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Es muy lamentable, la desaparición física de uno de los grandes
contribuidores de autoayuda, en todo lo concerniente a crecimiento personal,
obligado ha ser leído por quienes de alguna forma, en alguna oportunidad hemos
estado comprometido formalmente como docentes de estos temas, como fue nuestro
caso, en la Escuela de Administración de Faces de la Universidad de Carabobo
Valencia- Venezuela, en donde por algunos años impartimos la cátedra de
crecimiento personal e invitábamos a los participantes a leer los libros que nos
legara Buscaglia en el paso por esta dimensión. Libros que se discutían en
talleres, se analizaban sus posiciones y sin duda alguna, aportaban reflexiones,
enseñanzas muy significativa en pro del crecimiento personal de cada quien.
Sabemos que a algunos les ayudo en su crecimiento.
El diario Clarín.com sobre él escribió, autor de Vivir, amar, aprender y otros
14 libros de autoayuda que vendieron más de 20 millones de ejemplares, murió en
su casa de Lake Tahoe, en Nevada. Stephen Short, su amigo y editor, confirmó que
Buscaglia murió de un paro cardíaco. Buscaglia, de 74 años, fue uno de los
pioneros en el género de los libros de autoayuda. Sus obras, traducidas a 19
idiomas, durante años figuraron en los primeros puestos de la lista de
best-seller del The New York Times, entre otros medios. Sin embargo, el barbudo
y efusivo profesor Buscaglia nunca se casó ni tuvo hijos, aunque siempre dijo
ser un amante del amor, las familias y los niños. En vida, respondía a quienes
le criticaban esa paradoja explicando que él amaba a toda la humanidad, no a una
persona. Llegó a escribir su primer gran éxito -Amar, publicado en 1972- casi de
casualidad. Afectado por el suicidio de un estudiante de la Universidad del Sur
de California, en Los Ángeles -donde Buscaglia enseñaba patologías del lenguaje
a docentes-, decidió dar un curso sobre el amor .Los colegas de Buscaglia lo
miraron con escepticismo, pero el aula se llenó con 600 alumnos.
Entonces empezó a dar conferencias en el circuito universitario estadounidense,
hasta que en Nueva Jersey un editor, Charles Slack, lo convenció de que debía
escribir un libro. Amar se publicó en 1972 y vendió un millón de ejemplares.
Después siguieron otros éxitos como Vivir, amar y aprender (1982), Amar a los
demás (1984), Nacido para amar (1992) y El libro de cocina del amor (1994).En
los Estados Unidos, el periodismo lo había bautizado el doctor abrazo y el
mercader del amor. Desde que se transformó en un autor exitoso, Buscaglia quedó
asociado a la imagen de un hombre que daba abrazos espontáneos de corazón a
corazón. Sus conferencias sobre el amor consistían de una hora de charla sobre
el tema, que terminaban en tres horas de abrazos. Ante una audiencia de padres
de familia, era capaz de hacerlos llorar al preguntarles: ¿Hace mucho tiempo que
no les dicen a sus hijos cuánto los quieren? En palabras de sus muchos
admiradores, Leo era un hombre que todos amábamos. Sus críticos dicen que ésta
era una imagen cuidadosamente construida.
Pero evitó siempre transformarse en un apóstol en busca de una congregación, más
bien trató de ser un maestro que inspiraba a la gente a amar a los demás tanto
como a sí mismos .Leo Buscaglia no pretendía ser original. Se había criado en
una típica familia italiana, reunida alrededor de una mesa de tallarines, donde
los chicos debían contarle al padre sus actividades diarias. Papá Buscaglia era
mozo de bar en Los Ángeles, le gustaba bailar y cantar con sus hijos. Y tenía
una frase de cabecera: Hay que aprender algo nuevo cada día. Su hijo Leo
Buscaglia iba a frecuentar las enseñanzas de Jesucristo, Buda y los dioses
hindúes para acuñar frases sobre el amor. Cualquier cosa que nos inhiba no es
amor, el amor sólo es amor cuando nos libera, escribiría años después.
Hay antecedentes de cómo se adentró a convertirse en un maestro demandado por
sus libros, conferencias sobre el amor. Al respecto predicado.com, nos recuerda,
que ante el hecho fatal de una alumna que él apreciaba dijo: “¿Que estamos
haciendo?” , Pregunte a un colega. “Nos ocupamos demasiado en enseñar cosas. ¿De
que sirvió haberle enseñado a Liani a leer, escribir, hacer cuentas, si jamás
incluíamos lo que realmente necesitaba aprender: a vivir jubilosamente, a
justipreciarse y a tener conciencia de su propia dignidad? ” . Quise ayudar a
quienes necesitaban sentirse amados. Daría un curso acerca de amor. Me la pase
varios meses buscando libros algo que pudiera ayudarme, pero fue poco lo que
halle. Casi todos los textos trataban el tema con enfoque sexual o romántico.
