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EL DÍA DE MI MUERTE
Por JUAN PAN GARCIA

El día de mi muerte fue el más aciago de mi vida, ¿obvio, no es verdad? Desde que me levanté de la cama todo fueron problemas, hasta que me caí por el balcón.


EL DÍA DE MI MUERTE (segunda parte del Salto del Ángel)

El día de mi muerte fue el más aciago de mi vida, ¿obvio, no es verdad? Desde que me levanté de la cama todo fueron problemas, hasta que me caí por el balcón. Lo malo fue el sufrimiento del último segundo, pero después... ¡Uf! Ya pasó todo. Lo peor fueron los breves segundos de la caída en el vacío, ver cómo el suelo se acerca a tanta velocidad; luego, nada. De pronto me vi flotando sobre mi cuerpo. Podía desplazarme rápidamente en cualquier dirección, como los vencejos, y decidí marcharme de aquel lugar para siempre. Los gritos y alboroto que se escuchaban en el edificio y en la calle donde vivía no me interesaban. Que se apañen ellos solos; yo ya había acabado con mis problemas. A los pocos segundos de mi caída, ya estaba a más de un billón de kilómetros de la Tierra. Llegué a las puertas del Cielo, donde un señor que tenía unas enormes barbas blancas me preguntó mi nombre y lo tecleó en una especie de máquina de escribir, y lo que escribía aparecía en una pantalla que había frente a él. "Tú no debías de estar aquí, aún,"-me dijo- "¿Quién te envía?", me preguntó él. Mi maestra, sor María, le respondí. Luego tocó otra tecla y me vi yo mismo en el momento de caer al suelo, volando hacia la terraza, corriendo hacia atrás dando un grito, levantándome de la cama... O sea, que toda mi vida estaba grabada en una película y lo que estaba haciendo aquel señor era rebobinándola para verla desde el principio. Así pude enterarme de todo lo que ignoraba sobre mi breve estancia en la Tierra.

Vi a una joven pariendo en una casa grande, un palacete que tenía un escudo heráldico sobre la puerta de la entrada. Luego el señor de la casa llegó a verlo y se puso a gritarle a la madre, amenazándola con meterla en la cárcel si decía algo sobre quién era el padre del niño. La joven lloraba sin cesar. Cuando pudo levantarse cogió al niño y lo envolvió en una mantilla y se lo llevó a la calle. Era de noche y no había nadie. Estaba nevando y las pisadas de la mujer se quedaban marcadas en el suelo. Llegó a la puerta del convento, dejó al niño sobre el escalón de la entrada y llamó al timbre. Luego salió corriendo. Me criaron las monjas y me enseñaron a leer, a escribir, las cuatro reglas y a pedir, sobretodo a pedir. También hacía de monaguillo en la capilla del convento y cuidaba cerdos y gallinas del centro. En fin, una vida muy ajetreada. Luego, a los trece años, me ingresaron en una escuela de Formación Profesional, dirigida por jesuitas, uno de los cuales me metió mano. Bueno, a decir verdad, pues estas cosas son muy serias y no se pueden decir así porque sí, pues pueden hacer mucho daño, lo reconozco, a decir verdad, decía ,lo que me pasó con aquel padre, mejor dicho, cura, pues aunque yo no llegué a conocer a mi padre dudo mucho que aquél fuera éste, fue lo siguiente: Estaba yo leyendo un tebeo del Capitán Trueno y se acercó el cura y me dice: " Quieres un caramelo", y yo le contesto: "sí padre"( Es que si digo "Sí, cura", no queda bien escrito. Además, allí era obligatorio llamar padres a los curas, independientemente de que hubiesen llegado o no a ser padres biológicos)." Ven y cógelo tú mismo", me dijo. Y yo me acerqué y metí la mano en su bolsillo para coger el caramelo. Resultó que el cura no llevaba ropa debajo de la sotana y lo que cogí no fue un caramelo de menta ni de fresa, sino algo caliente y muy tieso entre un montón de vellos ásperos. Yo saqué la mano rápidamente y salí corriendo, haciendo caso omiso a las voces del cura que me ordenaba regresar inmediatamente, bajo pena de expulsión del colegio. Todo eso salió en el informativo que yo estaba viendo en mi pantalla celestial.

Nada más llegar a la puerta del Cielo, el conserje me entregó un aparatito extraplano, no más grande que un encendedor, y cuyo frontal era una pantalla en la que siempre aparecía Dios, como el presidente Chaves en Canal Sur, o el Presidente del Gobierno en Televisión Española. A través del aparatito yo podía solicitar hablar directamente con el Supremo.

- Toma: este aparato se llama Comunicador. No dudes en usarlo para cualquier pregunta o aclaración. También puedes usarlo para escuchar música celestial. En la parte posterior están las instrucciones. Ahora vete a la zona de espera y ten paciencia hasta que se vea tu expediente. Aquí no hay prisa: tenemos toda la eternidad por delante...

En la pantalla del Comunicador aparecía un texto bíblico a modo de aclaración: " Él nos hizo a su imagen y semejanza", es decir: creó en la Tierra una copia de la Sociedad Celestial, con su burocracia, sus funcionarios, sus tecnologías, sus problemas... de forma que a los humanos sólo les transmitía el conocimiento para que éstos inventasen los productos que ya se habían quedado anticuados en el Cielo. Lo mismo que los Estados Unidos venden sus aviones y demás tecnología anticuada y pasada de fecha a los países miembros de la OTAN, especialmente a España, quien a su vez los envía a otros países en desarrollo: Cuba, Guinea, ect.

Antes, Dios tenía un solo representante en la Tierra, con el que se comunicaba en secreto; pero últimamente este hombre, al que todo el mundo llama Papa, está poco menos que chocheando y no deseaba otra cosa que viajar y recibir elogios y aplausos: estaba recibiendo el culto que sólo a Dios le corresponde y éste lo había reemplazado por George Bush, otro iluminado al que habían elegido los americanos con la ayuda de todas las iglesias pedófilas.

Tenía que esperar cola para entrar en el Cielo, pues había muchas almas que habían llegado antes que yo en la puerta, sobre todo africanos de Ruanda, de Etiopía, ect. Era un hecho insólito, pues, hasta ahora, todos los santos eran blancos (véase el calendario de fiestas ), y había que cambiar la Ley Suprema para que los africanos negros tuviesen su lugar; aunque sin prisas, ya se sabe: tenían toda la eternidad por delante. Y los negros se amontonaban en la puerta del Cielo lo mismo que se amontonaban en las puertas de las oficinas de los gobiernos europeos para pedir los visados y los permisos de residencias que les permitieran encontrar un trabajo. Yo aproveché para volver al lado de mi familia y observar cómo reaccionaban ante los problemas que mi ausencia les ocasionaba. Pude ver cómo todo el pueblo iba a mi entierro, y la bandera del Ayuntamiento a media asta con un crespón negro. Vi todo lo que hizo cada cuál: El que llegó antes del entierro, durante el entierro o después. Supe lo que piensa cada cuál con respecto a mí, quién habla de corazón y quién dice lo que no siente pero que queda muy bonito ante los demás. A sor María la trasladaron a otra ciudad, a un manicomio. Al niño que se adelantó para acusarla lo enviaron a un correccional, porque no se puede calumniar así a una monja que está entregando su vida por servir a los demás. Y el chico no pudo demostrar que la monja me empujase, ni que me lanzase por la barandilla. Al parecer, yo sufrí un ataque de locura debido a causas hereditarias. Mi compañero no sabía entonces que las monjas no van nunca a la cárcel, hagan lo que hagan: las trasladan a otro sitio. Lo mismo que a los militares, a los políticos, los curas. Y él había cometido un gravísimo delito de difamación y falta de respeto, que había que corregir inmediatamente enviándolo al correccional. El castigo era necesario para su rehabilitación, lo dice la Biblia: " Educa al niño conforme al camino que has elegido para él; aún cuando sea viejo, no se desviará de él ".

Me fui a la zona de espera, cercana a la Tierra, y allí me entregaron un maletín que tenía en su interior un teclado y cuya tapadera servía de pantalla. Bastaba pensar en alguien para que en la pantalla apareciera su imagen. Se podía conocer todo sobre su pasado o su futuro moviendo la imagen hacia adelante o hacia detrás. El teclado era el medio que tenía para comunicarme con el Cielo y recibir mensajes y datos sobre la marcha de mi expediente; para sugerir ideas, presentar solicitudes de traslado, ruegos y preguntas, para acceder al banco de datos universal, ect.

En la zona de espera me crucé con una cara muy conocida: estaba enmarcada en un cuadro en cada aula del colegio, en el comedor, en la enfermería y en todos los centros públicos en los que yo había pisado: era Franco. Me pregunté cómo podía estar ese hombre allí y no en el Infierno, con la cantidad de crímenes que los españoles le cargaban sobre sus espaldas. ¿O es que era mentira todo eso del infierno para los malos y el cielo para los buenos? Si este hombre no merecía ningún castigo, con todo lo que ha hecho, ¿quién lo merece? La respuesta apareció enseguida en la pantalla de mi maletín: Franco está a la espera de decidir qué se va a hacer con él, teniendo en cuenta que los obreros que durante cuarenta años lo denostaron y aborrecieron, ahora, después del paso de socialistas y populares por el Gobierno, le echan de menos y alaban las bondades del franquismo: contratos fijos después del período de prueba; despidos, sólo los justificados; vacaciones, escuelas de aprendizaje con colocación para los alumnos al finalizar los cursos; Seguridad Social sin pago de medicamentos, jubilación; libertad de trabajo en cualquier lugar de España, aún sin hablar Catalán o Vasco, ect. Ante este clamor popular, el Supremo Hacedor está pensando en hacerle santo y volver a instalar su imagen esculpida en las plazas y jardines de todas las ciudades españolas; le harán un hueco en el santoral de los calendarios y en el teletexto de TVE. El plazo previsto para culminar el proyecto es sobre el 2010, según el ritmo de decepción democrática de los españoles, su abstención en los comicios y su desprecio hacia las instituciones.

FIN

Registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Cadiz

Por JUAN PAN GARCIA
mailto:lincelucero@wanadoo.es
Publicado Domingo, Abril 10, 2005


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