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Tradicionalmente se ha asociado el éxito de un individuo con su desarrollo
intelectual, que suele referirse a los procesos de análisis y síntesis, procesos
de asociaciones, memoria y otras variables relacionadas con lo que comúnmente se
denomina "intelecto". Sin embargo en la práctica no necesariamente lo anterior
es cierto; por el contrario, sujetos poseedores de buenos niveles intelectuales
han tenido limitaciones para alcanzar puestos importantes de éxito en sus metas.
Lo contrario también ha ocurrido. Es decir, personas que no se destacaron de una
manera particular en el transcurso de los años de rendimiento académico o que
simplemente no llegaron a cursar, logran obtener una vida de éxitos en las metas
que se proponen.
Lo anterior nos lleva a pensar que es prioritaria la actuación eficaz de una
persona ante situaciones nuevas que comprenden relaciones mutuas entre
individuos y/o miembros de un grupo y es aquí cuando se introduce el término de
Inteligencia Emocional que tiene que ver con el control y expresión exitosa de
nuestros estados emocionales.
La alegría, el miedo, la rabia y la tristeza representan las emociones básicas
del ser humano y están presentes en buena parte de nuestra vida, son infinitas
las situaciones que tienen que ver con obtención de placer y evitación de
situaciones de peligro y defensa de nuestros derechos y superación de pérdidas,
en todas ellas y en otras muchas derivadas, la forma en que nos afectamos
emocionalmente y en modo en que somos capaces de manejar nuestras emociones son
fundamentales para la adaptación a nuestra propia esencia y a nuestro entorno
ambiental.
Entre las distintas relaciones que mantenemos a lo largo de nuestra vida, no
cabe duda que la relación de pareja juega un sitial de honor por todo el
proyecto que implica su desarrollo y mantenimiento. Para la mayoría de las
personas adultas, la meta de formar una pareja representa una de las prioridades
más importantes.
No obstante lo anterior, el índice de divorcios ha aumentado de forma
exorbitante hasta el punto en que estadísticamente llega a sobrepasar al 50% con
respecto a las uniones. Se ofrecen al respecto diferentes teorías y
explicaciones, pero lo cierto es que la gente sigue casándose y divorciándose,
estableciendo relaciones de pareja para después separarse.
La pareja actual es bastante diferente a la de hace unas cuantas décadas porque
el hombre y la mujer son igualmente distintos. Han evolucionado intelectualmente
mas no necesariamente han obtenido el mismo éxito en lo que a afectividad se
refiere. Se hace necesario entonces replantear estrategias conductuales de
expresión comunicacional, para lograrlo. Sin duda habrá que romper viejos
paradigmas de creencias, actitudes y valores que resultan obsoletos, pero no por
ello debemos caer en otros que por ser novedosos, resultan igual e incluso más
contraproducentes.
El proceso de relación de pareja se puede dividir en dos grandes fases. Una que
denominamos "de conformación", en la que intervienen a su vez dos grandes
variables: una relacionada con la atracción, la llamada "química", en la que
intervienen cambios biológicos importantes, y la otra que se relaciona con la
compatibilidad en la que intervienen factores de orden social y psicológico. En
el equilibrio de ambas variables, atracción-compatibilidad, se incrementan las
posibilidades de una buena conformación. Lamentablemente no siempre ocurre así.
Muchas parejas se conforman solamente en función de la atracción sin medir
consecuencias en cuanto a la compatibilidad de las propias características que
habrán de traducirse en un proyecto común.
La segunda etapa de relación de pareja es la fase de mantenimiento y en teoría
debería ser la más larga, aunque no siempre ocurre así. Se supone que no sólo la
pulsión sexual es lo que garantiza su mantenimiento; por el contrario, es
indispensable saber administrarla. Las conductas basadas en el respeto, la
confianza y la capacidad de negociación son también parte fundamental. Digamos
que la combinación entre "intimidad, la pasión y el compromiso" en un adecuado
equilibrio, es lo que realmente permite un mantenimiento funcional.
Los principios de la Inteligencia Emocional son perfectamente factibles en
cuanto a su aprendizaje, y cualquier persona independientemente de su
inteligencia intelectual puede adquirirlos. Son herramientas para mejorar la
calidad de vida y, en el caso que nos ocupa, hacer mucho más gratificante la
vida en pareja.
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