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| Debo confesar que cuando me llegó el correo electrónico convocando al almuerzo de exalumnos de mi colegio, tuve la tentación de borrarlo y olvidarme del asunto. Malo para las fiestas donde se congregan cientos de personas que se conocen mal o no se conocen, hacía ya varios años que me negaba a asistir a estas reuniones que rinden culto a un compañerismo rara vez sincero y que sólo usan de excusa la confraternidad estudiantil o el "alma mater" para librarse de sus esposas (o maridos) por un día y para consumir todo el licor que regalen o que puedan comprar con sus alicaídos sueldos de clasemedieros en crisis. |
| Debo confesar que cuando me llegó el correo electrónico convocando al almuerzo de exalumnos de mi colegio, tuve la tentación de borrarlo y olvidarme del asunto. Malo para las fiestas donde se congregan cientos de personas que se conocen mal o no se conocen, hacía ya varios años que me negaba a asistir a estas reuniones que rinden culto a un compañerismo rara vez sincero y que sólo usan de excusa la confraternidad estudiantil o el "alma mater" para librarse de sus esposas (o maridos) por un día y para consumir todo el licor que regalen o que puedan comprar con sus alicaídos sueldos de clasemedieros en crisis.
Pero no seamos injustos, no todos van al almuerzo (donde nadie almuerza) sólo por empinar el codo o por deshacerse temporalmente de las angustias, miserias, cansancios y flaquezas de la vida matrimonial. Muchos de los que acuden puntualmente a la cita de cada año lo hacen con la sincera pretensión de reencontrarse con aquellos que formaron parte de su vida juvenil (cada vez más lejana), no faltando los nostálgicos que se enfrentan a antiguos (y perdidos) amores y los otros, los que andan buscando, en generaciones menores, a la ingenua que se convenza de sus virtudes (acaso inexistentes) sólo por una noche.
Decidí que sería una experiencia enriquecedora y me lancé al río. El sábado señalado me acerqué temprano a la puerta del colegio (la invitación decía a las 12:00 pero a la 1:30, cuando llegué, no habían más de treinta personas, una mesa con seis o siete "chiquillas" empezando la veintena y dos docenas de mofletudos y panzones que ya estaban consumiendo, con apuro y sin elegancia, las cervezas que se ofrecían "de cortesía" por la compra del boleto). En la ventanilla donde vendían las entradas, una persona compraba su boleto, detrás, como esperando o haciendo cola, vi a un par de sujetos con cara de preocupados, mal afeitados y de aspecto cetrino, creí reconocer en uno de esos rostros a uno de "los mayores", o sea, esa gente que cursaba los últimos años de la secundaria cuando nosotros (mi promoción) la iniciábamos. Me detuve a esperar que compraran, pero, para mi sorpresa, me cedieron el turno, sólo cuando me alejaba escuché el "pero no vamos a comer" con que pretendían "una rebajita", supongo que los tres orangutanes sonrientes de la compañía de seguridad contratada, que se acercaban a los pedigüeños, los hicieron desistir de sus intenciones, obligándoles a "quemar" sus último quince dólares.
Era increíble para mí, los cuatro o cinco calendarios de diferencia, que antaño significaban una eternidad y constituían, "per se", una especie de derecho de preeminencia (y es que en algunos escalafones la antigüedad es mérito), habían desaparecido por completo. Frente a mí se encontraban dos tipos de "treinta y muchos" que graficaban con exquisita exactitud la decadencia de una clase social que se ha visto arrastrada a la miseria en dos décadas implacables de crisis. Ese grupo que no pudo sacudirse de la mediocridad; los hijos que no acabaron la carrera por la que el infeliz y sacrificado padre se empobreció durante seis o siete años; los irresponsables que embarazaron a la novia y se casaron y se divorciaron y "papi" -con su magra jubilación- los mantiene todavía; las chicas –ayer hermosas y deseadas, hoy descuidadas y aborrecibles- que fueron abandonadas por el marido alcohólico o el esposo infiel que se largó con su mejor amiga; los que no pueden pagar la gasolina del carro de lujo -ahora chatarra desvencijada- en el que siguen tratando de movilizarse con una extraviada dignidad; los desempleados intemporales; en fin, los que viven todavía en la casa de los padres jubilados o fallecidos -antes majestuosa y hoy de jardines descuidados, paredes sucias y cuentas vencidas- rogando porque el recibo del agua no llegue nunca o sobornando al técnico de la compañía eléctrica para que no quite los fusibles de la caja principal. Como bien la describe un querido amigo, la clase media miraflorina venida a menos es "ese grupo de indigentes que vive como aristócratas", con facturas impagas y deudas por todas partes pero cancelando religiosamente la cuota del Regatas (el club más prestigioso de la mediocracia nacional).
La gente fue llegando al almuerzo después de las dos de la tarde. Sin mucho entusiasmo se fueron llenando las pocas mesas que el organizador (un exalumno que hace su negocio ante la inexistencia de la asociación que debería agruparnos) había dispuesto y que, a última hora e inútilmente, trató de completar con las mesas de madera de la biblioteca. Un pequeño toldo anunciaba la "pista" de baile y en dos casetas de madera los envejecidos obreros del colegio (contratados para la ocasión) llenaban sin descanso vaso tras vaso de cerveza. En las graderías se alzaba un escenario y ese era todo el decorado.
Luego de los reencuentros, abrazos van, abrazos vienen, y qué es de tu vida, y cómo has estado, y qué gusto verte, todos se acomodaron donde pudieron y la música empezó a sonar amigable, invitando al baile y a la charla amena. Todavía era temprano y muchos se empeñaban en sacarle el jugo a la entrada y empezaron a hacer cola para recoger, en una tercera caseta, el almuerzo. Una humita fría, un cucharón de ají de gallina enfriándose y otro de arroz mazacotudo y, por lo que me dijeron, desabrido. Me negué a pasar rancho por una vieja afección, antiburocrática y antimilitarista, que me aleja de las filas de distribución y porque, sencillamente, me pareció una falta de respeto el ser atendido como un conscripto por una suma nada módica.
Salvo los entrañables amigos con los que compartí largas charlas, la gente que había a mi alrededor me era, casi en su totalidad, desconocida. Una serie de viejos calvos, panzones, rollizos y desordenados estaban apoltronados en sus sillas (claro, como habían pocas empezó una especie de "caza de sillas" ridícula y prepotente) consumiendo cerveza en grandes cantidades y, los más afortunados, el ron o whisky que habían llevado (era corcho libre). Aún en las mesas que tenían muchas botellas de alcohol se podía ver la diferencia entre los antiguos compañeros, unos habían llegado con su "etiqueta negra", otros muchos con su "etiqueta roja" y, los más, convencidos por la inapelable realidad, con su oferta de supermercado (dos por uno) de marca imbebible e impronunciable.
Las mujeres, era cosa verlo, habían cedido, casi en su mayoría, a la lógica nefasta de "ya me casé, ya no me cuido". Regordetas, descuidadas, con pelos atolondrados o pintados con el tinte barato de la peluquería del barrio, con pechos y barrigas vencidos por la lactancia y los embarazos, ropas mal combinadas, recargadas y chillonas, sin el menor gusto, sin porte, sin clase, avejentadas a sus treinta y tantos, ligeras para el trago, de risa estridente y collares de fantasía; sombras tristes de las que alguna vez fueron muchachas en flor.
Claro, la decadencia se evidenciaba más en tanto mayor era la edad, los que recién entramos a la treintena podemos ocultar, de una u otra manera, fracasos que a los cuarenta son un pecado; la piel de las que terminan la veintena conserva todavía el recuerdo de su frescura mientras que (salvo alguna rareza que me obligó a seguirla con los ojos) las cuarentonas sólo pueden echarse toneladas de polvo para cubrir las grietas en el rostro.
Pasada la ceremonia del almuerzo y tras varias decenas de caja de cerveza consumida, empezó la música a subir sus decibeles y el toldo, como se vislumbraba, se convirtió en una improvisada pista de baile donde los más muchachos movían mejor el esqueleto que los mayores, a esas alturas mareados ya de tanto alcohol. En eso, la música se detuvo, aparecieron cinco o seis chicas en el escenario y, con prendas ceñidas, formas redondeadas y sus fascinantes pocos años, hicieron las delicias de cuanto viejo baboso y joven babeante había en el lugar. Las miradas lascivas ni siquiera inmutaron a las chiquillas que, según supe, están acostumbradas a este tipo de "show" en el cual ellas bailan y decenas de hombres idiotizados ven el contornear de sus cuerpos (claro, ellas estarán felices suponiendo -o haciendo que suponen- que la atención y el embobamiento se deben a la manera extraordinaria cómo bailan y al disfrute de su arte, cuando todos sabemos que lo único que miran -miramos- varios cientos de hombres embriagados, son las caderas cimbreantes de esas vírgenes -al menos eso imaginamos- adolescentes e inalcanzables).
Pero miento. También abundaron -para mi alegría- esos hombres y mujeres completos, amables y cordiales, hermosas y delicadas, francos y fraternos, dulces e inteligentes, empeñosos y trabajadores, cultas y refinadas, eso y más. Allí estuvo el joven deportista, la madre incansable, el abogado honrado, la esposa honesta, el marido fiel, la doctora dedicada y responsable, el ingeniero brillante, la empresaria eficiente y hermosa, el buen tipo y la buena muchacha, esos anónimos de siempre que, de tan simpáticos y tan ciertos, de tan queridos y tan amigos, jamás se les menciona.
Finalmente, la música se tornó insufrible, los ritmos modernos si son soportables a nivel convencional se convierten en una tortura cuando el volumen sube y las luces de colores empiezan a relampaguear. El olor a cerveza empezaba a impregnar el ambiente y el humo de los cigarros creaban una niebla densa en este invierno limeño. Con un dolor de oídos cada vez más agudo, decidí que mi tiempo se había terminado. Me despedí de algunas, me olvidé de otras, y caminé hacia la salida. Afuera, un tipo animalizado, apestando a licor y con los ojos enrojecidos y desorbitados, era contenido por media docena de amigos mientras balbuceaba no sé qué palabras sobre "tengo derecho" y "no sé por qué dicen que estoy borracho"... Por Jose Luis Mejia mailto:jlmh@ezperu.com Publicado Sábado, Junio 23, 2001 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |