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| "El resto es silencio", con esa frase puedo intentar describir la sensación que me embargó después que el telón del escenario del Centro Cultural de la Universidad Católica se cerrara por última vez, esa noche. Asistir a la puesta en escena de una de los obras más representativas de Shakespeare fue vivificador y gratificante. De la mano de Alberto Ísola, uno de nuestros mejores directores, Hamlet, la historia del atormentado príncipe de Dinamarca, nos recordó que los clásicos se llaman así porque contienen el don de las cosas sin tiempo, son de ayer y de mañana, pero sobre todo, son del instante en que se representan. Nada más próximo a nuestra criolla realidad de conspiraciones, traiciones y arrebatos, que el drama del “ser o no ser” con el que el padre de la lengua inglesa resume la tragedia de la humanidad. |
| "El resto es silencio", con esa frase puedo intentar describir la sensación que me embargó después que el telón del escenario del Centro Cultural de la Universidad Católica se cerrara por última vez, esa noche. Asistir a la puesta en escena de una de los obras más representativas de Shakespeare fue vivificador y gratificante. De la mano de Alberto Ísola, uno de nuestros mejores directores, Hamlet, la historia del atormentado príncipe de Dinamarca, nos recordó que los clásicos se llaman así porque contienen el don de las cosas sin tiempo, son de ayer y de mañana, pero sobre todo, son del instante en que se representan. Nada más próximo a nuestra criolla realidad de conspiraciones, traiciones y arrebatos, que el drama del “ser o no ser” con el que el padre de la lengua inglesa resume la tragedia de la humanidad.
¡Cómo no ver en cada personaje una caricatura —exquisita y nefasta— de lo que somos! El rey muerto, feroz y venerado, amante y rígido, emboscado en su propio laberinto de intrigas palaciegas y traicionado por la mano de un nuevo Caín, su hermano Claudio, el fratricida que no tiene el menor empacho en liquidar al viejo Hamlet para hacerse del poder (maravillosa y patética coincidencia con la tragedia que hace sólo unos días vivió el reino democrático de Nepal, donde un desquiciado príncipe heredero —y esta es la versión oficial que el pueblo rechaza— abrió fuego contra toda la familia real, asesinando a sus padres y suicidándose inmediatamente después, permitiendo que el hermano del rey —que en condiciones normales jamás hubiera ocupado el trono— se irguiera como soberano; todo esto en medio de una serie de rumores que hablan de conspiraciones y anexiones en este pequeño país situado en medio de dos gigantes —India y China— antagónicos y silenciosamente enfrentados en el infinito juego de ajedrez de la geopolítica mundial). Gertrudris, la mujer desidiosa y estúpida, arrastrada por los galanteos del cuñado felón a convertirse en cómplice del regicidio y dispuesta a amancebarse con el asesino por no perder la cuota de poder, el amor regio, la fidelidad del amante o la propia cabeza, no lo sabemos (sin embargo, sea cual fuere su motivo, es igual de despreciable, por ambiciosa, ciega, insegura o cobarde). Polonio, el típico burócrata, sirve obsecuente y sumiso al nuevo Rey como ayer sirvió al difunto, en su cabeza no cabe otra idea que la del favor real, es simpático y atento, como todos los aduladores; siempre dispuesto, tiene un gesto —allí reside la diferencia entre un gran canciller y los otros siervos, oscuros e imperceptibles— que lo dignifica, lo acerca al poder y le permite, en ausencia del amo, ser el mastín dominante. Ofelia, la romántica, idealista y apasionada, que es avasallada por la realidad y que no logra sacudirse de la rigidez de un padre (Polonio) más preocupado de su propia estabilidad junto al poder que de la felicidad de su hija; Ofelia es una muchacha triste, víctima inopinada de las tormentas que se desatan a su alrededor, ¿acaso es culpable, una doncella enamorada, de su falta de carácter? (¡Cuántas hijas e hijos de célebres hombres públicos habrán experimentado lo mismo!). Laertes, bohemio y divertido, convertido en fiera a la muerte del padre y de la hermana; la persona en cuya ciega ira cifra sus esperanzas el rey traidor, el hombre esencialmente bueno convertido en arma homicida por la maquinación del tirano y la obnubilación de su conciencia. Rosencrantz y Guildenstern representan de manera inequívoca a esa “truopé” de sirvientes selectos (nobles y cortesanos) que hacen de la lisonja y de la zalamería una institución capaz de quebrar los viejos y sagrados vínculos de la amistad, no tienen el menor escozor en confabularse contra el príncipe-amigo a fin de grajearse los favores del nuevo monarca y, en el colmo de la rapacería, no pestañean cuando son ordenados a conducir a Hamlet a la muerte segura (a estas alturas, y pensando en la criolla corte, que va adquiriendo forma y tomando cuerpo alrededor del recién proclamado presidente del Perú, me pregunto, ¿en cuántos podrá confiar el hijo predilecto de Cabana?).
Y frente a este desfile (casi bestiario) de sujetos nefastos en pos del poder y de su gloria efímera, encontramos a dos personas que redimen la contradictoria condición de la fiera humana. Horacio es un hombre culto, liberado de las mezquindades de la ambición y entregado a la ciencia, como es leal consigo mismo, es leal con Hamlet, su amigo. Ni medra del poder ni sueña con manejarlo, compañero sin restricciones, se mantiene al lado del príncipe aún en sus momentos de más grave desvarío. Sabe que para querer no es imprescindible comprender, basta con el cariño sincero. Hamlet (representado magistralmente por un extraordinario Bruno Odar), es el príncipe loco, el que no entiende cómo la tentación de la corona puede ser tan grande que arrastre, no ya al tío envidioso, sino —y eso lo desquicia— a la que parecía madre y mujer amorosa. El descubrimiento del asesinato de su padre es solamente la chispa que hace arder el polvorín de pensamientos y reflexiones que le atormentan. Liberado de las formas y las etiquetas, atrincherado en su delirio, ve todo con más claridad, desprecia el coqueteo del poder y se burla de quienes se arrastran por las migajas del trono. La vida misma, la necesidad, la urgencia, la obligación de existir son puestas en duda, ¿qué sentido tienen la pompa y la grandilocuencia del poder ante la muerte?
Cuando salía del teatro, después del largo aplauso, caminando entre los comentarios de unos y los silencios de otros, recordaba las palabras de Hamlet: “...nosotros cebamos a los demás animales, para cebarnos después, y servimos luego para engordar gusanos: el rey obeso y el escuálido mendigo son diferentes manjares: dos platos para una mesa; ése es el fin (...) Un cualquiera puede pescar con el gusano que ha comido de un rey y puede comer del pez que se comió ese gusano...”. Por Jose Luis Mejia mailto:jlmh@ezperu.com Publicado Viernes, Junio 15, 2001 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |