
Fundada en tiempos de la antigua Roma, Barcelona conoció un amplio desarrollo durante la Edad Media. Su rico patrimonio así lo confirma.
Los viajeros que hacia el año 1500 llegaban a Barcelona quedaban admirados ante la prosperidad de la ciudad, que se había ganado a pulso un puesto de honor entre las principales potencias del Mediterráneo. La pequeña colonia fundada por Augusto se había convertido, con el devenir de los siglos, en una gran urbe, al frente de la Corona de Aragón. En el interior de su amplio recinto amurallado se levantaban magníficas construcciones góticas, muchas de las cuales aún se mantienen en pie. Al igual que hoy, la Rambla era el lugar de reunión favorito de una población que, en los mejores momentos, llegó a alcanzar la nada desdeñable cifra de 35.000 habitantes, lo que la convertía en la ciudad más poblada de Cataluña. Pero hasta alcanzar este nivel, Barcelona vivió momentos de esplendor y decadencia que, en su conjunto, conforman una de las etapas más brillantes en su larga historia.
De Barcino a Barchinona
Barcelona comenzó su andadura en los primeros siglos del medievo como una pequeña villa protegida por la muralla romana bajoimperial. Aunque con los siglos, Barchinona sobrepasará ampliamente el recinto de la vieja fortificación, al principio éste le venía grande. Se calcula que unas 1.500 personas debían vivir en las diez hectáreas delimitadas por el perímetro amurallado, cifra inferior a la que poblaba la colonia de Barcino.
No resulta fácil dibujar con exactitud el paisaje urbano de esta primera Barcelona medieval. Los restos que pueden verse en la actualidad paseando por el Barrio Gótico son muy posteriores, pues corresponden en su mayoría a los siglos XIV y XV. A esto se suma el hecho de que la documentación escrita referida a la ciudad es muy escasa hasta fines del siglo X.
A pesar de estas limitaciones, sabemos que la ciudad altomedieval debía tener un aspecto bastante rural, con abundantes huertos intramuros. Una imagen, sin duda, muy diferente a la que ofrecía en época romana. La población, integrada en su mayoría por campesinoslibres, se concentraba en la zona noreste del área amurallada. Las viviendas se distribuían según el callejero romano, con el cardo y el decumanus como ejes principales. La red viaria principal de época romana fue reutilizada en buena medida durante todo el período medieval, y en algunos casos se ha conservado hasta hoy. Un ejemplo de ello son las calles del Bisbe y de la Ciutat, que fosilizan el trazado del viejo decumanus, y Llibreteria y Call, que hacen lo propio con el cardo.
En la zona noreste también se localizaban los grandes centros del poder y la cultura: el palacio (condal primero y real después) y la catedral. La Seu fue siempre uno de los edificios más importantes de la ciudad. Pero su dilatada historia no siempre nos es bien conocida. Sabemos que hubo un complejo paleocristiano al que sucedió otro prerrománico, en el mismo lugar donde posteriormente se levantaron la catedral románica y la gótica. Sin olvidar que bajo la dominación musulmana desempeñó funciones de mezquita. De la construcción prerrománica nada se ha conservado. Los restos paleocristianos, descubiertos en diversas excavaciones llevadas a cabo en el subsuelo de la catedral y calles adyacentes, son visitables en un circuito museizado que transcurre bajo la Plaça del Rei y la catedral actual, con entrada por el Museu d’Història de la Ciutat.
En aquel entonces, las ruinas de las construcciones clásicas debían formar parte del escenario urbano habitual. Tal era el caso del templo romano de Augusto, designado con el significativo nombre de “el milagro”. No es extraño, pues todavía hoy impone la imagen de las esbeltas columnas que se conservan en la sede del Centre Excursionista de Catalunya, en la calle Paradís.
