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EL DEFECTO DE EMOCIONARSE
Por Jose Luis Mejia

"Cuando no sepas algo, pregúntaselo a los niños, ellos tienen todas las respuestas...", me enseñaba mi padre hace ya muchos años. Así, el otro día, en medio de una loca carrera por sacar adelante la puesta en escena de una obra de teatro con chiquillos de entre doce y catorce años, le pregunté a una de las niñas —leal a mi vieja manía de someter a interrogatorios del alma a cuanta persona tenga la mala suerte de cruzarse en mi camino—, "¿cuál es tu mayor defecto?". Camila, una adorable pelirroja...



"Cuando no sepas algo, pregúntaselo a los niños, ellos tienen todas las respuestas...", me enseñaba mi padre hace ya muchos años. Así, el otro día, en medio de una loca carrera por sacar adelante la puesta en escena de una obra de teatro con chiquillos de entre doce y catorce años, le pregunté a una de las niñas —leal a mi vieja manía de someter a interrogatorios del alma a cuanta persona tenga la mala suerte de cruzarse en mi camino—, "¿cuál es tu mayor defecto?". Camila, una adorable pelirroja que lleva en los hombros la caracterización del personaje principal (y lo hace admirablemente), me respondió: "Soy muy sensible..."; "¿Cómo?", le dije, "¿cómo puedes decir que el ser sensible sea un defecto?"; "Es un problema, José Luis, las cosas me afectan demasiado...".

Y regresé, de pronto, a mi adolescencia. Me vi en medio de un tumulto de mocosos imberbes desesperados por demostrar, cada cual, su hombría. Me encontré rechazando besar a mi padre en la mejilla, "porque eso lo hacían los niños y los afeminados"; me vi conteniendo el llanto, furioso y avergonzado, "porque los hombres no lloran"; me reencontré con los viejos fantasmas que todos guardamos en el fondo del alma y supe que desperdicié muchos sentimientos almidonándolos y convirtiéndolos en esa pose, ese gesto, esa mueca (inteligente hasta la soberbia), que me libraron de las emociones que llevaba a flor de piel y que me hacían sentir las actitudes y las palabras, de los demás, con una profundidad que, seguramente, sus causantes ignoraban.

Ser joven y haber sido criado en el cultivo de las sensaciones y los sentimientos, era un gran problema. Las lágrimas (que tanto las emociones agradables, como las adversas, apuran y fomentan) se convertían, por suerte del machismo latino, en fundamento de burlas, chistes, comentarios procaces y groseros, con que nuestros propios amigos (atrapados en la misma vorágine de afianzar estúpidamente una precoz masculinidad que entonces —púberes e ignorantes— creíamos que sólo residía en la brutalidad del comportamiento y el abultamiento de los genitales) nos atacaban. Nadie escapaba de la crueldad infantil y cualquier gesto que pudiera identificarse con alguna, siquiera ligera, actitud femenina, era tomado como caballito de batalla contra el pobre infeliz que lo tuviera.

Como pocos en mi generación, fui criado entre poemas, cuentos, anécdotas e historias. Los almuerzos y reuniones familiares era la ocasión propicia para dar rienda suelta al amor que mi padre —fielmente secundado por su mujer— tenía por la literatura. Mi papá era un hombre sumamente sensible. Nadie que lo oyera atronando los corredores de la Beneficencia Pública de Lima (donde fue gerente y víctima), pudiera creer que ese hombre, de voz poderosa, genio fuerte, y carácter indómito y explosivo, se enternecía hasta las lágrimas leyendo los viejos artículos costumbristas y las cartas escritas por su padre o recordando episodios, jocosos o trágicos, de su niñez. Cada vez que mi padre nos leía las crónicas de "El Corregidor", nuestro abuelo bohemio, la voz se le quebraba, los ojos se le humedecían y muchas veces dejaba trunca, la emoción, de la lectura. A mis pocos años, juzgaba mal su actitud.

Siendo el hijo menor de un matrimonio adulto (cuando tenía diez años, mi padre superaba la cincuentena y mi madre le seguía los pasos), jamás disfruté, como sí lo hicieron muchos de mis amigos, de padres jóvenes y deportistas con los cuales compartir mis primeros juegos de fulbito, las carreras, los almohadonazos, las parrilladas y los días de playa. Mis padres siempre fueron viejos (supongo que mis hijos —si alguna vez los tengo— dirán lo mismo mí) y con ellos era imposible vivir esos momentos que necesitan de adultos jóvenes, cómplices, ágiles y dispuestos al desgaste físico que estas actividades ocasionan. Más de una vez fui injustamente severo, para mí y en silencio, con ese señor que era incapaz de participar en los partidos de fútbol que organizaba la Asociación de Padres de Familia de mi colegio, que nunca me llevó a pelotear al parque, que jamás me acompañó a montar bicicleta o volar cometa y que, eso era lo más grave entonces, se emocionaba hasta las lágrimas leyendo al abuelo. Y no sólo al abuelo. Más de una vez se le quebró la voz leyendo alguno de esos textos, de célebres escritores, con que nos acompañó toda la vida.

Pero el tiempo pasó y uno terminó absorbido por los apuros de la vida, por las urgencias absurdas de la oficina y por ese atropellado recorrido en que se ha convertido la existencia en estos tiempos de corporaciones e Internet. El muchacho que no entendía las emociones del padre, fue incapaz de comprender las propias. Esos vacíos en la boca del estómago, ese temblor en la voz, esos ojos humedecidos por lágrimas que pugnan por liberarse (y liberarnos), todas las sensaciones, fueron controlándose y atrapándose en un cuerpo cada vez más alto, más grueso, más rudo, más divorciado de la sensibilidad de un poeta. Llegaron los años bobos en que escondía mis poemas de los ojos del mundo. Durante años escribí sin que nadie lo supiera. La única que supo de mis emociones (y frustraciones), convertidas en malos versos, fue Mercedes, el más querido de todos mis cariños, la amiga indócil y adorada que hoy parece extraviarse en la distancia. Ella leía todas mis poesías, las comentaba y, lo más importante, las transcribía en un cuaderno (que debe haber perdido ya en sus tantas mudanzas). Tiempo después, María Gracia, con una emoción adolescente y con igual caligrafía, escribió mis poemas en otro cuaderno que he perdido en los rincones de mi biblioteca.

Bastante tarde descubrí el aura que protege a los que cometemos poesía. "Es poeta", es una frase que he escuchado decenas de veces como justificación de quien me presenta a otro que, a su vez, generalmente, asiente con un gesto generoso y comprensivo. Adquirí privilegios y perdí emociones. Me convertí en un poeta fácil. Escribí decenas y cientos de sonetos, décimas, tercetos encadenados y cuánta forma clásica me encontré en el camino. Me repetía y repetía con esa porción suficiente de sentimientos como para emocionar a los otros ("las otras", en realidad). Me hice cínico y perdí sensibilidad (por eso fracasé como poeta). La ironía me acercó a la prosa y no dudo que terminaré escribiendo novelas negras —o amarillas— que expongan, burlonas, ajenas desgracias convertidas en bufonadas en la tragicomedia de la vida.

Me he perdido tanto. Le debo tantas lágrimas a mis penas que hasta parece inútil empezar a pagarlas. Mis padres, inmensos, bondadosos e infinitos, se merecieron todas las lágrimas que mi furia cobarde les negó y eso ya no puedo repararlo. Estoy condenado a emocionarme en silencio, a llorar sin lágrimas y entristecerme entre cóleras y carcajadas. Seré un padre viejo y mis hijos no entenderán cuando la voz se me quiebre.

Entones le digo a Camila, esa niña hermosa y amable, que me mira, entre sorprendida y asustada, sin entender la media hora de confesiones a la que la he sometido: "¿Cómo puede ser un defecto emocionarse? No, Colorada, no te equivoques. Emociónate todo lo que puedas y no dejes que te roben las lágrimas con que me llorarás un día...".

Por Jose Luis Mejia
mailto:jlmh@ezperu.com
Publicado Sábado, Mayo 26, 2001


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