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| El estaba sentado en la cocina. Mas concretamente en una silla que había en la cocina. Una silla que habitualmente reservaba para pelar patatas, actividad a la que se estaba dedicando en estos momentos en cuerpo y alma. |
| capitulo 1
De tu patata salen kilos.
El estaba sentado en la cocina. Mas concretamente en una silla que había en la cocina. Una silla que habitualmente reservaba para pelar patatas, actividad a la que se estaba dedicando en estos momentos en cuerpo y alma.
De tu patata salen kilos.
Una silla que tenía un perfil bajo. Tanto, que le recordaba ciertos modelos de coche deportivo, que parecían ir rozando el suelo y que en cualquier bache lo tocaría y saltaría en pedazos. Era una silla corriente, de madera y anea, pero muy útil a la hora de pelar patatas. Pintada mil veces de diversos colores, los desconchados le inferían propiedades de arco iris absurdo. No serviría, por ejemplo, para cambiar una bombilla fundida, pero en ésta actividad resultaba herramienta imprescindible.
De tu patata salen kilos era una frase incompleta. El la había acuñado en las largas horas que se pasaba en la extraordinaria silla ejerciendo esa labor pero no conseguía acabarla del todo.
Le hubiese gustado terminarla. Conseguir que fuera una frase de las que se citan en las tertulias radiofónicas. Sonora y redonda. Rotunda. Una máxima que resumiera una situación y que se empleara con frecuencia, pero no conseguía darle un significado coherente, metafórico, elíptico o parabólico.
- De tu patata salen kilos y de tu lechuga caracoles... y de tu tomate ensaladas... y de tu conejo... no. Eso podría tener connotaciones eróticas. ¿Zanahoria? ¿Qué podría salir de una zanahoria?.
Acabó de pelar la última patata de la cesta con un artístico gesto del cuchillo. La miró y pensó con tristeza -otra vez será.
Acto seguido las lavó, cortó y echó a la sartén humeante. Su objetivo no era otro que elaborar una gustosa y tradicional tortilla de patatas.
A El, le gustaba cocinar. Sabía que lo hacía bien y se deleitaba cuando podía experimentar con condimentos exóticos o realizar combinaciones extrañas. Mezclaba los más diversos alimentos con la finalidad de conseguir sabores nuevos. Olores insospechados, nunca previstos. Texturas y colores originales, como si cocinar, se transmutara en una actividad artística similar a pintar un cuadro o travestir fotografías de políticos en los diarios.
- Quién lo hubiera dicho- pensó el día que se le ocurrió vaciar un frasco de nata líquida en la salsa de los caracoles.
Por supuesto, el plato resultó del todo incomestible, pero El se sintió contento de haber registrado un nuevo sabor en su paladar.
Un día sí y otro no El pelaba patatas. Tanto pelar y pelar se olvidó de lo que en realidad importaba. De lo que en realidad le importaba.
Olvidó su origen. Su nombre. Su pasado y deliberadamente se olvidó de todo lo que le pudiese hacer daño. "Olvido de amor, olvido de sufrimiento".
Desarrolló una técnica mental que consistía en "archivar" todo aquello que pudiera constituir motivo de desazón. Comenzó ocultando las realidades mas dolorosas y terminó rechazando toda experiencia desagradable. Espiral sin final, creada a medida, devoradora de sentimientos y de sus expresiones externas. Falseadora de ocios infelices, ladrona de recuerdos y manipuladora de tiempos pasados.
En aquella época El, que no se llamaba todavía así, creyó que debía engranar una rutina y llevarla a cabo hasta la saciedad. Hasta el vómito. Rechazar lo vivido e instalarse cómodamente en su silla especial a ver las patatas convertidas en rodajas.
Perfeccionar y perpetuar siempre la misma rutina, para estar seguro y no sentir el vértigo del mundo que pese a él seguía girando al borde de su acantilado particular.
Diez años tardó en abrir los ojos.
- De mi patata salen kilos- pensó al ver la sangre resbalar por las mondas.
Se había cortado con su mejor cuchillo y el dolor le trajo el recuerdo de otro dolor. Y el olor de la sangre le recordó otros olores de sangre. Sangres antiguas, rancias... sangres familiares de mujer.
Esta vez no rechazó sus recuerdos. No podía liberarse del monólogo de Musici en el bar "Te conozco y no te dejaré escapar ".
Liberada por fin su memoria domesticada, sus recuerdos se agolparon uno tras otro, en prodigiosa carrera vertiginosa. Hechos, aciertos y errores iban y venían en su cabeza sin que pudiera, ni siquiera, ordenarlos cronológicamente. Michel, una leve luz iluminando la alcoba, sus brillantes botas militares, la empresa de transformados plásticos donde trabajaba, caras conocidas de ausentes amigos, un señor de Murcia, un paraguas literariamente asesinado en un parque... Circunstancias y sucesos que tuvieron lugar y de los que vagamente se acordaba, ahora se convertían en imágenes insultantemente fotográficas. Su madre, a la que nunca perdonó su egoísmo. La muerte de su padre, discreta y medida como toda su vida, donde no pudo encontrar ni un pequeño sentimiento que le obligase a llorar.
