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Pero vayamos por partes. Como decíamos al inicio, el cuerpo humano está
anatómica y fisiológicamente conformado de cierta manera que hace que una
persona, de acuerdo con algunas de sus características físicas pueda ser
descrito como de sexo masculino o femenino. Los órganos sexuales y la cantidad
de hormonas presentes en el organismo determinan el fenotipo. Y cada uno de
estos cuerpos tiene una respuesta fisiológica ante ciertos estímulos.
La medicina, desde sus distintas especialidades (la ginecología, urología,
endocrinología, neurología, etc.), se ha encargado de estudiar el funcionamiento
del organismo humano y cada cuerpo, dependiendo de los órganos que posea,
generará ciertas reacciones. Masters & Johnson señalan que “la respuesta
fisiológica básica del organismo humano a la estimulación sexual es doble: una
reacción primaria, consistente en una extensa vasocongestión, y una secundaria,
que reside en un aumento generalizado de la tensión muscular” (1967, pág. 7).
Cada cuerpo, entonces, tendrá una respuesta que viene dada por la biología. Cabe
destacar aquí también, sin embargo, las diferencias que existen entre las
respuestas (en intensidad, duración y otros factores) de distintos individuos,
que dependen de sus propias características.
Pero entonces (simultáneamente) interviene el factor psicológico. La presencia
de emociones, sentimientos, las variables psíquicas, las creencias sobre el sí
mismo condicionan el surgimiento de las reacciones fisiológicas y de distintos
comportamientos y adopción de roles. Las conductas son diferentes en cada
persona, dependiendo de sus características individuales.
Estas creencias, los elementos cognitivos que se van conformando a medida que se
produce el proceso de aprendizaje y socialización, provienen de la educación que
cada niña o niño recibe de sus distintos ámbitos (primarios y secundarios) de
influencia: sus padres, sus hermanos, su familia extendida, sus maestros, los
medios de comunicación, sus pares.
En este proceso, cambiante a lo largo de la historia y distinto en las
diferentes culturas humanas, intervienen aquellos factores que suelen ser
estudiados por disciplinas como la sociología y la antropología (cómo actúan en
su interrelación los miembros de determinados grupos sociales), la teología (la
relación entre los seres humanos y la divinidad, así como el conocimiento
espiritual), entre otras. Es en el ámbito de lo social, precisamente, donde
empieza a desvirtuarse la “naturalidad” del proceso sexual en el humano.
Cada cultura va construyendo, sobre la base de creencias, mitos, descubrimientos
científicos, influencias de grupos dominantes, entre otros factores, una
concepción propia de la sexualidad. Se creen y hacen cosas distintas con
respecto al comportamiento, identidad y roles de género en Suecia que en una
tribu africana.
Incluso en distintos momentos de la historia, en un mismo lugar,la aproximación
a la sexualidad varía de modo dramático. Helmut Kentler, por ejemplo, en su
prólogo para un libro de educación sexual infantil (Fleishchauer-Hardt, 1979)
comenta la evolución (y usamos el término “evolución” no el sentido de
mejoramiento paulatino sino de desarrollo temporal) de la aproximación a la
sexualidad en Europa Central hasta el siglo XVII y cómo fue cambiando esta
postura hacia el siglo XVIII.
Habla este autor de la libertad que se experimentaba en la relación tanto de
niños como de adolescentes y adultos con los usos y costumbres sexuales,
comentando la naturalidad (por ejemplo) del hecho de que “padres y nodrizas
masturbaran a los niños pequeños para mantenerlos tranquilos” (pág. 5). A
comienzos del siglo XVIII comenzaron a surgir limitaciones y tabúes, primero por
parte de los médicos y luego por parte del clero, que condicionaron y limitaron
cada vez más la vivencia sexual de los miembros de la sociedad.
Es importante señalar también, como parte de la historia universal y como aporte
muy valioso al conocimiento y construcción de la sexualidad humana, los
milenarios textos que, procedentes de la cultura oriental (los hindúes con el
Tantra y los chinos con el Tao, entre otros), nos dan fe de una manera diferente
de aproximarse a la vivencia de la sexualidad de aquella a la que estamos
acostumbrados actualmente en nuestra cultura occidental.
Estas culturas relacionan la práctica sexual no solamente con longevidad,
bienestar y salud integral y equilibrio energético general, sino también con la
posibilidad de armonía interior, de relación consigo mismo y con el otro y en
general con el universo y todas las manifestaciones de vida. Tanto el Tantra
como el Taoísmo establecen un vínculo muy directo entre sexualidad y
espiritualidad y describen las relaciones sexuales (entre otras riquezas) como
una forma de trascendencia y como una experiencia conducente a la elevación de
los niveles de conciencia. (continua...)
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