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EL MILAGRO DEL NIÑO JESÚS
Por Mercedes González

Carolina sabía que ella era la muchacha más admirada en un vecindario de Queens y que sus padres con una economía fuerte y sólida estaban dispuestos a complacerla en todo lo que ella quería.


Carolina sabía que ella era la muchacha más admirada en un vecindario de Queens y que sus padres con una economía fuerte y sólida estaban dispuestos a complacerla en todo lo que ella quería. Por eso vivía segura de sí misma y caminaba por las calles dejando al pasar miradas recelosas y comentarios maliciosos de sus propios amigos, que muchas veces no soportaban su vanidoso aire de niña rica.

Realmente Carolina era bonita, con el pelo siempre alborotado, de cuerpo bien formado y unos ojos azules en su piel trigueña, que más bien parecía que le habían clavado dos pedazos de cielo en su cara infantil. Tenía quince abriles, pero sus coqueteos, ademanes y su manera de vestir exagerada, la hacían lucir más mujer.

Los padres de Carolina, don José y doña Rosa Martínez eran personas agradables, queridas y respetadas por todos sus vecinos. Carolina era su única hija; ellos habían procreado un varón, pero éste había muerto en un accidente de carro; por esta razón complacían sin medida a su hija y ponían en sus manos todos sus antojos y caprichos.

Sus padres, mirándola con cariño, excusaban y apoyaban sus malas actuaciones, diciendo a todos: - Todavía es muy niña, es cosa de juventud, ya cambiará a medida que vaya creciendo.

Como todas las muchachas consentidas y ricas, Carolina manejaba a su antojo a los que la rodeaban. Hoy salía con José y mañana con Daniel. Todos estaban acostumbrados a sus repentinos cambios de temperamento y rabietas, haciendo que lo planeado para hoy quedara para otra ocasión. Pero en medio de todas sus locuras, como no tenía hermanas, buscaba apoyo familiar en su íntima amiga llamada Adelina.

Esta joven era en todos los aspectos diferente a Carolina: era un año mayor que Carolina, quizás no tan bonita como ella, pero era alegre, risueña, cariñosa y pobre, con una conducta recta y un futuro educacional definido. En cambio a Carolina no le preocupaba nada de la educación, sus notas en el colegio cada día eran peores y se ausentaba sin ningún motivo.
Adelina comenzó a preocuparse por su amiga, pero sabiendo que a ella no la escucharía, comenzó a rezarle al Niño-Jesús con mucha fe y con la seguridad de que El iba a oír su petición y cambiaría la vida de su amiga. Esta petición la hacía todos los domingos cuando acompañaba a su madre a los cultos religiosos de la Iglesia.

Una tarde, caminando juntas las dos amigas dentro de la escuela, Adelina le preguntó a Carolina:

- Por qué si tú vives al lado de la Iglesia nunca la visitas?

Carolina, con su cara picarona le contestó haciendo un movimiento de coquetería con la cabeza:

- Ya verás como un día de estos iré! Déjame aprovechar todo lo que la vida me ha dado: soy bonita, mira mi cuerpo, mis padres me dan todo lo que necesito y quiero. Gocemos la vida, Adelina, somos jóvenes. Dejemos los rezos para las beatas, no crees? - Y abrazando a su amiga se puso a bailar con ella mientras tarareaba una canción.

Pero a Carolina no le interesaban las sinceras palabras de su amiga, sólo tenía ojos y sentidos para ver y disfrutar los placeres del mundo: el club, el baile, las discotecas, el cine, la modista y los amigos. Y haciendo un ademán cómico de muñeca rota, respondió a su amiga riéndose a carcajadas:

- Cómo me puedo ocupara ahora en rezar: mi madre lo hace por mí! Ella da mis vestidos viejos a los pobres, siempre va a Misa y es miembro de sociedade benéficas. Crees que es necesario que yo vaya? No me dan deseos de ir; pero te prometo que iré a la Misa de media noche en Navidad: no faltaré ¡

El 24 de diciembre amaneció muy frío, pero no nevó como habían anunciado los meteorólogos. Carolina salió temprano en la tarde, a casa de una amiga para acordar el horario de la fiesta de la noche. En el camino se dio cuenta que su estado de ánimo no estaba como en otros días cuando había fiesta. Por primera vez estaba triste, algo que no sabía explicar le estaba ocurriendo, nunca se había sentido enferma, nunca de su cuerpo se había ido la alegrría, entonces, ¿qué le estaba pasando?.

Llegó adonde su amiga y después de estar hablando unas horas, salió a la calle para regresar a su casa. Caminó unos metros y se paró, porque se sintió algo mareada; después caminó de prisa, casi corrió, pero al llegar a la verja de su casa, todo se puso oscuro y calló al pavimento sin sentido. Una vecina desde su casa, la vió caer y corrió a buscar a su madre. Las dos mujeres, junto a otras personas, cargaron y entraron el cuerpo inerte de la muchacha a su habitación. Llamaron al Doctor de la familia; cuando éste llegó Carolina aun no había vuelto en sí. Apenas podía notarse que estaba respirando, su rostro estaba pálido como una muerta! El doctor recomendó reposo absoluto por una semana y que la dejaran dormir. Para él todo era consecuencia de un gran agotamiento físico y nervioso.

Doña Rosa lloraba desesperadamente junto a su hija, tratando con besos y caricias que saliera de su letargo. El padre de Carolina, que fue llamado de emergencia, hablaba con el doctor en una esquina de la habitación, cuando de pronto oyeron la voz débil de Carolina decir:

- Mamá, mamá, por qué todos hablan en voz baja y a oscuras, por qué no han encendido las luces? Qué ha pasado? Tengo miedo, por favor, hagan luz.

Todas las miradas cayeron sobre el doctor que se había volteado sorprendido para mirar a la joven. Nadie habló una sola palabra, por la mente de todos pasaba el mismo pensamiento: Carolina estaba ciega! Por qué? Nunca se había enfermado y siempre se le hacía un examen general de rutina.

- Sólo Dios qué habrá ocurrido, por ahora hay que esperar - dijo el doctor preocupado..... – y qué larga y triste fue la espera para aquellos padres que solo tenían por cielo los ojos de su hija!

Se oyó entonces la voz de Carolina diciendo:
- Qué pasa, mamá? Prende la luz, la oscuridad me aterra, tú lo sabes.

El doctor se acercó a Carolina, y tomando sus manos frías y temblorosas entre las suyas, le dijo cariñosamente:

- Carolina, desde niña siempre has confiado en mí, verdad? Es necesario que después de lo que te voy a decir, sigas teniendo la misma confianza de siempre

El doctor no sabía qué decirle a esta joven llena de vida, que podía quedar ciega para toda la vida, si esto no fuera una ceguera momentánea consecuencia de un desorden emocional.

- Carolina, no hay que prender el bombillo porque no hace falta luz, aun es de día, la noche sólo está en tus ojos, no podrás ver por unos días., pero no te preocupes, todo pasará.

Cuando el doctor terminó de hablar, Carolina cayó en los brazos de su madre, presa de un ataque histérico; el médico le indicó un sedante y reposo.

La noticia corrió por todo el vecindario: “Carolina está ciega”. La casa se llenó de gente y mientras todos comentaban la tragedia, Adelina, que no se había separado de su amiga pensaba: - Será ésta la oportunidad que el Niño Jesús esperaba para nacer en el corazón de mi amiga y cambiar su vida?

Ya de noche, Carolina comenzaba a despertar y con voz baja llamó a sus padres y les dijo:

- Papá y mamá, no se desesperen, que no veré más, sólo les pido que me ayuden a ser fuerte. Mamá, ven aquí, quiero que me ayudes a ofrecer una plegaria al Niño-Jesús; hace tiempo que no rezo, ya no me acuerdo de ninguna oración.

Cuando terminaron de rezar, le contó a su madre que mientras estaba bajo el efecto del somnífero oyó el llanto de un niño cerca de su cama, pero cundo trató de buscar el lugar de donde venía el llanto, no pudo abrir sus ojos porque una luz que iluminaba el cuarto se lo impidió, cegándola totalmente; después pudo oír a una joven señora que arrullaba en sus brazos a un niño que lloraba.

- Tú sabes, mamá, cuánto me gustan los niños. Me quedé tranquila sin moverme durante unos minutos hasta que pude darme cuenta de que yo estaba en mi cuarto de dormir, pero no podía ver nada.. Me senté en la cama y sentí que la señora vino hasta mí para que besara el niño. Al besarle las mejillas sus lágrimas mojaron mis ojos: entonces pude ver la luz; ya podía ver todo en la habitación. Me sentí tan feliz contemplándolos, que no me hubiera importado morir en ese momento. Cuando quise preguntarle a la señora quiénes eran, desaparecieron y me di cuenta que todo fue un sueño.

- Quiero que me lleves a la Misa de medianoche, me siento mejor y le prometí a Adalina que iría; por favor, llévame, mamá! - Está bien, contestó su madre algo confundida.

Las tres mujeres llegaron a la Iglesia que estaba llena de feligreses y no había dónde sentarse. Unos amigos de la familia que las vieron llegar les ofrecieron sus asientos. Al finalizar la Misa el sacerdote cogió al Niño de porcelana que representaba al Niño-Jesús y le pidió a los asistentes que formaran una fila en el centro de la iglesia para que todos fueran a besarlo en orden. En ese momento Carolina agarró fuertemente el brazo de su mamá y le gritó: - “ Estoy oyendo el llanto del Niño, mamá, llévame hasta él.” Y como su madre no le contestaba, ni se movía, Carolina, con paso inseguro trató de abrirse paso entre la fila de la gente y llegar adonde creía oír el llanto del niño. Los feligreses la dejaron pasar, todos estaban sorprendidos, pero en la confusión la ayudaron a llegar hasta el altar.

Ya allí el sacerdote acercó a los labios de Carolina la loza fría del niño Jesús y ella, temblando de emoción, lo besó, sintiendo que sus ojos se humedecían
porque sin querer se había puesto a llorar. Sus lágrimas rodaban por sus mejillas, pero su rostro expresaba felicidad y su corazón saltaba movido por una inmensa alegría. De pronto, todo comenzó a dar vueltas a su alrededor y se desmayó.

Cuando Carolina despertó se encontró de nuevo en su cama rodeada por sus padres y amigos. El doctor le tomaba la presión y la observaba esperando una nueva reacción.

Carolina se incorporó y se inclinó del lado derecho, sonriendo, cansada y un poco ausente, comenzó a darle la mano a sus amigos, mientras le iba mirando a la cara, uno a uno, sin fijar su vista. En medio del nerviosismo nadie, ni su madre, se habían dado cuenta de que podía ver; sólo su amiga Adelina lo notó y juntando sus manos en forma de oración, cayó de rodillas, mientras deba gracias porque al fin se hizo el milagro de que su amiga volviera a ver y que en su corazón naciera el Niño-Jesús, cambiando su vida el día de NAVIDAD.

FIN

MERCEDES GONZALEZ.....de “ CUENTOS DE MECHO “ .

Cuentos de Mecho...Autora: MERCEDES GONZÁLEZ

Por Mercedes González
mailto:mary_pili77@hotmail.com
Publicado Martes, Febrero 22, 2005


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