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| En la ciudad de los ángeles caídos, nació Evaristo. Edad: 20 años exactos aunque aparenta más. Pandillero, su oficio. El vio la placa rival de Aholiba Gang pintajarrajeada en su calle y se llenó de ira. |
| Y haré subir contra ellas tropas, las entregaré a turbación y a rapiña y las turbas las apedrearán y las atravesarán con espadas; matará a sus hijos y a sus hijas; y sus casas consumirán con fuego y haré cesar la lujuria sobre la tierra: Ezequiel 23; 47-48
En la ciudad de los ángeles caídos, nació Evaristo. Edad: 20 años exactos aunque aparenta más. Pandillero, su oficio. El vio la placa rival de Aholiba Gang pintajarrajeada en su calle y se llenó de ira. En una pared, cerca de su casa, dibujaron las imágenes de caldeos, graffitis de color subido con figuras de varones ceñidos por sus lomos con talabartes y tiaras ostentosas en sus cabezas. Peor aún, alusiones de tales figurones tan matracos en exhibición presuntuosa de objetos itifálicos, seres de chorra peludona, ayuntándose a las madres de unos y de otros, mientras ellas, con ojos de gozo, otras veces de llanto, reaccionaban con mudras pandilleros.
Entre estas tribus, la ira fue como «el pan nuestro de cada día», aunque no se dio hoy ni aún en el breve mañana como chufa; pero, por los signos del enemigo, garranchas filosas de hoja ancha, ahora está grabada en los patios del Tabernáculo, oxidándose por ese motivo los hígados de Evaristo. En reacción, fue a la tierra bermeja de Neftalí a echar bronca y pidió cuenta de la blasfemia.
«Con mi madre no se metan, cabrones», dijo con pleno quórum de pichiruches y mandillones, en la briba. Al poco rato salieron, en medio de una niebla meona, de sus mugreros y escondites, como una palomilla confraternalizada desde sus cimientos.
Y nada había más parecido a la placa de Aholiba que la de Adama.
Evaristo se puso como loco y echó tiros a diestra y siniestra en Adama y dos niños, gemelitos, murieron con sus balasos, proyectiles ciegamente perdidos en el espacio y reboteantes en las penembras. Ninguno, en Adama, se atrevería a acusar a Evaristo directamente ni a sus asociados, porque sobre él se decía que era feroz para las venganzas y todo lo sagrado y lo mundano, cuando es menos malo, acaba por reducirlo a mierda; pero su madre, quien después de largas jornadas de trabajo, dormía temprano por costumbre y cansancio, descansaba el día del dolor y lo dejaba a menudo a sus anchas. El dice que ella es santa, sólo porque no lo molesta, ni le pelea ni grita. El creó su símbolo reverencial: Tabernáculo tengo en Ella. Pero no que él filosofara eidéticamente o que estara dispuesto a poner la directa por la causa o su cabeza en el asador por las bondades de esa madre que me importa madre. Para efigiar alguna cosa importante, utilizó el término Tabernáculo, creyendo que se trata! ba de una palabra compuesta, Taberna y Culo, reducida a un? ¿a poco, Pepe? Lo que implique un beneficio, aprovechable y deseable, es su tabernáculo.
Evaristo siempre está en búsqueda de ídolos al estilo de Acaz, el agarrado, el hijo de Jotán, el más abusivo; pero pomposado jerarca de todas las greyes habidas y por haber en esta zona del mundo bueyero. El éforo sin magistratura, esto es, Evaristo, alega para su palomilla que toda la raza de su barrio se forjó por causa de los caídos y burlados desde los tiempos del Sleepy Lagoon Trial cuando su madre llegó, abriéndose paso entre nopales y creyó ver a Los Angeles y la Vírgen de Guadalupe en cada chamaca morena.
Ahora lo que se lamenta son las dos vidas inocentes ultimadas a tiros. En rigor, nadie sabe si Evaristo fue quien los mató; pero es improbable que ese marrón él se lo coma. O que él lo sepa y se inculpe. Lanzó tiros al aire, lanzó balasos en lo oscuro, a lo que se moviera entonces aunque no se distinguiese. Tiros de rabieta a lo incierto, porque fue a las zonas prohibidas e impenetrables de Adama, como ladrón en la noche, con sus compinches armados de su pandilla. Otros pueden haber sido los asesinos. Al Tabernáculo en Ella regresó muy noche. Cenó sus cosillas de refín refrigeradas y se acostó como todos los días, sin la bendición de su madre. Rito que ya no extrañaba.
Mas Acaz, rey de la Placa de Judá, dijo: «Este asesinato de los mellizos de Adama no quedará impune». E instruyó a los vecinos con su discurso público-demagógico. Palabras que se supo al dedillo para cada vez que fuese necesaria la convocación de alcaldes, concejales, agentes del Sheriffato y capitanes de agencias burocrático-judiciales, oportunidad en que convergen con fuerzas especiales de acción antipandilleril.
Y lo que se entendió fue que habría que cercar con tanques y lanzallamas a Samaria, donde Ahola tenía su juventud organizada, alimentándola con la soledad de la pobreza y el ocio de las criminalidades. Y Acaz fue más lejos porque era un político de oficio, con muchos recursos, y aseguró que habría que asediar a los hijos del Tabernáculo en Ella, con ejércitos en ropas de civil, vigilar el MacDonald, infiltrar los chotas en WalMart, despedir a los indocumentados, echándoles los patrulleros migratorios, en complicidad con las policías estatales y citadinas, con ropas de civil, o más bien, vestidos de guangos pantalones, con cadenas, cachuchas y camisetas blancas, de los que hay muchos dispuestos, llegados de Pecod y Soa. Y dijo más, si hay que aludir al terrorismo, que se haga y se reclute para hacer simulacros a los bomberos de Egipto y de Siria, a las Guardias Nacionales y se declare un Annus Luctus en la región de Adama, tierra de ángeles caídos, en fin, que sean llevados l! os sospechosos al Valle de Siddim.
«¿Acaso no fueron los caldeos los que profanaron las placas e iniciaron la violencia iniciatoria?», dijo Evaristo al rememorar la invasión, por otras voces informantes, que vieron las imágenes de color, las tiaras en las cabezas, los talabartes ceñidos en los lomos de los aholibanenses.
«¡Fue una provocación imperdonable!», decía Evaristo a uno que otro que desafiaba lo que dijo su raza.
«¿Por qué tendrán los evaristos de la tierra que cargar con todas las culpas, si en fornicaciones y agresión, están todas las tribus de la tierra? También matan y roban, se drogan y ultrajan, los caldeos, los egipcios, y los occidentales, sólo que vestidos de ropas y armas excelentes?»
Los tribunos de poder, autoridades de la Corcordia, llamaron a Ahola y Aholiba a citarse en reuniones públicas, unificarse masivamente en los congresos, ante los poderosos de la ortodoxia; pero, en las audiencias preliminares, les llamaron las Rameras, por causa de la fama de Samaria, ciudad de pechos marchitos, chupados en demasía por los «chulos de la pobreza» y buscones de dádivas estatales. Samaria alimentó el peculio de los rateros y subía a los lugares altos a complacer a los poderosos, adorando en los baales las mitologías de Buena Voluntad, Garrotes de Cuarto Oscuro, la posmodernidad pacificadora, la publicidad del Sí se puede cuando no se puede y el truco que los chingaqueditos esperan, siquitrilladamente, en megambrea de sangre.
Por el contrario, la compadecida hetaira del submundo seguía metida hasta las trencas en la misma madriguera. Había caído en los callejones sin salida. Y cada madre sola originaba su abismo; se desentendía de una violencia cada vez menos mental, cada vez más obvia, porque ellas trabajaban en la pequeña empresa, sosteniendo la ilusión utilitaria; pero, siempre dependientes de migajas. De un programa. De un adorno. De una pretensiosidad más vil que con base en certidumbre. Las aturdía el grito: ¡Echale ganas! tanta propaganda para que se integrarán al «how-do-it». Se inventaron los seminarios y talleres, cuñas televisivas de mierda, y convencieron a las madres para que fueran the newest self-made-winners, pero, en consecuencia, ellas dejaban a sus hijos en las calles a solas, confiándoles los celulares, la casa sin supervisión, sin calidez, sin amparo. El Tabernáculo se llenó de ídolos: el progreso a toda costa de las viejas, el part-time en las noches, the second job, el mach! ismo femenino.
Sin embargo, la crítica sigue. A las incrédulas siguen llamándolas las flojas, las malas-madres, las pretenciosas, las rameras de los valores familiares. Lo peor que les dicen es minoritaria, étnica, la que no triunfa, la que por más que jala logra nada. Todas son minus, por más plus y extra esfuerzo, que les anime o que ellas pongan. Son unas valepocos que destruyen la familia, se embarazan para no estar solas, pero no tienen hombre de planta. Son unas aventureras. Y se enamoran de faraones de la mafia. Buscan hombres en los bares, en las reuniones empresariales, hombre casados, billetudos, narcisistas, capitanes, todos jóvenes hermosos, de un mundo casi blanco que ella admira, pero lo que tales fulanazos quieren son sus nalgas abiertas en la cama. Claman como pirujas por agujeros cósmicos, el Orden de Varuna y ellos, con ellas, se amanecen no por amor, sino por la accesibilidad de esa belleza secreta de las brujas, pordioseras de sexo y admisión en el mundo de las transétn! icas. A Varuna, el blanco, le gusta cabalgar sobre la grupa de esos monstruos marinos, espaldas mojadas, que viven en los desiertos y los pozos de agua, en fin, los espejismos.
Alguna vez Ahola fue virgen y, por amor a ellos, se lavó el pelo que olía a llantén, a tomatillo y mole. Se pintó los ojos y se atavió de adornos para trabajar en bares, restaurantes, oficinillas de Income Tax e Inmigración, pero, ezequilianamente confirmado por las profecías, ya el fruto de lo que antes obtuvieran se lo lleva Acaz, al solicitar sus impuestos fiscales, y conjuran la competencia desleal según dicen los sátrapas de Asiria. Ellas se están haciendo maestras, enfermeras, burócratas en oficinas del Condado, policías y bomberas, microempresarias que venden desde flores y Avon a taquizas y licores.
«Por el racismo ya dicen que roban las oportunidades del nativo del país al que llegaran como ratas y hembras de la pisca», se quejó Evaristo. Sí, alegan que ellas manipulan su mano de naipes, sacrificando el tiempo libre (que a sus hijos deben) con ídolos de Asera. Los homeboys son los que sufren.
«¡Qué hipócritas; sólo querrán cerrar las puertas! No compadecernos».
Aholiba no es mejor que Ahola, la mayor y madre de diez tribus de pandillas. Uno mismo es el camino de ambas. Sólo que Aholiba anhela el doble. Duplica sus ansias y desvelos por el ornato del Sueño Migratorio y borda sus apetitos a los pies del Aditaim para encontrar a su despecho que los triunfalistas de su propia progenie vienen contra ella con sus carros de lujo, ranflas que a tiros no se acuerdan de las viejas carretas, por que ya traen las perronas, ruedas cromadas y tecnología apantalladora. Multitud de pueblos ingratos y malagradecidos, a pesar de la abundancia. Esquilman las migajas del mismo pobre. Venden lo que les daña a todos.
Entonces, como escalando en el proyecto educativo y la estrategia de ambición utilitaria, advino Jaime e hizo aspavientos de ajo porque ya se olvidó de las sabrosas bolivianas y le preguntaron, en el congreso de las autoridades: «¿De qué acusáis a estas mujeres?» Ellas que, antes trabajaron en las minas y buscaron la veta de oro, la memoria del estaño, pero, siendo maestras de sus propios fractals, sin magnificaciones, en la miseria de sus pueblos originarios.
Sólo en estas tierras de ángeles caídos los muertos se levantan. «Son unas zombis», dijo. No ven la totalidad simétrica. Siguen siendo unas indias con su taparrabo. No entienden a dónde han llegado. Fabricaran la Samaria en tierra nueva. Caos en el orden nuevo americano; pero, «aquí estamos los maestros», dijo el autojustificado señor del English Only, pocho no, seamos gigantes. Despertemos.
Richard, a la torre ¡ay madre! va derechito, champuleando, y es sumiso ante un congreso de Concordia chingameganbroide. Ninguno supo si pidió misericordia o dio zarpasos como el Maestro boliviano. Las madres son, a su juicio, proyectos de futuro. Madre sólo la anglocaucasoide. «¿Qué se puede esperar del Tercer Mundo ahólico y aholiboide?» Son coyotecojas de las nalgas pintas, cómplices del machismo que cimentaron, a sotta voce, en sus hijos; «mirad que ellas a sus hijos no los quieren responsablemente sancionados», es decir, en la cárcel, «viven mimándoles, solapándoles sus tiros criminales».
Todas son las madres de los ángeles caídos y, sin embargo, no entienden que están en la Tierra de Ley y Orden. Tránsfugas de la marginalia, carne del barrio, gestoras del qualia de la Ghettópolis, hembras de Samaria y Jerusalén, dijeron los concejales y aún las reprendieron, evitando que se les viera dignas y valiosas para los tiempos de regeneración, con gestos perfectibles. Ninguno las llamaría hijas de las raza cósmica y Evaristo y su gente sentía vergüenza de que la misma chusma oficializada de su ancestro escupiera contra sus madres, con más blasfemia que el pintó placas en las puertas del Tabernáculo en Ella. Que el salivaso les caiga en sus carotas, malnacidos.
Desde aquel infructuoso congreso, para Evaristo sólo quedó como proyecto la noción de no tener nada que perder. Supo que fue parido, pero no sabe por quién; pero tuvo al Tabernáculo, a Ella que se metió, poco a poco, en su vida y él, casi adorándola estuvo sin conocerla. En realidad, su hogar ha sido la calle, en particular, ese shabatt que es su cita con otros jovenzuelos, sin otra célula identitiva que la placa, donde entre los batos más locos, él es el único que no es un wannabe. El se la rifa. Da la cara. Dispara sin temblar su mano. Claro que la mayor parte, ya son ladrones y raterillos consumados; pero él se aloca más con el crack y se habla de tú a tú con la muerte.
Tuvo una esperanza con Gloria, la Molinera, la gorda que se parece a su madre postiza. Vio cómo se robó la venia del Concilio de la Paz y la Reconciliación. «Las leyes buenas tienen su origen en las malas costumbres», comenzó ella a decir; «¿pero quiénes hay en la zona del qualia que tenga unas buenas costumbres? ¡Nadie! Vean menos telenovelas, madres compugidas, vaya menos al fútbol, padres nalgones; digan No a tanta basura publicitaria; compren menos cervezas; velen por sus hijos. Niñas, abran menos las piernas. ¡Cuidad el virgo, a menos que quieran que se los deflecten de volada! ¡Ay, las puras chamaquitas del barrio nos las embarazan!»
Con esa defensa, mejor es que Gloria se callara. Su tesis fue tan predecible: «Me opongo a legitimar las pobrezas morales de estas comunidades, aunque sea más fácil darse a las legalizaciones». Se abrazó la Molinera con dos funcionarios edilicios del Sur: Miguel que iba puliéndose la jaba para que nadie lo acusara de ser samaritano y John, que a costa de sacrificios, dijo siendo un indio nopalero que, por ser ispaño no hay que cambiar las leyes, sino cambiar a los hombres. Y Estéban, cacarizo, volvió dijo lo mismo; pero bajando de este Van del grito colectivo: Al asesino, vamos a aplicar el máximo del ponche; tres straights y pa? dentro. Acaz estaba, pues, muy feliz. Hubo consenso.
Luz verde dieron al acto quebratorio. Al Rey Rodney le rompieron los dientes y costillas. Más tendría que esperar como escarmiento el que mató a los mellizos. Entraron entonces los perros policías. Husmearon en cada rincón de las calles malas. Y, al fin, echaron un pitaso. ¿Acaso no lo dijo Adela? La madre de las víctimas. «¡Fue Evaristo!» Y antes de que fueran por él, congregó los suyos en su propio congreso de tinieblas. Su pandilla lo siguió hasta el peldaño final de las complicidades.
Irían a Adama otra vez. Aholiba Gang se unió en patines y, por igual, los niños feroces del Tabernáculo en Ella. Al fin, comenzaría la justicia verdadera del jodedor jodido. Quemaron alacranes a su paso. Se puteron a los Ninja a palos y pedradas. No dejaron ni a las vidrieras vivas. Rotos dejaban hasta los rotos del pavimento. Derribaron bardas, desvencijaron terraplenes y puentes, taparon drenajes, descosieron los andenes. Cazaron a chamacas de pálidos semblantes; les quitaron las bragas; lamieron sus culos. Se mearon en las sandalias de las ancianas; les quitaron los guaraches a los mendicantes.
Y como los cuervos se escurrían por las esquinas, llevándose los vinacos de las licorería, otros se metieron en los y a llevarse discos compactos, televisores, cámaras, casseteras. Los zapatos, si no eran finos de charol o piel de cocodrilo, los dejaron en las vitrinas; aunque ya estaban quebradas a pedradas y cabezasos.
Los amotinados llamaron a sus madres y sus hermanas por los celulares para que penetraran en mercaditos de chinos y coreanos; vengan por los quesos y las tortillas; no olviden que los batos beben chelas y avisen a los primos, que se unan. Que se lleven las butacas y relojes y esclavas de las joyerías. Cuando vieron a los adversarios, con talabartes ceñidos a los hombros y tiaras de colores en las choyas, la grey fiel a Evaristo sacó sus cadenas y palos de boxeo chino. Los corrieron por toda la avenida, sin importar la presencia de bomberos y gendarmes. Desde sus camiones se originarían sus ruidos de sirenas y buscando algún enclenque sorprendido en medio del motín, asustado hasta su pobre culo, para darle de palos, colocar sus antebrazos a la espalda y esposarlo. Ojos telescópicos de cámaras reproducirán los heroísmos del combate, en provecho de la paz y orden, ante millones de televidentes.
El día del free for all no se iría de las manos de Evaristo ni de su pandilla. Se unió hasta el bobo de la esquina por un deseo robado al caos, adquiriría una mercancía que lo apeteciera de los aparadores.
¡Qué espantoso fue aquel vaticinio ezequeliano!
También tocó el turno de protagonismo a las turbas de Acaz. Juntó sus ejércitos. Pidió ayuda de la Guardia Nacional. Declaró el estado de emergencia en el mismo centro de los ángeles caídos. Robó televisión como chuma que opina para la Güera Oxigenada de Cristina. Acaz aseguró que los hijos de Ahola y Aholiba fornicaron, en pos de nociones antidemocráticas y salvajes de vox et praeterea nil; por cuanto, como pueblos merecerán un escarmiento rodneykingniano; les negarán las VISAS, se reorganizará un nuevo ciclo de deportaciones masivas y, para que sea inmediata la conjura, empezaron a rociarlos con gas picante, con gas de lloraderas, con gas de pedo químico; los descuartizaron a espada, con mangas de agua y cachiporras? y cuenta el profeta Ezequiel que, tras varios días, los amotinados se escondieron con los Ninja Turtles, los hicieron sus amantes, mientras asirios y caldeos bebieron y fiestaron para quitarse el miedo y tener un día para escupir los Robot Cops y transear a lo! s madrinas guachimanes. Animados por los brebajes que, desde Cali y Medellín se traen en mulas con caritas de maría llena eres de gracia o pócimas ya aquí confeccionadas para el apendejamiento colectivo.
Perdidos en street rap & crack, las etnias se autoquebrantaron, se golpearon de narices en sus vicios, se abastecieron un resto, se mutilaron las orejas para ponerse aretes y se rezurcieron los penes y las bolas para esquivar la verdad de sus culpas y pasar por jotos y agarrapendejos en chirola? y entonces, Acaz y sus sucesores, también cómplices de los poderosos, los juzgaron por sus leyes.
12 de mayo de 1992 [De El libro de anarquistas]
Por Carlos López Dzur mailto:baudelaire1998@yahoo.com Publicado Domingo, Junio 19, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |