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| Pedro (El) Potro ha visto a varoncitos amarrados al cepo del candombe. Los castigan con cuarenta azotes de látigo. En ocasiones el delito ha sido tentativa de ultraje o enamorar a las negritas. |
| Pedro (El) Potro ha visto a varoncitos amarrados al cepo del candombe. Los castigan con cuarenta azotes de látigo. En ocasiones el delito ha sido tentativa de ultraje o enamorar a las negritas. En la hacienda Los Velez de ese barrio perdido del Sur, Mirabales, la sexualidad es privilegio como lo decretó Francisco José, el Amo. Higinio Arvelo Vélez contaba voz en cuello los foetazos y pedía cada vez mayor fiereza al verdugo negro que azotara. ¡Nunca se supo quién fue más cruel, si el blanco o el negro con los suyos! Pero quien se salpicara de sangre con el látigo fue siempre un cobarde, a su modo, y se le daba un jornal extra por aplicar el castigo, según la costumbre. Pedro ha sido muy paciente, estoico y diligente, con sus propias carrañas y miserias. Fue un adolescente grande, musculoso, enamoradizo y los que lo vieron en faenas, lo aconsejaron bien para que no sufriera candombe, porque fue precoz y miró con lascivia a cada negra que hallara en su camino y aún a las mujeres casadas del peonaje. El no atenta ya contra la cafrería. No hurta ni ultraja. Justifica su holgachonería y labra la mayor parte de lo que se come. En Navidad, la única crítica que lo aqueja es su propia jaquetonería. Los negros que le conversan, amistosamente, pican su cresta. Echan de menos los tiempos aquellos cuando la peonada blanca temía que sus hijas fueran llevadas a su lecho, o vérselo en sus paseos, ayuntándose en pleno matorral con alguna becerrita en celo. En las parcelas de Paché y Emilio, Pedro (el) Potro fue leyenda desde los quince años de edad. Y fue que tuvo suerte. Por eso dio más de una decena de hijos a la hacienda. Adolescente aún, Emilio, uno de los patrones, lo sorprendió una mañana atorándose una marrana de las que se haría como guisado en Navidad. Pedro buscaba, por braguetero y gusto por los cancos, las becerrillas, a veces las cerdas como su recurso extremo y maníaco, y tenía miseria sexual en su vida adolescente a contragusto porque el casquete y la exuberancia sensorial estaban prohibidas por Los Vélez, aquella timocracia rural, para la cual ya el muchacho tenía secretos de odio en el buche. ¡Pero, por aquella pinga enorme, a los quince años, él se vanagloriaba con negros y blancos, libres y esclavos, de su edad! Sin consultar a su padre, Emilio ordenó que se le amarrara al cepo, tan desnudo como se lo halló. Hubo que surtirlo a puños para dominarlo y Emilio tuvo suerte porque anduvo con cinco de sus fieles peones. «¡Te atrevíste a pegar al hijo del amo! Vas a pagarlo», lo amenazó el joven. Lo azotarían con chicote de cáñamo y baracoas trenzadas. Para confusión del esclavo, el amo Francisco José detuvo el bayú que se organizó, poco a poco, para su tormento. Un ruido de tambor avanzó como brisa por las jaldas. Alguien vería que llevaban amarrado al pobre muchacho esclavo. Con un ritmo de batá se informaba sobre el batuque y el candombe. Sólo la negrada de 1830 sabía el significado de esos tambores quejumbrosos. De ese aviso. Y la tristeza ya tenía una velocidad de invocaciones y velatorios en altares. Esta mañana ya dolía a sombra y sangre. «Azotes no, Emilio», dijo el padre. Al contrario, ordenó que se preparara la marrana de inmediato, haciéndose de ella un manjar. Reunió al peonaje alrededor del rufián, ya atado y desnudo y, tres o cuatro horas, ya había cocimiento y olor grato de marrana. «Suéltalo. Que venga y coma», dijo el padre, a quien decían el Amo Paché. Y todo el manjar sería para él y tendría que comer lo guisado delante de todos, sin dejar las mínimas caspucias del pailón. «Que coma hasta que del atracón se reviente». Y, por tanto comer, ya echaba eructos; pero sabía comer sabrosamente sin pensar que tras ese hartazgo pudiera provenir la muerte. Estaba ya candoncho y le era vergüenza estar desnudo y ver que lo mirara todo el mundo. Y pidió agua, pero le dieron mejor unos buches de pitorro. A un par de horas de comer, se echó un primer viento y dijo: «Cágome». Desde ese día, el Amo Paché dijo, trasloándole, que cada vez que le produjera un nuevo esclavo para la hacienda, satisfacería su naturaleza de tragantón innato y, en vez de permitir que se ayuntara con las marranas y soquetearse a solas, lo premiaría con mujer. «¿Querrás hembra ahora que estás harto?», preguntó Paché Vélez-Prat y soltó unas risotadas. Pedro, el galopín, hizo un gesto aprobativo. «¿Negra o marrana?» «Negra». Una decena de negras, de todas la edades, solteras y casadas, con parejas e hijos, se reunió a verlo, porque así lo quiso Paché y el hijo. A Pedro, de adolescente, se le quiso. En fin que todas vieron cómo se devoró el pailón de carne de marrana. Unas con asombro, risas, lágrimas y temores, apenas se atrevían a preguntar qué hizo el muchacho que ha comido en abundancia y por qué se le tiene desnudo, o fue amarrado al cepo y después obsequiado por el amo. Obvio fue para todos que estaba bien dotado. El Amo Paché, sin quitar la vista de sus genitales, lo llamó potro por sus grandes cojones y semental por sus apetitos venéreos. Lo envidió por la morronga porque él, podenco y muy viril en sus mejores años, ya temía su decadencia. Pedro comió a dos carrillos, con gula indecorosa, y ahora decir a todos cuál fue su delito se lo exigió el Amo como condición de dar a él una hembra de su especie. Con muy burdas palabras, afortunadamente breves, lo dijo. Necesitaba hembra y, no hallando una, tomó una cerda y derramó su semen en su útero. «Y esa es la marrana que comíste», se burló Emilio. «Pero sacrificamos el animal. Lo hizo infame Su acto Dimos su carne aderezada al que lo llenó de impureza. Aún así, no quise que se le latigara... Ahora tendrá que comer carne otra vez y comerá de mis conejas. Todos los cerdos que manche se lo daré a cammbio a que tenga hijos, fuertes y bien nutridos, para mi hacienda, y no serán sus hijos. Para mí, los engendra... En una jaula tengo una coneja que no pare y tal vez él pueda preñarla, que transmita su semen a las bestias», advertía. Y escuchar con la seriedad que el criollo, cepa de los Cadafalch de Vinarós, decía estas cosas ofendía a todos, incluyendo al muchacho esclavo. El amo Paché mandó a buscar al animal estéril que parecía una inmensa y redonda rata, con ojos asustados. Pesaba muchas libras que arrastraron la jaula, en vez de sacar al animal. «Procede, potro. Esta será tu primera hembra. Adelante, semental, exhíbete en el arte que te hace digno de las bestias». «Amo, ¿cómo pides que lo haga?» «Ya que te gusta la carne, cómete la coneja viva porque viva te comíste una marrana... después la guisamos, pierde cuidado...» Y sabía lo que el amo pedía. No había cuje. «No dejes ni rostrizos, cómetela toda, házla que gima y se escuche el llanto de esa conejuela nulípara por los cerros», decía el viejo. «No puedo hacer lo que me pide, amo». «¿Prefieres cuarenta azotes y quedarte sin negrita esta noche? Te creí más listo, negro». La tentación no fue tan grande hasta que él hizo que se acerca una esclavita de la misma edad adolescente que Pedro y en cuya belleza él ya había reparado. Emilio se la acercó, jalonéndola en el trayecto y plantándosela a su lado. E hizo más. Rasgó a la altura de la axila la tela de muletón y del jubón que ella vestía salieron dos senos hermosos con pezones oscuros y vírgenes que ella tapó, llena de lloros y fugándose. «¡Te la pierdes! Eres una parte de esta ralea de infelices, sin méritos». Y ya no titubeó. Se agarró la pinga para que el calor de su fuerte mano pudiera comenzar a excitarla. «¡Venga! ses por la negrita que me promete para esta misma noche». Fue directo a la jaula, abriéndola con violencia. Jaló al animal por una pata. La conejaza estaba nerviosa; pero él era hábil con los animales. Sabía sujetarlos y someterlos. Los ímpetus de fuga fueron en vano y la pelambre de la bestia fue suficiente estímulo a sus testículos y glande. La gente vio la dureza gloriosa de aquella polla, casi del color del ébano y él apostándose a las mañas iría a penetrarla de un solo pujazo, acertando no metersela en el culo, sino en la vagina. Entonces, hizo dedos al fijar la garganta del animalito a tierra y dominar con el muslo su lomo, hasta aquietarla; cuando agarró la pata de la coneja, levantándola, se supo colocar y antes que el animalito echara su gemido por sentir la picha caliente del intruso, las niñas y mujeres echaron sus gritos, viraron la cara, buscaron algún rumbo. Querían irse y no y no oir, pero Paché Vélez echó dos balazos al aire. «De aquí nadie se va hasta que yo lo diga». Se detuvo las que creyeron que iban a eludir la escena deL ultraje. Y, ciertamente, que cerraban los ojos, pero, aún tapándose los oídos, aún con leves chillidos conejiles, el suspiro orgiástico del negro, su respiración intensa en aras de vaciarse, fueron como un coro amplificado. Y Pedro eyaculó y gritó: «¡Ya!» Y se levantó, de repente, dejando que escapara la coneja como liebre que persiguen las fieras más atroces. Y la pinga babeante del semental estaba entera, chorriándose con abundancia sobre sus propios muslos, mezclando sangre y semen entre los dedos, porque aún queriendola bajar y ocultar ya no podía. Su nombre de potro quedó en la memoria de esa gente para siempre.
Del libro en preparación Cuentos y Leyendas histórico-eróticas de Carlos López Dzur Por Carlos López Dzur mailto:baudelaire1998@yahoo.com Publicado Domingo, Noviembre 7, 2004 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |