| | | |
| Te he visto, Leonora, totalmente desnuda entre otros compañeros. He visto tu tez morena, tu cuerpo esbelto y tus erguidos senos. Te he visto sentada en el escalón de vieja piedra portando un cartel en la mano, tratando de cubrir con él tu hermoso cuerpo. Te vi ayer por la noche en Internet, y por eso soñé luego… |
| Te he visto, Leonora, totalmente desnuda entre otros compañeros. He visto tu tez morena, tu cuerpo esbelto y tus erguidos senos. Te he visto sentada en el escalón de vieja piedra portando un cartel en la mano, tratando de cubrir con él tu hermoso cuerpo. Te vi ayer por la noche en Internet, y por eso soñé luego…
Soñé que yo era la piedra que aguantó el peso de tu cuerpo. La que sintió la suavidad de la piel de tu trasero, y el excitante acre olor de tu sexo. Te sentía tensa ante la mirada del objetivo de las cámaras, sabiendo que tu imagen volaría por el mundo entero. Sentí el escalofrío de tu cuerpo, que sufría un poco de miedo y los ataques fríos del crudo invierno. Quise levantar los brazos para estrecharte y transmitirte el calor de mis nervios, para acariciar tu oscuro y largo cabello, para sentir la dureza de las fresas de tus senos …Para pedirte que te fijaras en mí, aunque fuese sólo un momento. Pero yo era sólo una piedra, entre millones de ellas, que forman el suelo, y estaba clavada entre otras que formaban el escalón del pavimento. No pude hacer lo que más quería, lo que más amaba, lo que más deseo: Cogerte en mi regazo, acariciar tu carita tensa y preocupada, y decirte que lo has conseguido, que todo ha sido un éxito. Te han publicado en El periódico, en el Diario de Cádiz, en el de Málaga-Costa del Sol,…y en muchos otros de esta España nuestra, que se disputan el placer de verte allí, tan frágil y tan firme, tan pequeña y tan fuerte, que se atreve a enfrentarse a todos los poderes constituidos ¡ Qué grande eres, Leonora! ¡Felicidades!
Juan Pan García
CERDOS
Nací en el campo, en la sierra de Aracena. Tenía ocho hermanos y todos fuimos criados amorosamente por nuestra madre. A medida que pasaba el tiempo fuimos creciendo y disfrutando de todo lo que la vida nos ofrecía en la finca. Nos levantábamos temprano y salíamos a buscar el alimento diario acompañando a nuestros mayores. Había una gran amistad entre todas las familias y nos protegíamos unas a otras de los peligros que acechaban en el monte. Desde pequeño admiraba la salida del Sol en la montaña, aparecía poco a poco asomando la cabeza por encima de la línea fina de la sierra hasta que salía en poco tiempo apareciendo sobre ella como un disco de oro. Entonces el monte se llenaba de claroscuros, de luces y sombras, y la vida comenzaba a mi alrededor: los pájaros cantaban y volaban de un lado a otro; las flrores se abrían a tomar su porción de luz; las ovejas y las cabras se encaminaban en manada por los campos en busca de la hierba fresca, vigiladas de cerca por Tomy, el viejo mastín español que acompañaba al pastor en su recorrido diario.
Yo jugaba con mis hermanos y nos revolcábamos en la hierba; luego, cuando apretaba el calor, nos tendíamos bajo las encinas. Comíamos cuando teníamos hambre, dormíamos cuando teníamos sueño; no teníamos horarios rígidos, hacíamos lo que queríamos hasta que llegaba la noche y volvíamos a la casa para cenar y dormir.
Los amos de la hacienda nos querían mucho, nos acariciaban a veces y nos presentaba a sus hijos para que jugaran con nosotros. ¡Era tan feliz! Por Juan Pan García mailto:juanpangarcia@yahoo.es Publicado Domingo, Mayo 15, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |