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El programa de Dios
Por Eduardo González Viaña

“El Señor es mi pastor; y nada me faltará”. Siempre me ha gustado
el Salmo 23, pero repetir este y los otros en voz alta, y volverlos a leer muchas veces durante varias horas, no me parecía nada agradable. Además, “La Luz en el Camino” es una iglesita sin ventilación, parecida en el tamaño a una torta de novia, y en ella se estaban hacinando cerca de noventa personas.


La fiesta del Domingo de la Resurrección me parece la mayor celebración
humana posible. Cuarenta días atrás, se nos había recordado con una
cruz de ceniza sobre la frente que somos tierra y humo, y silencio y
desamparo. La enseñanza del domingo es que podemos podemos volver
a vivir, es decir navegar contra la corriente, resucitar, aunque ya
caminemos medio difuntos, con los ojos, la fe y el corazón muertos y a medio enterrar. Y esta es una enseñanza tan válida para personas como para pueblos enteros. Se me ocurre, por eso, asociarme a esta celebración de la vida con un relato de mi libro “Los sueños de América”.

El programa de Dios

“El Señor es mi pastor; y nada me faltará”. Siempre me ha gustado
el Salmo 23, pero repetir este y los otros en voz alta, y volverlos a leer muchas veces durante varias horas, no me parecía nada agradable. Además, “La Luz en el Camino” es una iglesita sin ventilación, parecida en el tamaño a una torta de novia, y en ella se estaban hacinando cerca de noventa personas. Por si todo esto fuera poco, afuera comenzó a llover, y la temperatura en el templo se hizo insoportable.
–Voy a leer uno tras otro los salmos, y usted tiene que repetir
conmigo –me había pedido uno de los fieles de la congregación, y desde hacía más de una hora estábamos dedicados a eso. Cada vez que leíamos un salmo, la gente coreaba –:¡Gloria a Dios! –y frente a nosotros, sentada sobre una silla de ruedas, una mujer inmóvil nos miraba con ojos que expresaban asombro y miedo.
Francamente, a veces no recuerdo qué fue lo que nos obligó a asistir
a ese culto religioso aquel domingo. El profesor Maya y yo habíamos sido invitados a esa iglesia muchas veces, pero siempre encontrábamos una excusa razonable.
No había sido tan fácil porque el pastor Abraham Cabanillas es un
hombre sencillo, a quien nadie quisiera hacer víctima de un desaire. Nos habíamos conocido en el campus de la universidad donde tanto Salomón Maya como yo somos catedráticos. Don Abraham, inmigrante mexicano, con sesenta años de edad que su flacura disimula muy bien, se dedica a tareas manuales, y nuestra amistad provino de que solíamos encontrarnos en el campus después de las horas de clase, o los sábados, mientras él pasaba la aspiradora por los pasillos o acarreaba bultos de una oficina a otra.
Un día nos había preguntado de qué lugar de México proveníamos
porque la mayoría de los inmigrantes de Oregon proceden de ese país, pero al enterarse de que Salomón era colombiano y yo, peruano, se había dedicado a recitar uno por uno los nombres de los equipos de fútbol que participan en los campeonatos de nuestros países, y que nosotros lamentablemente desconocíamos.
Después nos llevó a su casa a cenar, y nos presentó ante doña
Paulina, su mujer, como “dos doctores que prestigian a los latinos de
Oregon”. Don Abraham y sus padres habían llegado en los años cincuenta a los Estados Unidos. Hombres del campo, los Cabanillas viajaron de estado en estado trabajando en las cosechas hasta que se quedaron a residir en Oregon donde el pequeño Abraham estudió y culminó la escuela elemental, y decidió continuar la secundaria.
–Quería estudiar High School para después llegar a la universidad,
hacer estudios de Teología, y por fin llegar a ser pastor. No pude hacerlo, pero ya ve usted, cuando se cierra una puerta, Dios nos abre la ventana.
“No malgastamos el dinero de los contribuyentes en educar a los
mexicanos”, había respondido el director del colegio, y el joven Cabanillas insistió en su empeño cada año hasta que tuvo dieciocho, pero la respuesta fue siempre la misma.
