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| Son muchos los padres y madres que se lamentan de no haber disfrutado de sus hijos, por haber estado ocupados en otras cosas. Se arrepienten de no haber estado cuando dieron sus primeros pasos, dijeron las primeras palabras, o aprendieron a ir al baño solos. |
| Son muchos los padres y madres que se lamentan de no haber disfrutado de sus hijos, por haber estado ocupados en otras cosas. Se arrepienten de no haber estado cuando dieron sus primeros pasos, dijeron las primeras palabras, o aprendieron a ir al baño solos.
Nadie quiere verse enfrentado a este tipo de remordimientos: quien construye una familia aspira a poder atenderla. Y a disfrutar de ella! Tanto el padre como la madre desean compartir tiempo con sus hijos y con su pareja. Sin embargo, estos objetivos suelen entrar en conflicto con los compromisos, metas y presiones profesionales que tienen ambos. Hoy, tanto el hombre como la mujer desean realizarse profesionalmente, mejorar su nivel de vida y contribuir económicamente con su hogar. En una situación de este tipo, uno de los mayores desafíos que enfrentan las personas es lograr el equilibrio entre su vida profesional y su vida personal y familiar. Hay muchos factores que impiden vivir una vida equilibrada, pero uno de los más influyentes es el extremismo que suele dominar el pensamiento, los valores y las conductas de muchas personas. En el caso de la familia, el extremismo de género (machismo, o feminismo) es uno de los más perjudiciales. Según la visión machista, las mujeres deben quedarse en su casa a criar los hijos y los hombres deben salir a trabajar. El feminismo, por su lado, afirma que la mujer debe dedicarse a su carrera y privilegiar su desarrollo (tal como lo haría un hombre) y que la maternidad impone un "impuesto" a su crecimiento profesional y personal. Bajo un pensamiento machista, un hombre que no trabaja y que se queda en su casa es "menos hombre" que aquel que sale a trabajar. De la misma manera, bajo un paradigma feminista la mujer que no trabaja y que se dedica exclusivamente a su casa y sus hijos es vista como "mediocre" o un "desperdicio". Ante nuestros ojos circulan muchas imágenes culturales que afirman estos extremismos: se muestra la agotada mujer que intenta -infructuosamente- hacer malabares entre su trabajo y su familia, pero que carece de toda satisfacción personal; la "súper profesional" que obtiene todo lo que se propone en su carrera, pero que difícilmente ve a sus hijos despiertos durante la semana; el remordimiento y la culpa de la mujer que deja a sus hijos para ir a trabajar; o la frustración y vergüenza de aquella que abandona su profesión para criar a sus hijos. Los extremismos ocasionan desequilibrios. Muchas parejas sacrifican la familia por el trabajo: piensan que un hijo no "cabe" en sus ajustados cronogramas laborales y que sería el fin de sus carreras. En estas parejas, la mujer no desea resignar los espacios profesionales conquistados. Muchas otras sacrifican su calidad de vida y la de sus hijos, en pos de formar una familia grande y unida. Así, deciden que la mujer se quedará todo el día en su casa y que vivirán con los ingresos del esposo, aunque no sean los óptimos. Detrás de estas decisiones, muchas veces se esconde una postura machista o feminista, que puede ser un valor arraigado en los miembros de la pareja, o una debilidad ante los estereotipos sociales. Sea como fuera, ni con una posición machista, ni con una feminista, se puede lograr el equilibrio necesario para obtener satisfacción en lo profesional y en lo personal. Se necesita más flexibilidad de pensamiento y acción, porque cada familia tiene sus propias necesidades y posibilidades, como cada persona. Existen aquellas en las que ambos trabajan y se reparten el cuidado de los hijos y la atención de la casa. También existen las más "tradicionales" en las que el padre trabaja y la madre se ocupa de la familia y los quehaceres domésticos. Y también existen nuevos modelos de familia, como el de Rafael, Débora y su pequeño hijo. Rafael y Débora siempre pensaron en cómo se alteraría su vida, el día que tuviesen un hijo. Ambos trabajaban a tiempo completo, ninguno quería abandonar su profesión y no tenían parientes que pudieran cuidar de un bebé. Sin embargo, cuando se enteraron de que serían padres, comenzaron a hablar y a pensar en alternativas viables. Tras el nacimiento de su hijo, Débora tomó la licencia legal que le correspondía. Como debía regresar a la empresa para ocuparse de un importante proyecto, cuando el bebé cumplió tres meses ella lo dejó al cuidado de Rafael. Este solicitó un cambio temporal de tareas a sus empleadores, para poder quedarse en su casa y trabajar desde allí. Apenas Débora culminó su proyecto, solicitó una licencia sin goce de sueldo y Rafael regresó a su trabajo habitual. Al año de edad del bebé, Débora retomó su trabajo y acomodó sus horarios de modo tal de reducir la semana laboral a cuatro días. Rafael también hizo lo propio, sumando algunas horas de lunes a jueves y dejando libre los viernes. Así, teniendo Débora libre los días lunes, sólo tendrían que dejar a su hijo al cuidado de una niñera durante tres días y ellos podrían ocuparse los restantes cuatro. Vivieron bajo este sistema durante casi un año, período durante el cual reunieron algunos ahorros para que Débora pudiese tomarse una nueva licencia durante seis meses, hasta que su hijo estuviera en edad de comenzar el jardín de infantes. Si bien los reiterados cambios y ajustes en la familia de Rafael y Débora pueden parecernos complicados, el suyo es un ejemplo de planificación, flexibilidad y creatividad para lograr una vida equilibrada: ambos pudieron disfrutar de su hijo durante sus primeros años y a la vez atender sus carreras y mantener estable su nivel de ingresos. Ante una situación como la de Hugo y Débora, dos adultos independientes que forman una familia pero no desean resignar sus carreras, muchas personas piensan "no puedo tenerlo todo". Entonces, adoptan una postura extremista de "renuncia" y "sacrificio": dejan el trabajo, o dejan la familia, lo cual les provoca un natural desequilibrio. Para evitar este desequilibrio entre la profesión y la familia, es necesario superar los extremismos. Sólo la apertura y la flexibilidad permiten construir nuevos modelos de familia, en los que ambos padres puedan disfrutar de sus hijos y atender sus aspiraciones personales.
Los niños merecen la compañía y el apoyo de su madre y de su padre. Si existen maneras de brindarles más tiempo y atención, no permitamos que un prejuicio o una imagen lo impidan. A su vez, disfrutar de los hijos es una alegría para hombres y mujeres, que tampoco deberíamos sacrificar por una idea extrema. Finalmente, realizarse en lo personal es un derecho de ambos, que ningún pensamiento extremista debería cercenar. Necesitamos reunir el suficiente coraje para dar la espalda a los prejuicios sociales, para superar el machismo o el feminismo individual y para elegir pro activamente aquello que redunde en una mejor calidad de vida personal, profesional y familiar. Para lograr el anhelado equilibrio, necesitamos construir familias. Por Eccio Leon R. mailto:cedros@hcb23.com Publicado Domingo, Junio 19, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |