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Hay cosas de esta alocada época de la historia de la humanidad, a las que por
mas vueltas que les demos nunca vamos a terminar de comprender.
Pasan cosas raras en este mundo, el problema es que son tantas que ya uno se va
anestesiando y se va acostumbrando hasta que algo que debiera producirnos
escalofríos, nos parece normal, habitual, o peor aun, ni lo vemos.
Bosques enteros con la más increíble diversidad biológica, se convierten en
plantaciones de árboles, que mutarán en packaging de artículos de consumo de
lujo, que luego se convertirán en basura.
Ríos que como venas llenan de vida extensos territorios, son obligados a inundar
valles y convertirse en lagos inertes, focos de enfermedad y productores de
muerte para que podamos encender televisores, planchas, microondas, lustra
aspiradoras y los carteles publicitarios que “indecoran” nuestras ciudades.
También las montañas sufren alteraciones que nunca hubieran esperado. En poco
tiempo son explotadas, trituradas, pulverizadas, intoxicadas y mudadas una vez
que se ha finalizado con la tarea de sacarle todo lo que representara un valor
económico.
Y los océanos. Tres cuartas partes del planeta son agua, nos enseñaron desde
pequeños. Lo que no nos dijeron es que durante el transcurso de nuestra corta
vida la mayor parte iba a ser contaminada, saqueada y que se iban a extinguir
gran cantidad de las especies que le daban vida.
Pero el aire nos causa problemas de verdad, es tan grande e inquieto que nos
está costando mucho ver los efectos de lo que le estamos haciendo. Sin embargo
algunas ciudades como Santiago de Chile o el DF mexicano nos ofrecen un testeo
de lo bueno que puede ser para producir enfermedades respiratorias y epidérmicas
si nuestro afán de contaminarlo es suficiente.
Entre todo esto, entre todas estas cosas raras que hacemos que sucedan en este
mundo, están los Derechos Humanos. Decimos que son inalienables, innatos y
universales, que los Estados tienen la obligación de reconocerlos asegurando su
disfrute y protección a cada persona que habite su territorio. Firmamos y
ratificamos a cada rato tratados internacionales y hasta declaraciones
universales. Y no los cumplimos.
Mientras algunas personas gastan cientos o miles de dólares en un manjar
exótico, un vino añejo, en joyas, en pieles, en cirugías estéticas y hasta en
viajes espaciales, otras, muchísimas otras, mas de mil millones de otras, están
desnutridas, no tienen nada que comer, nada para darle de comer a sus hijos.
Tampoco tienen agua potable para beber, ni asearse. Y por supuesto que no tienen
acceso a la salud, ni a la educación, ni a nada mas que una vida corta en la
sala de espera de la muerte.
Es una época muy loca la que nos ha tocado vivir, son muchas las cosas que por
mas vueltas que les demos no vamos a poder comprender. A algunos de nosotros nos
queda aun, por suerte, posibilidad de decidir si ignorarlas y dejarlas así, como
están, o tratar de cambiarlas.
Nos reencontramos la próxima semana, con una nueva entrega de esta publicación.
Ricardo Natalichio
Director
rdnatali@ecoportal.net
www.ecoportal.net
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