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“Es la guerra, mi voz acostumbrada
a cantar el amor y el pensamiento
canta esta vez el odio y la locura.”
Manuel Altolaguirre.
LA CARA HIPOCRITA DE NUESTRA SOCIEDAD
Hay un panorama desolador que cada día se encargan los medios de
comunicación de resaltarlo. Los diversos conflictos bélicos existentes, por
ejemplo, ya no afectan sobre todo a los frentes de batalla y a los militares
movilizados, como antaño; hoy son los civiles quienes más pagan las
consecuencias y de entre ellos, sobre todo, los niños.
Enfrentamientos bélicos o no bélicos por motivos nimios, irrelevantes, casi
inventados, como el origen étnico -que, a mi juicio, no es sino una variante del
racismo o de la xenofobia-, o motivos religiosos -que también se las trae, a
estas alturas de la Historia-, no parecen más que pretextos para enmascarar
alguna otra razón de fondo, como el ansia de poder, pongamos por caso, que lo
mismo puede aparecer en el conflicto albanés como entre dos “hinchadas” de
fútbol, por motivos difícilmente identificables. ¿Qué puede empujar a un “skin”
a apalear a un mendigo? Si los motivos objetivos son difíciles de precisar, los
subjetivos seguro que nacen de la práctica de una vieja cultura del odio.
Lo que parece detectarse entre una parte de la población es un afán desmedido
por liarse a tortazos a la más mínima. Y para eso, cualquier pretexto puede ser
bueno; desde una “mala mirada” o ser inmigrante pobre para algunos, hasta hablar
una lengua con más o menos corrección (o no hablarla) que, para otros, es el
síntoma de disponer o no de un cierto pedigrí nacionalista.
Y lo más irritante es que la televisión no está sirviendo para contrarrestar
esta cultura del odio, sino que, a través de su programación, sus películas o
sus series, suelen acentuar la violencia, la guerra, el desamor o el egoísmo con
demasiada frecuencia. Eso sí, con la excusa de que sólo reflejan lo que está en
la sociedad (y por tanto, lo que vende), y siempre, con el ojo puesto en los
índices de audiencia para que no baje su cuota de publicidad.
Cuando miles de jóvenes se manifiestan violentamente contra el adelanto del
cierre de los bares de copas en la madrugada o contra la duración de un encierro
por parecerles excesivamente corto, se está mostrando el lado patológico de la
rebeldía juvenil. Es el síndrome del “cojo-manteca” que avanza, y que se viene
acentuando con más interés que el voluntariado generoso, que también se da
simultáneamente, pero no se destaca tanto ni tan a menudo porque vende menos. Es
la cara hipócrita de nuestra sociedad. Y como dijo el poeta : “Y así pasa lo que
pasa, / que no hay una persona tranquila / ni en la calle ni en su casa”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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