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Y no podrán matarlo
Por José Luis Mejía

Alejandro Romualdo es uno de los buenos poetas que el Perú dio en este siglo XX ya extinguido, y una de sus composiciones más famosas y resabidas (todos la aprendimos de chicos en el colegio) lleva por título “Canto coral a Tupac Amaru”.


Alejandro Romualdo es uno de los buenos poetas que el Perú dio en este siglo XX ya extinguido, y una de sus composiciones más famosas y resabidas (todos la aprendimos de chicos en el colegio) lleva por título “Canto coral a Tupac Amaru”. Recuerdo dos de los versos dedicados al bravo cacique de Tungasuca, que rezan: “querrán matarlo / y no podrán matarlo”.

Digo esto porque, salvando abismales diferencias (hoy que hasta un candidato presidencial, de palabra ambivalente, pensamiento confuso y moral contradictoria, se compara con él –y con cuanto nativo heroico ha engendrado la patria-, colgándose descarada e inmerecidamente del mito del Pachacuti y del Incarri), puedo declarar, arriesgándome al ridículo y la burla de mis amigos que aseguran que soy exagerado y melodramático, que aquella tarde, al despertar de la operación en la cual fue extirpada mi inoperante y prematuramente caduca vesícula biliar, me sentí el inmortal del poema.

Los viejos dioses hablaron y consintieron mi permanencia en este valle de lágrimas. Aunque me es posible deducir, tras la subida galopante de mi presión arterial en la sala de recuperaciones (controlada a tiempo, y a pesar de una enfermera ineficiente y atolondrada, por un médico solvente y sereno que me administró una pastillita sublingual, amarga y salvadora), que la votación por mi vuelta de los brazos del Morfeo quirúrgico y anestésico al mundo incierto pero real, fue ganada por decisión dividida y apretada entre los inmortales, gracias, no lo dudo, a que una diosa que ignoro, enterona y no mal parecida, debió interponer su divina mano para rescatarme del asedio de las Parcas.

“El que espera desespera”, dice un viejo refrán atemporal y contemporáneo. Durante la semana que pasó entre el día que el médico resolvió mi operación y la fecha misma de mi sometimiento al bisturí, comprendí lo que sintieron los nobles franceses del 89 aguardando la hora indicada para poner sus reales cabezas a disposición del invento de monsieur Guillotin. La incertidumbre es una caverna oscura y el temor una jauría de lobos que aúlla dentro. Revisé toda la información que pude reunir, busqué estadísticas, experiencias anteriores y comentarios de todo calibre. Toda la evidencia apuntaba a un resultado favorable, sólo la historia de un paciente descerebrado por exceso de anestesia en medio de una rutinaria y aparentemente sencilla operación de apéndice, estuvo conspirando contra mi habitual calma e indiferencia. Con decirles que una de esas tarde me animé a caminar por la arena en medio del atardecer, podrán trazar sin mucha dificultad la línea de mis sentimientos y sensaciones.

El día que Ella cumplió años (callaré cuántos para salvaguardar mi integridad física recién recuperada) se celebró una muy animada reunión donde, colocándome en el peor de los pronósticos, decidí acometer, “sin dudas ni murmuraciones”, contra la infinidad de bocaditos, sanguchitos y dulces que adornaban la mesa; un digestivo tomado a tiempo (¿o la cantidad incontrolable de jugos gástricos que producía mi nerviosismo?), me libró de cualquier malestar.

El día previo a la cita con el cirujano, almorzamos en la calle. Un jugoso bife de chorizo alivió mis pulsaciones, sólo alteradas por la imposibilidad de hallar, aquélla tarde, un bendito lugar donde comprarme un “suspiro a la limeña” (peruanísimo e inolvidable postre a base de oporto, leche y huevos que nadie que visite esta Tierra del Sol podría dejar de probar) que se me antojara como a gestante en tercer mes de embarazo. De noche, unas mandarinas (dulces y sin pepas), fueron todo mi sustento.

Aquella mañana desperté sin demasiado entusiasmo. Me afeité y me duché con la misma rutina que repito hace lustros. Con el estómago vacío y la ansiedad repleta, esperé la llegada de Néstor (fiel y sacrificado amigo que se comprometió a recogernos minutos antes de las ocho de la mañana) con la maleta en la mano y mi hermano al lado. Devoramos rápidamente los pocos kilómetros que separan mi casa de la clínica. Tomamos el camino de la costanera y pude ver el esplendor de una mañana, veraniega todavía, que, entre colchones de niebla y humedad, anunciaba un sol radiante.

Estacionamos en el patio casi vacío y nos dirigimos a la sección administrativa. Una amable señorita nos atendió revisando todos los papeles que días atrás me habían solicitado. Concluido el trámite, dijo con voz dulce: “ya puede realizar el pago”. En caja cancelamos una gruesa parte del presupuesto, regresamos a la administración y nos dejaron sentados, esperando, por varios minutos. Cerca de las 8:30 se acercó una enfermera y nos condujo a la habitación 112 y nos pidió, amablemente, que aguardáramos. Total, ya habíamos pagado...

Como a las 10:00 se presentó un médico que me hizo el chequeo rutinario y superficial que concluyó con el “espere instrucciones” que nada significa. Al rato, una enfermera trajo ese batín blanquecino y odioso con que uniformizan a todos los pacientes y se limitó a declarar: “póngaselo”, “pero, ¿a qué hora será la operación?”, “ya le van a informar, póngase la bata”, dio media vuelta y se marchó. Mi hermano, más eficiente que yo en esto de lidiar con la burocracia institucional, fue hasta la sala de operaciones y averiguó que estaba programado (me sonó a faena de torero) para las 11:00 de la mañana. Yo esperé impaciente, negándome a ponerme encima aquella infame vestimenta hospitalaria.

Faltando quince minutos para la hora señalada, llegaron dos enfermeras empujando una camilla, le pidieron a mi hermano y a Néstor que abandonaran el cuarto y cuando estuvimos solos, la que parecía mayor, me dijo, “bueno, desvístase y póngase la bata”, “¿perdón?”, pregunté azorado, “desvístase”, “¿acá?”, y la señorita me miró como diciendo “realmente no me importa” y convirtió la que hubiera sido una ocasión histórica en el más vergonzoso episodio. Como comprenderán, me fui al baño y allí me cambié. Imposible mantener cierta dignidad con ese trapo encima. Si cubre, mal que bien, el frente del sujeto que lo porta, es absolutamente imposible evitar que las espaldas (y todo lo que sigue) no sea expuesto a la miradas públicas. Tratando de mantener el recato de mi educación católica y aburguesada, hice malabares en el intento de aposentar el total de mi geografía sobre la fría camilla, sin dejarme traicionar por las indecencias del mentado trapo profiláctico y desinfectado.

Ya echado, cuan largo soy, con los pies sobresaliendo por una camilla sudaca confeccionada para sujetos de metro sesenta, las enfermeras procedieron a convertirme, de avergonzado e incómodo paciente, en una especie de bufón post medieval con un sobrero absurdo sobre mi cabeza casi calva y unos trapos, a manera de zapatos de tela, cubriéndome los pies. Ya irreconocible, salí rumbo al matadero.

Luego de esforzar a varios de los enfermeros (y ante el agotamiento de las pobres enfermeras) en el trajín de llevar mi camilla, con todos mis kilos encima por la rampa, de la primera planta del edificio hasta el segundo piso, donde me encontró la sala de operaciones. Allí me recibió una señorita que tenía cara de doctora cuando en realidad era la encargada de recibir (“recepcionar” diría algún político nuestro semi analfabeto y con pretensiones presidenciales o congresiles) a los futuros operados. Me hicieron pasar (otra vez cuidado de no andar luciendo como bailarina del Moulin Rouge al finalizar el espectáculo) a una segunda camilla en la cual me condujeron (me pregunto ¿por qué diablos no me hacían caminar?) a la sala de operaciones, ¡siete metros más adelante!, y “pase a la mesa”, y otra vez los malabares que casi dan con mis huesos en el piso si no fuera por la rápida intervención de la anestesista. Era una mujer joven (¡qué difícil resulta auscultar el rostro, y en él las características y edad, de quienes llevan encima ese sombrero, parecido a la gorra para ducharse que usan las mujeres, verde y aséptico!) y muy amable, le confié mi desconfianza en la anestesia y sonrió. “No hay problema”, dijo y me fue explicando, paso a paso, lo que hacía. Me colocó una “vía” en la mano izquierda y me advirtió que iba a aplicarme a la vena una especie de licor que me haría sentir mareado. “Jamás me he embriagado”, repuse y ella sonrió. Al poco rato, luego de haberme dicho su nombre y tras haberme relatado dónde había seguido sus estudios médicos, fui sintiendo cierta levedad. Luché contra la anestesia por instinto. Y me dormí.

Tres horas después me desperté. No recuerdo absolutamente nada. Al abrir los ojos lo primero que hice fue mantenerme quieto y reconocerme, una vez que la lucidez se abrió paso en la espesura de la modorra artificial y anestésica, fui, mentalmente, probando cada una de mis articulaciones. Sentí que el cuerpo, no sin lentitud y cansancio, me respondía. Respiré aliviado. Miré a la derecha y me encontré con un reloj que marcaba minutos antes de las dos de la tarde. Sólo traía de la operación una leve molestia en el costado derecho y supuse que sería el lugar donde minutos antes había mal funcionado mi pobre y ahora extirpada vesícula.

Me saludó una enfermera que me tomó la temperatura y la presión. En un instante su rostro se desdibujó y realizó una llamada. “¿Qué sucede?”, pregunté y me dijo que no me preocupara, que tenía una subida de presión y ya estaba llamando al médico. Obviamente, me preocupé. El médico no llegaba, pasaban los minutos y ya escuchaba la voz de mi hermano preguntando por mí y recibiendo respuestas evasivas y absurdas. Me preocupé más. Finalmente, veinte o veinticinco minutos después, llegó el médico. Me vio. Me dijo que no me alarmara, que la subida de presión era “parte del stress post operatorio”, me puso una amarga pastilla bajo la lengua y me dio ánimos. Le pedí que hablara con mi hermano y recuerdo que, antes de salir, a un lado de la sala, le dijo una serie de cosas a la enfermera en señal de reprimenda. Luego supe que el médico se tardó porque estaba almorzando y las enfermeras “no querían molestarlo”, de allí su ofuscación. Pasaron algunos minutos y volvió el médico, tomó nuevamente mi presión y me dijo: “no ve, todo está en orden, en una media hora volverá a su habitación”.

Dicho y hecho. De regreso a la habitación me encontré con mi hermano y con Ella que esperaba impaciente. Néstor, luego de almorzar, volvió a los pocos minutos. Claro, para pasar de la camilla donde me operaron a la que me trasladó al cuarto, tuve que hacer uso de las pocos fuerzas que me quedaban. La bajada por la rampa fue sencilla. “Sujétenme bien que no quiero terminar en la montaña rusa”, fue lo único que les dije, con una sonrisa, a las enfermeras. Llegamos y nuevamente, “pase a la cama”, y eso sí era complicado. Hice el esfuerzo, me dolió hasta el apellido y quedé, tendido y vencido, pero sobreviviente, rodeado de los míos.

Una odiosa aguja seguía introducida en la vena de mi mano izquierda y el suero, con suplementos y antibacterianos, fluía por mi organismo. Yo, que cené unas mandarinas, que no había desayunado ni almorzado, pregunté a la enfermera: “¿Señorita, a qué hora traen la comida?”. “Hoy no probará alimentos”, fue la única respuesta.

Por José Luis Mejía
mailto:jlmh@ezperu.com
Publicado Martes, Abril 17, 2001


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