–Entiendan, por favor. Las escuelas públicas no reciben suficiente
dinero del Estado. Bastante es que ofrezcamos educación primaria a los jóvenes de México, pero no tendríamos dónde ponerlo en secundaria. No hay clases para gente de color.
–Repita por favor: “Me guiará por sendas de justicia” –y yo repetía el salmo mientras me asaba de calor y me preguntaba por qué había venido esta vez, y seguía recordando la historia del pastor.
En los años sesenta, el joven Cabanillas tuvo que dedicarse, como
su padre, a los trabajos del campo y satisfacer sus aspiraciones culturales haciéndose autodidacta, lector de la Biblia y de Selecciones del Reader’s Digest.
Ahora, hacía veinte años que era conserje en Western Oregon
University, y eso, en cierta forma, le permitía cumplir con algunos de sus sueños porque el trabajo tenía horas libres y, durante ellas, podía leer en la biblioteca. Aparte de eso, Salomón y yo lo habíamos invitado a escuchar nuestras clases sin el requisito de matricularse.
–Hacen mal en permitir en sus clases a personas que no han pagado.
La universidad pierde dinero de esa manera, y eso puede ser muy mal visto aquí, –nos había advertido un colega norteamericano.
–Repita: “Me guiará por sendas de justicia” –y yo repetía aunque el
calor me achicharraba, y se me cruzaba el mal pensamiento de que, a lo mejor, en vez de hallarme dentro de una iglesia, me encontraba en el camino que baja hacia el infierno.
Tiempo atrás y ya como trabajador de mantenimiento, Cabanillas
había conocido a otros mexicanos pobres como él y, por igual, desarraigados de su tierra y de sus costumbres, y les había propuesto fundar un templo evangelista. Con el aporte de todos, que no era muy grande, alquilaron un billar abandonado y lo convirtieron en iglesia. Allí se reunían dos noches por semana y el domingo durante toda la mañana para leer la Biblia y escuchar las prédicas de don Abraham.
–Para predicar la palabra de Dios, no se necesita un título
universitario. Basta con abrir el oído y tratar de escucharla –aseguraba el
improvisado pastor, pero de todas maneras estaba siguiendo estudios
formales de religión por correspondencia.
Las limosnas de los fieles apenas servían para pagar el arrendamiento
del local, pero aun así durante las pláticas dominicales la comunidad
elaboraba planes muy ambiciosos. Alguna vez, soñaban, iban a comprar el
local y lo reconstruirían por completo. Se llegaría a parecer a la famosa Catedral
de Cristal de California que habían visto en la televisión. Dios tiene un
programa para cada persona y para cada grupo de personas que se reúnan en
su nombre, aseguraban. Reconstruir el viejo edificio estaba en el programa de
Dios, y ese programa –como todo el mundo lo sabe– tiene que cumplirse
porque es como un sueño que todos estamos soñando a la vez.
–“Oye, oh Dios, mi clamor. Escucha mi oración”. Ahora le toca a
usted. Repita, por favor.
Pero antes de que “La Luz en el Camino” llegara a parecerse a la
Catedral de Cristal, había que aceptar algunas pruebas e inclemencias. La
primera consistía en subsanar un problema con las tejas que se caían de puro viejas y, por ello, con mucha frecuencia se producían goteras.
Entonces, uno de los miembros de la grey, Martín Rodríguez, que
trabajaba como auxiliar en construcción de casas, ofreció su apoyo para edificar un techo nuevo. Claro que para ello había necesidad de hacer algunos sacrificios, como dejar de comprar algunos bienes no indispensables y
destinar el ahorro personal para el templo. A esa tarea estuvo dedicada la comunidad durante todo un semestre y, al final, con el apoyo de todos, se terminó de adquirir las tejas y el material de construcción que eran necesarios.
Después de eso y trabajando sin ayudantes encima del templo, a
Martín le habían bastado cuatro semanas para terminar la obra que
aparentemente había resultado un éxito. Con las paredes pintadas de blanco y un techo nuevo y rojísimo, la pequeña casa de oración fulguraba a la distancia y quizás su presencia iluminaba la noche y llamaba a los parroquianos y a los ángeles. Nunca las estrellas habían brillado con tanta luz en el pueblo de Independence, Oregon.
–Con el apoyo del Señor, tendrán que pasar cien años antes de que
se vuelvan a producir goteras –dijo Martín al final de su tarea. El joven era soltero, había llegado de Guanajuato y había aprendido a leer y escribir en la misma iglesia con el apoyo de algunos hermanos catequistas.
Quizás Martín había trabajado sin ayudantes porque era tiempo de
cosechas y no quería obligar a sus amigos a dejar las tareas del campo para apoyarlo; talar pinos era para ellos la única fuente de recursos. O tal vez no era así, y se había pasado todo el tiempo encaramado sobre el templo para convertirse en un solitario héroe de la comunidad. El albañil era muy pequeño de estatura y, posiblemente, quería parecerse al estereotipo del mexicano. Debido a eso se había dejado crecer bigotes, pero le habían salido ralos y amarillos, y por todo ello sus amigos lo llamaban gato techero.
Ahora que hago memoria, la inauguración del techo fue la razón por
la que acudimos al templo aquel domingo. Con dos semanas de anticipación, don Abraham nos había dicho que deseaba tenernos en la ceremonia.
Estábamos buscando una excusa, pero dos días antes del domingo,
un nuevo motivo, esta vez muy triste, nos obligó a acudir.
–Tómelo como un favor personal –me dijo por teléfono el pastor,
quien también había hablado con el profesor Maya–. Ahora ya no se trata solamente de la inauguración del techo. Paulina, mi esposa, va a ser internada el lunes en el hospital, y la comunidad quiere darle una despedida. No sabemos lo que venga después. Los médicos no son muy optimistas, y me han dicho que tal vez va a estar un buen tiempo internada, o puede ser que ya no vuelva a casa... Será lo que el Señor disponga. A ella la vamos a llevar al templo en silla de ruedas. No se moverá, pero podrá escucharnos. ¿Verdad que usted vendrá también?
Conocía a Paulina, y siempre me había parecido joven y saludable. La
primera vez que don Abraham nos llevó a su casa, esa había sido mi
impresión. En realidad, cenando juntos los cuatro éramos un extraño
conjunto. Salomón Maya era profesionalmente doctor en Historia de las
Religiones, culturalmente judío y, religiosamente, descreído. Por mi parte, soy católico practicante, y no me siento muy feliz cuando algún protestante fanático intenta “convertirme” al cristianismo. Lo que no sabíamos era que en materia religiosa la pareja no estaba completamente de acuerdo; al parecer, doña Paulina se proclamaba atea.
Veinte años menor que su marido, ella tenía un origen bastante
diferente. Había hecho estudios universitarios en la ciudad de México, tenía ideas de izquierda y había llegado a los Estados Unidos con la esperanza de triunfar en el canto lírico e incluso de ser profesora de música, pero la falta de una visa de inmigrante y de un certificado de estudios norteamericano le habían impedido cumplir con sus sueños y había tenido que dedicarse a cuidar niños y ancianos.
–Repita: “Porque él me esconderá en su tabernáculo en día de mal.
Me ocultará en lo reservado de su morada. Sobre una roca me pondrá en lo alto”.
–¡Gloria a Dios!
Además de eso, la entidad recaudadora había caído sobre ella, y le
habían exigido el pago de impuestos adeudados desde su llegada al país. Por último, había tenido que optar por la solución más adecuada para resolver sus problemas legales, que consistía en casarse con un ciudadano de este país, y aquel, por supuesto, le había cobrado una buena cantidad de dinero por darle el sí frente a un juez.
Pero allí terminarían sus desgracias. El “ciudadano”, había
desaparecido súbitamente, y un día Paulina leyó en un periódico que había muerto en una pelea entre dos bandas de traficantes de drogas.
El hecho había ocurrido cuando se cumplían dos años de la boda, y
en consecuencia la señora podía solicitar la ciudadanía, pero sin la presencia del esposo aquello se tornaba casi imposible. Es más, podía ser envuelta por la policía en las acusaciones que ya existían contra su marido. ¿Qué alegar en esas circunstancias? ¿Que no era su marido de verdad? ¿Que se habían casado para engañar al Estado?
–“El Señor es mi luz y salvación. ¿De quién temeré?”. Repita, por
favor.
En esos momentos, había aparecido Abraham Cabanillas en su
vida. Se habían conocido en la universidad casualmente; habían trabado una conversación de circunstancias motivada por el hecho de que procedían del mismo pueblo de Jalisco, y por fin el pastor la había invitado al templo.
–Mire usted, Abraham. Le agradezco por la invitación, pero voy a
decirle la verdad. Nací católica y, en la universidad, me hice atea. Por otra parte, en estos momentos me siento terriblemente mal. No creo que mi presencia pueda servir de algo en su iglesia...
Eso se lo había dicho hacía diez años. En el tiempo en que los
conocí, ambos estaban casados y no tenían hijos. Además, ella podía asistir a la universidad, trabajar en un periódico en castellano y cantar en la iglesia, pero según confesaba de vez en cuando, a pesar de su gran amor por don Abraham, sentía que continuaba siendo atea.
Ahora, daba la impresión de que doña Paulina estaba realmente
muy enferma y acaso no iba a durar hasta que se cumpliera el programa de Dios, y por eso acepté de inmediato la invitación aunque don Abraham no supiera darme el nombre ni los detalles del mal que se iba a llevar a su esposa.
Vagamente me explicó que se trataba de una afección al cerebro, y que los cirujanos iban a tener que operarla. No le prometían nada. En esos momentos, la señora se encontraba por completo paralizada, y no se sabía si ello le ocurría debido a la enfermedad o tal vez a un miedo muy intenso. Así la había llevado a la iglesia y así había comenzado todo. Tanto el profesor Maya como yo llegamos un cuarto de hora antes de que comenzara el culto. Eso nos permitió conversar con el pastor y tratar de saludar a la enferma quien tan sólo nos respondió con un nervioso guiño de ojos.
–Voy a ser excesivo pidiéndoles favores, pero deseo que usted,
doctor Maya, hable de su experiencia religiosa. Usted, doctor, lo hará en otra
ocasión. ¿No es verdad?
Un breve silencio había seguido a la propuesta, y luego el anuncio:
–Queridos hermanos, el profesor Maya se va a referir hoy a los
poderes de la oración. Le vamos a pedir que nos diga qué es lo que le está dado al hombre pedir y qué es lo que puede alcanzar, cómo le llega al Señor nuestra señal y a qué ángeles les encomienda ayudarnos. Creo que usted enseña eso en sus clases en la universidad, ¿no es cierto?
Quizás Maya iba a aclarar una vez más que era un académico, y que
ofrecía una historia de la religión con fines antropológicos pero sin una normatividad acerca de la oración, y sin embargo se contuvo. Tal vez la visión de la enferma inmovilizada y la atención que la gente le dedicaba a él mismo se lo impidieron. Vaciló un instante, corrigió un inicial ronquido en su voz, y comenzó a hablar.
Primero, el profesor leyó a los oyentes algunas páginas que
contenían la bibliografía. Después, como es obligatorio entre los oradores gringos, tenía que hacer una broma:
–¿Qué les parece si comenzamos hablando sobre la clásica discusión
teológica entre Striedman y Schloesberger? –preguntó, y añadió–: Discutieron diez años sobre la existencia de Dios, y terminaron por dudar de su propia existencia, tal vez por anularla, y ahora ya no existen. Ja, ja, ¿qué les parece, no?
Pero nadie hizo coro al ja, ja, porque no había en el auditorio quién
conociera a los autores mencionados.
El profesor sabía por supuesto que la mayor parte de la
congregación estaba constituida por trabajadores del campo que apenas
habían terminado los estudios primarios, y que casi la mitad de ellos habían sido recientemente alfabetizados, pero lamentablemente los académicos hablan un solo idioma, o una jerga que apenas les sirve para comunicarse entre ellos en congresos. De todas formas, democráticamente preguntó:
–¿Sobre cuál de estos teólogos quieren que me ocupe primero?
–A mí me gustaría, hermano, que nos explicara cuántas veces se
debe rezar al día y a qué horas y qué es lo que se puede pedir al Señor y qué es lo que no hay que pedir.
Desconcertado, el doctor Maya se refirió entonces al significado del
texto sagrado y a la interpretación hasídica sobre el mismo. El calor estaba a punto de derretir las paredes del templo en esos momentos, pero el orador entusiasmado por sus propias palabras parecía alejado por completo de la realidad ambiente.
–¡Gloria a Dios!
El hombre estaba tan enamorado de su propio discurso que ya no
se fastidiaba cuando lo interrumpían en cada final de frase dando glorias al Señor. Don Abraham, serenísimo, parecía seguir el discurso con cierta perplejidad. Además, como un gesto de cortesía para el doctor Maya, se rascaba la cabeza con frecuencia para dar la impresión de que estaba digiriendo el discurso.
Solamente Martín Rodríguez asumía otra actitud. El constructor no
tenía por qué disimular que no entendía ni una sola palabra. Haber
terminado el techo lo convertía en un personaje muy importante. Solamente sonreía. Se sabía el héroe de la jornada. Se pavoneaba. Cuando el orador llegó a la media hora de explicación científica, Martín comenzó a pasearse por el auditorio mirando atentamente al techo como si temiera que se fuera a desplomar de súbito.
No sé qué pensaría doña Paulina. Habían colocado su silla de ruedas
en el centro del templo, y se le podía distinguir desde cualquier lugar, pero no se le hubiera podido descubrir un rictus de tristeza sino de curiosidad.
Alternativamente miraba al orador y casi sin mover la cabeza seguía con los ojos el paseo de Martín por la iglesia.
Se le veía muy pálida. Parecía haber estado enterrada ya. Tal vez su
alma ya no estaba dentro de ella o quizás pugnaba por salir. Me pareció que quizás había sido una imprudencia llevarla al templo, o acaso un acto sabio y generoso para que falleciera al lado de los suyos, y no entre las paredes grises de un hospital, y por el silencio de la comunidad, era posible que todos estuviéramos pensando en lo mismo. Todos, menos el profesor de historia de las religiones y Martín.
Era ostensible que Martín estaba repleto de oronda alegría hasta más
no poder. Hubo un momento en que ya no se pudo contener, y empujó los
labios hacia adelante hasta formar una trompa que le servía para mostrar a quien lo mirara la magnificencia del techo. Estaba nuevecito. Iba a durar cien años, acaso mil, tal vez hasta el día del Juicio. Ese fue justamente el momento en que me pareció sentir que una gota de agua caliente caía sobre mi cabeza. Tal vez aquella era la sensación del Pentecostés, o del Espíritu Santo aleteando sobre mí.
El orador explicaba en ese momento que, de acuerdo con las
tradiciones hasídicas, un texto sagrado no solamente describe, sino que contiene el evento que relata. Si uno lo lee con devoción, el acontecimiento puede ser llamado otra vez y otra vez devuelto a la existencia.
–¡Gloria a Dios!
–¿Quiere usted decir que podemos escuchar otra vez a los profetas, y
verlos, y rogarles que recen con nosotros?
El único que se sentía capaz de hablar era Martín, y fue él quién le
pidió al Dr. Maya su opinión, pero el profesor prefirió no entrar en diálogo con el público y terminó secamente su intervención académica.
Ese fue el momento que Martín no podía dejar escapar:
–Si eso es así, no comprendo por qué razón vamos a dejar que doña
Paulina siga sufriendo, o que se la lleven los médicos. Voy a pedirle al otro doctor que venga conmigo a leer los salmos frente a ella. Estoy seguro de que la hermana va a curarse si le leemos todo el libro de salmos.
–¡Gloria a Dios!
Creo que ese pedido había sido hecho a las diez de la mañana.
Ahora ya era la una de la tarde, y yo continuaba leyendo al compás de Martín:
–Repita otra vez: “No temerás el terror nocturno. Ni saeta que vuele
de día. Ni pestilencia que ande en oscuridad. Ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará”.
La monótona repetición me había sumergido en una suerte de
éxtasis. Era la primera vez que acudía a aquella iglesia, y tenía que aceptar sus formas de practicar el culto, pero de repente algo parecido a una segunda gota de agua caliente me hizo volver al recuerdo. ¿Era acaso una revelación del Espíritu Santo? Algo me hizo pensar que, en vez de un milagro como aquel, la gota provenía del techo recientemente cambiado, había sobrepasado las tejas destinadas a durar un siglo y traía la caliente temperatura de afuera.
Pero también podía ser una falsa sensación térmica. El vaso de agua
con que me ayudaba a refrescar la garganta y evitar la ronquera estaba horriblemente caliente.
–“Pues a sus ángeles mandará cerca de ti”.
En ese momento, me pareció que doña Paulina había sonreído.
Imposible que lo hiciera con el calor que soportamos y su estado de nervios, pensé, pero ocurrió algo más: del lado donde se hallaba la enferma, comenzó a brotar un ronquido que me parecía el de la muerte y que luego se convirtió en algo así como un quejido, que por fin no era un quejido sino una risa incontenible y contagiosa. La hermana Paulina reía, y no podía dejar de hacerlo.
La observé mirar alternativamente el techo y mi cabeza. Entonces
comprendí. Desde una gotera surgida en el indestructible techo construido por Martín, la lluvia trataba de entrar en la iglesia, y una tras de otra, las gotas habían estado cayendo sobre la calva superficie de mi cabeza.
Tampoco yo pude contener la risa. La señora Cabanillas se reía ahora
a mandíbula batiente, y lloraba de risa. No pudo aguantar ese estado, y se levantó de la silla, dio unos pasos y fue a abrazar a su esposo, don Abraham:
–Siquiera préstale un sombrero a don Eduardo.
Los hermanos tampoco podían contenerse. Los únicos que no reían
eran don Abraham y Martín, el gato techero.
Nadie comentó el hecho de que doña Paulina podía ahora caminar y
reír, y hasta burlarse de mi calva, y acaso comenzar a creer en la Palabra. Al pastor Cabanillas, nada de eso le pareció asombroso ni siquiera que su mujer dejara la silla de ruedas y saliera corriendo del templo a llorar de risa en la calle.
Acaso tampoco se dio cuenta de que aquella tarde, los pájaros volaban
transparentes en Oregon, y todo se tornaba misterioso, los aires verdes, la luz purísima, las montañas cristalinas, los árboles dorados, los cielos rojos y las rojas tejas de “La Luz en el Camino”.

Lo cierto es que, al día siguiente, el médico no encontró razón para
que la paciente se internara, y hasta ahora sigue extrañado e interesado en saber qué ocurrió con el infarto cerebral que había diagnosticado y que no apareció más en ninguno de los nuevos exámenes que ordenó practicar.
Lo único que recuerdo es que al final de la ceremonia, don Abraham
llamó severamente la atención al gato techero por ser un pésimo constructor, y le ordenó hacer oración todas las noches, cambiar su material y tomar lecciones de matemáticas en la escuela de adultos.
Sé que doña Paulina sigue cantando en la iglesia, y por mi parte
repito de rato en rato “El Señor es mi pastor; y nada me faltará”.
Generalmente lo hago cuando me falla la fe y me falta amparo en esta vida.

“El Señor es mi pastor”, repito y pienso constantemente que el texto llama a los acontecimientos. Por fin, ayer escuché una gentil oferta de Martín para arreglar mi tejado. Lo encontré a la salida de la universidad. “Ya debe de cambiarlo porque está un poco viejo. Usted solamente tendría que poner el material” –me dijo.
–No, gracias –le contesté.

Por Eduardo González Viaña
mailto:gonzale@wou.edu
Publicado Sábado, Mayo 19, 2001


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