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Nada tienen de especial dos hombres que se dan la mano. Todo se vive
diferente cuando por unos días estás acompañado. Madrid adquiere un brillo
especial y no sólo por las luces de navidad. Es muy gratificante ir cogido de la
mano de un hombre que conserva el mismo entusiasmo por las cosas que un niño,
con todo lo bueno que ello conlleva y con todo lo malo también.
Llegó hace cuarenta y ocho horas a Madrid con su maleta cargada de cariño
aséptico. Las reglas eran nada de mariposas en el estómago y muchos besos,
abrazos y sexo para recargar las pilas. Ayer estuvimos todo el día paseando.
Chueca, la Plaza Mayor, la Gran Vía, y casi siempre cogidos de la mano, más allá
de las miradas, incluida la de Jaime Peñafiel, a quien nos cruzamos.
Y por la noche estuvimos viendo el musical Hoy no me puedo levantar. De
casualidad, conseguimos dos entradas en muy buen sitio para el mismo día. Fue
espectacular y me encantó disfrutarlo con él. El ver el brillo de sus ojos
expectantes por la felicidad de estar allí, similares a los de un niño que va
por primera vez al circo, no tuvo precio alguno.
No han sido unos días perfectos (crisis incluida), pero se acercaron mucho… Su
cariño (no sé si aséptico o no) se ha metido debajo de mi piel y no estoy
dispuesto a que se escape tan facilmente. Él volvió ya a su tierra y será
complicado volver a vernos. Pero de entre todo lo que he aprendido de él en
estos días, destacan tres cosas. La primera es la importancia de tener amigos
así que te regalan su cariño en noches de soledad. La segunda, que hay que estar
un poco locos en la vida, y la tercera es que hay que vivir el momento…
Carpe diem…
Simplemente, gracias.
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