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| Juancito era un niño bien tranquilo, siempre estaba sonriente, como si dentro de la pobreza de su familia, él viviera feliz. |
| Juancito era un niño bien tranquilo, siempre estaba sonriente, como si dentro de la pobreza de su familia, él viviera feliz.
Su ropita era limpia y lucía sano y arreglado; era gordito, con su cabello negro medio largo, sin recortar; tenía 12 años de edad.
Como era el mayor de tres hermanos estaba encargado de llevar la comida, en una cantina, a su papá que trabajaba como soldador en un taller donde arreglaban carros; suerte que no era muy lejos pero para Juancito el problema era que tenía que hacer el mandado cuando llegaba de la escuela a las doce del día y antes de comer.
Todos los que han ido y van ahora a la escuela, niños o viejos, saben que uno llega con mucha hambre a su casa y si no había dinero para tomar un “concho” (transporte público) se caminaba por las calzadas llenando el estómago con los olores de la comida, que salían por las ventanas de las cocinas de los ricos., haciendo el trayecto fastidioso y largo porque con olor no se come.
Cuando Juancito llegaba a su casa no había sorpresa con la comida, siempre lo mismo: plátano, batata y si su madre podía conseguir un trabajito casero: lavar alguna ropa, limpiar una casa, cocinaba “chambre” de frijoles con longaniza.
Otra cosa le molestaba a Juancito: el pedacito del camino para llegar al taller era un callejón lleno de hoyos y piedras, donde uno podía tropezar, caerse y dejar fácilmente lo que llevaba en las manos.
Siempre le decía a su madre: - Mamá, llegué. - Y ella le respondía: - Coge la comida y llévasela a tu papá..
Muchas veces caminaba rápido, otras veces iba despacito. Aunque pesaban sobre él pocos años pensaba: - Cómo vivirán los niños del pueblo con mucha comida y juguetes y de todo lo que yo no tengo.
Su único sueño era tener una bicicleta; así podría ir más rápido a llevarle la comida a su papá Ya estaba cansado de pedírsela a Santa Claus, pero un amiguito le dijo que ese Señor sólo iba a llevarle lo que le pedían los niños ricos.
De pronto el olor que salía de la cantina lo sacó de sus pensamientos: se dio cuenta que el olor era diferente
- Qué cocinó mamá hoy? - porque los plátanos con huevo o queso no huelen así.
No pudo aguantar la curiosidad y se sentó en una piedra grande para destapar con cuidado las cantinas, no fuera cosa que se salieron del gancho y se le cayera la comida
¡Qué sorpresa para él! Lo que había en una cantina era un sancocho de rabo; en la otra, arroz y un aguacate.
Sin más, ni más, Juancito como el gato, le echó mano a la carne, que era mucha, luego se comió los pedazos de yuca y plátanos, dejó la auyama porque no le gustaba y cuando terminó tapó las cantinas con cuidado porque sólo dejó el caldo, se limpió las manos en la ropa y siguió su camino.
Aunque Juancito llegaba al taller con hambre siempre esperaba que su papá comenzara a comer. Cuando Nelson, que así se llamaba su papá, le preguntó al niño: - Pero Juancito, aquí sólo hay caldo...¿ y todo lo demás del sancocho?
Juancito, con cara de inocente le dijo: - Papá., las cantinas se me cayeron y sólo pude recoger del suelo el caldo. Por Mercedes González mailto:maryjerezm@hotmail.com Publicado Lunes, Diciembre 26, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |