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PARA SERVIRLO MEJOR
Por José Luis Mejía

"Estamos trabajando para servirlo mejor", eso es lo que rezaba en un cartel de madera que, a manera de tranca o caballete, detenía el ingreso a su calle. Ellos habían llegado de luna de miel y, cargados de maletas, cansados por el ajetreo, con una mala noche y peor amanecer en las aduanas


"Estamos trabajando para servirlo mejor", eso es lo que rezaba en un cartel de madera que, a manera de tranca o caballete, detenía el ingreso a su calle. Ellos habían llegado de luna de miel y, cargados de maletas, cansados por el ajetreo, con una mala noche y peor amanecer en las aduanas
del país, no comprendían cómo era posible que una frase tan escueta
resumiera el hecho de su imposibilidad (en realidad la imposibilidad del
taxi) para ingresar hasta la puerta de su nueva casa ("alquilada, no más")
en el mismísimo barrio de Miraflores.
La casita era linda. Al parecer, los dueños habían realizado una especie de
independización que convirtió una gran residencia en dos modernos espacios
totalmente separados, cada uno con sus medidores de agua y luz, y con
servicios de cable y teléfono individualizados. La circunstancia
justificaba largamente el costo del arrendamiento y las condiciones de
locación eran realmente irrechazables.
Una pequeña y acogedora sala (que sirve también como recibidor), un amplio
comedor comunicado directamente con una no muy amplia pero funcional cocina,
un baño grande, "como los de antes", y dos cuartos espaciosos, dan forma al
primer piso; en la segunda plata, a la que se accede por una encantadora
escalera de caracol, un cuarto de servicio, baño, lavandería y una azotea
ideal para parrilladas y reuniones con la patota incorregible conformada por
los amigos de siempre. Además, la ubicación era inmejorable, el barrio
tranquilo y la zona ideal para una pareja de tórtolos recién matrimoniados.
Tras una espectacular luna miel, cuyos detalles guardaré en el monacal
silencio de mi discreción, regresaron, llenos de maletas y de entusiasmo, a
la diaria rutina del esfuerzo por salir airosos en medio de una silenciosa
crisis económica que pulveriza puestos de trabajo, mantiene la recesión y
nos somete, a los clasemedieros supérstites, a la más duras pruebas de
equilibrio entre una aristocracia, que mira con desdén nuestros intentos de
"tengo un negocio que si me sale me voy arriba.", y un pueblo que observa
con desconfianza nuestra pose de "qué terrible tanta injusticia, deberíamos
hacer algo para cambiar todo esto.".
Venían dormitando en el taxi (nadie los fue a recoger porque llegaron "día
de semana en horas de oficina") cuando el chofer amablemente los arrebató de
sus somnolencias: "Señor, señora. Señor. Es imposible continuar, la pista
está cerrada.". Y el despertar ingrato y la calle llena de desmonte y arena
y maquinaria pesada, y el bendito cartel cerrando el camino con el "para
servirle mejor" que les indigestó el desayuno que les dieron en el avión.
"¡Cómo!", dijo él repentinamente puesto en alerta. "No es posible, si hace
unos días, cuando nos fuimos, todo estaba en orden.". Pero sí podía ser, la
calle parecía haber estado bajo el fuego de mil bombardeos. Todo en
desorden y una media docena de obreros dándole al pico y a la lampa. Otros
operaban una serie de aparatos eléctricos conectados a un gran motor
estacionado justo al frente de la casa de los pobres esposos que, además de
impedir cualquier tránsito, generaba un ruido ensordecedor que martillaba
los cerebros de los infortunados vecinos.
Bajaron más que molestos del carro e inútilmente trataron de llamar la
atención de alguno de los empleados, el bullicio era tal que los
trabajadores permanecían ajenos a cualquier señal. Sólo cuando uno de ellos
levantó la cabeza para tomar un poco de aliento, vio a la pareja que, con
cara de pocos amigos, trataba de comunicarse con los operadores de esas
infernales herramientas de escándalo y destrucción. Ese hombre le pasó la
voz a otro y aquel a otro y, así, en una especie de cadena de comunicaciones
que llegó hasta el sujeto que, si bien vestía el mismo traje de campaña,
lucía un casco de color blanco que lo diferenciaba de los demás, debía ser
el jefe.
Pausado, con la parsimonia de un trabajador público, el individuo avanzó
hacia los recién casados con cara de "y ahora, ¿qué quieren estos..?".
Ella, siempre las mujeres más impulsivas que los hombres, lo recibió con un
"¿me pueden decir qué diablos hacen?", que le llegó como una bofetada a mano
limpia y con viada. El capataz, acostumbrado a estos arranques de ama de
casa indignada, le respondió inmutable, "señora, estamos trabajando para
servirle mejor", "¿servirme mejor?", "así es", y se dio media vuelta y
siguió con sus labores. Claro, él tuvo que intervenir e intervino, ante la
presión masculina amainó un poco el ruido y despejaron la calle lo
suficiente para que ellos (y no el carro) pasaran con sus maletas hasta la
casa.
Ahí no quedó el asunto, la Compañía del Agua había decidido cambiar toda la
tubería de la zona porque se estaban reportando demasiados reclamos por
fugas en el barrio. No encontraron mejor lugar para poner su centro de
operaciones que la casa de esta buena pareja que resistió valientemente
infinitas sesiones de golpes, traqueteos, y remezones.
Eran tan incapaces los supervisores que las señalizaciones de las calles aún
accesibles por auto resultaban un desastre. Para ir a ver a la parejita
(¿quién no se da una vueltita por la nueva casa de los amigos que acaban de
contraer matrimonio para visitarlos, elogiar la decoración y de paso
averiguar cómo les fue en la luna de miel?) había que ser topógrafo o, al
menos, especialista en descifrar los ininteligibles carteles que los
contratistas dejaban regados por el barrio como si fueran las claves
secretas para llegar a un cofre lleno de tesoros. Uno entraba por una
calle, era desviado a otra por un cartel y una tranca, de allí enrumbaba a
una recta que parecía la indicada para encontrarse, al final de esa avenida,
con un tremendo hoyo en la pista que hacía intransitable ese tramo, por lo
cual debía uno devolverse poniendo retroceso y tratando de no chocar con los
otros automóviles en la misma situación que creían que más adelante estaba
la luz y no entendían por qué diablos uno andaba como el cangrejo, para
atrás.
¿Cuánto duró el suplicio? Para los recién casados, que no pudieron
encaramelarse hasta tarde en su alcoba, fue una eternidad de amaneceres bajo
el traqueteo de los taladros mecánicos; para todos los demás, poco más de un
mes. Las peleas fueron diarias, la tierra en la calle, el jardín
destrozado, el bullicio, los obreros trepados en el muro recién pintado de
la casa ensuciándolo con los zapatos llenos de barro, los restos de las
comidas que la señora aquella traía en canastas de paja, las botellas de
gaseosas "de plástico no retornable", los equipos, las maquinarias y, en
fin, todo el aparato que una perforación de esa magnitud requería, hizo
invivible la linda casita acabada de ocupar por la pareja.
Una tarde desaparecieron. Lo que no pudieron las quejas de los vecinos ni
las intervenciones del serenazgo, lo pudo el agotamiento del presupuesto y
los plazos cumplidos. Como llegaron se marcharon. Todo volvió a la calma.
Si bien las pistas no quedaron de maravilla (el asfaltado nuevo dejaba mucho
que desear), bastó para que el tránsito se normalizara y para que cada
vecino pudiera poner en orden y limpieza la porción de vereda frente a su
casa.
La felicidad dura poco y las pistas en Lima también. A los tres meses, la
Compañía de Teléfonos estaba haciendo exactamente lo mismo, rompiendo pistas
y veredas "para instalar la fibra óptica". El jolgorio volvió a su mayor
expresión, nuevamente las quejas, los gritos, las amenazas, todo, todo fue
inútil. El caterpillar de los telefónicos destruyó, en cuestión de horas,
el mes y medio de trabajo de los encargados del agua pública.
La historia fue la misma sólo que esta vez el suplicio duró menos, quince
días le bastaron a la empresa de comunicaciones para realizar todos sus
cambios de instalaciones. El trabajo fue algo más ordenado y la
administración se cuidó de no estorbar tanto la vida normal de los
habitantes del barrio. No sólo eso, la maquinaria era más moderna y, por
ende, menos ruidosa y, para cerrar con broche de oro, trajeron a unos
artistas que dejaron las calles como si fuera a pasar por allí el mismísimo
Papa en una tercera visita a esta igual de veces coronada villa. Con unos
aparatos especiales lijaron, cepillaron, retocaron y repararon de tal forma,
que las veredas quedaron extraordinariamente nuevas, limpias y hasta
hermosas.
Ella, que tenía que limpiar cada mañana y cada noche las toneladas de polvo
que la obra producía, se conformó y se calmó cuando aquella tarde, llegando
del trabajo preparada para ponerse a luchar con la escoba y contra la
inmundicia, se encontró frente a un paraje extraordinario. Estaba tan bien
hecha la tarea de remodelación que hasta daba pena pisar las veredas por el
temor de dejar una infame huella del zapato sobre tal muestra de perfección
albañilerística.
Esa noche durmió como una santa, él no tuvo que escuchar las peleas diarias
con los empleados de la sección de urbanismo de la municipalidad y todo fue
paz. Pero, ya se ha dicho que la felicidad dura poco en Lima y, cuanto más
grande es, más breve es su participación en nuestras vidas. A la mañana
siguiente. No meses después, no tras una semana, no dos días luego, no, al
otro día, al mismísimo siguiente amanecer, ella sintió el sonido
característico de ametrallamiento con el que los taladros mecánicos perforan
el suelo. Salió en bata. No podía ser. Ya habían hecho de las suyas los
del agua y los del teléfono, ¿qué faltaba? ¿La luz? Imposible, los cables
pasan por los postes, en el aire, a cuatro metros de altura.
Imagínense la cara que puso cuando, a los gritos desesperados que lanzaba al
ver su hermosísima vereda convertida en añicos, el que parecía el capataz le
respondió: "no se preocupe, señora, estamos trabajando por el progreso de la
ciudad, ya los cables no molestarán más la vista, desde ahora tenderemos una
red subterránea.".
Hace tres semanas que los despierta el susurro de una pala mecánica.

Lima, 5 de abril del 2002
--
José Luis Mejía
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Por José Luis Mejía
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Publicado Viernes, Abril 5, 2002


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