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El Ananga Ranga
La otra obra de singular valor erótico es el Ananga Ranga, de Kalyana Malla.
Ante mí, tengo el libro, una de las tantas reproducciones, que en su cubierta
aclara: “Enciclopedia del amor sexual”.
Escrito especialmente para instruir en los secretos amorosos a una chica de la
casta de los poderosos, dentro de una filosofía del amor místico, resulta su
lectura sumamente instructiva y curiosa.
A pesar de haber cumplido la obra un montón de siglos, muchos de sus
planteamientos tienen una actualidad sorprendente. Por ejemplo: “Los goces
externos” son los procedimientos que han de anteceder siempre al “goce interior”
o coito.
Explica el libro que antes de la penetración, es necesario “ciertos
preliminares, numerosos y variados, tales como los diversos abrazos y besos.
Estas clases de caricias, despiertan los sentidos y ponen el ánimo propicio”.
El texto aclara que son escaramuzas que preparan a los amantes a una grata
diversión erótica.
En Ananga Ranga alerta que “la monotonía de la posesión, a veces arroja al
marido en brazos de mujeres extrañas y a la mujer en los hombres extraños”. Y a
continuación, sentencia: “La monotonía engendra la saciedad y la saciedad el
disgusto del coito”.
Monotonía de la posición
La posición de la mujer acostada de espaldas y el hombre tendido encima de ella,
resulta la más difundida de todas, según encuestas realizadas a numerosas
parejas de diversos países, tanto occidentales como orientales.
En los filmes aparece con reiterada frecuencia. Sin embargo, esa manera habitual
de hacer el amor es una de las posiciones menos favorecedoras para que las
mujeres alcancen el o. Ella queda como atrapada, apenas sin la posibilidad de
movimiento, en ocasiones, incómoda y hasta con asfixia si el amante tiene unos
kilos de más. Esta forma de amar, además, delinea una superioridad masculina:
ella está debajo y él está arriba.
¿Por qué es tan frecuente y recurrida esta posición, amén de ser una de las
favoritas de los hombres? Siglos atrás, cuando los tiempos que la iglesia
católica postulaba el sexo exclusivamente para la reproducción –no para el
placer– era la única pose que tal institución no castigaba como lujuriosa o
pérfida.
Tenía su sentido ya que es la que mejor favorece la fecundación. La “posición
del misionero” como comúnmente se le llama, tiene hoy día, detractores/as y
defensores/as. (continua...)
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