Otra vez Michel, de pié, frente a la ventana, mirándola la noche con sus fríos ojos oscuros. La cama desecha. Las colillas pujando por escapar de la triste misión de un cenicero. El olor a tabaco y a sexo humedecido con saliva.
Michel llorando, con lágrimas de mar embravecido, tempestad originada por su causa.
Cómo en un sueño, se vio a si mismo. Echado en la cama, fumando. Mirando al techo, como si aquellas lágrimas, destiladas del alma atormentada de Michel, no le importasen lo mas mínimo. Seguro de que su entrecortada despedida fuera tan solo un balbuceo histérico, del que se repondría pasado cierto tiempo.
Escuchó la puerta cerrarse y no se movió, ni siquiera creyó que aquellos pasos, que precipitadamente golpeaban los escalones fueran de una persona a la que había querido con todas sus fuerzas.
El dolor se hizo agudo. Se instaló en su pecho y le impedía respirar. Trató de amordazar una vez mas su conciencia. De reprimir su culpa y relegar al olvido aquellas imágenes. No existe descanso para el cuchillo de cristal cuando atraviesa la carne.
El, estaba perdiendo la batalla. Michel, desde su oscura ausencia, escarbaba en la herida abierta. Con ambas manos recogía el pus sanguinolento y se lo arrojaba a la cara con desprecio.
Lo que fueron horas, fueron días. Tal vez semanas. Agotado por el sufrimiento. Agotadas sus fuentes y sus fuerzas. Enterrada su lucidez bajo un obelisco negro. Muerto el perro... ¡Muerte al perro! ¡Muerte al perro!
Y la luz se hizo de nuevo, como todos los días. Y fue invadiendo los mismos rincones. Iluminando los mismos enseres, las sartenes dispuestas en orden decreciente. Algunos platos, pocos. Otros platos, rotos. La sangre coagulada sobre la superficie grasienta de la mesa de madera. Unas patatas a medio pelar. Restos de colores astillados en el suelo, trágica muerte hurtada a las termitas.
Amarillentos jirones de semen entre las fibras de un pantalón. La luz, ajena e irreverente, restituyó las formas, fijándolas mansamente. Lentamente, todo fue recobrando su color.
Al tiempo, otra luz, en otro lugar, imponía las mismas reglas a lo cotidiano.
- De mi patata salen kilos -Que frase tan absurda.
Habían pasado diez años.
Diez años que habían pasado como un soplo de viento. Diez vientos que pasaron y que se fueron llevando, uno tras otro, diez años. En un instante. Diez años de los que no lograba hilvanar un balance congruente. O tal vez no. Tal vez todo había sido un sueño. Algo irreal que no sucedió nunca, delirios de una mente enferma que tardó diez años en despertar o quizás no haya despertado todavía y esos años se reducirían entonces, a los pocos minutos de una siesta post-comida-mediodía.
Ni siquiera estaba seguro de quien era en realidad, que había hecho en el pasado, como si se negase así mismo la esencia misma de existir. La realidad de ser. El derecho a dar y el deber de recibir. Como si toda su vida y sus experiencias hubieran sido una gran mentira oculta y disimulada. Una mentira urdida a lo largo de los años. Una gran mentira perfecta para engañar a todos empezando por engañarse a si mismo.
Adormecer la mente, drogarla, inutilizarla para no tener que sentir. No se sufre si no se siente...
Y lo consiguió. Logró su propósito más elaborado. Engañó a todos durante todos los años.
Días atrás, alguien, le había descubierto. Le invitó a una cerveza y le dijo:
-Te he descubierto. Tú no eres El. Sé quien eres. Te conozco y no te dejaré escapar. Deja de mentirte, ya no engañas a nadie.
Él escuchaba disciplente, aparentando frialdad donde había rubor. La mano tapando la boca para no vomitar de miedo. El estómago revelándose ante tanta tensión.
Volvió rápidamente a su casa y comenzó con su rutina, patata a patata. Con la sabiduría del que se siente seguro detrás de sus costumbres. La realidad era pelar y pelar patatas. Lo real era acabar una frase para la posteridad... -De mis kilos salen patatas -.
Y su fiel cuchillo, también le traicionó. La sangre de su mano iba coagulandose poco a poco. Perezosamente había iniciado el camino de su muñeca. Era roja e insuficiente, pero bastó para remover los cimientos de hormigón, donde El había ido construyendo su casa de mentira, caparazón de caracol, lugar donde ocultar su viscosidad amarillenta.
Desde el otro lado, las babosas aguardaban.
Cuando la luz se hizo presente, todo cesó. El, sintió como si algo se deshiciera en su interior, se le relajaron los músculos faciales y un escalofrío recorrió su espina dorsal lentamente, como una caricia eléctrica, mas que una descarga. Después de eso, se miró al espejo, se miró a los ojos, queriendo ver los suyos, puesto que lo que le iba a decir era importante y sobre todo era verdad.
-Si. Ya es hora. Haré lo que me dices -.
En su casa recién pintada de verde, comenzó a escribir. Mientras lo hacía, pensaba: Escribir es siempre mas que nada, es siempre mas que nada, es siempre mas que nada.
En éste punto se durmió y soñó que era un dinosaurio que soñaba.
Alfonso Muñoz 2000- todos los derechos reservados Por Alfonso Muñoz mailto:fai@arrakis.es Publicado Jueves, Agosto 30, 2001 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |