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MIGUELIN
Por Juan Pan García

Miguelín era un chico moreno, de ojos verdes; tenía el pelo largo, recogido detrás en una coleta, y llevaba siempre un flequillo rebelde sobre los ojos que él se echaba hacia atrás a cada instante. Era un poco bajito para su edad, por eso le llamaban " el Nano". Tenía doce años y era huérfano desde que su madre murió en un accidente de tráfico, ocurrido ocho años antes.


Miguelín era un chico moreno, de ojos verdes; tenía el pelo largo, recogido detrás en una coleta, y llevaba siempre un flequillo rebelde sobre los ojos que él se echaba hacia atrás a cada instante. Era un poco bajito para su edad, por eso le llamaban " el Nano". Tenía doce años y era huérfano desde que su madre murió en un accidente de tráfico, ocurrido ocho años antes.

Su padre conoció a una joven y se casó con ella a los pocos
meses del entierro de su madre, dejando a Miguelín al cuidado de su abuela, quien, además, debía de cuidar a su propia madre, una anciana casi centenaria. Ella lo crió con muchas dificultades, procurando que no careciese de nada. A Miguelín le gustaban mucho las prendas deportivas; siempre iba vestido con el chándal y los tenis de una famosa marca.

Miguelín decía que su bisabuela tenía poderes mágicos: predecía el tiempo, recitaba de memoria hechos y fechas históricas, a pesar de no saber leer; curaba con yerbas a la gente, que acudía en gran número a visitarla; echaba el mal de ojo; conocía el significado de las cartas del Tarot y era vidente. El cura del pueblo la detestaba, y la llamaba " bruja maldita" desde el púlpito de la iglesia, desde donde arengaba a la gente contra ella.

El día que cumplió seis años de edad, un hombre le pegó a Miguelín porque éste había meado contra la pared de su casa. El niño llegó a su casa con la cara hinchada y sangrando por la nariz. Al verlo en aquel estado, su bisabuela fue a ver al individuo que le había pegado, caminando con dificultad y apoyándose en un bastón. Cuando llegó frente a la puerta de la casa de aquel " valiente", la anciana se puso a llamarlo a voces, hasta que él salió a ver qué sucedía. Entonces le anunció: " Nunca más podrá usted pegarle a nadie". La maldición se cumplió a los dos meses: una cinta transportadora de la fábrica en la que trabajaba como mecánico aquel hombre le cortó los dos brazos cuando estaba reparando la máquina.

La anciana adoraba a su biznieto, y le enseñaba poco a poco todo lo que ella sabía. Miguelín había aprendido poco en el colegio: no le gustaba estudiar, y odiaba a su maestra porque, según él, la tenía tomada con los " exploradores" —un grupito de cinco alumnos que habían formado una banda, cuyo jefe era él—. En cambio, de su bisabuela había aprendido muchas cosas, imprescindibles para la supervivencia y muy útiles para la vida cotidiana: hacer él mismo el café y las tostadas para desayunar; distinguir entre cientos de yerbajos los que curaban enfermedades; hacer cataplasmas con ciertas hierbas, que puestas sobre el pecho curaban los catarros; comunicarse con el más allá, invocando a los muertos...

Un día lo llamó el director del colegio, y le dijo que debía abandonar esas prácticas y esforzarse por estudiar las asignaturas que programaban en la escuela. Él le contestó:" Si mi abuela se pone enferma, yo sé hacer el desayuno y llevárselo a la cama; pongo la lavadora en marcha y tiendo la ropa en la azotea; barro y paso la fregona en la casa... En cambio, ¿en qué me ayudará saber quiénes fueron los reyes godos? En cuanto a lo de comunicar con el más allá, ¿no hacen lo mismo las personas que asisten a los ritos religiosos?, ¿no encienden también velas y queman incienso para expandir el humo, mientras recitan oraciones invocando a personas que murieron hace siglos? Yo también quiero aprender de mi bisabuela, quien, a pesar de no saber leer ni escribir, ha sobrevivido a dos guerras mundiales y a la Guerra Civil española, con sus correspondientes épocas de hambrunas y epidemias, logrando cumplir los noventa y seis años de edad”.

Estas declaraciones motivaron una reunión especial del claustro de profesores para analizar la situación. Después de debatir durante dos minutos, llegaron a la siguiente conclusión: si Miguelín continuaba en el colegio, podría influir sobre sus compañeros de clase. Por lo tanto, tomaron la decisión de suspenderle el curso, y con notas tan bajas que no tuviese ganas de repetirlo.

Pero Miguelín adivinó lo que habían tramado los profesores y decidió sorprenderlos, descubriendo algo tan importante que les obligase a sentir respeto por él.

Aquella noche Miguelín se encerró en su habitación, con su inseparable gata "Manchitas"; encendió una vela y la puso encima de su escritorio. Fue al armario y sacó una cajita de madera, un tablero y un vaso de cristal. La gatita le observaba acostada sobre la cama. Miguelín colocó el tablero sobre su escritorio, al lado de la vela. Sacó unas fichas de la cajita, que tenían grabadas letras y números, y las colocó en su sitio sobre el tablero, formando un círculo; puso el vaso en el centro y colocó el dedo índice sobre el cristal, sin apoyarlo, rozándolo apenas. Entonces llamó a su abuelo y le rogó que le ayudase a descubrir algo que dejase atónito a todo el pueblo y, sobre todo, a su maestra.

Su abuelo había sido pescador. A menudo le había llevado con él y le había enseñado a poner el cebo en los anzuelos, y a sacar los peces que picaban. Su abuelo había padecido una enfermedad incurable en el vientre y sufrió muchos ataques de dolor. Un día se fue a pescar solo; el mar estaba muy bravo y su abuelo no volvió. Miguelín fue a buscarlo a la playa, pero sólo encontró una cesta de mimbre con las artes de pesca y una nota que decía: " Piensa en mí antes de dormirte". Miguelín sentía la presencia de su abuelo en su habitación todas las noches.

De pronto la llama de la vela comenzó a vacilar, como si una corriente de aire la azotara. “Manchitas" dio un maullido y se escondió debajo de la cama, con el rabo erizado. El vaso comenzó a moverse de un sitio para otro, con el dedo del niño sobre él, tocando unas letras que juntas formaron una frase: " En la cueva". Y el vaso cesó de moverse.

Miguelín recogió el tablero y las fichas, buscó un mapa del término municipal y lo estudió. Efectivamente, había un lugar señalado con un nombre: Cueva del Oso.

Al día siguiente, Miguelín fue a buscar a los cuatro miembros del grupo y les explicó su plan: irían a la cueva y buscarían algo que los haría famosos. Todos aceptaron enseguida y se dirigieron a la cueva señalada en el mapa, a unos cuatro kilómetros del pueblo. Miguelín llevaba su tablero mágico en la mochila, dispuesto a pedir ayuda adicional si fuera necesario; pero esto no lo sabían sus compañeros.

La entrada de la cueva era sólo un pequeño agujero en la roca. Había que entrar a gatas por una pendiente hacia abajo de unos tres metros, que desembocaba en una sala grande de unos diez metros de diámetro y cuatro de altura.

Aquella cueva aparecía en el mapa porque en ella habían encontrado restos antiguos de pobladores romanos y árabes. Algunas piezas de alfarería y monedas halladas en aquel lugar estaban expuestas en el museo de la ciudad. Era, ges, difícil que el pequeño grupo de exploradores encontrase algo nuevo en la gruta.

Los chicos enfocaron sus linternas hacia el techo, las paredes y el suelo de la sala sin descubrir nada relevante, excepto unas piedras calcinadas con restos de cenizas, señal evidente de que alguien había estado allí recientemente. Rebuscaron entre las cenizas y sacaron una pequeña lata de atún calcinada. Nada más.

Miguelín se sentó en el suelo e invitó a sus amigos a hacer lo mismo. Formaron un estrecho círculo bajo la luz de una vela, que Miguelín colocó sobre un saliente de la pared rocosa de la cueva. Luego sacó el tablero mágico de su mochila y lo colocó en medio de ellos, en el suelo; pero como éste estaba desnivelado, las fichas se desplazaban de su sitio. Miguelín propuso que cada uno sujetara el tablero con una mano, manteniéndolo horizontal, y con el dedo índice de la otra mano colocado sobre el vaso, rozándolo pero sin apoyarlo. Así lo hicieron. Miguelín solicitó la presencia de su abuelo para pedirle ayuda adicional, mientras que los otros se miraban unos a otros con una mueca en la cara que pretendía ser una sonrisa; estaban nerviosos y asustados.

De pronto, unas piedrecillas rodaron por la pendiente de la entrada; la llama de la vela se inclinó un par de veces, como si alguien la hubiera soplado; el tablero comenzó a temblar, tanto que el vaso se cayó al suelo. Un olor nauseabundo invadió la cueva: los amigos de Miguelín se habían cagado en los pantalones.

Los chicos abandonaron precipitadamente la reunión, tropezando unos con otros en busca de la salida y dejando solo al jefe del grupo recogiendo las fichas del suelo. Se dirigieron hacia un arroyo de aguas cristalinas que habían vadeado antes, cuando estaban buscando la gruta. Allí se desnudaron y se bañaron; lavaron sus ropas y las tendieron sobre unas adelfas para que se secasen.

Miguelín se reunió con ellos poco después, y luego, mientras sus amigos se secaban al sol, se fue a dar una vuelta por los alrededores. Le llamó la atención un montón de piedras que había bajo un matorral, y se preguntó quién y para qué lo habría hecho. Se acercó a mirar y observó que era alargado, como si fuera una tumba. Un fuerte hedor emanaba de allí. Quitó tres o cuatro piedras y descubrió una mano. El chico salió corriendo y gritando, horrorizado. A sus gritos acudieron sus amigos, en pelotas, y contemplaron el hallazgo; uno tras otro se pusieron a vomitar. Luego se vistieron y se dirigieron al cuartel de la Guardia Civil para comunicar el descubrimiento.

Era casi de noche cuando trajeron el cadáver al pueblo. Resultó ser el cuerpo de una joven de quince años, hija de una mujer que sufría una enfermedad que la obligaba a permanecer en una silla de ruedas. Dos meses antes, la chica se había ido a trabajar a la capital para ayudar a pagar los cuidados de su madre, según les había contado su padrastro a los vecinos, que habían notado su ausencia y le preguntaban por ella frecuentemente.

Le hicieron la autopsia al cadáver y encontraron señales de violencia y de violación. El padrastro fue interrogado y no supo contestar algunas de las preguntas que le hicieron los guardias: ¿Cómo se fue la chica, en tren o en coche?, ¿quién la llevó a la ciudad?, ¿dónde compró el billete?, ¿por qué la joven no le había llamado por teléfono o escrito durante los dos meses que había estado ausente de su casa? El hombre acabó confesando su crimen y fue conducido a la cárcel.

Llegaron los periodistas al pueblo y entrevistaron al grupo de los exploradores, que les contaron cómo descubrieron el cadáver de la niña, y los métodos que usaron para lograrlo. La noticia salió en los periódicos y en la televisión. Y vino una periodista de una revista muy importante para entrevistar a Miguelín, que se hizo muy famoso. Su maestra también fue entrevistada, y ella aprovechó la ocasión para contar su vida, sus logros y sus ambiciones. Estaba muy contenta de ser protagonista en una historia que iba a ser publicada en toda España y, agradecida, declaró que Miguelín era su mejor alumno.

FIN

Por Juan Pan García
mailto:juanpangarcia@yahoo.es
Publicado Domingo, Mayo 15, 2005


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