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En distintos momentos de la historia de la humanidad (situación que ha sido
intermitente en sus carácterísticas) se ha relacionado la sexualidad con dos de
sus objetivos principales: la reproducción y el placer. Para fines
reproductivos, hasta ahora se había necesitado (y hablamos en pasado por la
posibilidad presente de la reproducción asexuada a través de la clonación) la
concurrencia de una mujer y un hombre (un sujeto de género femenino y otro del
sexo –biológico– masculino) para que se produzca la fusión del óvulo y el
espermatozoide, como células primarias que generan un nuevo ser.
Sin embargo, desde el punto de vista del placer, la situación no es tan
sencilla. No hay (de acuerdo con las evidencias de la existencia de personas con
identidades sexuales distintas a la bipolaridad “socialmente concebida” –
conformada en realidad por una serie de estereotipos– entre hombre-mujer)
determinismos que obliguen la aparición de una determinada respuesta sexual no
sólo fisiológica sino placentera ante un estímulo ofrecido por un miembro de un
género o de otro.
Ha surgido recientemente, en el ámbito de la sexología, el concepto de género
que es mucho más abarcativo que el de sexo biológico. Dicen Mazur y Money (cit.
por Álvarez-Gayou): “el género trasciende el sexo genital para incluir aspectos
del dimorfismo masculino y femenino, incluye el comportamiento y no pertenece
directamente a los órganos reproductivos ni se relaciona con los procesos
eróticos y reproductivos en sí”.
Hay algunos grupos de personas que tienen una vivencia psicológica de su
sexualidad distinta a la que la cultura considera tradicional, dentro de los
estereotipos de lo femenino y lo masculino. Son hombres y mujeres que tienen un
sexo biológico determinado, pero sienten internamente que esta caracterización
externa no se corresponde con su sensación: algunos que se sienten atraídos
sexualmente por personas de su mismo género; quienes se perciben interiormente
como pertenecientes al otro sexo; otros a quienes les gusta vestirse y
arreglarse de forma diferente a como habitualmente se viste una persona de su
género (hombres que se visten de mujer y viceversa), entre otras diferencias.
Los prejuicios presentes en muchas sociedades condicionan la aproximación a la
sexualidad, llevándola únicamente a su dimensión reproductiva y eliminando las
posibilidades de disfrute que ella naturalmente proporciona (y aquí usamos
conscientemente la palabra natural, porque está en la naturaleza humana la
búsqueda instintiva del placer). Además, probablemente por temores inconscientes
o negados o por otras razones que se racionalizan para justificar la actitud, en
los grupos humanos, al menos en las sociedades occidentales, se rechaza la
diferencia. Cualquier persona que sea diferente, suele ser rechazada sólo por
esa razón. Y esto ocurre con mayor intensidad en el ámbito sexual, que en
nuestras sociedades occidentales actualmente suele ser considerado un tabú.
Cada cultura va determinando conductas socialmente aceptadas o censuradas,
comportamientos que se van encasillando en estereotipos de “sano” o “enfermo”,
apropiado o inapropiado. ¿Apropiado para quién? Si partimos de la consigna
filosófica de que una de las características que nos hacen humanos
(diferenciándonos de las otras especies animales) es la libertad de conciencia,
aunada al respeto por las necesidades propias y del prójimo en aras de la
convivencia pacífica, si a una persona su conducta le hace feliz, mientras no
irrespete a otro, es apropiada para él o ella.
Hemos visto entonces que la sexualidad humana es un concepto complejo,
dependiente de numerosas y distintas variables, tanto internas como externas.
Tiene que ver con la autopercepción, con la definición de la propia identidad,
con respuestas biológicas y psicológicas, con los constructos psicosociales que
se van modelando de acuerdo con la vivencia dentro de la cultura y de valores
éticos individuales y grupales. Cada individuo en el universo es diferente y
tiene derecho a ser diferente, tiene derecho a proteger su propia
individualidad.
Resulta doloroso saber que aún hay países (sin ir más lejos se puede mirar
alrededor, en la propia comunidad) en los cuales se ejerce violencia (tanto
física, como sexual, emocional, de explotación, de indiferencia, discriminación
de todo tipo y hasta se cometen asesinatos) contra algunas personas, solamente
porque son diferentes desde el punto de vista de su identidad sexual.
Esto únicamente podrá ser modificado cuando las personas reciban, desde
pequeñas, educación para la tolerancia ante la diferencia, para la aceptación de
lo natural del sexo y la conciencia del placer y bienestar vital que éste
produce. En todo caso, uno de los criterios que consideramos válido para la
aceptación de la identidad sexual individual se relaciona con el respeto por la
necesidad e individualidad del prójimo y la evitación por todos los medios de la
violencia de cualquier índole.
Necesitamos construir y la violencia sólo destruye. El elemento constructor por
excelencia se llama amor. Y el amor, según la propuesta de Erich Fromm (1970)
incluye cuatro componentes básicos: cuidado, responsabilidad, conocimiento y
respeto. Al logro de este objetivo, la educación para el amor y para el placer
de la mayor parte de los miembros de nuestra sociedad (creemos) debemos dirigir
nuestros esfuerzos profesionales. Por suerte tenemos conciencia.
Referencias bibliográficas
- Álvarez-Gayou Jurgenson, Juan Luis: La sexualidad humana como construcción
multidisciplinar. Transvestismo, agenerismo, transgenerismo y transexualismo.
Texto contenido en el Master de Educación Sexual, Nivel I, Univ. de la Laguna,
Tenerife, 1999.
- Chang, Jolan: El Tao del amor y del sexo. Plaza & Janés Editores, Barcelona,
1980.
- Fleischhauer-Hardt, Helga: ¡A ver! Lóguez Ediciones, Salamanca, 1979.
- Fromm, Erich: El arte de amar. Edit. Paidós, Buenos Aires, 1970.
- Kama Sutra. Ediciones 29, Barcelona, 2ª edición, 1977.
- Masters, William H. y Johnson, Virginia E.: Respuesta sexual humana,
Intermédica Editorial, Buenos Aires, 1967.
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