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ALFRED TENNYSON (1809-1892)
Por Francisco Arias Solis
“Calma y profunda paz en el aire anchuroso,
en las hojas que torna rojizas la otoñada,
y si en mi corazón hubiera alguna calma,
será desesperanza tranquila solamente.”
Alfred Tennyson.
LA VOZ DE UNO DE LOS POETAS MAS POPULARES DE SU TIEMPO
Tennyson fue considerado como el mayor poeta de su tiempo, y nunca los elogios,
los aplausos y las recompensas parecieron suficiente para sus méritos. En 1845
recibió una pensión de su gobierno; en 1850 se le nombró Poeta Laureado como
sucesor de Wordsworth, y en 1884, fue nombrado barón, tomando asiento en la
Cámara de los Lores y figurando en ella como uno de tantos políticos. Pareció
repetirse en él el hecho de que la poesía por sí sola bastaba para dar a un
hombre sólida fama, la mayor consideración social y la fortuna. A su muerte,
recibió el supremo honor: fue enterrado en la Abadía de Westminster.
Y, sin embargo, a esa vida feliz, sin contratiempos, en que la gloria fue para
él siempre en progresión ascendente, sucedió una generación joven que pareció
complacerse en deshacer tolo lo que la anterior a ella había hecho. Según suele
ocurrir en estos casos, se exageró tanto la censura como antes se había
exagerado el elogio. Fue moda reírse de Tennyson como antes había sido
aplaudirle.
Pero también contra esta reacción se reaccionó a su vez, y, sin hallar ya en él
al altísimo poeta de otros días, le reconocieron cualidades suficientes para
clasificarle entre los de segundo orden, a cuyo nivel como concienzudo y
delicado artista se hubieran dado por muy satisfechos en poder llegar los que de
él se reían. Así es probable que quede la gloria de Tennyson, a la que tal vez,
para ser tratado con entera justicia, lo que falte ahora sea el prestigio que
sólo da la distancia, aparte de saber distinguir unas de otras entres las
numerosas obras que escribió, y aun entre fragmentos de una misma obra. No
abundan tanto las grandes figuras poéticas para que cuando una logra hacerse
famosa en toda Europa nos dediquemos por capricho a ejercer contra ella el
ingrato oficio de iconoclasta.
Descuella singularmente Tennyson, el poeta máximo de la época de la reina
Victoria, en narrar las leyendas de la Tabla Redonda, sobre todo en Los idilios
del rey. No suele distinguirse especialmente como lírico puro de alta
inspiración, pero sobresale en la fuerza descriptiva, que acierta a hacernos ver
las cosas, en la poesía narrativa y en el sabio manejo del metro, del lenguaje y
de las cualidades musicales del verso, que es lo esencial en él.
Alfred Tennyson, conocido como Lord Tennyson, nació en Somersby, Lincolnshire,
el 6 de agosto de 1809 y falleció en Aldworth, Surrey, el 6 de octubre de 1892.
Estudió en el Trinity College de Cambridge (1828-1831), donde conoció al poeta
Arthur Henry Hallam, que se convertiría en su cuñado y su mejor amigo. Con
Hallam formó parte de los Apóstoles de Cambridge, sociedad secreta que pretendía
formar una élite intelectual. Tennyson terminó casándose en 1850, con la hermana
de Arthur, Emily Tennyson.
En 1830 publicó Poemas principalmente líricos y en 1832 Poemas que contiene “El
palacio del Arte” y “Los lotófagos”. La muerte repentina de A.H. Hallam en 1833
le afectó mucho y dejó de publicar durante cerca de nueve años, dedicándose a
componer Los idilios del rey (1859) y la que es para muchos sus obra cumbre: In
memoriam (1850); es un largo poema elegíaco dividido en tres partes
(Desesperación, Lamento y Esperanza) y dedicado a su amigo.
En 1842 aparecieron dos nuevos volúmenes de Poemas que consolidaron su fama,
acrecentada a partir de 1847 por La princesa. En 1850 consiguió el título de
Poeta Laureado y cantó las glorias del Imperio en composiciones como Oda por la
muerte del duque de Wellington (1852) y La carga de la brigada ligera (1854). Su
obra más madura –La muerte de Arturo (1853), Maud (1855) y El Santo Grial
(1869)- la escribió retirado en la isla de Wight.
Posteriormente se dedicó al teatro, con piezas históricas como La reina María
(1875), Harold (1876), Becket (1884) y Robin Hood (1891). La obra de Tennyson,
uno de los poetas más representativos de la época victoriana, se caracteriza,
además de por su exquisita perfección formal, por la defensa de los valores
tradicionales, lo que produjo cierta declinación de su fama al iniciarse el
nuevo siglo. Y es que, como dijo el poeta británico: “Yo soy una parte de todo
aquello que he encontrado en mi camino”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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Cortesía de Francisco Arias Solis
Publicado Monday 4 de August de 2008
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