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| Jordi Buch Oliver nació en Mataró (el Maresme - Barcelona) en el año 1957. Actualmente reside en Mataró y se dedica a trabajar en su obra literaria (tiene cuentos publicados en los Estados Unidos, Israel, Italia y Argentina). |
| Estaba tumbado en la cama, cansado, perdido en una ciudad que desconocía, y en una habitación de hotel del que sólo podía decir que tenía cierto encanto..., como todos los hoteles baratos de los que casi nunca se sabe muy bien qué decir.
El Miura, no era un mal nombre, incluso quedaba bien porque, el hotel, estaba sólo a dos pasos de la plaza de toros, aunque, lo más incierto, eran dos farolillos rojos que colgaban de los enormes pitones de la cabeza de un Miura de verdad que custodiaba la entrada del hotel. Desde la ventana podía ver esos cuernos reflejados en la pared de la casa de enfrente donde un personaje extraño me salía en calzoncillos al balcón para tomar el fresco. Pobre hombre, parecía el mismísimo diablo. A sus pies, un letrero luminoso, algo viejo y roto, anunciaba los precios módicos que se cobraban en la barbería de “la pelá”. Sin conocernos de nada, ese pobre diablo me saludó efusivamente. La calle era tan estrecha que casi podía sentir su aliento que apestaba a vino barato y agriado. Su sonrisa y sus dientes eran retorcidos como las aceras que serpenteaban la cuesta de aquél callejón oscuro. Daba asco de verle: con esos calzoncillos amarillentos y con esos picores de la entrepierna que iba rascándose con sus uñas negras que estaban llenas de piojos muertos. A punto estuve de vomitar y de perder la copiosa cena que me costó un ojo de la cara..., y de joderme también el único ojo que me quedaba. ¡Un desastre!.
En lo alto de la casa, y por el voladizo del tejado, asomaba una veleta extraña, o cuando menos era curiosa porque nunca antes había visto una veleta con perfiles de señorita..., de señorita haciendo la veleta. Sin ganas de sacarle hierro al asunto porque, claro está que, de hierro, esa veleta llevaba lo suyo, he de reconocer que aquella señorita lucía un busto bastante generoso y macizo; no en vano, estaba hecho de chapa..., de buena chapa maciza. Poniéndole mucha imaginación, pude adivinar algo de sus encantos..., y no fue fácil porque andaba tuerto de un ojo y la noche también andaba algo tuerta y deslucida de luces. Sin embargo, y a pesar de esas contrariedades, he de decir que pude ver los contornos de esa señorita con cierta nitidez..., y..., ¡Dios!: sus curvas se reflejaban en el cielo infinito dando también infinitas vueltas que retorcían mis pensamientos más oscuros..., oscuros como la noche. Ni que decir tiene que sus encantos eran algo exagerados..., exagerados como los pensamientos que encendían mis deseos más obscenos; pero también era cierto que lucían muy hermosos..., y eso que la chapa oxidada se despellejaba como si fuera la piel de una vieja: hubiera saltado por el tejado pegando saltos como un gato, aunque tuve que reprimir mis instintos porque el pobre diablo del balcón seguía mirándome con unos ojos que parecían los de un búho hipnotizado. Se me ponían los vellos de punta sólo de verlo..., y eso que yo andaba sudando la camisa como si estuviera en el mismísimo infierno. Sin embargo, mis malos pensamientos seguían arrastrándome a ese abismo: oscuro y negro como el culo de ese gato que iba pegando saltos por el tejado. Jodido de pánico y de sudores, me metí en la habitación y cerré las ventanas del balcón dejando fuera a ese pobre diablo; aunque el gato se me metió dentro pegando saltos y rasgándome las paredes como si fueran hojitas de papel. No pude pegar ojo en toda la noche porque ese jodido gato maullaba y chocheaba cuando se lamía las pulgas que le corrían por las pelotas. Desesperado, cogí el teléfono y llamé de urgencia al servicio de habitaciones..., y he de decir que fueron muy amables porque, apenas colgué el auricular, una señorita llamó a mi puerta y me trajo un catálogo bochornoso de mujerzuelas que no supe ni tan siquiera como cogerlo..., y, mucho menos, como hojearlo; aunque, la señorita del ser-vicio, tampoco es que estuviera para hojearla demasiado. ¡Dios!..., ¡qué asco!: le colgaban las carnes y los dientes con un desorden que daba vergüenza de ver. Por suerte, andaba mareado de vino barato y caliente y, con eso, aguanté toda la noche perdido entre los pliegues de sus carnes: era la única manera de esquivar sus besos y los vómitos que llevaba pegados en los labios. De vez en cuando me subía por las paredes de la habitación y, como si fuera un gato, me agarraba a lo que podía..., ¡desesperado!; pero las paredes, húmedas y frías, me resbalaban de las manos... Y entonces le daba a la botella de vino para que mis pensamientos se elevaran hasta el techo, pero por el techo sólo colgaba una espantosa lámpara llena de bombillas fundidas y, la única bombilla que daba algo de luz, pegaba más intermitencias que un semáforo. Me agarré a esa luz con todas mis fuerzas, pero la bombilla explotó entre mis manos. Estaba jodido, muy jodido de asco, de calambres y de quemaduras, pero no me soltaba de la lámpara que iba descolgándose del techo con pedazos de yeso podrido de humedad y con trozos de pintura amarillenta que se desconchaba como si fuera la piel de un lagarto viejo que andaba mudando sus pellejos. ¡Dios!: tenía un lagarto en el techo y una lagarta en la cama. De golpe, y fue de golpe porque la sacudía fue enorme, la lámpara cayó como una lanza sobre las nalgas de la señorita: le dio en el centro..., en lo más hondo... Y ella se retorcía entre las sábanas pegando unos gritos de espanto... Y daba vueltas como si fuera esa señorita de chapa que hacía de veleta en el tejado de la casa de enfrente, aunque con la chapa de la carrocería destrozada. ¡Un asco!.
Jordi Buch Oliver http://www.jordibucholiver.com Por Jordi Buch Oliver mailto:jordibucholiver@jordibucholiver.com Publicado Jueves, Diciembre 29, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |