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Una Intencion Sencilla
Por Eduardo González Viaña

El día de Navidad de 1736, la Santa Inquisición celebró en
la Plaza de Armas de Lima un Auto de Fe en el que serían
públicamente azotadas 20 mujeres hasta provocarles la muerte.
Otras siete que no habían podido soportar las torturas previas o habían muerto en sus celdas bajo tierra serían quemadas en estatua; sus huesos cubiertos con yeso y madera también serían pasto de las llamas. Además de ellas, había treinta hombres entre negros, mulatos y blancos.


Inquisición en Lima, en 1736 ... y en abril del 2001

El día de Navidad de 1736, la Santa Inquisición celebró en
la Plaza de Armas de Lima un Auto de Fe en el que serían
públicamente azotadas 20 mujeres hasta provocarles la muerte.
Otras siete que no habían podido soportar las torturas previas o
habían muerto en sus celdas bajo tierra serían quemadas en
estatua; sus huesos cubiertos con yeso y madera también serían
pasto de las llamas. Además de ellas, había treinta hombres
entre negros, mulatos y blancos.

Los “crímenes” que se les imputaban variaban entre
haber dicho blasfemias, ser sospechosos de brujería, haber
hecho supuestamente un pacto con el diablo o practicar
religiones distintas de la fe oficial.

La tarde del 24 de diciembre, cuando la procesión de los
sentenciados comenzó, toda Lima estaba allí para no perderse el
espectáculo. Muchos habían pasado la noche en la plaza para
conseguir un lugar próximo al paso de los ejecutados y poder
alcanzarlos desde allí con piedras, saliva y aguas inmundas.

Y por cierto, lograron la diversión que estaban buscando
porque los prisioneros del Santo Oficio estaban a su alcance,
resbalaban y caían con frecuencia y, a veces, no podían
soportar el peso de las cruces que cargaban. La prolongada
permanencia en una cárcel oscura y subterránea y su brusca
exposición a la luz solar les hacía sufrir problemas visuales. El
hambre al que habían sido sometidos los tenía prostrados en la
mayor debilidad. Muchos habían enloquecido ante tanta
desgracia e, inermes como estaban, eran los preferidos de la
burla del público. A uno de ellos, a quien llamaban el judío rey,
le habían puesto una corona de espinas.

Pero la atracción principal era doña Ana de Castro, natural
de Toledo, casada y de 47 años. La llamaban la “bella toledana”
y el pecado por el que pagaría con su vida era la práctica
secreta de la religión judía. Las leyes del pasado solían
exceptuar a las mujeres del tormento, pero no la Inquisición
cuyos aterradores métodos de investigación son bastante
conocidos. A pesar de haber sido enclaustrada en un hoyo
subterráneo durante 8 meses y de ser sometida a un
“estiramiento”, no se declaró culpable de ningún crimen. Por fin,
el presidente del Tribunal le había preguntado:

-¿Reniegas del impío judaísmo y lo denuncias como una
religión diabólica?

Pero doña Ana no renegó. Por eso y para la celebrar la
Navidad de 1736, fue obligada a caminar hasta donde hoy está
la plaza de toros. Atravesó a pie casi toda Lima entre las burlas
y los escupitajos del pueblo y, por fin, luego de presenciar cómo
se preparaba su propia hoguera, fue quemada viva. Sus cenizas
fueron arrojadas al río; a sus descendientes se les declaró
incapaces hasta la quinta generación y sus bienes, que eran
cuantiosos fueron entregados a la Inquisición, para mayor gloria
de Dios.

Ella no era un caso aislado. Entre los centenares de infelices
que padecieron el tormento, se cuentan otras mujeres como una
pobre loca, Angela Carrasco, que decía ser novia de Jesucristo,
o como Mencia de Luna, una joven de 26 años, acusada
también de judaísmo, que no pudo resistir los tormentos y cuyo
cadáver fue quemado en estatua. Lo que hay de común entre
Mencia de Luna y Ana de Castro es el hecho de que las dos
eran descendientes de portugueses y de que, en cierta forma,
ambas pagaban con su vida la rivalidad entre España y esa
potencia europea.

En el mundo de nuestros días, cuando todos proclamamos el
respeto por la libertad de pensamiento y el repudio a la tortura,
los métodos de la Inquisición nos parecen una historia del
pasado, sepultada y acaso olvidada para siempre. Y sin
embargo, un proceso judicial que se está realizando en Lima
tiene demasiadas remembranzas con esa época espantosa.

Hablo de Lori Berenson, y no puedo decir si es culpable o
inocente porque, al final, sus juzgadores no parecen saber de
qué delito la acusan. Un tribunal militar la condenó, casi sin
escucharla, por “traición a la patria” a pesar de que ella es una
ciudadana norteamericana. El tribunal civil que la juzga ahora, en
vez de demostrar fehacientemente su participación en una
conspiración delictiva, le da más énfasis a sus convicciones
ideológicas, y los magistrados que lo integran parecen ignorar el
hecho de que en ningún país democrático es penado el
pensamiento por más insurrreccional que éste sea.

Y sin embargo, una actuación de ese proceso que se ha
televisado en todo el mundo hizo que los peruanos que vivimos
en el extranjero sintiéramos vergüenza de nuestros
procedimientos penales y también de nuestros jueces, cuando ,
el presidente del tribunal, doctor Marcos Ibazeta levantó el
dedo y la conminó a renegar públicamente del Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru y de sus ideas subversivas. Lo
punible son los actos, no las ideas, y de los primeros no hay
prueba suficiente toda vez que el tribunal se ha concentrado en
la supuesta fliación ideológica de la acusada.

Además de eso y con casi toda la media aplaudiendo las
continuas declaraciones de Ibazeta, en vez de un tribunal
debidamente constituido parecemos tener solo a un grupo de
fiscales interesados en dar cuanto antes una “pena ejemplar”. En
otra ocasión y también para robar cámaras, se obligó a Miss
Berenson a copiar a mano un dictado a una velocidad imposible.
Basado en todo eso, el diario “Boston Globe” acaba de decir
que “el segundo proceso sugiere que a pesar de la caída de
Fujimori y de su corrupto jefe de espías Montesinos, el Perú
continúa siendo una democracia fraudulenta”.

En las dos oportunidades en que está frente a los jueces,
Lori Berenson es sometida a un proceso que va más allá de sus
presuntos delitos y que tiene que ver más bien con su
nacionalidad y con roces y conflictos de orden político e
internacional.

La primera vez en que fue “juzgada”, su caso coincidió con
un enfrentamiento entre el embajador norteamericano Dennis
Jett y la dictadura de Fujimori. Fue cuando el diplomático
denunció el sobreprecio que el Perú había pagado por los
aviones comprados a Bielorrusia, lo cual está ahora probado.
Fue la época en que los soldaditos del general Hermoza (hoy
preso por narcotráfico) fueron enviados a la Vía Expresa de
Lima para hacer pintas contra “el imperialismo yanqui” y “los
judíos”. Casi de inmediato se condenó a la máxima pena a la
joven estadounidense en trato muy diferente del que se había
dado a una italiana en 1994 y una japonesa en 1996 que
también fueron acusadas de terrorismo …y mandadas de
regreso a sus países de origen.

Los tiempos del segundo proceso coinciden con las
vociferaciones de los antiguos fujimoristas contra el gobierno
democrático al cual acusan de débil e incompetente frente a la
subversión. Pareciera que los jueces quisieran exhibir su dureza
para decir que esto no es cierto, pero el Ejecutivo- que está
conducido por juristas honestos y ejemplares- no les está
solicitando ese tipo de demostraciones.

El caso del presidente del tribunal tiene algo más de
particular. Es candidato a la Defensoría del Pueblo y da la
impresión de confundir su campaña propagandística con el
proceso, y las nociones de firmeza con gestos de una
perversidad innecesaria.

No sé si Lori Berenson ha estado envuelta en la trama
de un asalto al congreso porque no hay pruebas de ello ni
parece que se la estuviera juzgando por ese delito. No parece
tampoco que se la está juzgando, sino que se la está
condenando desde el principio. Lo único que todos sabemos es
que ha estado recluida durante años en una prisión infernal, a 5
mil metros de altura, con ventanas sin vidrios y a temperaturas
bajo cero, bajo un régimen de tortura perpetua.

Al terrorismo no se le debe enfrentar con más crimen e
ilegalidad porque, de esa forma, el Estado se despoja de su
autoridad moral y justifica la violencia de los alzados en armas.
Lo que está en juego en el Perú que se abre a la democracia es
volver al imperio de la ley, en vez de regresar a la ley de Talión.

La democracia no acaba en la periódica opción entre
dos rostros, o como ocurre a veces entre la horca y la silla
eléctrica. La democracia es un estado moral de la sociedad que
nos predispone a todos a respetar los derechos humanos, a
perseverar en la separación de los poderes del estados, a evitar
la interferencia política en el proceso judicial, a creer que todos
somos inocentes hasta que se nos pruebe lo contrario y a
venerar la primacía de la clemencia sobre el castigo o la
venganza.

Sé que decir todo esto puede resultar impopular entre
muchos amigos, pero creo que el Perú es la patria del generoso
Grau y no la sede del Santo Oficio. Mis convicciones jurídicas
me hacen decirlo, y también, ahora que lo pienso, mi seguridad
de que en aquella Navidad de 1736, Cristo escupido y
maltratado no estaba caminando precisamente del brazo de los
inquisidores.

Por Eduardo González Viaña
mailto:Gonzale@wou.edu
Publicado Martes, Mayo 1, 2001


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