Desde fechas tempranas se fueron formando en torno a la ciudad pequeños enclaves de población, que llegaron a alcanzar un gran desarrollo con el paso del tiempo. Los más cercanos a las murallas pronto fueron absorbidos por la villa medieval; otros más distantes, pero también dentrodel área de influencia de Barcelona, generaron municipios agregados a la urbe hasta fines del siglo XIX.
Estos nuevos núcleos de población se organizaban en torno a iglesias y monasterios. Uno de los contados ejemplos que ha sobrevivido hasta nuestros días es el de Sant Pau del Camp, monasterio benedictino que actualmente forma parte del populoso barrio del Raval. Pero el foco más potente de atracción de población fue el mercado instalado junto a la puerta de Castell Vell, al noreste de la muralla. A su alrededor surgió un barrio que se extendía entre dicha puerta y la iglesia prerrománica de Santa Maria de les Arenes (actual Santa Maria del Mar, tras reconstruirse en el XIV),a lo largo de la actual calle de la Argenteria.
La línea litoral era muy diferente a la que ahora conocemos. Baste decir que las tierras sobre las que se asienta el barrio de la Barceloneta no empezaron a formarse hasta el siglo XV. En torno al año 1000, el frente marítimo seguía una línea que enlazaba la montaña de Montjuïc con el actual parque de la Ciutadella, a lo largo del eje del paseo de Colom. Cerca del mar abundaban las lagunas, lo que hizo necesario acometer diversas obras de drenaje para que la ciudad pudiera crecer encima. A una de estas lagunas, la de Cagalell, vertía sus aguas el torrente de la Rambla, por el que hoy discurre una de las calles más emblemáticas de Barcelona. Como es habitual en el Mediterráneo, este curso de agua estacional funcionaba también como vía de comunicación y eje organizador del poblamiento. A mediados del siglo XIII, su recorrido será utilizado para trazar la primera fortificación medieval.
Barcelona crece
Desde el siglo XI, la ciudad conoció una etapa de prosperidad económica y creciente importancia política que se tradujo en un aumento de la población y del perímetro urbanizado. De las diez hectáreas que tenía la ciudad romana se pasó a treinta a finales del siglo XI, y la superficie se multiplicó por dos sólo cienaños después.
Los huertos intramuros fueron rápidamente sustituidos por viviendas, cada vez más altas y más próximas entre sí. También se urbanizó la línea defensiva: muros y torres fueron integrados en grandes casas aristocráticas y edificios públicos. La escasez de espacio provocó numerosas disputas entre los vecinos, de las que ha quedado constancia en las fuentes escritas. Parece claro que, en este sentido, Barcelona no ha mejorado mucho con el paso de los siglos...
Los años de bonanza económica permitieron construir nuevos edificios o restaurar otros ya existentes. Así, en 1046 empezaron las obras de la nueva catedral, en estilo románico, consagrada doce años después. Aunque tampoco se ha conservado, se piensa que esta nueva Seu debía tener una estructura de tres naves rematadas en ábsides, que ocupaban la parte central del complejo gótico actual. A su alrededor fueron surgiendo diversas construcciones, como la Pia Almoina, encargada de proporcionar alimento a los pobres, o la casa de l’Ardiaca, cuya apariencia actual data de la remodelación de fines del siglo XV.
También se realizaron importantes obras de mejora de las infraestructuras públicas (calles, cloacas...). Conviene recordar, sin embargo, que el tema de la limpieza urbana, tal como la entendemos hoy en día, fue siempre una asignatura pendiente en la Barcelona medieval. Como las demás ciudades europeas del momento, debía estar siempre bastante sucia y los animales campaban a sus anchas por las calles.
Los burgos que habían empezado a desarrollarse extramuros en el período anterior alcanzaron un crecimiento considerable durante los siglos XI y XII. El más importante era el de la vilanova del Mar, al noreste del antiguo mercado, en torno a las calles de Montcada y Banys Vells. El desarrollo comercial de Barcelona —especialmente marítimo— favoreció el crecimiento de este barrio, habitado por pescadores, marinos y mercaderes. Con el tiempo, la vilanova del Mar acabó desempeñando las principales funciones portuarias de Barcelona, mientras que el primitivo núcleo romano mantuvo su papel de gran centro político y religioso.
Las nuevas murallas
Como consecuencia de este crecimiento urbano, a mediados del siglo XIII se hizo evidente que la vieja muralla romana había quedado totalmente obsoleta. Oculta tras un interminable reguero de edificaciones, no podía ofrecer protección a los nuevos burgos que se habían ido formando.
Por iniciativa del rey Jaime I el Conquistador se decidió acometer entonces la construcción de una nueva fortificación. En la Edad Media, una ciudad no se entendía como tal sin estar rodeada de sus murallas, ya que eran éstas las que le daban entidad y la diferenciaban del mundo rural circundante.
Probablemente la zona septentrional fue la primera que se fortificó, hacia el año 1260. De esta forma quedaba protegida la salida natural al Pla de Barcelona, donde se localizaban zonas importantes de poblamiento en torno a las iglesias de Santa Anna y Sant Pere de les Puelles. El otro paramento que se construyó en este momento seguía el eje natural marcado por la riera de la Rambla.
Pero la obra llevada a cabo en tiempos de Jaime I no completó el cerramiento del conjunto urbano; faltaba la zona marítima y oriental. Tras un parón de medio siglo, a mediados del XIV se reemprendió la construcción de las murallas, durante el reinado de Pedro el Ceremonioso. Se empezó por proteger adecuadamente la zona oriental, muy dinámica, con el trazado del tramo de muralla que desde el Portal Nou se dirigía al convento de Santa Clara, cerca del mar.
Por lo que al frente marítimo se refiere, la línea de costa siempre había funcionado como límite natural. Hasta 1438 no se amuralló el barrio de la Ribera, mientras que en la zona de la Rambla la muralla de mar no se acabó hasta 1454. La fortificación de la fachada marítima no concluiría, sin embargo, hasta el siglo XVI.
A mediados del siglo XIV también se amplió el recinto fortificado másalláde la Rambla, en dirección a Montjuïc, en una zona de marcado carácter rural que hoy conforma el barrio del Raval. En 1377 se construyó el tramo que va de la puerta fortificada de Canaletes, en la Rambla, a Tallers, y de allí a la puerta de Sant Antoni, en la actual ronda del mismo nombre. Sin embargo, el Raval no quedará totalmente amurallado hasta mediados del siglo XV.
El recinto amurallado del Raval, casi tan grande como el de Jaume I, no se pobló totalmente hasta el siglo XIX. Se ha dicho tradicionalmente que la diferente ocupación de estas dos áreas amuralladas se explica por la distinta prosperidad de ambos períodos. Pero también hay que tener en cuenta que la fortificación de amplios terrenos rurales —que tardarán siglos en ser urbanizados— es algo que conocemos en otras ciudades europeas medievales. La razón seguramente hay que buscarla en el hecho de que las murallas protegían el tejido edificado, así como las zonas de huertas y espacios para los animales, imprescindibles para alimentar a la población.
Con la inclusión del Raval en el área amurallada se sientan las bases para que la Rambla se convierta en la arteria central de la urbe. En 1440 el antiguo lecho del río, junto al que discurría la muralla de Jaime I, se acondicionó como lugar de paseo muy frecuentado por los barceloneses en sus días de descanso.
Las joyas del arte gótico
En el recinto delimitado por las nuevas murallas, Barcelona levantó magníficos edificios góticos. Muchos de ellos han llegado a nuestros días y, a pesar de las transformaciones posteriores, nos ayudan a imaginarnos cómo debió ser la ciudad bajomedieval.
