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| Cuando yo vine a vivir en el Puerto de Santa María, en la primavera de 1982, había una flotilla de unos sesenta barcos de pesca. Era ésta una de las mayores industrias de la ciudad. Poco a poco la flota ha ido menguando... |
| Cuando yo vine a vivir en el Puerto de Santa María, en la primavera de 1982, había una flotilla de unos sesenta barcos de pesca. Era ésta una de las mayores industrias de la ciudad. Poco a poco la flota ha ido menguando, prefiriendo los armadores desguazar sus barcos en vez de recomponerlos, pues reciben por ello de manos del Gobierno grandes sumas de dinero.
Tenía yo en aquel tiempo un amigo que era marinero, un compañero del bara donde yo acudía a diario a degustar unas copas de vino fino después del trabajo. Allí nos encontrábamos a veces, cuando él volvía de la mar, despuésde varios días sin pisar tierra, lejos de su hogar. Apoyado en el mostrador me contaba, mientras se bebía una copa detrás de otra, hasta que se derrumbaba, el peligro que había corrido, el miedo que había pasado dentro de aquél cascarón, de carcomida madera, al que llamaban barco:
-Imagínate por un momento cómo lo pasábamos, amigo: En un pequeño cuchitril dormíamos diez hombres amontonados, sin contar el patrón, que ése tenía otro cuarto. Cuando estaba en mi litera, en días de temporal, sentía la enorme fuerza de las olas golpear contra la débil madera que me separaba del mar.Y por las viejas juntas de las tablas el agua que a veces entraba mojaba las sábanas de mi cama. No tenemos lavabos ni retretes.
Para lavarnos, del mar el agua en un cubo se saca, pues para beber el agua dulce se guarda. Para hacer lo demás, los pantalones te bajas, sacas el culo porla borda y. ¡hala, a soltar en el agua!
-Pero. ¡Eso es increíble! ¿Y en esas condiciones, de nuevo te embarcas? -preguntábale yo, sereno, pues llevaba bebidas muchas menos copasque él.
- ¿Que otra cosa puedo hacer? Yo he nacido marinero, de padres marineros. No sé hacer otra cosa que navegar, echar las redes y pescar.
Pasar varios días en la mar y, cuando vuelvo a casa, emborracharme para olvidar.
¿Sabes tú, compañero, cuántos marineros se ha tragado en un golpe la mar cuando estaba solo en la cubierta, con el culo al aire haciendo su necesidad?
Pregunta.., sí, pregunta en El Puerto a cuántos marineros se ha llevado lamar. ¡Oye, tú, compañero!-le decía al camarero- Tú no dejes de llenar, que nunca esté vacía mi copa, aunque me veas lleno y que no pueda más..., que ya vendrán los míos para llevarme a casa y meterme en mi cama, de limpias sábanas, para dormir la mona sin pensar en nada, sólo olvidar.
-Luego, mirándome a mí, continuó diciendo-: Si tú supieras, amigo, lo que hay que tragar desde que salimos de El Puerto hasta que volvemos a la lonja a descargar. Hay que pagarle al moro, aunque no estés en su mar, para que te dejen pescar. Si no, te llevan a puerto y te detienen, te quitan la carga y te encarcelan hasta que alguien pague la multa por pesca ilegal, aunque el barco se hallase en agua internacional. Pero eso ellos lo niegan, y te encuentras solo; hay que pagar. Y además se quedan con la carga, el fruto de nuestro trabajo.
Por eso el patrón, antes de salir de El Puerto, carga su barco de vino, tabaco y dinero. Dinero que en la mar no se puede gastar: son para pagar a los guardias moros que te vienen a abordar.
No sé si lo que mi amigo me contaba era cierto o producto de la cantidad de vino que se había bebido, pero esa canción yo la había oído otras veces, cantada por otras personas, y me acordé del refrán "Cuando el río suena." Lo cierto es que ahora apenas quedan barcos en El Puerto; los han desguazadocasi todos en lugar de repararlos. Los armadores, sus buenos dineros han cobrado de Bruselas por hacerlo; los marineros han ido a engrosar el número de parados del pueblo.
En uno de estos viajes, de El Puerto salieron a bordo de uno de esos barcos una docena de marineros y tan sólo volvieron dos: uno vivo, el otro muerto. No pudieron utilizar las lanchas salvavidas por que, según dicen, estaban. ¡rotas!
Un barco francés escuchó la llamada de SOS. que hizo el barco en medio de una fuerte tormenta, y acudió a prestarles ayuda. Les echó una red para que trepasen por ella, pero la mar estaba tan agitada, tan fuertes eran sus olas, que la mayoría de los que lo intentaron murieron golpeándose contra el casco del buque mientras subían por la red. En la investigación que siguió,algo debía de haber de oscuro, pues nadie quería hablar de ello.
En memoria de los marineros muertos escribí un poema. Se lo mostré al representante sindical de ellos y me dijo:
-Mejor es que lo rompas que hablar de eso, pues lo que pasó nadie lo sabe; los marineros están muertos.
- Pero uno vive- dije yo, insistiendo.
- -Sí, pero ése no dirá nada: cobrará su dinero y lo olvidará. No, mejores que rompas eso.
Al año siguiente, la víspera del aniversario de aquella tragedia, por medio de dos magnetófonos, uno grabando mi voz y el otro reproduciendo la obra de Berlioz, "Sueño de un aquelarre", conseguí una grabación muy imperfecta pero aceptable de mi poema; se podía escuchar bien a pesar del ruido de fondo. La llevé a la emisora de radio de El Puerto y les dije que era un homenaje a los que el día siguiente, el 31 de marzo de 1987, cumplían el primer aniversario de su terrible naufragio. No la retransmitieron. La emisora sólo recordó las circunstancias del naufragio. Al día siguiente fui a recuperar mi cinta, pues aún no había registrado mi poema como Autor, me respondieron:
"¿De qué cinta nos habla usted? Aquí nadie nos ha traído ninguna".
Así negaban haberla visto. Al salir de la emisora me pregunté:
¿Habría algo de cierto cuando aquel compañero del sindicato me dijo:
"Mejor es que rompas y no hables de eso"?
De todas formas, aquí está mi poema. Lo escribí en memoria de los marineros, de todos el los: los vivos y los muertos. De todos aquéllos que navegan mar adentro, y del amigo del bar, que por no volverlo a ver, ni conocer el nombre del barco en el que trabajaba, no puedo ahora saber si entre las víctimas se hallaba.
¡Va por vosotros marineros! Y que los responsables de aquel siniestro carguen en sus conciencias con los silencios que siguieron a aquellos hechos, lamentables, en los que tantas vidas se perdieron. Su título es "El naufragio del Calpe Quintan´s" y forma parte de mi libro de poemas "Nostalgia", registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual con el nº CA-1632
EL NAUFRÁGIO DEL CALPE QUINTAN¨S
Marinero portuense que te echas a la mar, arriesgando siempre tu vida para traer a tu casa el pan.
¿Cuántas veces en tu vida te lanzaste con valor a ese mar tan grande y fiero en un viejo cascarón?
; Silba el viento, fuerte. La noche está oscura. Olas grandes y negras, cae la lluvia. El barco, descontrolado y herido da vueltas y más vueltas. No hay luna.
No era ese tu mar, marinero, aquél que te vio nacer. Era un mar extraño, fiero.
Tú no pudiste con él.
¡SOS! La radio llama ¡El barco se hunde, lanzad las lanchas! ¿Las lanchas? ¡Están rotas! El capitán se alarma... Y una voz: ¡Hombre al agua!
Un barco, que por allí pasaba, por más señas francés, les prestó una ayuda rara: ¡En vez de lanchas, les echó una red!
Con lágrimas en los ojos, la cara asustada y agarrado a la red, rompían tu cuerpo las olas ¡Malditas olas! Contra aquel barco francés.
Que soledad tan grande
en medio de aquellas olas. Olas grandes, negras. ¡Malditas ola s! ¿Qué hacen los del barco? ¿Por qué no se asoman?
Ya no hay barco marinero, sólo olas, ¡muchas olas! Y tú sientes mucho frío, mucho dolor y mucho miedo.
Qué oscuridad más grande va rodeando tu cuerpo. Ya no te duelen los golpes, te duelen tus pensamientos: "Qué lejos estoy de los míos, qué lejos estoy de El Puerto... ¿Cuánta gente, allí en mi casa,
por mí, estarán sufriendo?"
Marinero portuense que te echaste a la mar, ya no hay luz en tus ojos. Tampoco hay luz en tu hogar.
Las campanas de la iglesia están tocando a muerto y aparecen paños negros en los balcones de El Puerto.
Los naranjos de la calle Larga tiran sus flores al suelo, porque El Puerto está de luto y hay que vestirse de duelo.
Ya ha tocado la campana de la iglesia Prioral Mayor. Se está llenando el templo, y la plaza... y las calles de alrededor.
Allí acudíamos todos con la misma devoción. Señores con buenos trajes y otros de menos valor.
Y uniformes de todos los colores: blanco, azul, verde y marrón.
Mujeres había que lloraban frente al altar mayor. Era el adiós de un pueblo unido por el dolor.
Adiós, marinero... marinerito, hermano... ¡Adiós! Por Juan Pan García mailto:lincelucero@wanadoo.es Publicado Domingo, Abril 3, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |