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La lucha por la paz o la obsesión por lo imposible
Por Andrés Felipe Arango García

La necesidad de buscar caminos para la paz radica, no en un fin o uso material de la misma, o simpemente para que no hayan más muertes y se acaben las guerras, sino porque la paz es signo del equilibrio ineterior que el hombre requiere, para poder desarrollarse como tal y trascender sobre las limitaciones que su entorno le pone y sobre sí mismo.


La lucha por la paz o la obsesión por lo inútil


Andrés Felipe Arango García




 Situación.

Ante el no menos desesperanzador inicio de lo que fue el final del siglo, ante esta panorámica de muerte y fin del camino de la vida, ante esta profecía cumplida de un niquilismo absoluto, valga la redundancia, surge la pregunta de si tiene sentido el continuar buscando caminos de paz para el hombre y la sociedad. Buscar caminos de paz para el hombre, pero ¿para cuál hombre? ¿Qué sentido tiene buscar caminos de paz si el hombre se encuentra totalmente enajenado y aniquilado por el mundo y la sociedad que lo rodea? En un mundo donde el hombre ha muerto para el hombre ¿ para qué buscar caminos de paz?


 Pax Temporalis y Paz aeterna

San Agustín señala en De civitate Dei, que la paz del mundo es una pax temporalis, lo cual advierte que es finita, y que la paz del cielo, o sea, de la ciudad de Dios, es una pax aeterna, o sea, sine fine.

Desde esta perspectiva se podrían hallar lagunas razones para buscar caminos de paz para el hombre. La paz, representaría una prenda de la paz que espera a ser gozada después de esta vida, cuando los muertos resuciten, de acuerdo con la esperanza Cristiana. Además nos prepara para merecer y vivir dignamente esa paz eterna, pues “quién es capas de lo poco es capas de lo mucho”.

Sin embargo, esta razón se cae ante el niquilismo mencionado o muerte de Dios. Con la muerte de Dios, mueren todas sus cosas, incluso la paz. Es como las deudas de quién se muere: se acaban. Incluso, suponiendo que no se acabara, sí se quedaría sin sentido, pues Dios es la razón última para buscar esa paz, pues la paz eterna, no es más que el goce total de Dios todo en todo. Entonces si Dios ha muerto, ¿quién o qué será el fundamento de ambas clases de paz? Luego buscar caminos de paz no tiene sentido, es la obsesión por lo inútil.







 La visión materialista de la paz.


Desde un punto de vista materialista, urge buscar y encontrar caminos rápidos y seguros hacia la paz. Un pueblo en guerra no trabaja, no produce, o si lo hiciera, carecerían las cosas de valor, bien por la situación o bién porque por la misma guerra serías destruidas. Para entender esto, basta hechar una mirada a la realidad económica de nuestro país. Un país en guerra es desempleo, miedo, tensión, estrés y otra cantidad de cosas que impiden el trabajo. Eso a nuestro mundo capitalista no le conviene. Hay que asegurar la paz del mundo para que el hombre se pueda dedicar a producir y consumir tranquila, masiva y pasivamente. Si no hay paz, no hay producción, sino hay producción no hay nada que consumir y el capitalismo se viene al suelo. La paz entonces es la inversión más valiosa e importante que nuestras sociedades capitalistas deben realizar y tener en cuenta al realizar sus presupuestos anuales de inversión.

Sin embargo, sabemos que la economía es frágil y susceptible de ser afectada por cualquier suceso, ya sea humano o natural. Entonces surge la pregunta: Si la economía capitalista se derrumbara, ¿qué pasaría con el hombre? O más bién, si la economía capitalista se derrumba, ¿qué hacer con el hombre destruido que nos queda? Si no hay hombre para el cual construir la paz, ¿para qué paz? Quedamos en la misma situación del comienzo: la paz sería inútil.


 La paz como conservación del hombre.


Nos queda el hombre, y la pregunta del hombre por el hombre.

Decía al comienzo que el hombre se encuentra aniquilado, desesperanzado, muerto en vida. Eso no es una idea, es una realidad. El valor del hombre se encuentra determinado por lo que produce y lo que consume. El hombre ya no se pregunta por sí mismo y, en consecuencia, no se interesa por sí mismo. El valor trascendental del hombre ha sido totalmente relativisado, en el mejor de los casos, por que en otros la trascendencia del hombre ha quedado limitada a la capacidad de ascenso dentro del escalafón social. Si a esta realidad sumamos la no- paz, nos encontramos con un hombre que no es hombre sino de nombre, pues le es absolutamente imposible preocuparse por sí mismo y por si desarrollo como tal. En contextos y ambientes de no-paz, el hombre solo puede tener su pensamiento y sus fuerzas fijas en “sobrevivir”, en escapar de su enemigo. El resto se queda atrás, en el olvido. Su trascendencia, la vida en sociedad, y todas las dimensiones del hombre, quedan sin desarrollar, sin “explotar”, pues es imperativo salvar la existencia.

Es precisamente en este desierto existencial en que se encuentra el hombre, donde adquiere sentido el encontrar caminos seguros y rápidos hacia la paz.

La no- paz, responde a un desequilibrio interior del hombre. Cuando esto sucede, este no se puede desarrollar como tal, pues todas sus potencias interiores, están dirigidas hacia el desequilibrio, lo cual se manifiesta en actos de violencia, en actos de no – paz externa.

La maravilla del cuadrado es su equilibrio: cuatro lados iguales que se sostiene entre sí. En cambio, el paralelogramos, como su misma definición lo señala, tiene dos pares de lados desiguales, o sea, que hay desequilibrio. Así es cuando el hombre no tiene paz: va todo a una extremo.

Así es de suma importancia el buscar caminos de paz, pues esta representa el equilibrio de hombre, desde el cual empieza a preguntar e interesarse por sí mismo, y comienza a desarrolla todas y cada una de las dimensiones de su vida: social, política, religiosa, laboral, familiar, etc., el cual desarrollo constituye el punto de partida y horizonte de trascendencia del hombre.

Decía el Filósofo Colombiano Fernando González, que una cultura sin metafísica (sin trascendencia) no es cultura. El punto de partida para la trascendencia es que el hombre esté en paz consigo mismo y con los demás hombres de la sociedad a la que pertenece y de toda la sociedad humana.





Por Andrés Felipe Arango García
mailto:afag99@epm.net.co
Publicado Sábado, Octubre 5, 2002


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