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| “En el peaje lo paso”, pensó mientras iba acelerando dándole caza al auto negro que ya por un buen par de kilómetros había conseguido mantener la delantera a fuerza de acelerar más allá de lo permitido por el reglamento de tránsito. Pero, ¿quién iba a decirles nada a esa hora de la madrugada? A las tres de la mañana no hay policías controlando las carreteras y no se perciben más señales de vida que la del solitario cobrador en la única caseta iluminada y disponible para hacer el pago del derecho de tránsito correspondiente. |
| “En el peaje lo paso”, pensó mientras iba acelerando dándole caza al auto negro que ya por un buen par de kilómetros había conseguido mantener la delantera a fuerza de acelerar más allá de lo permitido por el reglamento de tránsito. Pero, ¿quién iba a decirles nada a esa hora de la madrugada? A las tres de la mañana no hay policías controlando las carreteras y no se perciben más señales de vida que la del solitario cobrador en la única caseta iluminada y disponible para hacer el pago del derecho de tránsito correspondiente. También puede verse a uno que otro camión de carga que, de norte a sur o viceversa, llega a Lima trayendo su preciada carga de alimentos para esta gran ciudad que sembró sus chacras con cemento y se volvió por completo dependiente de los grandes valles provincianos.
Cuando sonó el despertador, el reloj marcaba las dos de la madrugada. Intentar acostarse temprano fue inútil. Las dos niñas estuvieron especialmente juguetonas y fue imposible dormirse antes de las once. Que contarles el cuento, que arroparlas, que acompañarlas hasta que se quedaran dormidas. No importaba, sus hijas son su alegría y pasar un rato más con ellas era un sacrificio largamente aceptable. Así que a las dos, con sólo tres horas de sueño, se sobresaltó con el traqueteo de la máquina que le avisaba que ya era tiempo de entrar en acción. Saltó de la cama. Fue al baño, tomó un largo duchazo que lo despabiló por completo, le dio un beso a su mujer, revisó que las niñas durmieran plácidamente y salió rumbo a ese compromiso que, a estas alturas de la noche, empezaba a parecer absurdo.
Salir hacia la carretera fue sencillo y no le tomó sino unos pocos minutos. Las calles despejadas le hacían entender por qué hay taxistas que prefieren trabajar de amanecida. Nada más cómodo que transitar por las avenidas que a estas horas parecían anchas y amables, sin microbuses imprudentes, sin conductores prepotentes ni policías abusivos que acechan.
Iba cuestionándose tan bizantina decisión cuando ingresó a la carretera y vio a otro automóvil, en su misma dirección, conducido por un señor igualmente vestido de oficina y con cara de haber madrugado. “¡Ajá!”, pensó, “otro que se dirige al mismo lugar, ni loco dejo que me gane, voy a ser el primero en llegar...” y fue acelerando el coche a velocidades que él comúnmente estimaba exageradas y peligrosas. Sí, no había duda que ambos se dirigían al mismo sitio porque apenas pisó el acelerador, el carro que iba adelante se alejó considerablemente como llevado por el diablo.
¿Qué hacía a esa hora de la madrugada en la carretera haciéndole “carreritas” a un desconocido al cual sabía secretamente que lo unía un destino común? ¿Cómo llegó a esta situación? ¿Qué había pasado? Reflexionó y se encontró un par de semanas atrás discutiendo con su esposa cuál sería el mejor colegio para sus hijas. La oferta es grande y variada, hay para todos los bolsillos y para todos los gustos. Él, un tipo normalmente racional, había decidido que desea para sus descendientes una educación moderna que incluyera un acento especial en el tema de los valores y las cualidades humanas, sin dejar de lado el acceso a la información y el adiestramiento en el uso de las herramientas modernas y en el conocimiento de, por lo menos, un idioma extranjero.
Tras una exhaustiva investigación y luego de hacer todo tipo de consultas con amigos que habían pasado por la experiencia, concluyó que eran tres los colegios que se aproximaban a sus propios deseos y posibilidades.
Uno era un tradicional colegio fundado hace más de sesenta años por una exigente y prestigiosa maestra inglesa que, antes de venir a educar a las niñas “bien” de Lima, se desempeñó como maestra de jóvenes de sangre azul en Inglaterra. El segundo un colegio religioso que ha crecido mucho últimamente, cuyos promotores son miembros de una congregación católica conservadora. Y el tercero, una de esas modernas instituciones que aparecieron en la década pasada ofreciendo lo mismo que los carísimos colegios tradicionales (“contactos”, familias de nombre, relaciones sociales) a precios asequibles para nuestra pequeña burguesía trabajadora y aspirante...
Pues bien. ¿Cómo después de dos entrevistas encantadoras donde dos amables señoras habían vendido a sus respectivos colegios como los mejores de Lima, pudo terminar esa madrugada haciendo lo imposible por pasar al automóvil que tenía adelante sólo por llegar primero a la fila de inscripción? Terquedad y sólo terquedad.
Cuando fue al colegio en mención, ideal para clasemedieros pudientes con intenciones aristocráticas, pensaba que su ubicación era ideal. A las afueras de Lima sus hijas se crecerían en un ambiente libre de contaminación, sin humos de carros, desechos tóxicos de fábricas o “smog”. Esos kilómetros fuera del casco urbano, que para muchos pesaban en la decisión de inscribir allí a sus hijos, se recuperarían rápidamente en la carretera, moderna y asfaltada, que conduce al sur.
Él y su mujer se sorprendieron de la poca atención que puso el portero a la hora en que solicitaron el ingreso para conversar con la persona encargada de dar informaciones. Sin embargo, siguieron adelante, ingresaron a la oficina que les indicaron y vieron que en un escritorio, a unos cuantos metros se encontraba, escribiendo algo en la computadora, una rubia que más parecía vestida para promocionarse que para explicar el funcionamiento del colegio a dos padres de familia. Esperaban, como en los casos anteriores, que el mismo director los recibiera para poder conversar con él, pero supusieron que el colegio había encargado esta conversación previa a esta señorita que, seguramente, sabría resolver todas sus inquietudes.
“Señorita...” empezaba a decir amablemente cuando fue interrumpido por el “un momentito” que le pareció absolutamente fuera de lugar, mientras la dama seguía sin levantar la mirada trabajando con las teclas displicentemente. Unos minutos después, cuando terminó de hacer quién sabe qué, levantó sus grandes ojos verdes y dijo con la amabilidad de una vendedora de tienda “en qué puedo servirlos”. Luego de las presentaciones de rigor, él se puso a formular las mismas preguntas que hiciera en los otros dos colegios y que tan paciente y clarificadoramente habían resuelto las directoras que ya empezaba a extrañar. La de los cabellos rubios contestaba sin ganas, casi con monosílabos, como si estuviera realmente aburrida de su misión. Sin embargo algo impulsaba a los buenos progenitores a seguir con la charla. “Es un buen colegio” pensaba, “seguramente esta muchacha pasa por un mal día y no por eso va a arruinar la reputación de esta escuela”. Continuaron. En un momento él dijo: “¿será posible que conozcamos las instalaciones del colegio?” y ella, con cara de “otra vez”, contestó con un “si quieren” que era como para desmotivar a cualquiera.
Salieron al patio principal. Caminaron unos pasos y la chica, sin moverse de su metro cuadrado, inició lo que parecía un discurso memorizado y repetido cien veces, “a la derecha tienen el área de recreación, a la izquierda el pabellón de primaria, el de secundaria al frente, esta es la cancha de fútbol”. “Señorita”, dijo él cuando ya empezaba a molestarse, “sé perfectamente que esa es una cancha de fútbol, gracias.. En fin, dejemos eso, ¿podría decirme por dónde será el área de crecimiento del colegio? Le hago la pregunta porque sé que la matrícula ha aumentado en los últimos años y ya empiezan a quedar chicas las instalaciones...”. “Sí, sí, eso es por allá”, dijo señalando el único terreno desocupado de los alrededores mientras, para absoluta sorpresa de la pareja, agregaba, “pero no es seguro, los papeles aún no salen y a lo mejor no se realiza la compra...”.
Regresaron a la oficina. La dama siguió con el interminable y monótono discurso sobre las virtudes del colegio mientras les entregaba un encarte a todo color en el cual se hablaba más y mejor de las ventajas de inscribir al niño en esa institución “moderna y eficiente”. Cuando concluyó, él, financista al fin y al cabo, solicitó las condiciones económicas, las cuales no aparecían en la papelería entregada. Ella hizo un mohín de incomodidad, apretó ciertas teclas en la computadora y apareció, en la impresora, una hoja que detallaba los precios de la matrícula, la mensualidad y demás gastos administrativos.
Finalmente, cuando la pareja ya se miraba con cara de “qué hacemos acá”, llegó la explicación que habría de calar en las más íntimas fibras del alma competitiva y burguesa del gerente. “Para el ingreso de los niños dividimos en tres grupos a los postulantes, uno es el “sobresaliente”, otro de “aprobados” y por último los “desaprobados”. Los primeros ingresan automáticamente, los que no pasan el examen no tienen posibilidad de inscribirse y la matrícula se completa con los “aprobados”, en orden de llegada...”. “¿En orden de llegada? ¿Puede explicarme?”. “Sí, para poder dar el examen hay que recabar una ficha, esas fichas están numeradas, quien llega primero tiene preferencia...”. “¿Y ese es el criterio?”. “Sí, es en orden de llegada...”. No preguntaron más, se levantaron y se despidieron...
Mientras aceleraba se preguntaba, ¿qué diablos hacía a las tres de la madrugada en la carretera? ¿No era una tontería eso de seleccionar a los niños por el número de inscripción? ¿No era de comedia que sólo el orgullo lo impulsara a tremenda aventura? ¿Qué podría ofrecerle un colegio que basaba sus criterios de selección en el lugar que los padres ocuparon en la cola? ¿Cuántos como él se dejarían arrastrar por el tonto complejo de “ser el primero”? Al menos, uno más, ¿o dos o tres? Ya estaban ingresando a la urbanización y eran cuatro los automóviles que avanzaban raudos en una silenciosa y no declarada competencia. Él mantenía el segundo lugar pero el que iba al frente no cedía terreno. Llegaron al famoso desvío del pantano y el líder se equivocó... “¡Tomó la derecha, tomó la derecha!”, gritaba solitario y feliz mientras él se hacía de la primera posición. Entraron a la urbanización donde se encuentra el colegio y casi no pudieron divisar nada con la pésima iluminación pública.
“Eso sí”, se dijo, “no voy a hacer el ridículo de salir corriendo del automóvil”. Así que estacionó y bajó con calma. Vio que lo mismo hacían los otros dos señores y decidió ser cortés, les cedió amablemente el paso y pensó que el número 3 no era tan malo. Cuando iba llegando a la puerta del colegio fue escuchando voces y carcajadas. No entendía bien lo que decían y poco a poco fue descubriéndose la burla de una multitud que esperaba en la misma puerta haciendo cola... “Ja, ja, ja, creen que son primeros, ¡qué tontos!, miren cómo corren, ja, ja, ja...” Y, ya iluminado por las luces del local pudo divisar a medio centenar de padres de familia que hacían sorna de los recién llegados.
Le pareció de pésimo gusto. Caminó despacio y se puso último en la cola con cara de pocos amigos lo que no evitó que, desde las sombras, unas voces hicieran un par de comentarios burlones. Una vez en la línea no puedo evitar mirar a los demás. A su lado estaban los otros dos competidores de la carretera. Todos los que allí hacían cola tenían la misma apariencia. Hijos de la burguesía, gerentes y dueños de empresas en crecimiento que veían en ese colegio el lugar adecuado para sus hijos. Toda era “gente bien” que se había pasado la noche en vela para asegurar un cupo para sus descendientes (no está de más suponer que ninguno de ellos previó que sus vástagos pudieran quedar en el grupo de los “sobresalientes” y se aseguraron “posiaca”). Los más previsores habían traído bancos y sillas playeras, tenían termos con café, gaseosas, sánguches, cigarrillos y frazadas. La envidia de la cola era el número 7, se había premunido de un moderno TV a baterías y veía no sé qué serie antigua de esas que pasan los canales locales en la madrugada.
Cuando llegó, con la cara adusta y el ceño fruncido, aquel que iba encabezando el grupo en la carretera pero que volteó a la derecha no pudo dejar de reírse de la ingenuidad humana y se unió la coro de voces que carcajeaba y gritaba: “Ja, ja, ja, creen que son primeros, ¡qué tontos!, miren cómo corren, ja, ja, ja...”.
Claro, sólo un poco más duró su estupidez. Cuando ya amanecía, la luz del sol le dio una visión más clara del panorama. La patética fila de señoritos empeñados en que “su” hijo estudiara en “ese” colegio se perfiló a la perfección desdibujando el grupo de anónimos padres de familia que se había pasado la madrugada burlándose de los apuros de cada uno de los despistados que fue llegando pensándose el primero. Sonrió, se dio cuenta de todo, recordó a la rubia displicente y mononeural, repensó la tontería de escoger a los muchachos por “orden de llegada”, se vio andando a toda velocidad por la carretera y divirtiéndose con los errores de su silente y anónimo competidor y abandonó el grupo, que había comenzado a formarse, según supo luego, desde las seis de la tarde del día anterior. Subió a su carro y se fue a su casa a tomar desayuno con su mujer y sus princesas, a las que inscribió en el colegio de monjas, sin colas ni correteos de por medio, a las nueve de la mañana. Por José Luis Mejía http://www.buscoeditor.com Publicado Miércoles, Mayo 29, 2002 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |