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Todos tenemos algún lugar, que visitamos para recordar, por gusto y porque sí,
porque estuvo cerca de casa o porque nacimos en el. El pueblo de San Ignacio,
Sinaloa, Mexico, ha resultado ser el mío, me di cuenta cuando me puse a pensar
sobre ese significativo rincón al que podría dedicar algunas líneas. Me vinieron
a la mente tardes invernales de sábado, con mi madre y mis hermanos, vagancias
en el río, juegos de pelota, y amores platónicos. Recordé excursiones escolares
y clases de geografía he historia al aire libre, y eché de menos paseos
irresponsables en bicicleta, sin rumbo ni hora de vuelta. Baños furtivos en
aguas termales y a deshora, conciertos a golpe de disco de 70 revoluciones
interrumpidos por la batería caduca de un rayo vac y cigarros a escondidas han
sido otras de las razones que me han empujado a elegirlo.
Recuerdos, en definitiva, que rigen cada visita, cada viaje de regreso, y que
arañan sin concesión el paso de los años. Me gusta volver en verano, en días de
cielo despejado y gozar con la vista de un paraje verde e inmenso, en el que la
cima de sus cerros se mantiene verde y se antoja recorrerlos con la mirada. Pero
también añoro los días nublados de otoño y esas mañanas gélidas de invierno en
las que la niebla oculta las cumbres para ceñirse al vapor del río y sus
senderos. Es entonces cuando parece que se ha detenido el tiempo.
Esta formidable atalaya cónica, en cuyas entrañas se encuentra la cueva de los
Frailes, es el punto al que señalan todos los dedos de la comarca cuando de
tradiciones y leyendas se trata. Incluida la de un tesoro. Su cúspide es campo
de batalla entre el mundo subterráneo de la cueva y el celeste de las
divinidades. Justo donde se tocan el cielo y la tierra se encuentra la figura de
piedra que asemeja a tres frailes, únicos arcángeles capaz de contener a las
criaturas que pugnan por salir de las profundidades de la sierra en busca de
pecadores. De lo duro de la contienda dan prueba los numerosos rayos que caen
sobre esta cima, frontera de la lucha entre el bien y el mal.
La capilla de los Escobosa que alberga en su interior sarcófagos familiares que
la lluvia rellena gota a gota como si se tratara de una enorme palangana. Dicen
que quien se lava con el agua destilada en estas tumbas y se seca con el viento
que sopla en el exterior, se cura de todas sus enfermedades. ¿Se puede pedir
más? Será cierto o una historia mas inventada al calor del miedo que genera. Ir
de vacaciones al pueblo donde uno nació es siempre un poco confuso.
Cuando yo vivía en México, esperaba religiosamente mis vacaciones para irme los
más lejos posibles. La ciudad DF. Representaba la rutina, el trabajo escolar,
las obligaciones y abandonarla era una obligación, un mandato. Ahora, luego de
vivir tanto tiempo en Mazatlán, me gusta regresar al pueblo, a sus calles que
camino como un extraño, como un turista, como quien se encuentra con un viejo
amor y no sabe si aún existen temas en común para reiniciar el diálogo. Lo
primero que hago al llegar es buscar a los amigos y familiares con los que he
casi perdido el contacto.
Me convierto entonces en una suerte de médico repartiendo unos cuantos minutos a
pacientes los cuales están en sus calles ávidos de noticias, desean saber mas
sobre lo que pasa en el mundo fuera de San Ignacio Sinaloa. En las primeras
"visitas" a mi pueblo, la agenda estaba muy ocupada, iba de entrada por salida.
Recuerdo haber tenido encuentros absurdos de 15 minutos en la esquina de una
banqueta o media hora de caminata conjunta a la medianoche. Yo sentía en mis
primeras vacaciones "pueblerinas" la necesidad de ver a todos, conversar con
todos y construir así la ilusión de que nunca me había ido, o mejor dicho, que
había dejado este pueblo pero mi lugar en el, seguía intacto, inalterado.
Con los años la cantidad de gente que aún nos recuerda -y aún recordamos-
disminuye progresivamente. La agenda pierde nombres y números y los encuentros
son menos vertiginosos, más selectivos. Pero sea en cantidad o en calidad, la
reunión urgente con nuestros afectos es fundamental, ya que ellos son nuestros
testigos. Ellos pueden declarar -en caso de ser interrogados- que nosotros
fuimos parte de este pueblo, de esta escuela, de ese maestro, que lo caminamos,
la amamos y lo sufrimos.
¿Por qué uno necesita de testigos, de testimonios, de fotografías, para probar
la existencia de este pasado compartido? Porque con el tiempo la relación con
nuestro pueblo se modifica de forma sutil, difusa, inexorable. Lo primero que yo
olvidé fue el nombre de algunas plantas y la trayectoria de algunos arroyos.
Después, comprobé con horror que no sólo yo me había alejado de San Ignacio,
sino que San Ignacio se había alejado de mí, como dos duelistas que se dan la
espalda y caminan paso a paso en dirección contraria. Volví unas vacaciones y el
centro del pueblo se había extendido más allá de mi imaginación, la plaza de mi
infancia amaneció una mañana cercada por rejas y la calle donde yo vivía corre
ahora en sentido opuesto.
Esta situación es particularmente terrible porque uno, vaya y pase, puede tratar
de controlar los cambios que experimenta en su vida (o al menos llevar un
registro pormenorizado de los mismos), pero nadie puede ejercer control sobre
los cambios ajenos, menos si se trata de reformas urbanas aprobadas por una
legislatura municipal. El consuelo que a uno le queda es comportarse como un
turista y visitar todos los lugares que antes, por falta de tiempo o de dinero
no podía disfrutar.

Pero el remedio puede ser peor que la enfermedad, como comprobé una tarde de
2000 cuando le tomé una foto a la plazoleta de la Nanchi y un oriundo se acercó
para ofrecerme sus servicios. Pocas veces me sentí tan mal en mi vida y a punto
estuve de insultarlo por confundirme con un " foráneo". Otro elemento extraño es
que mi mujer, al no ser de aquí, me pide sin éxito que la lleve a los rincones
más interesantes del pueblo. Yo le explico que es muy difícil para mí mostrarle
mi lugar de origen desde la perspectiva de un viaje por lo difícil y peligroso
que se vuelve actualmente. El argumento mucho no la convence y no oculta su
fastidio cuando le muestro por quinta vez la puerta de mi escuela primaria, mi
kinder, el cine donde me gané mis primeros pesos como "bolero y vendedor de
chicles" y el tétrico edificio donde asustábamos a los novatos "Casa de tres
pisos". Ella no disimula su enojo conmigo y yo no escondo mi desconsuelo con mi
pueblo.
Así convivimos "los tres" como si formáramos un triángulo amoroso con letra y
música de los Juanecas. (La figura del triángulo amoroso no es muy creativa,
pero guarda un poco de verdad: a veces, no es fácil vivir con alguien que no es
del pueblo de uno, como es difícil vivir en la ciudad de ellas. Lo cierto es que
los edificios de Mazatlán que antes me cobijaban ahora me agobian, me despierto
con los ruidos que en un tiempo me dormían, estoy perdido en las esquinas donde
en el pasado me encontraba y no se me ocurren temas de conversación para poder
hablar con mi viejo amor. ¿Será que las ciudades son como aquellas novias
abandonadas? Y aunque pasa el tiempo, nunca perdonan a los que un día empacaron
sus cosas y se fueron sin decir adiós. Lo dicho es muy real, soy San Ignacense
de nacimiento, creado en Mazatlán el cual abandone a los 17 años, pero la
verdad, añoro el pueblo mas tranquilo, mas humano en el que crecí.
Mi escuela primaria con su eterna tranquilidad, parece ser el único reducto de
recuerdos queesta intacto, todo cambia pero existen en recuerdos de mucha gente,
en mis recuerdos. Pero de por sí, cuando uno se va y vuelve a su pueblo natal
después de varios años rondando por el mundo, como que el pueblo se te hace el
indiferente y tú tratas de buscar aquellos rincones memorables, aquellas calles
en donde tú compartías con tus amigos.... Te preguntas si a veces lo bueno, lo
de antaño se ha perdido o no. Es un poco difícil eso de irse a otra ciudad, en
especial al principio, pues uno tiende a pensar (y a decir) que es de tal o cual
ciudad, y aunque pase el tiempo uno se siente como un ciudadano de ella, y no es
sino hasta que la visita de nuevo cuando uno comprende que ese lugar tiene su
propia dinámica y que uno ya no pertenece a ella... aunque los lazos
sentimentales son fuertes.
MC Ramón Larrañaga Torrontegui
Maestro Investigador Universitario
Mazatlán, Sinaloa, México 06 de Noviembre 2007-11-06
Latorro5411@hotmail.com
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Cortesía de MC Ramon Larrañaga TorronteguiNube de Tags
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