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Acabo de llegar a mi casa después de una tarde y parte de la noche con una de
mis mejores amigas de mi vida y su marido. Llevo encima varias copas de vino, un
ron y la sensibilidad a flor de piel.
Desde su boda no había estado con ellos. Creo que son 148 días (149, si tenemos
en cuenta que ya es lunes) el tiempo que hace que se casaron. O eso ha dicho él.
¿Puede haber mayor señal de amor que llevar contados los días desde que se
dijeron el sí quiero? Sí, sí la hay.
Estábamos en una terraza en Chueca. No sé de qué hablábamos en ese momento… Ha
habido tantas conversaciones a lo largo de la tarde… Lo que sí sé es que ella
hizo un comentario sobre lo mucho que ama a su marido y, cuando me giré a
mirarle, vi como éste tenía las lágrimas saltadas. Y entonces volví a verla a
ella y se encontraba también con los ojos cristalinos.
Recordé una frase que, hace muchísimo tiempo, ella me dijo: “Cuando me despierto
por las mañanas y le miro, sé que es el hombre de mi vida”.
Siento envidia sí. No sé si la envidia sea buena o mala. Total, la envidia es
envidia, y esa no evita que yo me alegre enormemente por ellos. Eso que nadie lo
dude. Pero quiero sentir algo así. Hoy tuve la sensación viéndolos a ellos de
que eso que busco sí que existe. Ellos lo tienen, estoy seguro. Y yo no sé si lo
he vivido alguna vez…
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