Era lo que había sobre amor en general. Sin embargo, considere que si yo actuaba
como mero facilitador, mis discípulos y yo podríamos enseñar y aprender juntos.
Llame al curso “LECCIONES DE AMOR”. Bastó que lo anunciaran una sola vez para
que se llenara el aula de asistentes a esa materia extracurricular. Proporcione
a cada participante a una lista bibliografía, pero prescindimos de textos
obligatorios, de requisitos de asistencia y de exámenes. Solo compartimos
nuestras lecturas, ideas y vivencias. Partía yo del supuesto de que del amor se
aprende. Nuestros “maestros” son quienes se aman y se relacionan con nosotros.
De no encontrar modelos de amor, crecemos necesitados de amor y sin capacidad de
amar. La venturosa posibilidad- propuse a mis alumnos- es que se puede aprender
a amar en cualquier momento de la vida, si estamos dispuestos a dedicarle
tiempo, la energía y la práctica necesaria.
Pocos faltaban a una sesión de “lecciones de amor”. Los participantes tenían que
apretarse unos junto a otros a medida que llevaban consigo a sus padres,
hermanos, amigos, cónyuges e incluso abuelos. Una de las primeras cosas que
intente aclarar fue la importancia del contacto físico. “¿Cuántos de ustedes han
abrazado fuertemente en la última semana a alguien que no fuera su novia, novio
o cónyuge?”. Pocos levantaron la mano. Un estudiante afirmo: “Siempre temo que
se interpreten mal mis intenciones”. Las risitas nerviosas que se corrieron me
revelo que muchos compartían ese punto de vista. “El amor necesita expresarse
físicamente” -repuse-.
“Me siento afortunado de haber crecido en el seno de una familia italiana
efusiva, en que nos abrazábamos mucho”. Asocio los brazos con un género de amor
más universal. Pero ustedes temen que se les interprete mal, comuníquenle sus
sentimientos a quien estén abrazando. Para aquellos que realmente se sientan
molestos si los abrazan, bastará un fuerte apretón de ambas manos para
satisfacer su necesidad de caricias”.
Iniciamos la costumbre de abrazarnos al final de cada sesión.
Con el tiempo, los abrazos se convirtieron en forma habitual de saludo en la
Universidad, entre los alumnos de mi curso. Jamás concluíamos una sesión sin un
plan para compartir amor. Cierta ocasión decidimos expresar gratitud a nuestros
padres, lo cual suscitó reacciones memorables. Para uno de los estudiantes,
excelente jugador del equipo americano de la Universidad, la tarea resulto en
especial incomoda. Sentía un gran amor, pero era incapaz de expresarlo. Tuvo que
armarse de gran valor y determinación para ir a la sala de su hogar, hacer que
su padre se pusiera de pie y darle un fuerte abrazo. Le dijo: -Te quiero, papá-.
Y lo besó. Al hombre se llenaron los ojos de lágrimas, y musitó. Yo también te
quiero.- Este padre me llamo a la mañana siguiente para decirme que aquel día
había sido uno de los momentos más felices de su vida.
Otro aspecto importante dentro de sus enseñanzas, experiencia, es la que nos
narra, cuando señala, que otra de las actividades que nos asignamos fue la de
dar algo de nosotros mismos sin esperar recompensa. Unos ayudaron a niños
inválidos. Otros a marginados del barrio más pobre de la ciudad. Muchos se
ofrecieron de voluntarios para atender la línea telefónica de auxilio a suicidas
potenciales, con la esperanza de socorrer a otras Liani antes de que fuera
demasiado tarde.
Yo acudí a Joel, uno de mis discípulos en un asilo de ancianos cercano a la
Universidad. Muchas de estas personas, enfundadas en batas de algodón, yacían en
sus camas con la mirada fija en el techo. Joel vio a su alrededor y preguntó:
-¿Qué puedo hacer?-. Le sugerí: -¿Ves a aquella mujer? Acércate y dile
“¡Hola!”-. En efecto, fue hacia ella y expreso tímidamente: “¡Hola!”. La anciana
se quedo mirándolo suspicazmente un momento. Luego inquirió: “¿Eres mi
pariente?”. “No”. “¡Magnifico!, ¡Siéntate jovencito!” –exclamó-. ¡Y cuántas
cosas contó!: Aquella mujer bien sabia de amor y penalidades. Incluso se refirió
a su ya cercana muerte, con la cual había logrado una especie de tratado de paz.
Pero a nadie le hubiera importado escucharla, hasta que Joel lo hizo. Prometió
visitarla un día de cada semana. Al poco tiempo empezaron a llamar a estas
ocasiones “el día de Joel”. La presencia del muchacho hacia que los ancianos
hicieran rueda en torno a él.
Carlos Mora Vanegas
www.camova.com
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