Con el fin de dar cabida a un número creciente de feligreses, las principales iglesias mudaron las viejas fábricas románicas por otras más grandes en estilo gótico. Es el caso de la catedral, a finales del siglo XIII, y de Santa Maria del Pi, a comienzos de la centuria siguiente. Pero la iglesia más emblemática de esta Barcelona gótica es, sin duda, Santa Maria del Mar, también conocida como la catedral del Mar. Las obras, financiadas por comerciantes y armadores, se iniciaron en 1329 y se concluían cincuenta años más tarde. Ese breve lapso de tiempo es el que explica la extraordinaria armonía del conjunto, que se ha mantenido inalterada con el paso de los siglos.
La fiebre renovadora no sólo afectó a los edificios religiosos. Los monarcas también quisieron engrandecer sus palacios siguiendo los dictados estéticos del momento. En el Palau Reial Major, Jaime II mandó construir la capilla de Santa Àgata, a finales del siglo XIII. En 1359, durante el reinado de Pedro el Ceremonioso, se creó un gran espacio para banquetes y reuniones: la Sala del Tinell. En el siglo XVI se levantó la Torre del Rei Martí, una magnífica atalaya sobre la ciudad. Junto con la catedral y sus edificios adyacentes, constituye uno de los mejores conjuntos monumentales conservados en el barrio gótico. Peor suerte correría el Palau Reial Menor, que sería destruido en el siglo XIX.
Las dos grandes instituciones del gobierno municipal, el Consell de Cent y la Diputació del General, también levantaron sus sedes en el estilo gótico imperante. Significativamente, los dos edificios se miran las caras en la plaza Sant Jaume, donde se alzaba el foro romano, el corazón de la ciudad.
A las iglesiasy edificios públicos se sumaron magníficas mansiones residenciales. En la calle Montcada, la que mejor conserva en nuestros días la fisonomía medieval, construyó su palacio el rico negociante Joan Berenguer d’Aguilar. El Pati d’en Llimona, en la calle de Sant Simplici, y la casa Clariana Padellàs, en la Plaça del Rei, son otros ejemplos interesantes. Esta última estaba situada originariamente en la calle dels Mercaders, desde donde, en 1931, fue trasladada, piedra a piedra, con motivo de la construcción de la vía Laietana.
Artesanos y comerciantes
Estas grandes residencias eran escasas en el conjunto urbanístico, compuesto, básicamente, por viviendas más sencillas donde residía una población que vivía, sobre todo, de las artes y oficios.
Siguiendo una evolución semejante a la de otras ciudades de la época, Barcelona pasó de tener una sociedad esencialmente campesina a otra de marcado carácter comercial y artesanal. Los oficios, cada vez más variados, tendían a concentrarse en determinadas zonas de la ciudad, organizados en gremios bajo la protección del santo patrono. Un repaso a la toponimia del callejero actual nos ofrece interesantes pistas sobre su distribución. Los boticarios pasaban los días entre morteros y alambiques en sus locales de la calle Apotecaria; en la calle de la Argenteria, uno de los espacios comerciales más importantes de la ciudad, repiqueteaban los martillos de los plateros. Cerca de allí y de Santa Maria del Mar, los sastres ponían una nota de color con sus variadas producciones. Los peleteros, necesitados de agua, se situaban en el camino que conducía a Francia, para aprovechar el Rec Comtal, obra hidraúlica del siglo XI.
Aunque se tiende a pensar que las cuestiones monetarias estaban siempre en manos de judíos, éstos se ganaban la vida mayoritariamente como artesanos, curtidores o comerciantes. Con una población que llegó a alcanzar las 4.000 personas, la comunidad hebrea de Barcelona era la más importante de la Corona de Aragón. Pero la creciente animadversión por parte de los demás grupos sociales —materializada con el cierre de el Call con una muralla en 1243 y otras medidas discriminatorias— tuvo efectos muy negativos para este grupo social. Ricos y pobres, judíos y cristianos, artesanos y comerciantes... juntos escribieron parte de la historia de Barcelona, cuya influencia se dejará sentir en momentos posteriores. Pero esa ya es otra historia y otros protagonistas.
Josep Maria Palet, Profesor e investigador de Arqueología y Lola Moneva, Licenciada en Arqueología