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| El 8 de Diciembre de 1965 tuvo lugar en Roma la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Han pasado 40 años. La gente que no pertenece a la Iglesia, o que se ha ido alejando de ella, o que no está para muchas cavilaciones históricas, no tiene una idea clara de lo que el Concilio ha significado para nosotros. |
| El 8 de Diciembre de 1965 tuvo lugar en Roma la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Han pasado 40 años. La gente que no pertenece a la Iglesia, o que se ha ido alejando de ella, o que no está para muchas cavilaciones históricas, no tiene una idea clara de lo que el Concilio ha significado para nosotros. Hablo desde dentro del cristianismo católico.
Con ocasión de tan magno acontecimiento, muchas miradas van a volverse hacia ese Concilio, queriendo apresar alguna clave que explique y recupere el potencial de aquella “conversión” eclesial. Especialistas e historiadores tiene la Iglesia que nos han de aclarar con detalle lo que aquel Concilio quiso ser, pudo ser, fue de hecho o se frustró. Me gusta saber del pasado, pero temo que la Iglesia mire demasiado hacia ese tiempo y que lo haga con añoranza y pena, y hasta arrepentida de haberlo abandonado. Tengo la impresión de que nos gusta celebrar mucho las bodas de plata y oro de casi todo, conmemorar los centenarios de maravillas de nuestra historia, pero siempre de algo que fue y ya no es, ni va a ser. En castellano sencillo, que miramos demasiado hacia el pasado y lo celebramos con la fruición de quien piensa, “en mis tiempos...” Pero, ¿tus tiempos no son éstos? O, ¿es que hay otros tiempos?
Personalmente viví la Clausura de ese Concilio sin enterarme de nada. Era un niño que no podía valorar lo que allí sucedía. Apenas si me queda el recuerdo de que nos regalaron varios televisores que ya no salieron del Seminario. Ésta fue mi ganancia. No es pequeña. El Concilio es un bosque de ideas y propuestas, pero, si se me permite elegir entre ellas, hay una que me tiene atrapado desde hace años. La manera de entender la Iglesia su relación con el mundo y, por tanto, el modo como la Iglesia se entiende a sí misma y entiende al mundo, es algo que me parece fundamental. En términos muy sencillos, nosotros respondemos estas cuestiones, no sólo, pero sí muy principalmente, con estas palabras: La Iglesia es Pueblo de Dios en medio del mundo, en el mundo de su tiempo, dentro de él, como su compañera de historia y testigo de Jesucristo. Ella existe para evangelizar, es decir, ofrecer el Evangelio, celebrarlo y encarnarlo, con especial sensibilidad hacia los pobres, en obras de misericordia y solidaridad, convirtiéndolo en un testimonio que apela a la libertad y al corazón de todos. Teológicamente es mucho más complejo que esto, pero, sin esto, nada tiene sentido cristiano en Teología. Cuando la gente “ajena” a la Iglesia oye estas cosas, puede pensar que estamos locos. Piensa que soñamos con “angelitos” o que añoramos un pasado de predominio sociológico del cristianismo que ya no volverá. Seguramente nosotros les hemos dado esta impresión. Yo mismo reconozco haber vivido durante años con la convicción de que el problema principal del cristianismo católico era su modernización. Creía que de lograrla, reverdecerían viejos laureles. Pensaba, no obstante, que no sería fácil, porque lo moderno era muy fuerte y avanzado, y nosotros, muy temerosos y envejecidos. Ha pasado el tiempo, y nosotros somos muy temerosos y seguimos envejecidos, pero lo moderno ha sido muy cuestionado, y es muy justo hacerlo. Claro está que según y cómo. Pero lo que me importa decir ahora es que estamos recuperando la confianza de quien sabe que tiene una Buena Nueva que ofrecer y que el anhelo de sentido es tan perenne en el ser humano como su propia existencia. Y que estas dos realidades imperecederas tienen oportunidades intactas de encontrarse en el corazón de millones de personas, si hay quien dé testimonio de haberlo logrado noblemente.
Pero el Concilio no pudo prever todo el cambio cultural que llegaba y nosotros nos hemos despistado en esta tarea fundamental. El Concilio, hace cuarenta años, previó que nuestro interlocutor en Europa era el hombre y la mujer de conciencia moderna y autónoma, el que ha superado una minoría de edad intelectual, política, religiosa y hasta moral. Así lo pensaron muchos y así nos lo enseñaron. Y, en buena medida era cierto. Con tanta sinceridad lo vieron y dijeron los mejores teólogos y obispos, que muchos otros, los más conservadores, se han vaciado por desactivar los principios filosóficos y teológicos que impulsaron a la Iglesia en este diálogo pastoral con el mundo moderno. Los conservadores siempre han querido volver a los “cuarteles” de invierno y nuestras dificultades con la modernización las han interpretado como la prueba de su éxito. Pero también éstos se equivocan en su propósito y estrategia, y se equivocan más, y son prisioneros de la misma tesis sobre la modernización. Tanto quienes pensábamos que la salida era la modernización sin más, como quienes piensan que la salida es evitarla a toda costa, erraríamos si no percibiéramos la novedad cultural de nuestro tiempo. El Concilio no pudo prever, pero nosotros sí, y estamos obligados a hacerlo, que tenemos delante por primera vez a hombres y mujeres que, en muchos casos, no se reconocen religiosos. El anhelo de sentido, de felicidad o de trascendencia, no se plasma en ellos, en su consciencia, como inquietud religiosa, sino directa y explícitamente como indiferencia, ausencia o silencio. Esta novedad entre muchos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sitúa al cristianismo en un escenario totalmente imprevisto, de manera que cabe decir que vivimos un tiempo tan complicado como la primitiva evangelización en el Imperio Romano. Quizá hasta más difícil, pues aquellos destinatarios del primitivo cristianismo eran siempre gentes con alguna creencia religiosa, la que fuera, pero gentes con conciencia religiosa y fe explícitas. Por primera vez, el cristianismo se aviene a ser Pueblo de Dios en medio del mundo, entre gentes que no reconocen sentido alguno a la palabra religiosa. Y no valen salidas en falso, aunque dignas, como la que apela a los cristianos anónimos o al consumismo y la patria como religión de sustitución.
Por dónde sacar esto adelante es la cuestión que todos tenemos en mente. Algunos de entre nosotros aspiran a la vuelta atrás, y lo hacen con cierto éxito, pero a mí me parece que ese cristianismo es poco de Jesús, poco cristiano. Le suele faltar la Encarnación. Me recuerda a los toros, a los que no tengo afición alguna, pero que he observado cómo se refugian contra las tablas para aguantar más tiempo de pie.
Tengo más esperanza en dos intuiciones que apunto para concluir. La primera es que dentro de la Iglesia recuperemos intensamente el cristianismo de Jesucristo, con su relación radical con el Padre y con los Pobres; todos los cristianos iguales en dignidad, hombres y mujeres iguales en derechos y deberes, todos iguales para el servicio al mundo en la diversidad de ministerios y carismas. La segunda, que ofrezcamos la buena nueva de Jesucristo como lo que es, buena noticia del Amor y Gratuidad de Dios. Como en estas dos pautas estamos muchos, me apunto a destacar una tarea primordial. Esa buena nueva tiene que lograr un mínimo reconocimiento cultural, es decir, que la sociedad actual europea la reconozca bien avalada por sus prácticas humanizadoras y bien expresada en su lenguaje teológico. En cuanto a la importancia de lo primero, todos estamos de acuerdo en la Iglesia, si bien discutimos sobre cuándo nuestras prácticas son humanizadoras. En cuanto al segundo aspecto, hay en la Iglesia muchas reservas hacia la necesidad de la Teología. Tengo para mí que si la Teología no consigue algún tipo de aceptación cultural entre los saberes humanos, en una sociedad tan mediática como la actual, es imposible que el discurso cristiano resuene significativo entre las generaciones más jóvenes. Necesitamos una atmósfera “cultural” y “mediática” donde el discurso religioso y cristiano merezcan respeto teórico. El respeto a la práctica solidaria cristiana, todos lo tienen, pero el teorético, si es con la forma de catecismo y dogma, apenas es aceptado, y si no es así, la racionalidad moderna no tiene costumbre de tomarse en serio el pensamiento cristiano. Muchos confían en que éste sea el servicio de la enseñanza religiosa escolar, pero si la cultura actual no admite entre los saberes dignos a la teología y las ciencias de la religión, o éstas no lo intentan, en cuanto los niños y niñas crezcan dejarán la fe como referente vital o la mantendrán como referente sociológico y privado. Sin llegar a la cultura, entendiendo por tal ese conjunto de ideas y pautas reconocidas como razonablemente sabias por una sociedad, y esto de manera espontánea, no es posible un anuncio significativo de la buena nueva de Jesús hoy. El Concilio no lo pudo ver, pero nosotros sí.
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana VITORIA-GASTEIZ.
Por JOSÉ IGNACIO CALLEJA
Publicado Viernes, Diciembre 30, 2005 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |