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Castillos medievales de Castilla-La Mancha
Por Elmundomedieval.com
Castilla debe su nombre a los insignes monumentos que pueblan sus tierras. La riqueza de este patrimonio puede admirarse de forma directa, y enriquecerse con el estudio de las historias que ha protagonizado.
Castilla hereda su nombre de sus más señalados monumentos. Existe una sola Castilla, a pesar de encontrarse hoy fragmentada en múltiples provincias. Y todas ellas comparten un pasado y una forma de ser originada en la Edad Media: un mismo sistema de estructurar el territorio, de gobernar y de asignar parcelas de poder y obediencia.
Los castillos de Castilla son, cada día más, imagen de una época, evocación sabrosa de un mundo ido pero que sabemos con certeza que fue real. En esta caminata, abierta y entusiasta, por la tierra de Don Quijote, la Mancha que es la llanura, salpicada de altos montes, nos va a mostrar sus altísimos baluartes defensivos, sus atalayas guerreras, sus castros y alcazabas que rememoran el viejo tiempo del Medievo.
Uso y destinación del castillo
Los edificios militares medievales que hoy llamamos comúnmente castillos tienen muy diversas estructuras. Desde simples torres de vigilancia hasta alcazabas de compleja parcelación, tienen múltiples utilidades. Los castillos pudieron servir para bastiones de atalaya, para fortificar ciudades o para demostrar el poder de un linaje, pero siempre como elemento militar de defensa, no sólo de su propio espacio, sino de todo el territorio en torno a ellos.
La región actual de Castilla-La Mancha se organiza, ya en la Edad Media plena, en torno al siglo XI, en diversos estados que fueron, en unos casos, de tipo fronterizo con efecto de tapón o baluarte, frente a Aragón de un lado, y frente a al-Andalus de otro. Así ocurre con los lugares de Moya, de Alarcón y de Cañete, en tierra de Cuenca, frente al Aragón levantino. Y con el estado de Molina, también enfrentado al Aragón serrano. O con Villena, en la misma situación. Hay otro tipo de estado, no obstante, que es único en la historia de España: el itinerante del infante don Juan Manuel, el guerrero por antonomasia, que durante el siglo XIV, atesora castillos y sólo castillos. No quiere otra cosa. Pero todos ellos a distancia deuna jornada el uno del otro. Para, en cualquier caso, estar defendido y seguro en cada momento, o poder rehacerse de una batalla en hogar propio.
La Mancha es, en definitiva, el lugar donde nacen las órdenes militares en la Edad Media, y cobran toda su fuerza ejerciendo su función de poder. Los “campos” de las órdenes ocuparán el amplio territorio que va desde la Sierra Central hasta la frontera misma de al-Andalus, en Sierra Morena. Tras la desaparición del Temple, serán las estructuras religioso-guerreras de Calatrava, Santiago y San Juan, las que pongan en la Mancha todo su poder. Y sus castillos.
Iniciar el recorrido
Empezará nuestro viaje por el Medievo castellano a partir de Calatrava. La fortaleza primitiva, heredada de un lugar fuerte de los árabes, estuvo junto al Guadiana, algo al norte de la actual Ciudad Real. Muy combatida, y arruinada luego, a pesar de ser objeto de restauraciones, hoy no es nada, ya que el poder que significaba ese lugar se trasladó a Calatrava la Nueva, donde realmente empieza nuestro viaje; en ese valle de paso y frontera —se ve nítidamente que es la línea entre dos mundos, cuando uno se sube a la más alta almena de este castillo—, desde al-Andalus hacia Castilla.
Tras la derrota de Alarcos (1198), la victoria definitiva de las Navas de Tolosa hizo que los calatravos decidieran levantar una nueva fortaleza, el mejor y más espléndido castillo de todo el reino, para controlar el paso natural entre los valles del Guadalquivir y el Guadiana en la Sierra Morena.
Así, sobre el cerro Alacranejo, se inició, en 1217, la construcción de la gran alcazaba de Calatrava la Nueva, en la que muy pronto pasaron a residir los maestres de la Orden de Calatrava y gran número de caballeros, que desde esta atalaya manchega gobernaban sus estados, cada vez más numerosos y densos.
Del favor al olvido y del olvido al rescate
Todos los jefes de la Orden, a lo largo de la Baja Edad Media, y losreyes castellanos y españoles, cuando a partir de Isabel y Fernando se erigieron en administradores y maestres de las órdenes militares, dieron a Calatrava un trato de favor, concesiones sin cuento y mejoras en su edificio y contenido. Aquí se continuaron celebrando los Capítulos generales de la Orden, e incluso los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II pasaron temporadas alojados entre sus muros.
Durante los siglos modernos, mantenido siempre con cariño por los caballeros calatravos, el castillo del Sacro Convento fue uno de los lugares hispánicos donde con más densidad se podían admirar las reliquias de un pasado glorioso: en los salones, el templo, los aposentos y recintos varios de la fortaleza, aparecían un sinfín de joyas del arte medieval, sepulcros de maestres, pergaminos, muebles y otras obras de arte que debían ofrecer un espectáculo inigualable. A principios del siglo XIX fue abandonado, pero, afortunadamente, en la actualidad ha recibido una cuidada restauración por parte de la Diputación Provincial ciudadrealeña.
La situación de Calatrava la Nueva, del antiguo castillo-convento de los freires guerreros, es sorprendente. La orografía que lo aloja, que simula un altar en degradación, realza aún más la presencia brillante del castillo en lo alto.
El castillo-convento de los freires guerreros
Se forma éste por tres recintos muy bien definidos. En una distribución al parecer aleatoria, las sombras de unas pequeñas torres hacen vibrar al paramento externo de la fortaleza. El ingreso principal lo tiene en la llamada Puerta del Hierro. Un camino o rampa va ascendiendo suavemente por el primer recinto, hasta llegar al segundo nivel, el mural del castillo. Ese segundo recinto está formado por muros más altos y fuertes que el anterior, con cuatro torreones en sus esquinas. Allí se encuentra fundamentalmente el gran templo de los calatravos, edificio sumamente interesante por cuanto centra con su galanura litúrgica, en un estilo que podría definirse como pulcramente cisterciense, la fuerza civil de un castillo cabeza de Orden militar.
Junto al templo aparecen los restos de otras estancias y elementos constructivos que venían a formar este segundo recinto, en el que sabemos existió un claustro de pilares de ladrillos, la sala capitular, el gran refectorio, la biblioteca, salas de ceremonias, etc., e incluso un espacio al que llaman “el campo de los mártires”, en el que descansaron como en un cementerio los restos mortales de muchos caballeros calatravos que, a lo largo de los pasados siglos, quisieron ser aquí enterrados.
Al estilo de los castillos iniciáticos del Medievo, en éste la estancia más alta, totalmente construida en piedra, era el archivo, por encima de la celda maestral. Un lugar que asombra al visitante.
En territorio calatravo, aún en la provincia de Ciudad Real, encontramos, poco más allá de Almagro, la plana fortaleza de Bolaños, cristiana desde 1147, donde dicen que nació Fernando III. Fue encomienda calatrava y ha sido restaurado también por la Diputación, destacando sobre su planta cuadrilátera la gran torre del homenaje.
Y aún por las llanuras de esta provincia meridional de la Mancha se levanta la ruina poderosa y evocadora del castillo de Montiel, lugar empapado de historia, pues a pesar de ser escasos sus restos, al llegar ante su cerro empinado todos saben que fue allí donde, la noche del 23 de marzo de 1369, Enrique de Trastamara mató a su hermanastro, el rey Pedro I el Cruel, dando lugar a un cambio crucial de dinastía.
Por tierras toledanas
La llanura manchega se extiende también por Toledo, donde tuvo asiento buena parte de otra de las “Mesas maestrales”, la de San Juan. Sobre un empinado y oteador cerro de la inacabable llanura, se alzan hoy los molinos que le dan singularidad quijotesca, entre ellos la mole parda y contundente del castillo de Consuegra, que ya los romanos supieron fortificar en su altura y darle el nombre de Consebrum. También los árabes la controlaron, y Castilla la hizo suya en 1090, perdiéndola luego, para después volver a recuperarla —esta vez para siempre— en 1147. Alfonso VII se la entregó en ese momento a la naciente Orden de San Juan. Es el cerro de Consuegra capitán visual de buena parte de las tierras entre el Tajo y el Guadiana, en el corazón mismo de la Mancha. ¿Sería aquí donde Don Quijote se enfrentó a sus molinos creyéndolos gigantes? La escena la dan por buena todos los días un buen número de japoneses que acuden extasiados a este lugar literario. El castillo es de origen árabe, y su estructura actual, plenamente “caballeresca” consta de un donjón central en torno al cual se articulan dos recintos concéntricos. Quedan restos de la capilla y, por todas partes, matacanes, rastrillos, pasadizos y torreones. Un lujo de castillo en medio de la llanura.
También en Toledo, pero esta vez vigilando la orilla derecha del río Alberche, se alza el castillo de Escalona, que sirvió como referencia de defensa de cristianos frente a almohades. Los caballeros Diego y Domingo Álvarez fueron sus primeros señores, creándose por donación del rey un Común de Villa y Tierra en su torno, y recibiendo en 1130 un Fuero. Más tarde, Escalona pasaría a poder del infante Manuel, hermano de Alfonso X (1281), de quien lo heredaría su hijo, el infante Juan Manuel. En 1423 el rey Juan II lo incorpora a la corona, y al año siguiente se lo entrega a su valido, el condestable Álvaro de Luna. Es entonces cuando el castillo reconoce su época de opulencia. Más tarde, en 1470, será otro rey de Castilla, Enrique IV, quien se lo entregue en señorío a su respectivo valido, el marqués de Villena. De aquel lujo y brillo hoy sólo quedan ruinas, enormes espacios vacíos, algunos establecimientos cubiertos en los que se adivinan pinturas, bóvedas, escudos... No podemos dejar de mencionar las palabras que los embajadores del reino de Portugal escribieron en 1448, cuando visitaron Escalona, que así decían(ESCALONA.TXT - 4-06-87):
“Se maravillaron al ver aquella casa, tan fuerte y tan magnífica, y la riqueza con que estaba alhajada. Las puertas grandes de la entrada se adornaban con trofeos de caza (cabezas de osos, de puercos y de otras bestias salvajes), y en medio del postigo se mostraba, extendida y clavada, una gran piel de león enviada al condestable por un rey moro de allende el mar”... Dentro, recordaban la abundancia de paños franceses, de vajillas de oro y plata, de muebles ricos, de manjares y bebidas suculentas... Un castillo, en fin, de la Edad Media.
Y en tierra de Toledo no podemos dejar de ver, en esta ruta que va de sur a norte, la fortaleza de Montalbán, que aún hoy ofrece el amurallamiento completo de una gran población, de un enorme recinto que no llegó a cobijar y se mantuvo siempre en solemne silencio de vacío. Fue Montalbán del Temple, y luego de la Corona, pasando finalmente a manos de Alonso Fernández Coronel. En el siglo XV también lo tuvo Álvaro de Luna, luego el de Villena y, finalmente, los duques de Frías y Uceda. No debe dejar de hacerse el paseo de todo su contorno. Uno volverá a admirarse de obras tan ingentes, poderosas, y (sobre todo en este caso) tan inútiles.
Llegamos a Cuenca
Dicen que Almenara lo fundó Alvar Fáñez de Minaya, y ello es para darle un origen legendario, ni más ni menos que el que merece tamaña fortaleza, tan alta supremacía de rocas contra el cielo. En un espacio aislado entre Villamayor de Santiago y Belmonte, sobre unos cerros cubiertos de manchas de encinar, se eleva el castillo de Almenara, que fue construido a finales del siglo XII, en tiempos de Alfonso VIII. Su inicial poseedora sería la Orden de Santiago, asentada en su origen en estos lares conquenses. Pero a mediados del siglo XIV la vemos en manos del todopoderoso infante don Juan Manuel, quien dio carta-puebla, fuero nuevo y ánimos para crear en su falda la Puebla de Almenara, el pueblo que aún hoy vive. En el siglo XVaparece como dueño Juan de Heredia, a quien en 1487 se lo compró el gran cardenal Mendoza, y es de entonces todo lo que hoy vemos, aunque sea en ruinas. Incluso se ha encontrado el nombre del arquitecto que levantó esta fortaleza, Juan de Zamora, porque en Iscar (Valladolid) hizo antes otra muy parecida. En el siglo XVI fue su señora y dueña la princesa de Éboli —quién lo diría— y en 1578, en la Relación de los ancianos del lugar, se describe al castillo como un lujoso y maravilloso edificio “de cuento de hadas”, que tenía dos recintos concéntricos, en el interior alzada la torre del homenaje —residencia de alcaides y maestres recaudadores— y bajo su suelo un amplio aljibe con cuadras y dependencias que hoy se visitan y asombran por su buena conservación. La estampa de Almenara, en todo caso, especialmente vista en la distancia, es lo mejor de este castro.
Cuna de fray Luis de León
A Belmonte hay que ir en esta ronda viajera, porque es la cifra de la castillería manchega, tan hermoso y honrado, tan alto y lujoso, tan bien cuidado (por fuera), y tan maqueta de todo. Surge el lugar (donde nació fray Luis de León nada menos) tras la reconquista, en 1182, por Alfonso VIII. En 1305 queda por don Juan Manuel, lo mismo que Alarcón, en las orillas del Júcar. En 1323 se comenzó a edificar, siendo luego disputado por los reyes Pedro I y Enrique II. En 1398, es entregado a Juan Fernández Pacheco. Sus hijos, Pedro Girón (maestre de Calatrava) y Juan Pacheco (maestre de Santiago) se lo disputan, quedando finalmente para este último, que lo termina de construir, como hace con el Parral de Segovia, dando al arquitecto Juan Guas carta blanca para poner su estilo en muros y ambientes. De 1467 a 1472 se construyó este castillo ya palacio y, aunque nunca se acabó, Eugenia de Montijo hizo, en el siglo XIX, que se siguieran poniendo parches al estilo de Violet-le-Duc. Los visitantes de hoy, que se quedan maravillados ante la elegancia de ese bel monte que seduce con sus contornos, entran al recinto por la “puerta del Campo”, pues la “de la villa” no es practicable. Escudos por todas partes —de los Pacheco— y, sobre puertas y chimeneas, la frase VNA SIN PAR, la divisa de Juan Pacheco. Su torre del homenaje cuadrangular y los dos cuerpos del castillo articulados en ángulo agudo, más los salones interiores y el paseo por el adarve almenado, hacen inolvidable la visita a esta fortaleza.
Si seguimos por Cuenca no debemos dejar de ver la fortaleza de Castillo de Garcimuñoz (es el nombre completo del pueblo) alzado en un suave montículo sobre la llanura. El infante don Juan Manuel le llamaba el mío castiello, porque allí vivió largas temporadas, y escribió muchas de sus cartas, libros y crónicas. En la segunda mitad del siglo XV perteneció al marqués de Villena, y ante sus muros murió peleando Jorge Manrique, en 1479. Los Reyes Católicos le pusieron alcaide, y en el XVI se construyó en su interior la parroquia del pueblo. Destaca en él, además de su estampa, la grande y rica puerta, gótica, con un gran cuerpo o matacán enorme sobre el heráldico acceso.
Sobre la escarpada orilla rocosa del río Júcar se alza desde hace siglos la fortaleza de Alarcón. Lugar de indiscutible valor estratégico, su conquista a los árabes por parte de los castellanos, en 1184, supuso grandes sacrificios. La actual construcción es hoy parador nacional de turismo. La torre mayor sirve de alojamiento hotelero y casa de comidas, pero a ella debe entrarse cruzando el puente levadizo de maderas sobre el abismo.
A Moya deberá llegar el viajero que quiera sentir la Edad Media, el pasado de Castilla en su silencio de borbotones. La hija de Atlante dicen que fue su fundadora. Es éste un enriscado e increíble lugar, hoy abandonado, con no sólo el castillo, sino toda la villa cuajada de ruinosas iglesias y conventos, palacios y pósitos... Unos y otros señores pasaron por su cima, levantando la fortísima alcazaba vigilante de la cercana frontera con Aragón. Enrique IV se lo dio en el siglo XV a Andrés Cabrera, a quien, con su mujer, Beatriz de Bobadilla, los Reyes Católicos dieron el título de marqués de Moya. En un extremo de la enhiesta roca se alza el castillo, con la torre del homenaje rodeada de impenetrables líneas defensivas.
Castillos en Guadalajara
Hemos dejado para el final el paseo por Guadalajara, por esa tierra norteña, más alta y fría que el resto de la Mancha, y plagada de castillos hasta la saciedad. Más de treinta fortalezas bien conservadas, cada una con su rica historia, conserva esta provincia castellana. Y hasta un centenar de atalayas, riscos fortificados, pueblos amurallados y torreones defensivos quedan perdidos, ignorados por sus campos.
En torno al Henares se articula la principal nómina de los castillos alcarreños. Y es que el Henares ha sido, desde siempre, la arteria fundamental, el camino (tal vez el que da el nombre a la comarca, al carria, es decir, “el camino”) por el cual culturas y ejércitos pasaron de una a otra España, de la Emérita Augusta del Guadiana a la Caesar Augusta del Ebro. Es el paso obligado de una meseta a otra, de Castilla a Aragón, de la España atlántica a la mediterránea: el valle del Henares fue, durante cuatro siglos, frontera activa entre Castilla y al-Andalus. Y eso se nota, aún en la actualidad, en el perfil de su tierra, en las docenas de castillos que la vigilan.
Además de Alcalá (de Henares), del alcázar de Guadalajara, del cerro literario y guerrero de Hita, del Jadraque enhiesto sobre el que Ortega y Gasset decía ser “el cerro más perfecto del mundo”, se alza Sigüenza, la ciudad episcopal que luce escudo con águila y castillo. Es éste el mejor documento que la identifica, además de la catedral, que ofrece en su interior el sueño atento del doncel lector.
En el Henares surge Jadraque en su comedio, y allí, en su limpia altura, con el zigzagueante valle del Henares a los pies, y el muro azul y blanco de la Somosierra hacia el norte, se evoca al Cid Campeador, que se lo conquistó a los árabes, y al gran cardenal Mendoza, que lo terminó de construir en clave palaciega para dárselo al más hermoso de los frutos de su amorío inicial con doña Mencía de Lemos. Los Mendoza heredaron y mantuvieron este castillo que hoy tiene sólo el recinto externo a la vista de los viajeros.
Henares arriba aparece Sigüenza. Castillo construido sobre cerro que tuvo castro celtibérico, fortaleza visigoda, alcazaba árabe y, finalmente, castillo cristiano. Tan cristiano que, desde su reconquista en 1124 y su entrega a los obispos seguntinos por el rey Alfonso VII, fue sede palaciega de los obispos y señores de la ciudad hasta el siglo XVIII. Este monumental recinto es hoy parador nacional, y está perfectamente restaurado, hasta el punto de que se cuenta como el más grande y espléndido de los de su categoría.El viajero penetrará al recinto por amplios arcos, y subirá al interior por escalera y puente de madera, encontrando dentro un gran patio de armas, la sala de justicia episcopal, los salones de doña Blanca, la capilla... Desde cualquier ángulo, el castillo de Sigüenza habla elocuentemente de una unidad histórica y constructiva.
En los valles, pequeños y elevados, que van a dar al Henares desde las alturas de Guadalajara, encontramos castillos como el de Palazuelos, que ofrece la fortaleza en un extremo de lo que es todo un amurallamiento completo de la villa, mandado hacer en el siglo XV por el marqués de Santillana. O el de Guijosa, que perteneció a los López de Orozco, y en triste abandono ofrece todavía su silueta airosa y amatacanada. O Galve sobre el Sorbe, y Atienza especialmente, que fraguó en torno a su fortaleza, elevada en las rocas intratables, un triple nivel de murallas, abrigando a la ciudad de los arrieros que salvaron a Alfonso VIII del asedio de su tío, el rey de León, y en su memoria fundaron la Cofradía y Fiesta de la Caballada primaveral.
Estado independiente
Un último paso por Guadalajara nos lleva hasta el territorio más elevado y recóndito, el que mantuvo, durante dos siglos, su propia historia como estado independiente (y fronterizo) entre Castilla y Aragón. Se trata de Molina, la de los Lara, que sobre la ciudad, pegada a la orilla derecha del río Gallo, vio levantarse un castillo que hoy pasa por ser de los más extensos de España. Una estructura original, la torre de Aragón, atalaya la visión hasta el valle del Piedra, cuenca ya del Ebro, y por supuesto sobre el Gallo (que da en el Tajo poco después). En torno a él, se alza la alcazaba, de origen musulmán y modulación cristiana, con sus cinco altas torres de rojizos paramentos, y un amplio recinto externo en el que hubo cobijada parte de la población en el Medievo, viéndose hoy las huellas de iglesias, palacios y calles. Más creció Molina, y dentro de su cinto o tercer cinturón de murallas, abarcó a la ciudad entera.
En definitva, el viajero encontrará en estas tierras todo un cúmulo de apasionantes siluetas, de historias densas, de emociones fuertes, dispuestas a la mano de quien quiera lanzarse a recorrer estos lugares castellano-manchegos, buscando en ellos, incluso con la sombra pegada del Quijote, los ecos de la Edad Media drástica y guerrera.
Antonio Herrera Casado, Cronista Provincial de Guadalajara
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Cortesía de Elmundomedieval.com
Publicado Tuesday 11 de February de 2003
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