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Reseña sobre Carlos Lopez Dzur
Por David Paez

Carlos López Dzur es el autor de El hombre extendido (una de cuyas ediciones en papel data de 1987). En muchos de los textos incluídos, el joven escritor (que por enfrente tiene un anchuroso camino) plasma un lenguaje propio del chicano, del mexicoamericano y de individuos fronterizados.


Carlos López Dzur es el autor de El hombre extendido (una de cuyas ediciones en papel data de 1987). En muchos de los textos incluídos, el joven escritor (que por enfrente tiene un anchuroso camino) plasma un lenguaje propio del chicano, del mexicoamericano y de individuos fronterizados. Un lenguaje que usted lo escucha con facilidad en la calle y que López Dzur asimila de manera inteligente y lo escribe en función de diversos pasajes cotidianos de la vida del chicano.

El léxico de su libro (que fue premiado en el Certamen Literario Chicano de la Universidad de California, Irvine, en 1986) se recrea
maravillosamente por su buena literatura. Pero las quejas por la manera como se encuentra escrita la obra, no habrán de faltar, pero, sin embargo, para quienes son de mentalidad abierta, no será sino un
documento más que servirá para aumentar el cúmulo de conocimientos sobre nuestra sociedad.

López Dzur es el tipo de escritores que no ven prejuicio alguno en escribir el lenguaje de una clase tradicionalmente marginada y, en alguna época, muy combatida. Pero, quisimos preguntarle, teniéndolo en
nuestras oficinas, ¿para quién escribe? ¿Cuál su intención y quién espera él que sea su público? y grabamos lo que dijo:

«Tengo una idea definida y dinámica acerca de la tarea de escribir.

Mi poesía, por ejemplo, no es beneficencia pública, lástima intelectual por ningún lector, sea de clase privilegiada o de una clase desventajada. No hay una intención populista en El hombre extendido, sino el experimento personal de extraer del discurso escatológico y la podredumbre de un lenguaje maldiciente, proletario y agresivo, aquello que es un grito sublime, humano y por justicia...

Quizás un poema del libro que refleja que no pretendo el populismo es el que titulé 'Como un barrio desolado'. El lenguaje del hablante es el del tijuanero mataperro, pero ese hablante que habla en caló de la frontera articula su reacción a lo que está más allá de ese lenguaje vulgar... ¿Recuerdas el poema? cuando dice:

Ya no quiero mi boca.
Fuma. Bebe. Se enchila.
Su lenguaje lastima sin o con palabras.
Es la boca del bar, del Fracaso's, de Adelita's,
la boca de los chistes, la irónica y culera boca
de valemadre, valeverga, irresoluta encarnación
del pito, convertida en sonidos, risa, maldiciones.
Arráncala. No quiero más la lengua de Pepito,
la boca pirujera que alucina...

El lenguaje poético que mejor lo define es
atropellante, pero quiere ir a ese momento que como
personaje, o hablante lírico, dice que es su llamado
quedo, armonizador, al corazón: «Corazón, te llamo
quedo. / Culero como soy, te llamo quedo. / Vuelve
como un cuate y dáme un alma»... No es, pues, nada de
engañoso lo que yo hago con el lenguaje, o los niveles
léxicos, o de discursos ideológicos posibles que se
diseñan en mi literatura de un modo u otro... Diría
que siempre, en términos generales, soy lírico y no
atropellante; pero yo atropello lo que es inauténtico
y falsario...
Yo soy el feo de ese texto que titulé 'Una fea como
yo'. Y feo significa que tengo una voz lírica que no
pretende asociar la poesía a la exquisitez y la
bobaliconería burguesa ni a la falsa consciencia que
tan común es entre la gente sencilla y proletaria...
Para mí, la palabra cotidiana, la del 'Uno' o del 'Don
Nadie' heideggeriano, la palabra cotidiana dicha por
el rico o por el pobre, por el opresor o por el
oprimido, merece un ultraje... Hay que confrontarla,
seducirla, transmutarla, quitándole las máscaras,
desnudándola, revolcándola con maniobras de sorpresa,
con ironía socrática. Hay que abrirla, chotearla,
llenar su encuentro con expectativas, aún con
incredulidad y sorna, burlonamente. En ese sentido, yo
soy el feo, el provocador, el sospechoso nato».
El hombre extendido es un extenso poemario sobre la
migración en el sentido más profundo. Trata sobre el
ser-hombre que sale desde sí, a lo que López llama su
«echada» e «inmanencia» (confieso no estar
familiarizado con tales conceptos, a lo que él dice
que es innecesario saberlo y que, simplemente, explaye
mi propia reacción); esta salida es para
exteriorizarse y solverse con otros, con el mundo.
Este hablante lopezuriano se comparte y su destino más
propio no lo comprende si no por la historicidad de su
hallazgo con el mundo.

Un tema es la escapada del migrante, su necesidad de
salir del solipcismo existencial y datarse al
construirse su hallarse social e intramundano. El
hablante escapa de dioses absolutos, de mitos
encarceladores y opresivos. El autor funge como un
hermeneuta, o intérprete crítico de los mitos. Va de
Sumeria a Mesopotamia, de Mesoamérica al Caribe, en la
tarea reinterpretante. Ciertamente, sus hablantes
salen de sí, de la soledad primitiva, de la mente
bicameral, no integrada, de las cavernas platónicas
del mito y de la Maya ilusoria, extendiéndose en
beneficio de la familia y la tribu. Se reencuentra
humanamente con la geografía y los paisajes, de modo
más objetivamente antropológico. Sus hablantes migran
desde su pánico oscuro, subjetivo (como si superasen
las cavernas descritas por Platón para explicar la
cognición efectiva) para dar génesis al conocimiento
de la Lógica que desafía la ilusividad de la
incertidumbre y la falta de reconciliación con la
sustancia y la biología. Este comienzo en el tránsito
hacia la Razón organizadora es necesario a su esfuerzo
sociológico por describir la problemática existencial.

El hombre existencial de López Dzur es lo que él
llama sus «textos sobre la esfera de la manifestación
dolorosa del hombre». La migración comienza en La
Caída, la pobreza y explotación histórico-social que
surje cuando el hombre olvida los valores de conexión
con lo sagrado, con sus vínculos naturales y
espirituales, con el Todo. Desde tal estadio de olvido
y separatividad, el hombre ya no tiene inocencia,
humildad básica, sentido armónico y pro-integrador,
sino agresividad egoica.

El hombre extendido es, desde sus comienzos, el ser
social emplazado y su relato, su mensaje al mundo, es
uno relacionado a la desobediencia, a la necesidad de
cambio social y espiritual. El hombre extendido es
impuro y protestatario. Es el hombre natural sin que
con ello, al decir de López, sea por determinismo
histórico el Lobo de Hobbes. Más bien, como dice en
uno de sus poemas, es «Job sin Hobbes». El poeta juega
de contínuo con las referencias filosóficas y
religiosas lo mismo que con las onomatopeyas.

CRITICA POLITICA: En algún momento de la historia de
los Estados Unidos, hay que recordar que los chicanos
fueron tan perseguidos como los negros. Los rancios
yankees de regiones como la de Texas, a pesar de haber
despojado a México de la tierra que pisaban, no han
podido olvidar la manera tan hostil cómo les trató el
gobierno mexicano, o las rancherías armadas de Pancho
Villa y, por ello siempre se han mostrado racistas. A
pesar de la pérdida de territorios tan ricos como el
de California los Ku Klux Klan no dejan de perseguir a
los morenitos donde quieran que se topen con ellos.

«El verdadero problema de los EE.UU., cuando ocurre
la Revolución Mexicana de 1910, no es que el mexicano
sea indeseable. De hecho, ellos ya estaban aquí, y la
inmigración mexicana que viene, huyendo de las
injusticias del populismo y el revanchismo de la
Revolución Mexicana, es gente predominantemente
blanca. No son los morenitos... De 1905 a 1914, cuando
llegaron a los EE.UU., cerca de 10.5 millones de
inmigrantes, lo que más preocupara a Washington y sus
esferas de poder es que quienes llegaban provinieron
del Este y el Sur de Europa, es decir, la índole de
ideologías socialistas y anarquistas que esta gente
trajo o pudo traer... De hecho, el Congreso de EE.UU.
no simpatizaba con la causa revolucionaria de México;
pero sus acciones restrictivas a la inmigración de
extranjeros datan de 1907 y tuvo muy poca relación con
una reacción de odio racial al mexicano, a los que ya
tuvo bastante controlado en sus viejos bastiones
ancestrales. A la nación preocupó más los aspectos
culturales de la interacción entre minorías. El que un
mexicano fuera anarquista tenía más importancia que el
que fuera simplemente un morenito. Ahí tienes el
ejemplo de Flores Magón, fundido en chirolas de Texas,
por su actividad política, su anarquismo, su capacidad
para propagandizar».

A pesar de esta aclaración de López Dzur, él admite
que en El hombre extendido las confrontaciones que
EE.UU. tuvo en ese periodo con naciones como Cuba, han
servido de pretexto para que el racismo en algunos
momentos se haya convertido en verdadero apartheid.

«La guerra entre EE.UU. y España, dizque en favor de
la independencia de Cuba, es más territorial y
política que racista. Los EE.UU. sabrá imponer su
títere (el primer Presidente de la República de Cuba
en la persona Estrada Palma) y manipular militarmente
a la isla, mediante la Enmienda Platt y la
intervención militar que hizo en Cuba en 1906, pero
esencialmente el racismo contra los negros lo aportó
el liberalismo cubano y su miedo a los elementos
anarquistas que allá proliferaban en ese entonces».

Los chicanos, como los afroamericanos, debieron
luchar mucho por lograr la igualdad de derechos que,
legalmente, ya tienen, pero que en lo social está
lejos todavía de aceptarse. Hay muchos ejemplos que
hablan de una discriminación no declarada, pero
efectiva: la exclusividad para blancos en algunos
núcleos residenciales, las caras feas cuando un
morenito entra a un centro de diversión, la
desconfianza cuando algún mestizo acude por alguna
mercancía a crédito, discriminación en determinados
empleos. 'Se admiten perros, pero no mexicanos'.

Sin embargo, el apartheid funciona también con otras
razas. Lo más lamentable es que el mismo se aplica no
únicamente por parte de los anglos, sino hasta por
quienes son de otras razas. Hay poemas del libro donde
López Dzur nos señala que el coyote, o el pollero,
entran en esa categoría explotador, opresor y
homicida, de su propia gente, por ejemplo: Negada fue
la Tula verdadera, Etica de la deuda, Mojada la roca y
su polvo y Un crimen sigue ahí.

Así como los chicanos batallaron muchos años para
lograr un sitio en la sociedad son, en la actualidad,
los indocumentados los que llevan la cruz sobre sus
hombros. La historia que se cuenta en El hombre
extendido la ofrece un personaje que se resiste a ser
un conquistado, un hombre que lleva ya 30 años en los
EE.UU., pero que fue un inmigrante:

El mundo puede ser muy largo.
Ancho en cada latitud.
Hasta pulsado por las aguas de vecinos
(ajenos) hemisferios.
Las fronteras pueden dividirnos.
Un pinche chingadazo hacernos ya no hermanos.
Enemigos. Pero yo aquí, carnal,
ni modo que ser un conquistado.
Treinta años llevo.

Aquí yo sembré árboles.
Yo coseché lechugas, piñas, cebollas, corazones.
Y una forma del nopal echó sombreros y hongos
y siemprevivas y abrazos
y lazos y canciones
y una forma del barro me hizo máscaras
y patadas pa'l fútbol y me dio porras
y plebes y petardos...

Los abuelos y padres de los chicanos jóvenes fueron
creando, con el tiempo, su propia identidad. Una
identidad que incluiría vestimenta, costumbre y
lenguaje. El caló chicano sería algo natural, ignorado
y despreciado, por otros grupos raciales, incluyendo
el mexicoamericano que se asimilaría completamente,
tras varias generaciones. El personaje que cuenta la
historia de El hombre extendido, por no querer ser
conquistado, se aferra al lenguaje modificado, a veces
desfigurado por el barbarismo y los neologismo, que
permea este libro. La necesidad de una identificación
peculiar hizo al chicano distinto de otros grupos, aún
los de su propia clase social y racial. El chicano aún
busca identidad y, aún teniendo profesión y estatus,
no abandona el lenguaje que usó de niño o cuando
joven: lenguaje de ghetto y de frontera.

El lenguaje tiene que ver con la sociedad o los
grupos sociales que adoptan un discurso diferenciador
ante ciertas presiones o rezagos, no siempre con el
nivel intelectual que permea el discurso hegemónico de
la sociedad. Esto, sin duda, es una condición humana
que explica el por qué López Dzur alterna el lenguaje
poético tradicional y uno que es marginal. El no
encuentra una contradicción en crear esta ambivalencia
en su personaje que, en cierto modo, es su propia voz.
Respecto a este asunto dijo:

