
El alcázar, junto al acueducto romano, constituye la imagen más emblemática de Segovia. Levantado al pie de los ríos Eresma y Clamores, este palacio fortificado ha sido comparado en más de una ocasión con un barco.
Es casi una tradición que se compare al alcázar de Segovia con un barco encallado en la cumbre de una montaña. Su estampa, en efecto, dominada por los agudos chapiteles de pizarra de sus torres y la presencia robusta de la del Homenaje, semeja una nave cuyos mástiles se elevaran al cielo desde el promontorio en el que se levanta, al pie del cual confluyen los ríos Eresma y Clamores. También colabora en el parecido del castillo con una embarcación, fuertemente, la forma misma de este peñón rocoso, de piedra caliza, orlado de una tupida vegetación, pues su remate afilado recuerda una proa.
Más allá de este símil, tan manido como acertado, el alcázar segoviano representa el culmen de lo que la metrópolis castellana tiene que contar en cuanto a su exuberante historia medieval. Ciudad privilegiada desde antiguo por diversas civilizaciones, desde la celta a la romana y desde la visigótica a la morisca, se cree que la saliente donde se para el castillo palaciego fue desde tiempos remotos un lugar destinado a fortificaciones, por las evidentes ventajas defensivas que comporta para tal fin un sitio localizado en lo alto de un cerro escarpado y además circundado por dos activas vías fluviales. El hecho es que este paraje, ubicado en el noroeste de la urbe, en el punto donde se cierran las murallas que ciñen el casco antiguo, ya fue, que se sepa con certeza, un enclave militar romano, como se ha colegido recientemente de unas excavaciones en las que se encontraron sillares de grafito del mismo tipo y corte que los empleados para erigir el famoso acueducto del siglo I.
Así y todo, el primer testimonio escrito que se conserva de la existencia de una fortaleza en el área del alcázar procede del Medioevo cristiano. Se trata de un documento de inicios del siglo XII (la fecha exacta es el año 1122) en el que, poco después de la reconquista de la ciudad por Alfonso VI el Bravo, se menciona un castro sobre el Eresma. Unas décadas más tarde, en 1155, una carta ya le confiere el nombre de alcázar. (Recordemos que esta palabra, de origen árabe, al-qasr, designa un recinto fortificado y situado en un lugar estratégico para defensa del gobierno —sea un rey o un funcionario— de una metrópolis o región).
Nace la residencia real
El caso es que, en adelante, el alcázar de Segovia, conforme la ciudad y su zona de influencia eran repobladas, fue visitado y a menudo habitado durante largas estancias por los soberanos de la corona de Castilla, desde doña Urraca, la hermana del reconquistador Alfonso VI, a Alfonso VII, Sancho III, Alfonso VIII y sus sucesores. En esta elección real desempeñaron un papel crucial tanto la seguridad de la construcción, contrastadamente inexpugnable centuria tras centuria, como motivos de menor importancia estatal, pero sumamente comprensibles, como el atractivo paisajístico del entorno que domina y la abundancia de caza en los bosques serranos de los derredores.
Unas líneas arriba detuvimos en Alfonso VIII la nómina de los monarcas castellanos que beneficiaron con su presencia el alcázar de Segovia. Fue porque con este rey, en el trono de 1158 a 1214 y recordado principalmente por su derrota en la batalla de Alarcos y su victoria en la de Las Navas de Tolosa, el edificio adquirió materialmente la estatura mencionada de residencia real. La verdad es que las reformas que mandó practicar probablemente hayan sido parte de un proceso iniciado por sus antecesores. Sin embargo, los vestigios arquitectónicos que han llegado a nuestros días —al menos los de cierta envergadura— comienzan con él.
Su época, fines del siglo XII y principios del XIII, coincidió con el apogeo del estilo cisterciense, cuando el románico empezó a dar paso al gótico, que en el caso de España, por mor de su peculiar historia medieval, con la ocupación musulmana, convivió con influencias moriscas. Todos estos elementos han quedado reflejados para la posteridad en el corazón del alcázar, en sus construcciones más añejas. En la crujía septentrional, por ejemplo, con su austero perfil en la línea del Císter. Su interior alberga una enorme sala rectangular, llamada del Palacio Viejo, en la que ventanales románicos geminados comparten espacio con zócalos pintados en rojo sobre fondo blanco de estuco que diseñan estilizaciones florales y lacerías, o sea, decoraciones plenamente mudéjares.
Alfonso X y los Trastámara
Las ampliaciones y refacciones no dejarían de sucederse en lo futuro. En el siglo XIII, Alfonso X el Sabio contribuyó al engrandecimiento del alcázar por partida doble, histórica y arquitectónicamente. Al primer nivel porque, aparte de residir en el castillo con frecuencia, celebró en su seno Cortes en 1256. Aunque dos años más tarde la caída de un rayo afectó buena parte del recinto, el saldo de este período fue positivo en lo edilicio. Pues el monarca, además de ordenar reparar los derrumbes causados por la catástrofe, mandó levantar estancias nuevas. El famoso salón de los Reyes, sin ir más lejos, en el que se hallan representados los soberanos de Asturias, Castilla y León desde Pelayo hasta el propio Alfonso X, obedeció a una iniciativa suya. Y asimismo rememoran al autor de las Cantigas puntos como la torre que lleva su nombre, desde la cual solía contemplar los astros, o la sala del Cordón, bautizada así porque, según una leyenda local, en ella hizo colgar el rey un cordón franciscano en señal de penitencia por su orgullo exacerbado.
La hora más alta del alcázar, sin embargo, aún estaba por llegar. Arribó con el ascenso al poder de la dinastía Trastámara, gobernante en Castilla desde el año 1369 (y hasta 1504) y en Aragón de 1412 a 1516.
Pese a las luchas intestinas que jalonaron su era, o en cierto modo gracias a ellas, el palacio fortificado vio aumentadas sus defensas para adaptarse a la evolución de la artillería y a la par, por consolidarse sus funciones cortesanas, optimizó sus comodidades y boato. Así, la regente de Juan II, su madre Catalina de Lancaster, emprendió la ornamentación de una flamante crujía construida junto a la de tiempos de Alfonso VIII el de Las Navas. Una vez más, la mixtura de estilos se adueñó de las salas alcazarinas, que tomando como modelo el lujo oriental de las andaluzas, se decoraron, en una personal versión segoviana, con elementos de arte gótico y mudéjar. La sala dela Galera, debida a doña Catalina, por ejemplo. O las diversas edificaciones y reformas mayores encabezadas por Juan II y, sobre todo, por su hijo Enrique IV, desde la colosal torre del Homenaje llamada como el primero y finalizada por el segundo, a las salas del Trono y de las Piñas, también obras enriquinas, como la renovación integral del salón de los Reyes. Puede decirse que con los Trastámara el castillo adquirió los rasgos esenciales que le conocemos en la actualidad.
Últimos eventos medievales
Con la última reina de esta casa, Isabel de Castilla, y su marido —en 1469—, Fernando II de Aragón, asimismo un Trastámara, no sólo se zanjó la larga disputa que había enfrentado a ambas ramas de la familia. También acabó el decurso medieval del alcázar de Segovia, puesto que lo hizo el Medioevo en sí. Al filo de la nueva era, sin embargo, la fortificación palaciega había de vivir todavía grandes acontecimientos históricos. De su recinto salió doña Isabel, el 13 de diciembre de 1474, para ser proclamada soberana en el atrio de la vecina iglesia de San Miguel. En el alcázar, del mismo modo y alguna manera, la monarca ayudó sustancialmente a abrir las puertas a la Edad Moderna. Pues fue allí donde se comprometió a financiar la aventura de Cristóbal Colón.
El enclave sufrió mudanzas de toda clase a posteriori. Con Felipe II —que realizó en su capilla la boda de velaciones (1570) con Ana de Austria, su cuarta esposa— obtuvo los chapiteles de pizarra de sus torres más el patio de Armas y la sala de la Chimenea. Siglos después, en 1862, el 6 de marzo, el fuego devoró los techos y prácticamente redujo el castillo a ruinas, cuya laboriosa restauración se prolongó hasta 1890.
Guerras como la de las Comunidades (1520-1522), la de Sucesión (1701-1714) y las Carlistas (siglo XIX) lo tuvieron como escenario, lo mismo que desde 1764 el Real Colegio de Artillería y, desde 1898 hasta hoy, el Archivo General Militar. Museo en el siglo XX, desde 1953 timoneado por un patronato propio, está visto que el alcázar de Segovia, el barco en la montaña que decíamos, pasó por vicisitudes variadas en las Edades Moderna y Contemporánea. Sus salas, patios y torres, no obstante, siguen mantiendo indemne el aura de un esplendor más antiguo, aquél que ya cantaba con nostalgia Jorge Manrique en 1476, en las Coplas a la muerte de su padre, recordando las fiestas de Juan II en el peñón castellano, el Medioevo que se perdía.
Julián Elliot, periodista