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| Aquí puedes llegar, Jacinta, el traspatio te espera. El sendero sonríe. Mi puerta se conmueve. Mi escoba con ternura a tu paso echa flores. |
| Dedicado a Jacinta Piñuela, de Orense, Galicia
Aquí puedes llegar, Jacinta, el traspatio te espera. El sendero sonríe. Mi puerta se conmueve. Mi escoba con ternura a tu paso echa flores. El sofá tira besos. La cama conspira y te recibe. Abre mi nevera que la cocina te aguarda. Llenemos una copa con escarcha del freezer. ¿Recuerdas? ¿cuando niñajos? no teníamos cervezas (por tanto, juguemos como antes a raspar el hielo y cubrir de tamarindo el agua congelada). Ahora es diferente, Jacinta. Nos sobran las mieles para el beso robado y el raspado en el alma con botellas de vino. Llenamos las botijas del deseo con la piel más cómplice que en vela... Nos comunicamos tan gratamente como costillas golpeadas por Dios hecho ternura y por el Diablo traviezo, ardidos en pecado por comernos a besos. Por eso, visitante deliciosa, acércate con tus clavos y martilla mi cruz: mi boca ha de sangrar como Cristo que aprendió a hacer parábolas con la mujer en ajetreo, o sus intrigas y su dulce presencia en hacendosa friega, por amor. Seca la vajilla de tensión que te emociona. Una toalla de mis ojos en la cocina se tiende y te va alcanzar, no lo dudes, Jacinta. Sudaremos por amor y nos secaremos después de mirar, a párpados desnudos, la humedad con que el placer devuelve al fuego originario, su magma más caliente y sus piedras irrefrenadamente lanzadas. Entra a mi baño. El espejo se aburre de verme con mi barba a solas y tu carita más suave que los pétalos será la novedad, la nueva fiesta, la grata imagen que se guarde, sin réplica imperiosa de rutina. Empapa mi rostro con el jugo de cebollas de tu tacto, ház mil tasajos con tus artes galaicas de cocina; pero, el puerco no lo como, ya lo sabes, yo prefiero al cordero, tan judaico, y a tí, borrica femínea, sobre el lecho sin contemplaciones. El piso más limpio, el alimento más sabroso, son tus labios. Tu escobillón, que desempolva todo, nunca más detergente que cuando me ensaliva limpiadoramente la piel, tu boca ardiente; el paño de tus muslos refriega a las paredes (me reluce in profundis, por misa de tu higiene). El tiempo de tu piel, agua caliente. Regresa, Jacinta. Esta es la casa que te pertenece. Son tus objetos. Tu presencia dió virtud a cada puerta, a cada patio, a cada escondrijo. Y la madera cruje, el hormigón se arma. El mobilario te aclama y el amor, por ser tanto, se escapa por ventanas, se refugia en las flores, se trasiega entre bardillas, atajos y callejas, y se regresa una y otra vez, creyendo que hemos terminado, pero estamos en amor aún. Y así será, siempre que me invadas y me entregues tus diligentes cuidados de jovenzuela enamorada, mujer, amiga, amante. Estos objetos ya son gritos de tu piel. Nada me llama a la mesa, sin tí. Toda olla tiene alguno de tus nombres. Cada sartén me calienta al evocarte. Cada cortina es un vestido que voy echar abajo para entrar al misterio más bello y puro... Por eso, tu cuerpo es más sabroso que la sal. Más inmenso e incontable que las arenas (deseado como playas del Caribe que es mío; afortunado como ha sido arribar a tierras de Orense, tu tierra donde han formado su casa Los Piñuelas...) Todo lo que has tocado ha cobrado el encanto de tu mágica tibieza y el peso existenciario de tu vida se refugia, como gesto, que te copia y crea curvaturas en mi espacio. 2. Me gustas y mi casa te llama, con el mismo pretexto, le gustas. A primera vista, se tentaron mi corazón y el tuyo y nos entró por los ojos el afán de ser ventanas en la casa de nuestros propios cuerpos y arroparnos bajo la imisma colcha para explorar un mismo anhelo. Jacinta, tu boca es agua de pozo. Mi pozo te llama con nostalgia de tus manantiales. De tus pechos, pende la tersura que yo anhelo, frutas que tú provees, fascinaciones que se materializan porque mi devoción te cita y mi casa es el santuario que comparto contigo. Toda tú me gustas. ¡Toda! Eres la verdadera casa de mi casa. El descanso verdadero de mi cama. El verdadero ver de mis ojos cuando estás en los pasillos. La verdadera luz que se enciende cuando busco, en vano, la sabiduría desde esta urgencia de solidez que nos da el cuerpo. Lo que sostiene el abrazo del cielo con la tierra sí algo, divino es como mujer, bello es como muslos suaves, ojos grandes, pelo largo, pechos de mujer, boca de mujer, iluminado es como el alcoiris que traes formado de gestos, asombros, detalles, risa, ingenio, ternura de mujer... ¿Cómo fue posible que fabricaras mi casa verdadera con la energía tan pura y elemental que se expresa en el ser? Bajo mi techo, cada cosa habla de tí, Jacinta y tan sólo por causa de tu feminidad... Por CARLOS LOPEZ DZUR mailto:baudelaire1998@yahoo.com Publicado Domingo 12 de Enero de 2003 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |