclamos por fugas en el barrio. No encontraron mejor lugar para poner su centro de operaciones que la casa de esta buena pareja que resistió valientemente infinitas sesiones de golpes, traqueteos, y remezones. Eran tan incapaces los supervisores que las señalizaciones de las calles aún accesibles por auto resultaban un desastre. Para ir a ver a la parejita (¿quién no se da una vueltita por la nueva casa de los amigos que acaban de contraer matrimonio para visitarlos, elogiar la decoración y de paso averiguar cómo les fue en la luna de miel?) había que ser topógrafo o, al menos, especialista en descifrar los ininteligibles carteles que los contratistas dejaban regados por el barrio como si fueran las claves secretas para llegar a un cofre lleno de tesoros. Uno entraba por una calle, era desviado a otra por un cartel y una tranca, de allí enrumbaba a una recta que parecía la indicada para encontrarse, al final de esa avenida, con un tremendo hoyo en la pista que hacía intransitable ese tramo, por lo cual debía uno devolverse poniendo retroceso y tratando de no chocar con los otros automóviles en la misma situación que creían que más adelante estaba la luz y no entendían por qué diablos uno andaba como el cangrejo, para atrás. ¿Cuánto duró el suplicio? Para los recién casados, que no pudieron encaramelarse hasta tarde en su alcoba, fue una eternidad de amaneceres bajo el traqueteo de los taladros mecánicos; para todos los demás, poco más de un mes. Las peleas fueron diarias, la tierra en la calle, el jardín destrozado, el bullicio, los obreros trepados en el muro recién pintado de la casa ensuciándolo con los zapatos llenos de barro, los restos de las comidas que la señora aquella traía en canastas de paja, las botellas de gaseosas "de plástico no retornable", los equipos, las maquinarias y, en fin, todo el aparato que una perforación de esa magnitud requería, hizo invivible la linda casita acabada de ocupar por la pareja. Una tarde desaparecieron. Lo que no pudieron las quejas de los vecinos ni las intervenciones del serenazgo, lo pudo el agotamiento del presupuesto y los plazos cumplidos. Como llegaron se marcharon. Todo volvió a la calma. Si bien las pistas no quedaron de maravilla (el asfaltado nuevo dejaba mucho que desear), bastó para que el tránsito se normalizara y para que cada vecino pudiera poner en orden y limpieza la porción de vereda frente a su casa. La felicidad dura poco y las pistas en Lima también. A los tres meses, la Compañía de Teléfonos estaba haciendo exactamente lo mismo, rompiendo pistas y veredas "para instalar la fibra óptica". El jolgorio volvió a su mayor expresión, nuevamente las quejas, los gritos, las amenazas, todo, todo fue inútil. El caterpillar de los telefónicos destruyó, en cuestión de horas, el mes y medio de trabajo de los encargados del agua pública. La historia fue la misma sólo que esta vez el suplicio duró menos, quince días le bastaron a la empresa de comunicaciones para realizar todos sus cambios de instalaciones. El trabajo fue algo más ordenado y la administración se cuidó de no estorbar tanto la vida normal de los habitantes del barrio. No sólo eso, la maquinaria era más moderna y, por ende, menos ruidosa y, para cerrar con broche de oro, trajeron a unos artistas que dejaron las calles como si fuera a pasar por allí el mismísimo Papa en una tercera visita a esta igual de veces coronada villa. Con unos aparatos especiales lijaron, cepillaron, retocaron y repararon de tal forma, que las veredas quedaron extraordinariamente nuevas, limpias y hasta hermosas. Ella, que tenía que limpiar cada mañana y cada noche las toneladas de polvo que la obra producía, se conformó y se calmó cuando aquella tarde, llegando del trabajo preparada para ponerse a luchar con la escoba y contra la inmundicia, se encontró frente a un paraje extraordinario. Estaba tan bien hecha la tarea de remodelación que hasta daba pena pisar las veredas por el temor de dejar una infame huella del zapato sobre tal muestra de perfección albañilerística. Esa noche durmió como una santa, él no tuvo que escuchar las peleas diarias con los empleados de la sección de urbanismo de la municipalidad y todo fue paz. Pero, ya se ha dicho que la felicidad dura poco en Lima y, cuanto más grande es, más breve es su participación en nuestras vidas. A la mañana siguiente. No meses después, no tras una semana, no dos días luego, no, al otro día, al mismísimo siguiente amanecer, ella sintió el sonido característico de ametrallamiento con el que los taladros mecánicos perforan el suelo. Salió en bata. No podía ser. Ya habían hecho de las suyas los del agua y los del teléfono, ¿qué faltaba? ¿La luz? Imposible, los cables pasan por los postes, en el aire, a cuatro metros de altura. Imagínense la cara que puso cuando, a los gritos desesperados que lanzaba al ver su hermosísima vereda convertida en añicos, el que parecía el capataz le respondió: "no se preocupe, señora, estamos trabajando por el progreso de la ciudad, ya los cables no molestarán más la vista, desde ahora tenderemos una red subterránea.". Hace tres semanas que los despierta el susurro de una pala mecánica.
Lima, 5 de abril del 2002 -- José Luis Mejía jlmh@ezperu.com www.buscoeditor.com Apartado 18-1319, Lima 18, Perú pepemejia@hotmail.com (51-1)894-1926
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