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Tras cerca de 20 años de interminables negociaciones internacionales, 4
informes del IPCC, el tortuoso desarrollo del Protocolo de Kioto, la oposición
de las presidencias estadounidenses de Bush padre e hijo, la verbosidad de los
gobiernos instalados en la inacción y los signos inquietantes del cambio
climático, todo parece indicar que nos acercamos al momento de la verdad.
El cambio climático se debe a las emisiones de gases de efecto invernadero a la
atmósfera ocasionadas por el empleo de combustibles fósiles y la deforestación,
donde no hay fronteras nacionales. Hoy las concentraciones atmosféricas de
dióxido de carbono son las mayores de los últimos 650.000 años. Las actividades
humanas (de unos más que de otros) han cambiado la composición química de la
atmósfera. Durante decenas de miles de años las concentraciones atmosféricas de
dióxido de carbono nunca superaron las 300 partes por millón, pero en 2007
llegamos a 382 partes por millón y a 430 equivalentes, si incluimos el efecto de
otros gases de invernadero.
Cuando se superen las 550 partes por millón, el cambio climático puede adquirir
proporciones catastróficas, un límite que muchos científicos sitúan en las 450
partes por millón. Subsisten, por supuesto, muchas incertidumbres, pero el más
elemental principio de precaución nos dice que sabemos lo suficiente para
actuar, reduciendo las emisiones y adaptándonos a lo inevitable. Nos quedan
menos de 20 años para invertir la tendencia y reformar el modelo energético.
Frenar e invertir tal tendencia implica aumentar la eficiencia, desarrollar las
energías renovables, promover el transporte público, descarbonizar
paulatinamente nuestro sistema energético y frenar la deforestación, creando
nuevas actividades, empresas y empleos. Habrá sectores que ganen, pero también
algunos sectores y empresas perderán. El coste será de poco más del 0,1% del PIB
mundial, pero sin embargo el coste de la inacción puede llegar al 20% del PIB
mundial.
El cambio climático, a causa de las emisiones de gases de efecto invernadero,
tras el cuarto informe del IPCC, es una realidad aceptada por toda la comunidad
científica, e incluso por los responsables políticos, al menos sobre el papel.
Cierto que aún quedan algunos "disidentes", siempre a sueldo de las empresas que
se verán perjudicadas por las medidas que habrá que adoptar, pero la resistencia
es cada vez menor y hoy no pasa de anécdotas, al menos frontalmente.
La verdadera resistencia probablemente provenga de quienes quieren perpetuar el
sistema actual y un modelo ambiental y socialmente insostenible, promoviendo la
energía nuclear, las arenas alquitranadas, la oriemulsión, los hidratos de
metano y otros hidrocarburos no convencionales, los llamados biocombustibles
(que deberían denominarse agrocombustibles) y la captación y almacenamiento de
dióxido de carbono, que permitirían continuar con un empleo creciente y
amplificado de carbón, petróleo, gas natural y otros combustibles fósiles no
convencionales. Es decir, seguir aumentando el consumo de energía y perpetuar un
modelo de transporte basado en el automóvil privado, con pequeños cambios que no
tocan la raíz de la insostenibilidad y de la inequidad social.
Pero este aparente consenso sobre la gravedad del cambio climático y la
necesidad de actuar no siempre ha sido así, y volverá a suceder una y otra vez
en el futuro. Cada vez que ha surgido la preocupación sobre algún problema
ambiental, las multinacionales responsables y sus representantes políticos
conservadores, jaleados por numerosos medios de comunicación, se han lanzado a
una campaña de intoxicación. En 1962 el libro de Rachel Carson Primavera
silenciosa dio el primer aviso de que ciertos productos químicos artificiales se
habían difundido por todo el planeta, contaminando prácticamente a todos los
seres vivos hasta en las tierras vírgenes más remotas.
Aquel libro, que marcó un hito y contribuyó a alumbrar el movimiento ecologista,
presentó pruebas del impacto que dichas sustancias sintéticas tenían sobre las
aves y demás fauna silvestre, además de los seres humanos. La respuesta de la
industria fue inmediata, y la multinacional Monsanto lanzó un folleto titulado
Cállese, señora Carson. Aún hoy, las medidas adoptadas para poner coto a la
industria química son radicalmente insuficientes, incluso en Europa (el Reach,
con todas sus insuficiencias, es la clara manifestación del poder de presión de
las multinacionales), aunque ya todos los países han prohibido el DDT y otros
plaguicidas organoclorados, pero lo que se hace es siempre tarde, poco y mal.
La industria del tabaco durante décadas negó la relación con el cáncer, y se
opuso a la adopción del Principio de Precaución, o cualquier medida encaminada a
reducir el pernicioso hábito, que tantos beneficios les ha proporcionado, a
costa de nuestra salud. Situación parecida se dio o se da con la industria
nuclear, el amianto, el PVC, los cultivos transgénicos, la sobreexplotación
pesquera, los monocultivos forestales, o el urbanismo disperso y depredador del
territorio.
En 1975 se relaciona la destrucción de la capa de ozono con los CFC, y la
reacción de la industria química y los gobiernos, sobre todo la administración
Reagan en EE UU, es la usual: primero se niega el problema, luego se ridiculiza
o se minimiza, y sólo se acaban aceptando las medidas necesarias cuando el
problema es acuciante y más que evidente, el daño ya es considerable y la
presión vence cualquier resistencia. Las mismas empresas multinacionales que
crean el problema, primero se resisten y sólo ceden cuando otean nuevos
negocios, sustituyendo los productos que han creado por otros, en teoría menos
dañinos, como los sustitutos de los CFC.
Con el cambio climático el problema es infinitamente mayor que con los CFC, el
DDT o los transgénicos, porque afecta al núcleo del sistema económico, a la
energía que mueve toda la actividad económica y que ocasiona las emisiones que
contribuyen al cambio climático, un consumo energético que en un 80% procede de
combustibles fósiles, cuya comercialización controlan unas pocas multinacionales
y que permiten que Estados Unidos, con el 4,7% de la población mundial, emita el
25% del CO2, el principal gas de efecto invernadero.
El negacionismo se bate en retirada
Estados Unidos, sus multinacionales, sus grupos de presión y su clase política
no están dispuestos, por ahora, a adoptar medidas adecuadas a su responsabilidad
histórica en las emisiones que están ocasionando el cambio climático, lo que
crea un grave problema, no sólo ambiental, sino también ético y de
responsabilidad hacia quienes más sufrirán el cambio climático: los pobres de la
Tierra y las generaciones futuras. Un amplio conglomerado bien lubricado de
"científicos", comunicadores y empresas de relaciones públicas se encarga de
realizar una permanente labor de intoxicación de la ciudadanía, para proteger
los intereses de las empresas responsables de la degradación ambiental, y en
torno al "negacionismo" se ha creado toda una próspera industria de relaciones
públicas y cabildeo ("lobby").
En España se sumó tímidamente al negacionismo el líder de la oposición, el señor
Rajoy, poniendo en aprietos a su primo, y jaleado por Esperanza Aguirre, Ana
Botella y Telemadrid, pero a los pocos días tuvieron que rectificar e incluso
propusieron una Ley de Cambio Climático en el programa electoral aprobado pocas
semanas después. Hoy el negacionismo se reduce a unos pocos medios de prensa de
la ultraderecha y a algún comunicador estrambótico y bien remunerado estilo
Toharia. Puro folklore.
La preocupación sobre el calentamiento global debido a las emisiones humanas de
dióxido de carbono y otros gases de invernadero, como el metano y el óxido
nitroso, se remonta a 1896, año en que el científico sueco Svante Arrhenius lo
formuló por primera vez. Cuando Arrhenius publica su primer cálculo sobre el
calentamiento global debido a las emisiones de CO2, el nivel de CO2 en la
atmósfera ascendía a 290 partes por millón (ppm). La ciencia sobre el cambio
climático avanzó lentamente a lo largo del siglo XX, y en 1988, año en que la
Conferencia de Toronto pide una reducción del 20% de las emisiones para 2005
respecto a los niveles de 1988, era ya muy evidente la gravedad del problema.
Los hitos posteriores los conocemos: en 1992 se aprueba en Río el Convenio Marco
sobre el Cambio Climático, y en 1997 el Protocolo de Kioto. Pero hasta el
momento los traslados en avión de los miles de delegados, funcionarios y
periodistas de un punto a otro del planeta no han justificado las emisiones y el
coste de tanto viaje en la era de las videoconferencias e Internet.
¿Quién y porqué se oponen? Se oponen las multinacionales del petróleo y del
automóvil, las empresas del carbón y Australia (el mayor exportador de carbón),
algunos países de la OPEP como Arabia Saudí y, sobre todo, Estados Unidos,
primero con Bush padre y sobre todo con Bush hijo, aunque la presidencia de
Clinton (y su vicepresidente Al Gore, el de hacer lo que yo digo, no lo que yo
hago) tampoco fue muy activa que digamos, logró reducir los objetivos de
reducción de emisiones de los países industrializados del Protocolo de Kioto,
impuso el mercado de emisiones heredero de los implantados por la EPA para el
dióxido de azufre en EE UU, aunque al menos no mantuvo la retórica
ultrareaccionaria de los republicanos. El núcleo que financió las campañas de
intoxicación fue la llamada Global Climate Coalition, además de otros institutos
ligados al núcleo duro de multinacionales como Exxon, y con estrechas relaciones
con la política estadounidense, y muy especialmente el Partido Republicano.
Pero dentro de unos meses probablemente habrá una nueva presidenta, y tras el
huracán Katrina y los signos cada vez más inquietantes, Estados Unidos deberá
empezar a actuar, por la presión de su ciudadanía. En Australia la victoria de
los laboristas, que promueven la ratificación del Protocolo de Kioto, muestra el
aislamiento de Estados Unidos. También asistimos al desarrollo de las energías
renovables y otras tecnologías, y al surgimiento de un sector empresarial que
tiene mucho que ganar con políticas más activas para descarbonizar el sistema
energético.
Para hacer una tortilla hay que romper algún huevo
La clase política no quiere afrontar la impopularidad de no actuar frente al
cambio climático, con la excepción de Bush en sus ya últimos meses de la peor
presidencia desde la independencia de EE UU, pero prefiere instalarse en la
palabrería, para ocultar la inacción. Porque lo cierto es que las políticas
reales no reflejan los discursos oficiales. Al Gore es el modelo, con su
política real en toda la negociación que llevó al Protocolo de Kioto cuando
realmente podía hacer algo más que dar conferencias, que es de lo que viven los
expresidentes y exvicepresidentes, o con sus viajes en jet privado, hasta para
visitas turísticas, mientras predica a otros que reduzcan sus emisiones. Para
predicar hay que dar ejemplo, y eso es algo más que plantar unos arbolitos para
intentar compensar unas emisiones injustificables.
Cuando los gobernantes introduzcan una nueva fiscalidad sobre los combustibles
fósiles, o subasten los derechos de emisión en vez de otorgarlos gratuitamente,
ganarán en credibilidad. Mientras, mejor juzgarles por lo que hacen, y no por lo
que dicen, utilizando indicadores objetivos, como la evolución de las emisiones
anuales de gases de efecto invernadero. Actuar para frenar el cambio climático
tiene su coste, un coste político y social, y también electoral (ahí duele) pues
implica encarecer la gasolina, el gasóleo, el keroseno (y los billetes aéreos),
el gas natural y las tarifas eléctricas, internalizando sus externalidades.
Igualmente supone reducir drásticamente el consumo de carbón. ¿Pero qué político
está dispuesto a afrontar el coste de medidas probablemente muy impopulares, o
explicarlas adecuadamente y buscar el consenso para aplicarlas? ¿Qué tendrá que
pasar para que pasen a la acción? ¿Cuántas alarmas tienen que sonar, cuántos
Katrina?
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) de
Naciones Unidas ya dio todas las alarmas, con toda la precaución y el consenso
necesario de más de un centenar de países, y sus predicciones dejan pocas dudas.
La subida de temperatura se situará a finales de este siglo entre 1,8 y 4
grados, aunque podría llegar a ser de hasta 6,4 grados. Durante los últimos 100
años, la Tierra se ha calentado en un promedio de 0,74ºC. El calentamiento de la
última mitad del siglo es inusual por lo menos en comparación con los últimos
1.300 años. Para las próximas dos décadas se espera que la tasa de calentamiento
sea de 0,2ºC por década. Once de los últimos doce años (1995-2006) están entre
los doce más cálidos desde que existen registros de la superficie terrestre
(desde 1850). La temperatura ha subido más en el hemisferio norte, más en
invierno que en verano, más de noche que de día y especialmente en el Ártico,
que se calienta a una velocidad que dobla la del resto !
del planeta.
El mar aumenta de volumen por la expansión térmica, su nivel ha subido 3,1
milímetros al año desde 1993 y subirá entre 18 y 59 centímetros a lo largo de
este siglo. El hielo ártico en verano se ha reducido un 10% cada década desde
que en 1978 comenzaron los registros por satélite. Los glaciares de los Alpes,
Pirineos, África, Himalaya y Suramérica se reducen por momentos, amenazando el
suministro de agua, por no hablar de los elitistas deportes de invierno. Los
glaciares de los Alpes han perdido ya un tercio de su superficie y la mitad de
su volumen, y las famosas nieves del Kilimanjaro, al ritmo actual, desaparecerán
en 2025. La posible contribución del deshielo de Groenlandia podría ser de
varios metros, y en la Península Antártica se han perdido 20.000 kilómetros
cuadrados de hielo.
Las plantas florecen antes, las aves no necesitan emigrar en invierno a
latitudes más cálidas, cada año las nieves tardan más en llegar, cubren menos
superficie y se funden antes, aumentan las olas de calor, en muchas zonas
aumentan las precipitaciones mientras en otras, como el Sahel, Australia y la
zona mediterránea sucede lo contrario y las sequías se acentúan, los corales se
blanquean y mueren a causa del aumento de las temperaturas, y por doquier se
suceden los signos de que algo sucede, y el 90% de los cambios observados en más
de 29.000 series de datos de todo el mundo de 75 estudios son consistentes con
el cambio climático. El 30% de las especies podrían extinguirse, aumentarán las
sequías y las inundaciones, y las consecuencias podrían ser severas en la
agricultura, el turismo, la salud, la industria de seguros y en el litoral,
donde se concentran muchas de las mayores ciudades.
El Cuarto Informe de Evaluación (AR4, en sus siglas en inglés) consta de tres
bloques más el Informe de Síntesis. La Parte I es la contribución del Grupo de
Trabajo I, se refiere a las bases científicas del cambio climático y fue
aprobada en febrero de 2007 en París. La Parte II, contribución del Grupo de
Trabajo II, trata de los impactos y la adaptación, y se aprobó en abril de 2007
en Bruselas. La Parte III, del Grupo de Trabajo III, sobre la mitigación, se
aprobó en mayo en Bangkok. El Informe de Síntesis, aprobado en Valencia en
noviembre, se presentó en la Conferencia de las Partes nº 13, que se celebró en
Bali del 3 al 17 de diciembre de 2007.
Desde que entró en vigor el Convenio Marco sobre Cambio Climático (CMCC), el
IPCC es la institución científica y técnica que colabora y apoya a los Órganos
Subsidiarios del Convenio. El IPCC desarrolla sus actividades a través de sus
Grupos de Trabajo, que están dedicados cada uno de ellos a tratar diferentes
aspectos del cambio climático. El Grupo de Trabajo I se encarga de los aspectos
científicos, el Grupo de Trabajo II analiza la vulnerabilidad de los sistemas
naturales y sociales ante el cambio climático y sus posibles estrategias de
adaptación, y el Grupo de Trabajo III aborda la mitigación del cambio climático,
como las opciones de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Además, hay un grupo dedicado a los Inventarios de Gases de Efecto Invernadero.
Desde su creación, el IPCC ha preparado cuatro grandes informes de evaluación.
El efecto invernadero
La Tierra recibe radiación solar de onda corta, una parte de la cual es
reflejada y otra alcanza la superficie, donde se convierte en calor (radiación
de onda larga), que calienta la superficie y evapora el agua, manteniendo el
ciclo hidrológico. La radiación de onda larga escapa a la atmósfera, donde una
parte es absorbida por los gases de efecto invernadero, que la reemiten a la
Tierra. Sin el efecto invernadero, la vida sería imposible tal y como la
conocemos, pues la temperatura media sería de 18ºC bajo cero, en lugar de los 15ºC.
Pero demasiado de algo bueno acaba por ser malo.
El aumento de la concentración de los gases de efecto invernadero aumenta la
temperatura y provoca cambios en el clima. Las concentraciones de dióxido de
carbono, el principal gas de efecto invernadero en la atmósfera tras el vapor de
agua, han aumentado desde 280 partes por millón hacia 1750, al inicio de la
revolución industrial, a 382 partes por millón en 2007. El dióxido de carbono
aporta un 53% del forzamiento radiativo desde la Revolución Industrial, y su
vida atmosférica media, en función del complejo ciclo del carbono, puede ir de 5
a 200 años, es decir, que parte del CO2 que emitimos cuando se genera
electricidad con carbón o el automóvil consume gasolina, seguirá en la atmósfera
hasta 2 siglos, atrapando y reenviando la radiación solar de onda larga y
contribuyendo al cambio climático.
El segundo gas en importancia es el metano (CH4), que representa el 17% del
forzamiento radiativo, y cuyas concentraciones han aumentado de 730 ppb (partes
por millardo o mil millones) hacia 1750 a 1.852 ppb en la actualidad, aunque su
vida media es de sólo 12 años. Las emisiones se deben a la fermentación entérica
del ganado, la gestión del estiércol, los vertederos, las emisiones de la
minería del carbón, el petróleo y el gas natural, las aguas residuales y los
cultivos de arroz. Una molécula de metano equivale a 23 de CO2.
El tercer gas en importancia es el óxido nitroso (N2O), que aporta el 5% del
forzamiento radiativo, y cuyas concentraciones han aumentado de 270 ppb (partes
por millardo o mil millones) hacia 1750 a 319 ppb en la actualidad, cuya vida
media es de 114 años. Las emisiones se deben a los fertilizantes aplicados a los
suelos agrícolas, al sector energético, la industria química, el estiércol y las
aguas residuales. Una molécula de óxido nitroso equivale a 296 de CO2.
Otros gases de invernadero son los CFC que destruyen la capa de ozono (ya
prohibidos en los países industrializados), sus sustitutos como los carburos
hidrofluorados (HFC), los carburos perfluorados (PFC), el hexafluoruro de azufre
(SF6), y un contaminante como el ozono troposférico. Las emisiones de gases
invernadero deberían reducirse en el 2050 entre un 50% y un 80% con relación a
1990 para que la temperatura no suba más de 2,4 grados y evitar así que se
agrave el cambio climático, según el IPCC.
A los factores anteriores hay que añadir los cambios en el albedo, y sobre todo
el efecto de los aerosoles, muchos de ellos contaminantes, pero de vida corta, y
que provocan el efecto contrario a los gases de invernadero, enmascarando el
calentamiento, por lo que la reducción de ciertos contaminantes puede agravar el
calentamiento. Igualmente debemos citar el importante papel del vapor del agua,
las estelas de los aviones y el llamado oscurecimiento global o reducción de la
cantidad de luz solar que alcanza la superficie terrestre, a causa de la emisión
de partículas como el negro de carbón (o carbonilla), emitido por centrales
térmicas, industrias y vehículos. La reducción ha sido del orden de un 4%, pero
se ha frenado durante la pasada década.
El oscurecimiento global crea un efecto de enfriamiento que ha podido llevar a
subestimar los efectos de los gases de efecto invernadero, enmascarando
parcialmente el calentamiento global. Igualmente destacable son las múltiples
realimentaciones en una u otra dirección, como los cambios en el albedo por la
reducción de las nevadas, el aumento de la cantidad de vapor de agua o la
emisión del metano contenido en el permafrost, la capa de hielo permanentemente
congelada en los niveles superficiales del suelo de las regiones muy frías como
la tundra.
La circulación atmosférica y las corrientes oceánicas distribuyen el calor, y
podrían verse alteradas por el cambio climático. En un futuro aún más
preocupante es lo que pueda suceder con la cinta transportadora oceánica, o
circulación termohalina, el flujo de agua que transporta calor desde el Pacífico
y el Índico hasta el Atlántico, donde sigue recibiendo calor en las latitudes
tropicales, para acabar hundiéndose en el Atlántico Norte, retornando en niveles
más profundos. Algunas corrientes oceánicas se deben a los vientos y a las
mareas, pero otras se deben a las diferencias de temperaturas y a las
concentraciones de sal.
El cambio de las temperaturas y de la salinidad, por la fusión de los glaciares,
podrían frenar o incluso eliminar esas corrientes tal y como las conocemos, algo
todavía improbable en este siglo, pero que si llega a producirse tendría graves
implicaciones sobre el clima, el ciclo del carbono (las aguas frías al hundirse
arrastran grandes cantidades de dióxido de carbono), los nutrientes y la pesca.
Las temperaturas de Europa, a igual latitud, son de 5ºC a 7ºC más cálidas que
las mismas latitudes en el Pacífico.
Causas del cambio climático
Las causas son las emisiones de gases de invernadero ocasionadas por la
extracción, producción, transformación, transporte y consumo de los combustibles
fósiles (carbón, petróleo y gas natural), el transporte que emplea productos
petrolíferos, la deforestación, la agricultura y la ganadería, y determinadas
actividades industriales, como la fabricación de cemento.
Tras las emisiones, subyace un problema de equidad social y generacional. Los
pobres apenas emiten, pero serán los que más sufran el cambio climático, al
igual que las generaciones futuras, que no participan del consumo, pero
padecerán las consecuencias, tanto de las emisiones como del agotamiento de
recursos. En poco más de un siglo hemos consumido una parte considerable de los
combustibles fósiles que la naturaleza tardó millones de años en formar, como
hemos destruido los bosques, con la consiguiente pérdida irreversible de miles
de especies y la funcionalidad de ecosistemas enteros.
La revolución industrial y el motor de combustión interna mejoraron hasta cotas
insospechadas el bienestar material y la movilidad de una parte de la población
(de unos más que de otros), pero a costa de alterar la composición química de la
atmósfera y de iniciar un cambio en el clima, que sólo se podrá frenar con una
profunda revolución en la forma de producir y consumir la energía que mueve la
máquina económica.
La sostenibilidad es el único futuro posible, pero para enderezar el rumbo y
frenar las emisiones habrá que sustituir sin prisa, pero sin pausa, los
combustibles fósiles por energías renovables, a la vez que se mejora la
eficiencia energética y, lo más difícil, las pautas de consumo de una parte de
la población acostumbrada al despilfarro.
La sostenibilidad es también una ecuación con tres variables: población, consumo
por habitante y tecnología. La trampa es hacer sólo hincapié en las tecnologías
milagrosas que permitirán mantener y aumentar los insostenibles consumos de los
privilegiados, la verdad incómoda de Al Gore y tantos otros, ese factor que se
obvia porque los privilegiados no quieren renunciar a viviendas cada vez más
grandes, automóviles cada más potentes y vacaciones en las cuatro esquinas del
mundo. Consejos dan, que para sí no los tienen. Tampoco se puede obviar la
necesidad de acelerar la transición demográfica hacia la estabilización de la
población, lo que requiere ineludiblemente repartir de forma más equitativa los
recursos y las emisiones.
Las emisiones y el cambio climático son responsabilidad histórica del 15% de la
población mundial, de esa parte de la población que en gran parte habita en
Estados Unidos, Europa, Japón y Australia, y de las élites de los países del
sur. Las emisiones de China e India crecen rápidamente, pero su responsabilidad
histórica es mínima, porque hay que relacionar las emisiones con la población, y
tener en cuenta las emisiones históricas del último siglo.
Entre 1950 y 2000 Estados Unidos emitió el 27% (con una población que sólo
representa el 4,6% del total mundial), Canadá el 2%, Europa Occidental el 24%,
la antigua Unión Soviética el 15%, Japón el 5% y Australia y Nueva Zelanda el
1%. Latinoamérica sólo emitió el 4% y África el 2,5%. El resto del mundo,
incluidas China e India, emitieron algo menos del 20%. Las emisiones históricas
son el factor básico a la hora de repartir responsabilidades y asumir
obligaciones, como en parte se tuvo en cuenta en el llamado mandato de Berlín y
en el Protocolo de Kioto, al establecer sólo obligaciones de reducción de
emisiones en los países industrializados.
Cualquier acuerdo potskioto deberá considerar las emisiones históricas, aunque
Estados Unidos pretende dejarlas de lado, como quedó reflejado en una resolución
del Senado donde literalmente se dice que no harán nada mientras los países
pobres no asuman igualmente obligaciones de reducción de emisiones, se supone
que en porcentajes parecidos. La disculpa es evitar la fuga de industrias y
empleos a los países que, como China, no tienen obligación de reducir sus
emisiones en una primera etapa, una especie de dumping del carbono, aunque
Estados Unidos emite por habitante seis veces más que China, 10 veces más que
Brasil y 20 veces más que India.
El análisis regional es clave, pero cualquier estrategia de reducción debe
analizar los sectores que las ocasionan. La producción de electricidad causa el
25%, el transporte por carretera el 12%, la industria el 10%, la agricultura y
ganadería el 13%, la deforestación el 18%, los residuos el 4%, los procesos
industriales distintos de la combustión como la fabricación de cemento el 3%, el
transporte aéreo el 2%, las emisiones fugitivas el 4% y el resto corresponde al
consumo doméstico y terciario de energía.
Es relativamente fácil reducir las emisiones de la generación de electricidad
(sustituyendo centrales térmicas de carbón por centrales de ciclo combinado de
gas natural que emiten la tercera parte por kWh producido, o aún mejor, parques
eólicos que no emiten nada), pero es mucho más difícil actuar sobre el
transporte. Lo único sensato es reducir la demanda, promover la ciudad densa y
con mezcla de actividades, y el cambio modal (desplazamientos en transporte
público o ferrocarril en lugar de automóviles o aviones).
Ciertas alternativas, como los biocombustibles de primera y segunda generación (agrocombustibles
realmente) crean muchos más problemas de los que resuelven, y el hidrógeno
tardará mucho antes de que pueda producirse a costes razonables y a partir de
las energías renovables. Claro que los biocombustibles permiten mantener un
modelo insostenible de transporte en base al automóvil privado, y por eso se
promueven, aunque sea a costa de poner en riesgo la seguridad alimentaria,
esquilmar los ecosistemas, destruir la biodiversidad y ocupar las tierras
necesarias para producir alimentos o destinarlas a otros usos no menos
esenciales.
El transporte aéreo en términos porcentuales apenas llega al 2%, pero sus
emisiones han crecido un 205% entre 1975 y 2003, y el crecimiento se acelerará
en los próximos años, debido en buena parte a las compañías de bajo coste y al
abaratamiento de las tarifas, que no reflejan el coste ambiental de sus
emisiones de dióxido de carbono, óxidos de nitrógeno y las estelas que dejan,
además del ruido y el enorme impacto de los aeropuertos sobre las poblaciones
vecinas.
De hecho, el keroseno de los vuelos internacionales está exento de impuestos.
Las medidas voluntarias de "donar" pequeñas cantidades para plantar árboles que
compensen las emisiones sirven de poco, excepto para tranquilizar la mala
conciencia de algunos, y lo único razonable es penalizar fiscalmente los
desplazamientos en avión y renunciar a todos los trayectos no necesarios en la
era de Internet y las videoconferencias.
Consecuencias del cambio climático
En el pasado los cambios del clima se debieron a los ciclos del sol, a los
cambios en la órbita de la Tierra o a erupciones volcánicas, factores que siguen
presentes, pero por primera vez en la historia de la Tierra las actividades
humanas (consumo de combustibles fósiles y deforestación, nuevos productos
químicos que destruyen la capa de ozono como los CFC o que son potentes gases de
efecto invernadero) son capaces de alterar el clima y de variar la composición
química de la atmósfera.
Los signos del cambio climático apenas se han hecho notar, debido al efecto de
enfriamiento de otros contaminantes como los aerosoles, pero ya asistimos a los
primeros signos, como las olas de calor, la desaparición de numerosos glaciares
de montaña y la subida del nivel del mar.
Los ecosistemas, al igual que la agricultura y múltiples actividades, están
adaptados a unas determinadas condiciones, fruto de una larga adaptación
evolutiva. La subida de las temperaturas, el aumento del nivel mar, la
alteración del régimen de lluvias, de humedad y de vientos, en un plazo de
tiempo relativamente corto, tendrá graves implicaciones, que apenas estamos
empezando a entender.
Para intentarlo, los modelos climáticos cada vez son más sofisticados y
reconstruyen con mayor precisión lo que pueda suceder, a partir del análisis de
los climas del pasado.
En general, lloverá más, pero dónde, es otra cuestión: en ciertas zonas lloverá
mucho más y en otras mucho menos. La región mediterránea, incluida España, muy
probablemente sufrirá aún mayores sequías, sobre todo en verano. Pero con toda
seguridad aumentarán las temperaturas y es probable que se agraven las olas de
calor, tan perjudiciales para la salud, como la que afectó a Europa en el verano
de 2003. Es probable, aunque hay menos certidumbres, que aumenten los ciclones y
huracanes.
Las poblaciones pobres, que no tienen ninguna responsabilidad en las emisiones,
serán las más afectadas. Bangladesh, donde los ciclones han matado a medio
millón de personas desde 1970, y el Sahel, con sus lacerantes hambrunas y una
pobreza extrema, son los paradigmas de esta nueva realidad.
El último informe del Grupo Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC)
vaticina que hay una gran probabilidad de que el calentamiento provoque que
hacia 2020 entre 75 y 250 millones de africanos sufran escasez de agua y, en
varios países, las cosechas se reducirán un 50%, agravando la crisis alimentaria.
En 2080, las tierras áridas y semiáridas en África aumentarán entre un 5 y un
8%.
En Asia en 2050 se reducirá la disponibilidad de agua dulce, especialmente en
las cuencas de los grandes ríos. Las pobladas regiones de los deltas de los ríos
en el sur, este y sureste asiático, peligrarán por la subida del nivel del mar.
Aumentarán las enfermedades asociadas con las inundaciones.
Australia y Nueva Zelanda sufrirán una pérdida significativa de biodiversidad en
la Gran Barrera de Coral. Los problemas hídricos empeorarán en el sur y este de
Australia y en Nueva Zelanda, afectando a la producción agrícola, ganadera y
forestal. Los incendios forestales aumentarán de virulencia, al igual que las
sequías cíclicas.
En Europa el cambio climático acentuará las diferencias regionales en el acceso
a los recursos naturales. Aumentará el riesgo de inundaciones en numerosas zonas
y crecerá la erosión y la desertificación en el sur de Europa. Igualmente
retrocederán los glaciares de los Alpes y los Pirineos. El sur de Europa
(España, Italia y Grecia) será la zona más afectada, a causa del aumento de las
temperaturas y la sequía, la disminución de los recursos hídricos y los
incendios forestales, reduciendo la producción hidráulica y la producción
agrícola, afectando negativamente al turismo. Las olas de calor estivales
afectarán a la salud de la población más desfavorecida, sobre todo los ancianos
y los enfermos crónicos.
En Suramérica hacia mediados de siglo se producirá una gradual sustitución del
bosque tropical húmedo por sabanas en la Amazonia oriental, con una gran pérdida
de biodiversidad e importantes alteraciones en el ciclo hidrológico del que
depende el importante sector agrícola y ganadero. La desaparición de los
glaciares andinos afectará al suministro de agua y a la producción hidráulica.
En Norteamérica el calentamiento de las montañas Rocosas provocará inundaciones
en invierno y descenso del caudal de los ríos en verano. En las primeras décadas
del siglo, un moderado calentamiento será positivo para la agricultura, con
aumentos de las cosechas del 5 al 20%, pero con importantes variaciones
regionales. Las olas de calor empeorarán los problemas sanitarios, al igual que
en el sur de Europa.
Las regiones polares serán de las más afectadas, a causa de la reducción del
espesor del hielo, el aumento del nivel del mar y cambios en los ecosistemas,
con graves efectos en las aves migratorias, mamíferos y grandes depredadores, y
en las poblaciones indígenas que dependen de la pesca y la caza. Los pequeños
estados isleños sufrirán el aumento del nivel del mar, la escasez de agua, las
inundaciones y los fenómenos meteorológicos extremos.
El cambio climático acelerará la pérdida de biodiversidad en todo el mundo.
Pequeñas variaciones en las temperaturas y en las precipitaciones pueden alterar
complejos ecosistemas, sustentados sobre la interdependencia de miles de
especies. La subida del nivel del mar afectará a manglares, arrecifes de coral,
estuarios y sistemas dunares costeros.
Para afrontar el cambio climático se necesitaría una migración sin precedentes
de plantas y animales, tanto en altitud como en latitud, una migración hoy
imposibilitada por carreteras, campos de cultivo y todo tipo de barreras. La
creación de corredores biológicos que conecten los ecosistemas, es una de las
medidas de adaptación más apremiantes. Muchas especies podrán emigrar, pero
otras muchas, como las situadas en las cumbres de las montañas o en las zonas
árticas, no podrán hacerlo.
La destrucción o la alteración de ecosistemas tendrán efectos realimentadores,
al liberar el carbono acumulado en el suelo o en la vegetación, o el metano del
permafrost de la tundra. La pérdida de especies a su vez reducirá las opciones
de adaptación a nuevas situaciones. Igualmente proliferarán la invasión de
especies alóctonas y oportunistas, así como las plagas. De hecho, el invierno y
las bajas temperaturas son el mejor plaguicida y la forma óptima de mantener a
raya a multitud de insectos y roedores, que ahora sobrevivirán en mayor número y
extenderán su rango de acción a nuevas zonas.
El cambio climático supone una gran amenaza para el abastecimiento del agua, al
cambiar el régimen de precipitaciones, acentuar los fenómenos meteorológicos
extremos como sequías e inundaciones, al aumentar la evapotranspiración y fundir
los glaciares y las nieves que regulan los caudales de los ríos en épocas
estivales. Una pequeña reducción de las precipitaciones, junto con el aumento de
las temperaturas y la necesidad de mayor dotación hídrica de los regadíos, por
el aumento de la evapotranspiración, reduciría de manera drástica la escorrentía
y el caudal de los ríos. Los países más afectados serán los más pobres y
localizados en las regiones secas.
Los efectos en la agricultura son complejos, y de hecho ésta siempre se ha
adaptado a las demandas o a las circunstancias cambiantes. En algunos casos
supondrá un aumento de la producción, al permitir cultivar zonas hoy muy frías
de Rusia y Canadá, prolongar la época de crecimiento y reducirse las heladas,
además del efecto fertilizador en algunas especies de plantas del aumento de las
concentraciones de dióxido de carbono. Pero en otras zonas los efectos pueden
ser graves, por el estrés térmico, la falta de agua, la erosión al abundar los
fenómenos extremos y la extensión de plagas y enfermedades, que sobrevivirán a
los fríos del invierno. Los peores efectos se darán en algunas zonas tropicales
y subtropicales, donde vive la mayor parte de la población del Tercer Mundo.
El cambio climático puede afectar negativamente a la salud de la población,
tanto por las olas de calor, como por ciertas enfermedades, que verán ampliado
su radio de acción. El régimen de precipitaciones, la humedad y la temperatura,
tienen una influencia determinante en la distribución de los agentes patógenos y
transmisores que extienden ciertas enfermedades.
La subida prevista del nivel del mar puede afectar a millones de personas: cerca
de cien millones viven a menos de un metro sobre el nivel del mar, y el 40% de
la población mundial vive a menos de 100 km de la costa, en el área de
influencia de temporales costeros, como la gota fría que afecta muchos años a
las regiones mediterráneas, o el huracán Katrina que inundó Nueva Orleáns. La
intrusión salina afectará a los ya sobreexplotados acuíferos costeros,
reduciendo el abastecimiento de agua. También habrá que realizar enormes
inversiones para mantener los puertos y otras costosas infraestructuras.
Por cada centímetro que aumente el nivel del mar, desaparecerá un metro de
playa, afectando de esta manera a una de las principales atracciones turísticas
en países como España o Grecia. Muchas de las mayores ciudades del mundo están
en la costa, ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Buenos Aires, Río de
Janeiro, Barcelona, Valencia, Venecia, Londres, Lisboa, Lagos, Mumbai, Tokio !
o Shangai.
Cambiar de políticas para evitar el cambio climático
Los desafíos de mitigar (reducir las emisiones) y adaptarse al cambio climático
no tienen precedentes en la historia, y no podrá hacerse sin la cooperación y el
acuerdo de la mayoría de los países, al ser la atmósfera un recurso común a
donde van a parar las emisiones, cualquiera que sea el lugar en donde se hayan
producido, afectando a todos.
Ya se ha transitado un buen trecho, desde la Conferencia de Toronto en 1988, el
Convenio Marco de Cambio Climático en 1992 en Río, el Protocolo de Kioto de 1997
y las negociaciones actuales, pero queda un camino aún más largo, hasta lograr
reducir las emisiones actuales de un 60% a un 80%, que es lo necesario para
evitar las repercusiones más graves del posible cambio climático.
Las diversas administraciones deben establecer planes claros para reducir las
emisiones, incluyendo instrumentos fiscales (impuestos sobre las energías no
renovables, incentivos a las renovables y a la eficiencia), supresión de las
subvenciones a los combustibles fósiles y los presupuestos para llevarlos a
cabo. Entre otras medidas se deben reducir los incendios forestales y la emisión
de gases de invernadero, como el metano y el óxido nitroso, así como la
producción y consumo de cemento, una de las principales fuentes de emisión de
CO2, agravada por la construcción de autovías, carreteras y otras
infraestructuras.
Una política de repoblaciones forestales con especies autóctonas de árboles y
arbustos, en las zonas adecuadas, retiraría de la atmósfera grandes cantidades
de CO2, frenaría la erosión, las inundaciones y las sequías, dado el efecto
esponja de los bosques. Pero los bosques y los mares, aún actuando como
sumideros, son incapaces de retirar la cantidad actual de CO2 emitida
anualmente.
La reducción del consumo de carne, del empleo de fertilizantes, de las fugas de
metano en la minería de carbón y en la red de gasoductos, o de la cantidad de
residuos, es fácil de realizar. La fabricación de nailon y la de ácido nítrico
son responsables de parte de las emisiones antropogénicas de óxido nitroso. La
eliminación de los HFC no plantea ningún problema, pues hay alternativas viables
y baratas, como el butano y propano (tecnología greenfreeze).
Los residuos generan importantes emisiones de metano. La reducción de la
producción de residuos, el reciclaje, la prohibición de la incineración, el
aprovechamiento de la materia orgánica para producir compost y el
aprovechamiento del metano en los vertederos, son algunas de las medidas de una
política de residuos adaptada al cambio climático.
El aumento de la eficiencia en los nuevos vehículos, y algunos programas para
emplear gas natural y biocombustibles, sólo reducirán en un pequeño porcentaje
el aumento previsto de las emisiones en el transporte. La reducción de los
consumos unitarios de los vehículos, actuando sobre ellos o sobre la forma de
utilizarlos, es necesaria pero insuficiente. Tanto o más importante es la
reorientación hacia los modos más eficientes, como el ferrocarril, el transporte
público y los modos no motorizados, y las actuaciones encaminadas a la gestión
de la demanda y la moderación de la movilidad.
La política municipal debe ir encaminada a reducir la demanda, promoviendo la
ciudad mediterránea densa, compacta y con mezcla de actividades, con barrios
donde viviendas, trabajo y servicios estén próximos en el espacio, aminorando la
segregación espacial y social de las ciudades, y limitando el crecimiento de las
grandes áreas metropolitanas. El planeamiento urbanístico y territorial debe ir
encaminado a promover la mezcla de actividades, y no la segregación, y a
posibilitar la movilidad en transporte público, evitando los crecimientos
urbanos y turísticos que consumen gran cantidad de espacio.
El ferrocarril debería elevar su participación, pero para ello se requiere una
clara voluntad política, materializada en las inversiones necesarias para
mejorar el conjunto de la red, la seguridad, la gestión y los servicios,
elevando las tarifas en una proporción inferior al del Índice de Precios al
Consumo. Una política decidida, clara y bien estructurada, para reducir la
necesidad de desplazarse, que no su posibilidad, y para orientar la demanda
hacia los modos más eficientes de transporte, significaría una sensible
reducción del consumo de energía, de la contaminación atmosférica y del ruido,
menor ocupación de espacio, reducción del tiempo empleado en desplazarse, menor
número de accidentes, inversiones más reducidas en la infraestructura viaria y
una mejora general de la habitabilidad de las ciudades.
La eficiencia energética es la obtención de los mismos bienes y servicios
energéticos, pero con mucha menos energía, con la misma o mayor calidad de vida,
con menos contaminación, a un precio inferior al actual, alargando la vida de
los recursos y con menos conflictos. Al requerirse menos inversiones en nuevas
centrales y en aumento de la oferta, la eficiencia ayuda a reducir la deuda
externa, el déficit público, los tipos de interés y el déficit comercial. La
eficiencia energética debería incrementarse en un 2,5% anual. Las tecnologías
eficientes, desde ventanas aislantes o lámparas fluorescentes compactas a
vehículos capaces de recorrer 100 kilómetros con tres o menos litros de
gasolina, o la cogeneración, permiten ya hoy proporcionar los mismos servicios
con la mitad del consumo energético, a un coste menor.
La cogeneración (producción simultánea de calor y electricidad), la mejora de
los procesos y de los productos, el reciclaje y la reorientación de la
producción hacia productos menos intensivos en energía, con mayor valor añadido,
menos contaminantes, generadores de empleo y socialmente útiles, deben ser
desarrollados. Las tecnologías hoy ya disponibles permitirán a la industria
ahorrar entre el 10% y el 27% de su consumo actual de energía, según sectores,
con una media del 16%. Los ahorros posibles en los usos domésticos y en los
servicios podrían reducir a la mitad los consumos, con medidas como el
aislamiento térmico, electrodomésticos más eficientes y las lámparas
fluorescentes compactas.
Para aumentar la eficiencia es necesario que los precios energéticos reflejen
todos sus costes, lo que no sucede en la actualidad. La reforma ecológica de la
fiscalidad es uno de los instrumentos económicos clave para avanza hacia la
sostenibilidad y frenar el cambio climático. La implantación de ecotasas, cuya
recaudación se destine a mejorar la eficiencia y el empleo de energías
renovables, es una necesidad acuciante, pero las ecotasas son sólo un primer
paso de lo que debería ser una ambiciosa reforma ecológica de la fiscalidad,
finalista o recaudatoria. La imposición de un etiquetado energético obligatorio
de los aparatos eléctricos, y la reforma de las normas de edificación para
mejorar el aislamiento térmico, pueden reducir el consuno de energía en el
sector residencial. Se deben promover los programas de Gestión de la Demanda,
encaminados a aumentar la eficiencia y a prestar los mismos servicios con un
consumo menor, más negavatios y menos megavatios. La Planificación!
Integrada de Recursos, o Planificación al Menor Coste, tiene como fin evitar el
crecimiento del consumo energético al tiempo que se satisfacen los servicios que
precisa la sociedad, y se debe implantar de forma real, especialmente en el
sector eléctrico.
Las energías renovables podrían solucionar muchos de los problemas ambientales,
como el cambio climático, los residuos radiactivos, las lluvias ácidas y la
contaminación atmosférica. Las energías renovables podrían cubrir algo más de un
tercio del consumo de electricidad en pocos años, y a largo plazo permitirán
reducir las emisiones de dióxido de carbono, avanzando hacia un modelo
energético "descarbonizado".
La producción de hidrógeno es un proceso aún inmaduro tecnológicamente y cuya
viabilidad económica es necesario demostrar, lo que requerirá enormes
inversiones en investigación; cuando se logre producir hidrógeno comercialmente,
a precios competitivos, y a partir de dos factores tan abundantes como son el
agua y la energía solar, los problemas energéticos y ambientales quedarían
resueltos, pues el hidrógeno, a diferencia de otros combustibles, no es
contaminante. En cualquier caso una economía basada en el hidrógeno como
combustible secundario es un objetivo aún muy lejano e incierto. El hidrógeno
servirá para almacenar la energía solar y eólica cuando no haya sol o no sople
el viento, y alimentará a las pilas de combustible hoy en desarrollo, y que en
un futuro no muy lejano puede llegar a ser una importante fuente de producción
descentralizada de electricidad a pequeña escala, sin apenas impactos
ambientales. Las pilas de combustible también sustituirán a los motores de co!
mbustión interna de los automóviles.
Pero también existen soluciones duras, y que nos conducen a perpetuar la
insostenibilidad ambiental y social, y son quizás las que van a ser promovidas
con mayor entusiasmo por los que quieren que el cambio climático no suponga
ningún cambio sustancial. Los agrocombustibles, la energía nuclear de fisión y
de fusión y la captación y almacenamiento de carbono, para explotar las grandes
reservas de carbón y otros hidrocarburos no convencionales, son las opciones
preferidas por quienes crearon y alimentaron la insostenibilidad, cuyo mejor
ejemplo es el propio cambio climático.
Referencias en Internet:
http://www.ipcc.ch
http://www.ipcc-nggip.iges.or.jp/
http://www.un.org/climatechange/index.shtml
http://www.climnet.org
http://www.mma.es
http://www.idae.es
http://www.energias-renovables.com/paginas/index.asp
http://europa.eu.int/comm/environment/climat/emission_plans.htm
http://www.appa.es
http://www.ciemat.es
http://www.cogen.org
http://www.eufores.es
http://www.gamesa.es
http://www.isofoton.es
http://www.bpsolar.com
http://www.nodo50.org/worldwatch/
http://www.acciona-energia.com/
José Santamarta Flórez es director de World Watch
www.nodo50.org/worldwatch
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