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| Luis era un hombre sano, lleno de vida, pero aunque era fuerte y alto, su “manteca”corporal no le permitía correr y saltar como él lo deseaba: por esta condición sus movimientos físicos estaban limitados. |
| Luis era un hombre sano, lleno de vida, pero aunque era fuerte y alto, su “manteca”corporal no le permitía correr y saltar como él lo deseaba: por esta condición sus movimientos físicos estaban limitados.
Una tarde calurosa, jugando pelota con unos adolescentes, cayó desmayado en el medio de la calle. Todos los que estaban presentes corrieron para auxiliarlo, pero todo fue inútil pues para el vecindario, Luis murió... y murió de repente!
Lo llevaron al hospital y allí, inmediatamente le dieron los primeros auxilios y más tarde le harían una resonancia magnética (emoray) para determinar la causa de su desmayo. Aunque para todos Luis estaba muerto, los médicos estaban seguros de que Luis sólo sufría un desmayo debido al calor y a la falta de ejercicios.
Un doctor dijo: - No va a caber en la máquina del emoray, por gordo.
- Creo que va a despertar - dijo una enfermera. El se está moviendo mucho; es mejor anestesiarlo un poco, no sea cosa de que trate de pararse y eche a perder el examen.
¡El pobre Luis, siempre decía que sólo amarrado le harían un kaskan (tomografía) o un emoray, sólo muerto lo meterían en esas cajas...pero sin su consentimiento, ahora estaba allí sin poder moverse y sin poder g ritar.
Al rato, por efecto de la anestesia se quedó profundamente dormido o quizás muerto. Luis, en su letargo, comenzó a figurar cosas que no sucedían y a oir voces lejanas: él estaba seguro de estar en la caja y oía todo lo referente a la preparación de su funeral.
De pronto y sin saber por qué sus oídos se activaron con mucho vigor; primero un ruido y después muchas voces raras y llanto de muchas personas, luego los gritos de su mujer. Con esto se impresionó porque siempre pensó que ella no lo quería; le ponía tantos defectos que en los 35 años que llevaban casados se acostumbró a sentirse apocado por ella, gordo, feo y un marido inútil, pero ahora oyendo sus gritos descontrolados y sus lamentaciones, se dio cuenta de que ella lo amaba, pero, por qué ella no se lo había dicho nunca, ni se lo demostraba? No pudo pensar en la respuesta porque oyó cómo su madre perdía el conocimiento al enterarse de su supuesta muerte.
Como Luis estaba tan gordo, los familiares, sin esperar los resultados médicos dispusieron enterrarlo el mismo día por temor a que el cadáver se descompusiera por efecto del calor que hacía ese día. Mientras preparaban lo del funeral, Raulín, su hijo de 8 años, estaba seguro de que su padre no había muerto. En vano le decía a su madre: - No llores, mamá, papá no está muerto, créemelo.
Como la madre no lo escuchaba, fue a la cocina y buscó, sin que nadie lo viera algo que trajo escondido debajo del brazo. En la clínica se acercó a la supuesta caja y en voz baja le dijo:
- Papá, al lado de tu mano derecha te puse un martillo y un destornillador, sé que te servirá cuando despiertes, para abrir la caja y poder salir..
La gente se aglomeraba frente a la casa para despedir a Luis; todos lloraban con triste asombro la partida tan inesperada de quien lucía fuerte, sano con buena salud. En ese momento los doctores movieron a Luis en la camilla para introducirlo en la máquina y hacerle el Emoray (Resonancia magnética).
Luis sintió que lo llevaban al cementerio; lo iban a enterrar en un sótano donde había unos 10 nichos en la pared. Los sepultureros, como ya era tarde, dejaron la caja en el suelo, fueron al nicho, para enterrarlo al otro día y terminar el trabajo cementando el nicho. El cementerio cerraba a las 6 de la tarde, por eso todos los empleados se retiraron a sus casas.
A las dos horas de estar dormido, Luis despertó; sus ojos estaban bien pesados, no podía abrirlos. Cuando creyó que lo hacía, era de noche en su caja, una noche más negra que la oscuridad. Tampoco podía respirar y era porque tenía dos tapones de algodón que le taponaban las inmensas fosas nasales; respiró hacia fuera y los algodones salieron volando.
Después notó que no podía mover sus brazos porque estaban rígidos y amarrados al fondo de la caja. Trató de respirar profundo y un olor a muerto de cementerio se le metió por la nariz. Entonces dijo: -¡Qué vaina, el muerto soy yo!... y ¿ por qué estoy muerto? No sé, - respondió –creo que me han enterrado vivo!
Trató de incorporarse y no pudo... -¿Dónde estoy? ¿Dónde me han metido?
Quiso gritar para pedir auxilio, se calmó unos segundos y clamó diciendo: - Dios mío, dime qué me ha pasado, no veo nada, sólo sobras pasan por mi cerebro, que vienen y van, unas blancas y otras oscuras y brillantes como franjas eléctricas que corren sin fin.
De pronto llegó a sus oídos la vocecita de su hijo Raulín diciéndole: -Papá te puse un martillo y un destornillador para que los uses cuando despiertes y puedas abrir la caja y salir.
Con la mano rígida, paralizada por una muerte falsa, tocó el martillo, lo cogió y poco a poco comenzó a golpear la tapa de la caja; ésta se rompió por un lado y él pudo levantarla, pero no podía moverse por su gordura.. Haciendo un esfuerzo levantó la cabeza y pudo ver en la oscuridad una línea que dibujaba una puerta.
Al moverse tanto y con peso de su cuerpo, la caja se rompió y pudo salir fácilmente. Sentado en el suelo y sin saber dónde estaba, ni qué hacer, pensó que lo mejor era esperar para asegurarse si estaba vivo o muerto. Un olor a putrefacción le descompuso el estómago y comenzó a vomitar; se apretó fuertemente la barriga y se pegó a un lado de la caja que no se había roto. Penando en negro, trató de tranquilizarse mientras miraba el hilo de luz que seguía marcando la puerta de salida.
Dominado por la impresión del día, la falta de sueño y el cansancio se quedó profundamente dormido por eso no pudo sentir cuando los sepultureros entraron temprano en la mañana para terminar el trabajo del entierro. Ellos al ver a Luis sentado en el suelo, fuera de la caja, quisieron salir corriendo para dar la voz de alarma a la oficina de información, pero uno dijo: - Primero vamos a tocarlo y a llamarlo para ver si está vivo o muerto. - Yo creo que se llama Luis - dijo otro.
En ese momento terminaban de hacerle a Luis los exámenes en el hospital y los médicos y las enfermeras lo llamaban para que despertara.
Luis despertó y pudo salir de aquella pesadilla que le produjo la anestesia y el estar más de 20 minutos dentro de la máquina, acostado, en una pequeña caja donde le hicieron el estudio llamado “Emoray”.
Cuento de MERCEDES GONZALEZ. mary_pili77@hotmail.com Por Mercedes González mailto:mary_pili77@hotmail.com Publicado Sábado, Julio 16, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |