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Wálter Vásquez y su vieja Remington
Por Eduardo González Viaña

Se pasó siete años tipeando recurso tras recurso frente a una vieja Remington cuyo estrépito en altas horas de la noche estremecía toda la casa. Escribió, desechó y volvió a escribir cientos de páginas que se transformaron en 52 recursos colmados de terquedad y de sapiencia jurídica.


Correo de Salem
Por Eduardo González Viaña (*)

Se pasó siete años tipeando recurso tras recurso
frente a una vieja Remington cuyo estrépito en altas
horas de la noche estremecía toda la casa. Escribió,
desechó y volvió a escribir cientos de páginas que se
transformaron en 52 recursos colmados de terquedad y
de sapiencia jurídica. Le escribía a la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, pero no podía
estar completamente seguro de que sus cartas llegarían
desde Lima hasta la sede de ese organismo en
Washington DC.

Además, los juicios no se ganan tan sólo con papeles
sino también con recursos económicos, y Wálter Vásquez
Vejarano solamente tenía de su lado la contundencia
del jurista, pero nada más. E incluso, así hubiera
tenido dinero, no le habría alcanzado para enfrentarse
contra un ente tan poderoso como el estado peruano
gobernado por la satrapía de Alberto Fujimori.

Natural de Santiago de Chuco como su pariente César
Vallejo, Wálter Vásquez Vejarano estudió en la
Universidad Nacional de Trujillo, Derecho, Educación e
incluso Periodismo, y aprendió de todo allí. Lo único
que no aprendió fue a rendirse.

Vocal del máximo tribunal de la república, el doctor
Vásquez al igual que otros doce magistrados fue
despojado de su puesto el 5 de abril de 1992, luego de
producirse el golpe de Estado en virtud del cual
Fujimori se arrogó todos los poderes y puso al poder
judicial bajo la custodia de un capitán de fragata.

Lo que no sabían la dictadura, ni sus abogados, es
que el jurista iba a llevar su causa ante la instancia
supranacional de los Estados Americanos. En sus
recursos, demandaría la reposición y denunciaría haber
sido echado sin haber sido acusado de cargo alguno. No
se había formulado acusación de mala conducta ni de
ninguna otra especie contra él. No tuvo oportunidad de
ser oído. No pudo ofrecer pruebas. No se le ofreció
plazo alguno para preparar su defensa. No fue juzgado
por un juez natural ni por autoridad imparcial y sin
embargo, sin proceso alguno, se le había condenado a
lo que realmente era la destrucción de su honor y la
muerte civil.

Seguro de la justicia de su causa, el magistrado
litigaría hasta el final del siglo frente a la
Comisión Interamericana de los Derechos Humanos aunque
no podía estar seguro de que el gobierno peruano
acataría las recomendaciones de ese foro. Y algo más.
En tanto que la dictadura contaba para su defensa con
la representación diplomática y con poderosos estudios
jurídicos, el doctor Vásquez descubrió que la tarifa
de una sola hora de un abogado de Washington equivalía
a la paga de todo un mes de su jubilación. Además, su
modestia de juez honrado no le había dejado ahorros
para pagar costosos "couriers"expresos, y por lo tanto
tendría que defenderse solo y por correo ordinario.

Año tras año, en todo ese tiempo, la dictadura sumaba
en las encuestas altos porcentajes de aprobación
popular, y la propia oposición, incluida la más
radical, se limaba las uñas y se mordía la lengua para
"defender la democracia" y el jugoso sueldo de una
curul parlamentaria. Por otro lado, en el
"Pentagonito", hombres, instituciones y medios de
comunicación, toda la "clase política limeña" extendía
el sombrero para recibir algunos miles de dólares de
la mano dadivosa de Vladimiro Montesinos. Mientras
todo eso ocurría, un peruano honesto tipeaba hasta
medianoche las razones por las cuales declaraba nulos
los actos de un gobierno deshonesto y espurio que se
atribuía todas las funciones del Estado.

¿Pensó Wálter Vásquez que algún día sería restituido
en su cargo?

Hará una semana conversé con él, y me dijo que no era
eso lo que más le importaba. Lo que buscaba con empeño
era derrotar a la tiranía en el terreno jurídico y
mostrar ante el mundo hasta qué punto eran nulas,
infames y perversas las sentencias que se redactaban
en el Servicio de Inteligencia del Perú y se extendían
luego para que de grado o de fuerza las firmaran
algunos jueces.

Al final de todas sus noches frente a la Remington,
un cartero llamó a su puerta para entregarle la
resolución de la Comisión Interamericana (13 de abril
del 2 mil), una brillante pieza jurídica que
tajantemente señala que no hay democracia si el Poder
Judicial no es imparcial ni independiente.

En su parte resolutiva, el documento recomendaba al
estado peruano una reparación adecuada, tanto en el
aspecto moral como en el material, por las violaciones
contra los derechos del Dr. Vásquez y, por fin,
señalaba la obligación perentoria de reintegrarlo a su
cargo de magistrado de la Corte Suprema de Justicia.

Como podía esperarse, la dictadura se negó de plano a
la reposición, pero ofreció al litigante 50 mil
dólares de indemnización por los años que había dejado
de percibir un sueldo. En confianza, los abogados del
gobierno le hicieron ver que conocían perfectamente su
franciscana cuenta bancaria y le aconsejaron ceder
porque "había Chino para rato."

"El honor no se transa", dijo el juez y rechazó el
dinero. El resto de la historia es conocido. Algún
tiempo después, el régimen fujimorista se derrumbó
ante el impacto de centenares de videos que muestran a
prácticamente toda la autodenominada "clase política"
de Lima transando su honor o cambiándolo por un
honorario.

Un jurista de Rosario, interesado en la actualidad
peruana, me acaba de preguntar por email cuál es mi
opinión sobre el nuevo presidente de la Corte Suprema
del Perú que desde 3 de enero se llama Wálter Vásquez
Vejarano. Esta historia es mi respuesta.

Mi amigo argentino, sin embargo, se muestra inquieto,
por haber leído en "Justicia Viva", una publicación
financiada por la agencia norteamericana AID, un texto
en que se dice del nuevo presidente de la Suprema que
"es obvio que no tiene las ideas que corresponden a
una concepción moderna de la justicia". ¿Por qué se
dice allí que es "obvio"?, es una de sus preguntas.

Y le respondo que, aunque parezca increíble, en el
Perú prevalecen ciertos prejuicios discriminatorios.
Para el autor del suelto, un señor Jara Basombrío, tal
vez educado en una universidad limeña, resulta "obvio"
que el egresado de una universidad "provinciana" no
puede ser "moderno". Jara Basombrío ignora que ese
centro de estudios, fundado por Bolívar y por el
creador de la estructura jurídica de la república,
José Faustino Sánchez Carrión, es posiblemente el que
más magistrados le ha dado a la Corte Suprema en toda
su historia.

Jara se preocupa además por cuál será la posición del
Dr. Vásquez ante el Sistema Interamericano de los
Derechos Humanos, y teme que no podrá cuestionarlo
porque aquél le dio la razón. Y esto sí que es más
ridículo que sus prejuicios porque ninguna autoridad
es ninguno de nuestros países puede rechazar un
sistema supranacional a cuya fundación concurrió y al
que está ligado por inquebrantables convenios
jurídicos.

Dar una patada al tablero del Sistema de los Derechos
Humanos es una receta de las dictaduras iletradas, y
yo le puedo asegurar al amigo que me escribe que esa
no puede ser la posición de los Estados Unidos, a
pesar de que la agencia AID pague sin leerlos los
escritos de Jara Basombrío.

Lo cierto de todo esto es que en un país cuyas cúpulas
políticas se rendían ante los sobornos del
fujimorismo, muy pocos peruanos atrevieron a
desafiarlo. Me siento orgulloso de que uno de ellos
haya llegado a ser presidente de la Corte Suprema del
Perú, porque aquello le garantiza imparcialidad,
independencia y coraje al primer poder del Estado, y
por eso siempre es bueno recordar al juez que no se
rindió y a su vieja Remington, estrepitosa y
peleadora.


(*) Se le puede escribir al email: Gonzale@wou.edu

Por Eduardo González Viaña
mailto:Gonzale@wou.edu
Publicado Martes, Enero 18, 2005


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