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| ¡Cómo recordó aquella tarde el consejo materno! “Anda al baño antes de salir”, le decía su madre cada vez que, apresurado, se despedía rumbo a la calle. Y entonces detenía el apuro, se dirigía al “cuarto pequeño” y se deshacía del exceso de líquidos que su cuerpo no iba a poder contener por todas las horas que iba a durar su ausencia de casa. |
| ¡Cómo recordó aquella tarde el consejo materno! “Anda al baño antes de salir”, le decía su madre cada vez que, apresurado, se despedía rumbo a la calle. Y entonces detenía el apuro, se dirigía al “cuarto pequeño” y se deshacía del exceso de líquidos que su cuerpo no iba a poder contener por todas las horas que iba a durar su ausencia de casa. Pero, claro, esa tarde de invierno, cuando la garúa mojaba todo y la humedad calaba sus huesos desacostumbrados al frío, él salió raudo de la casa y no hubo madre que le repitiera la advertencia aquella. Primer día de clases. Tras semanas de exámenes, clases modelo y entrevistas, al fin iba a poder compartir sus conocimientos de administración de empresas con sus nuevos alumnos. Resultar electo luego de un proceso de selección tan exigente era todo un triunfo. Sin duda, la celebración valió la pena. Con sus pocos años y con tan reducida experiencia profesional, habían sido, sin duda, sus calificaciones y cartas de recomendación las que habían inclinado la balanza a su favor. Los artículos publicados en la revista de la facultad y esa tesis sobre “Las particularidades del mercado local”, que obtuvo un “para publicar” y el “summa cum lauda” ambicionado, debieron significar mucho en la decisión del comité de selección. Todo esto venía, además, con un dulce sabor a desagravio. En “su” universidad, donde pasó seis años quemándose las pestañas, donde fue jefe de prácticas por cuatro años y donde realizó sus mejores esfuerzos, lo habían rechazado. Algo en su carácter, en su “capacidad de relacionarse”, en su “comportamiento social”, había perjudicado su extraordinario desenvolvimiento académico. Nunca entendió la explicación del decano, pero no pudo dejar de comprender la situación cuando el sobrino del secretario general de Administración, un sujeto que jamás compitió con él en calificaciones y que si alguna fama tenía era de mujeriego y bebedor, ocupo la plaza por la que peleó y se afanó durante tanto tiempo. Así que esa tarde se preparó con cuidado, con la misma paciencia que un novio se viste antes de emprender el camino sin retorno hacia el altar y con la concentración de los jugadores antes de salir a la cancha a librar el partido definitivo. Sacó el mejor terno del armario, lustró con parsimonia sus zapatos, buscó la correa indicada, planchó su camisa más elegante y rescató del olvido la corbata azul, esa que su padre le regalara hace ya tantos años, único amuleto que lo acompañaría en esta nueva etapa. El contenido de su curso estaba absolutamente dilucidado y desarrollado, en los últimos cinco días había revisado todos los libros que tuvo a su alcance y tenía los papeles más que listos. La orden para imprimir copias del “syllabus” la había entregado con la debida anticipación, junto con la de las primeras separatas del curso. El maletín estaba listo y revisarlo por enésima vez no iba a cambiar nada. Una siesta fue necesaria para liberar la tensión que lo estaba matando. Así que, terminado el almuerzo y tras revisar por última vez unas citas que iban a ilustrar la clase introductoria, se lanzó a los brazos de un vespertino Morfeo. Esa hora de sueño fue reparadora. Con nuevos bríos y mucho entusiasmo se metió a la ducha, se dejó acariciar por el agua ligeramente fría y salió despabilado de la regadera. Se vistió con la calma de quien no quiere arrugar la tela ni apresurar los minutos. Una vez listo, cogió el maletín, salió de la casa y se embarcó en un taxi hacia la universidad. Ni pensó ni consideró que fuera bueno ir al baño y se olvidó, en medio de tanto preparativo, de los consejos maternales. Como era de esperar, llegó temprano. Pasó por la secretaría, saludó a todos con la sonrisa del “nuevo”, firmó el libro de asistencia y recabó de la oficina las copias que necesitaba. Miró el reloj, eran las cinco de la tarde. ¡Vaya premonición! Las cinco de la tarde, la misma hora en que salen los toros y que un poeta español, cuyo nombre no recordaba, hiciera inmortal: “A las cinco en punto de la tarde”. Lo que sobraba era tiempo. Las clases tardarían una hora en empezar y dar vueltas por el patio no era una solución válida. Así que aprovechó para conocer el salón de profesores y, siguiendo las indicaciones del guardia, llegó hasta la sala donde todos los catedráticos hacían tiempo, preparaban materiales, redactaban exámenes o, sencillamente, descasaban, fumaban un cigarrillo y tomaban café. ¡Vaya sorpresa! En una mesa, al fondo, conversaban animosamente Mario y Pepe, viejos amigos del colegio. Se les acercó algo tímido pero pronto se sintió en ambiente cuando fue recibido por la estruendosa voz del gordo que lo reconoció de inmediato y lo estrechó en un abrazo. Mario, más ceremonioso, le alargó gentilmente la mano. La charla se hizo indispensable. Conversaron de todo, recordaron viejos tiempos y dieron una revisión somera, antojadiza, benevolente y algo tamizada a sus respectivas historias. Hablaron de los amigos comunes, de política, de religión y filosofía. Se sentaron animosos, se sirvieron del delicioso café pasado “especialmente preparado para la plana docente” y él acompañó al flaco con un cigarro. Los minutos pasaron extraordinariamente rápido. Sin mediar explicaciones, Pepe dio un salto mientras miraba el reloj de la pared y al grito de “¡la hora!” salió rápido del lugar. Un instante después, Mario hacía lo mismo mientras le recomendaba, “corre a tu salón, que se hizo tarde”. “¿Sabes dónde está el baño?”, preguntó. “Sí, acá a la izquierda, pero ya estás tarde, mejor ve a clases y dentro de un rato das un break y vas al baño en tu facultad, en el segundo piso, a la derecha…”. Y antes de terminar la frase ya estaba saliendo por la puerta mientras él recordaba la frase materna y se lamentaba de la taza de café que había incrementado su cuota de líquidos en el cuerpo. Quedó atónito. Eran las cinco y cincuenta y ocho mientras él recordaba los consejos del decano. “Le recomiendo que llegue temprano al aula, la universidad tiene una política muy estricta con respecto a los horarios, queremos desterrar la mala costumbre de la tardanza y debemos empezar por dar el ejemplo. Si usted es puntual y rígido en el tema, le aseguro que no tendrá problemas durante el ciclo…”. Las palabras del jefe martillaban su cerebro mientras devoraba a grandes trancos la distancia hacia su salón. Llegó cuando sonaban las famosas campanadas de la Iglesia de al lado, prueba contundente y celestial de rigidez y exactitud eclesiástica, convertidas ahora en el cancerbero con que las autoridades administrativas de la facultad controlaban a sus profesores. El salón estaba tan lleno como su pobre vejiga. Treinta muchachas y chiquillos lo miraban con una cara que denotaba asombro. Era también para ellos su primer día de clases. A verlo entrar tomaron asiento y guardaron silencio. Él sentía ya los estragos de tanta continencia. Se controló. “Todo está en la cabeza, autocontrol”, se repetía mientras ingresaba sus códigos en la máquina que en la clase estaba dispuesta para tomar asistencia. Como pudo pasó lista. De pie, tras el atril negro que le cubría tres cuartas partes del cuerpo, se contorsionaba buscado inútilmente la posición adecuada. Se presentó, dijo su nombre y habló generalidades del curso. En mitad de su propia tragedia, no escuchó a los alumnos que hablaban de ellos y explicaban por qué pretendían ser administradores. La urgencia se hacía insoportable. Su inocente esfínter había sido exigido al máximo y la angustia se hacía desesperante en estos cincuenta minutos de suplicio. Tomó una decisión. “A ver… Usted”, dijo con seriedad señalando a rubia que se sentó más cerca de su pupitre, “hágame el favor de repartir estos papeles… Mientras tanto, señores, haremos un receso para que puedan revisar el contenido del curso y formular sus preguntas, en diez minutos retomamos la clase…”. Sin escuchar lo que alguien al fondo preguntaba sobre los exámenes, abandonó el salón como quien huye de las balas del enemigo. El baño, el baño, ¿dónde estaba el baño? Sí, en el segundo piso. Subió de prisa pensando que tenía que voltear a la izquierda (“los baños siempre están para ese lado”). Llegó y no vio a nadie, ingresó a la habitación y estaba vacía. No encontró los urinarios así que de inmediato ingresó a uno de los apartados, levantó la tapa y, con una sensación que reunía todo el alivio y la felicidad del mundo, liberó su cuerpo. Terminada la ceremonia, jaló la manecilla que da paso al agua limpia, se acomodó la ropa y volteó para salir del cubículo. Cuál no sería su sorpresa cuando, por la puerta de metal entreabierta, vio a su rubicunda alumna que, junto con otras dos muchachas, que creyó reconocer de su salón, se arreglaban frente al espejo. Cerró de inmediato. Se disgustó. ¡Qué hacían ellas allí! ¡Qué desparpajo! Estaba tomando aire para ir a enfrentar a estas chiquillas desubicadas y atrevidas cuando escuchó más voces de mujer. En un instante el baño se llenó de féminas. Sus oídos recibieron todo tipo de conversaciones, banales e irreproducibles, castas y sensuales, procaces e intelectuales. Las chicas no sólo hablaban mientras se maquillaban o se lavaban las manos, si no que, además, se seguían comunicando a viva voz mientras una ingresaba a uno de los reservados a liberar los fluidos acumulados. Entró en pánico. Primer día de trabajo y ser descubierto escondido en el sanitario de damas era una condena. La tragedia se cernía sobre su cabeza. Sudó frío. Se paralizó. El gentío aumentaba y todas estaban apuradas porque, según decían, ya estaban tarde. Eso hizo que las que ocupaban los inodoros fueran requeridas por las que aguardaban su turno. Iban tocando las puertas, todas contestaban un “¡ya salgo!” agudo y, al poco rato, sonaba el alcantarillado recibiendo una nueva descarga de agua. Todas se apuraban menos “la de la derecha”, claro, la de la derecha era el pobre profesor que se hallaba en medio de una crisis nerviosa, congelado, sin saber qué hacer. Resistió estoico. Afinó la voz lo más que pudo y dijo “voy a demorar un poquito”. Un murmullo cómplice y unas risitas burlonas recorrieron la habitación, pero nadie más insistió porque en ese mismo instante, las campanas de la iglesia empezaron a sonar. Todas salieron apresuradas, comentando de los profesores nuevos, la fiesta de bienvenida, el chico de la camisa a rayas y la tontería esa de la puntualidad con que las habían torturado toda la semana anterior en las clases de preparación. Él se rehizo. Arregló sus ropas, se peinó el cabello, secó como pudo el sudor que lo había empapado y salió del baño como escurriéndose. Cuando llegó al salón, la rubia estaba en la puerta, con un grupo grande de chicas que reían mientras ella les contaba, haciendo una mueca de repugnancia, de la pobre que se iba a demorar en el baño… Por José Luis Mejía http://www.buscoeditor.com Publicado Miércoles, Mayo 29, 2002 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. 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