«La voz poética del "hombre extendido" es dinámica;
no se quedó presa en un hoyo, en un ghetto. Es una voz
esperanzada que ha crecido. Cuando él habla sobre sus
memorias, sale de sí un boquirroto, asalvajado. Esa
voz poética que irrumpe hacia el futuro aún quiere
eternidad, no detención. El hecho es que si le pone
presión sicológica le sacas el caló, la emoción de su
lenguaje, su nostalgia, su dolor... Yo visualizo la
dignidad con que ese coronel de García Márquez en su
novela, reacio a vender un gallo (que es símbolo de su
voluntad e identidad peculiar), aún ante la presión
del hambre y una pensión o carta que no llegara jamás,
se desquite diciendo, ante la pregunta del que voy a
comer ahora de su mujer, pues comeremos MIERDA... la
palabra sucia y escatológica tiene una dignidad; pero
quien de su vida hace un chiste de Pepito, un vacilón
o agandalle valemadrista, permanente, la pierde... La
intención de la voz poética, tal como está expresada
en 'El hombre extendido' es aplicar presión, es decir,
una especie de 'arousal theory', directa a la psiquis
del sujeto de mi ficción y, por supuesto, para alguno
que otro lector que, como dices, se da el caso de que
prefiera una exquisitez al caló, o que yo provea un
lugar común que sea un elemento más para su
temperancia y falsa consciencia...»

«En sicología, la técnica de 'arousal theory' tiene
el propósito de sacar del sujeto las memorias
reprimidas. El resultado suele ser sincero, a veces
desagradable... El problema cotidiano de la palabra es
que su contexto referencial más puro está traicionado
por las máscaras de la propia persona. Mucha gente que
utiliza la metáfora ilusiva del American Dream, el
mito de su asimilación a Norteamérica, está en
artificial contradicción con su pasado. Se desconectan
con sus sentimientos. Una residencia legal, o la
naturalización como ciudadanos estadounidenses, o el
aprendizaje del inglés, los hacen creerse más gabachos
que la madre de Rush Limbaugh o un matarife del KKK».
Usted puede ver a un médico, a un abogado, a un
líder, a un profesor incluso, todos chicanos, hablando
el lenguaje de sus antepasados. Sus propios hijos lo
hablarán. Incluso, su lenguaje (quizás por la alta
identificación racial, familiar, que hay entre sí) fue
llevado a México y se ha propalado el llamado
chicanismo. Las chicanadas son comunes en México.
«Bueno, habría que hacer distinciones entre un caló y
un lenguaje regional, influído por el inglés y a veces
por el español campesino, de rancho o el que se ha
heredado oralmente. Se habla el lenguaje que se puede
y se quiere. Esto es así por la presión que vivimos en
los EE.UU. donde la hegemonía del inglés es
determinante. Hay familias indocumentadas que tienen
muy graves problemas de comunicación interfamiliar. El
padre y el abuelo hablarán en español, pero ya el hijo
no... También hay un asunto de actitudes. Hay padres
que, en nuestros barrios, para que su hijo aprenda
bien el inglés no le hablan en español. Hay complejos
de inferioridad, fobias etnoculturales... Yo llegué a
palpar, en los comienzos de las comunicaciones y las
interacciones entre grupos étnicos, cosas que son
interesantes, pero que ya han sido superadas. Antes
del Movimiento Chicano de los '70 y del gran auge de
la radio y la televisión en español, había muchísimos
mexicoamericanos que se avergonzaban de hablar en
español, o algo que se pareciera. Quienes, diez años
atrás, buscaban o leían la pequeña prensa en español,
incluyendo La Opinión y Miniondas, lo hacían a
escondidas, con vergüenza y culpa. ¡Pretenciosidad de
haberse asimilado!»

«Los 'pochitos' y 'pochitas' no precisamente
hablaban el español, creaban sus pandillas para darse
una relación nueva con la cultura: su rebelión primera
fue contra su propia familia, culpándola por la
pobreza, el origen campesino, con valores
tradicionales y el idioma, barreras que no sirven en
la escuela ni en el mundo del éxito y los negocios...

La pandilla es un refugio ante la pérdida de
autoestima. Lo que indujo entre esos chiquillos al
deseo de imitar el 'mainstream' fue un rechazo de lo
propio, una reacción al desconocimiento de que hay
héroes y modelos a seguir en la comunidad. Fue
necesario que se dijera, primeramente, Black & Brown
are Beautiful, antes que empezáramos a creer en el
idioma y afirmar con orgullo el apellido hispánico;
fue necesario que se viera a gente exitosa y no
avergonzada de su ancestro... Lo interesante y
esperanzador es que el inmigrante se extiende, crece,
aprende de sus erranza; ese es el mensaje de mi
libro».

López Dzur explica que el lenguaje no debe ser sujeto
a prejuicios sociales. Sin embargo, quienes tienen el
control social imponen sus jerarquías de valores y
desdeñan el lenguaje de las minorías.
A la más nueva generación, el hombre extendido dice:

Deja que me conozca plumas de tecolote
y oiga ronca mi voz que da consejos
a sombras cuyas luces sólo escarban
un chingo en las travesuras raigales
del musgo; déjala que haga el sexo
y la libertad le dé chavalos y soles
con rizos en la frente
y que en las galaxias heroicas
de su virginidad se subviertan
evoluciones y castas...
Déjala viajar, que no sea mensa
en esclavitudes tradicionales...

En el texto 'Deja que ella conozca' se habla a la
hija nacida por la relación con una gabacha. Es
evidente que el autor habla para la comunidad
inmigrante y la mexicoamericana. El habla para todos
ciertamente. En el poema citado se expresa que los
padres no debemos reprimir el deseo de nuestros hijos
por lograr su propio lenguaje, o amoldar su lenguaje
al nuestro; es un rechazo a todo método y propósito
coercitivo, incluyendo la sexualidad. En otro poema el
acento es acusativo contra los anglosajones que han
traicionado el ideal de justicia descrito en la
Constitución.

Pero ante esta encrucijada de ideas y lenguaje,
¿propondrá López Dzur un ideal de lector o sólo un
ideal de inmigrante? A esto respondió: «En primer
lugar, yo no impongo creencias. Sólo espero que mi
lector no sea un bobo. Si mi poema es un río desatado,
que él no nade contra la corriente. Que deje de leerme
de inmediato y escriba su propio poema, en el cual él
se ponga a buen resguardo y se sienta satisfecho...
Leer un poema de otro debe ser una experiencia
empática. Un yo me vacío para que tú me llenes, aunque
sea por un momento... En cierto modo y volveré a
utilizar la imagen del 'hombre extendido', el lector
de poemas es como el inmigrante que llega, o cruza,
documentada o indocumentadamente, a un país cuyo
lenguaje, costumbres y tradiciones, les son
desconocidas...

Yo siempre estoy buscando para mi voz poética un gozo
que yo llamo la 'eternidad presente', por lo cual
tengo que romper la dictadura de la indetención de la
palabra, ese momento en que la palabra se maquilla
demasiado con una objetividad de superficie. La letra,
sin espíritu, mata. Apaga. Enfría la imaginación...
Cada personaje mío es como un duende, un sátiro, el
feo provocador...

Quien se asuste del duende que habla en caló, en
ciertos momentos, no merece leer un texto mío. Puede
que él sea un lector de meras letras, al que sólo le
gustan las sencilleces predecibles, las lindas bobadas
bien rimadas y no los raptos ni las emociones
desafiantes...

No hay cosa peor que leerle un poema a un bobo. Y la
facha y pasta más común en que ese lector débil, muy
lleno de sí mismo, burro lleno de letras, se aparece
es como el legislador moral. Ese que dice que tras una
mala palabra, o un giro metafórico, no se esconde algo
nuevo. Este lector pasivo está ya satisfecho con una
especie de continuidad dictatorial, con la seguridad
de sus propios márgenes léxicos y verbales; ya a él
será muy difícil de conmover... Si lees mi texto La
eternidad presente sabrás a lo que me refiero».
Que la raza tenga su lenguaje muy propio, ello está
bien, porque significa un lazo de unidad entre los
hijos de los mexicanos que abrieron con su sudor y
sangre a éstas, antes inhóspitas tierras. Los EE.UU.
le debe a los chicanos, a los hijos de campesinos
inmigrantes, una gran parte de su progreso económico y
también la modificación de algunas ideas que sus
gobernantes han tenido sobre el mundo.

Les recomendamos El hombre extendido porque López
Dzur nos ayuda a comprender ese proceso: el doloroso
pasaje del que porfía, con desprecio, al mexicano
'Nada te debo', el que olvida su cúmulo de aportes a
la nación y, en el aspecto positivo, el que reconoce y
agradece. Ante este último, ya no es necesario que el
oprimido y marginado se plantée la interrogante del
personaje del libro.
«¿Cómo dirás 'yo nada debo' si has despertado /el
rencor de cada indio, / de cada negro, de cada
mexicano...?»


David Páez
Santa Ana, California

(Esta reseña por el escritor y periodista mexicano,
nacido en Mexicali, Baja California, David Páez, fue
publicada en Miniondas, Santa Ana, California, 20 de
enero de 1987, Sección Editorial, ps. 4A y 5A).

Por David Paez

Publicado Viernes, Septiembre 3, 2004


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