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“Yo me río de todas las cosas
por miedo a verme obligado a llorar.”
Beaumarchais.
LA VOZ DEL CREADOR DE FIGARO
De Beaumarchais puede decirse que es uno de los pocos autores franceses del
siglo XVIII que se leen y releen con gusto, sean los que fueran los defectos que
éste tenga. Dos obras maestras han bastado para mantener constantemente su
gloria y ambas se las debe a España, donde estuvo atendiendo negocios de
carácter muy práctico, al mismo tiempo que resolvía otros que afectaban al honor
de su hermana.
En la vida aventurera de Beaumarchais se mezcla todo, empresas comerciales,
financieras, políticas y literarias, como se confundía lo malo con lo bueno. No
fue verdadero y exclusivo literato; le importó poco que lo que escribía lo
inventara él o lo hallara en predecesores a quienes disfrazaba muy bien para que
no se les reconociera; pero así y todo, muy alegre, muy despreocupado, como
quien juega en sus ratos de ocio, creó unos cuantos tipos que no se olvidan.
Como hombre, el especulador, el millonario, el diplomático, el intrigante, amigo
y secretario de Luis XVI, ha sido juzgado con extrema severidad en su propio
país, y lo menos que de él ha dicho alguien es que su desvergüenza no tiene
límites, aunque acaso valiera él más que su detestable reputación, como a un
barbero de Sevilla le ocurría, aquel barbero en que se supone que se retrató a
sí mismo.
Pierre Augustin Caron de Beaumarchais nace en París el 24 de enero de 1732 y
muere en la capital francesa el 18 de mayo de 1799. Hijo de un relojero, inició
su vida dedicándose a este oficio, que posteriormente abandonó. En 1756 contrae
matrimonio con Madelaine-Catherine Aubertin, viuda Franquet, mayor que él, y
añadió a su nombre el de Beaumarchais, perteneciente a una propiedad de su
esposa, quien murió un año después.
A los treinta años era ya escudero y consejero real. Socio del más importante
banquero de su tiempo París Duverney, sus negocios le llevaron, entre otras
actividades, a proveer a las tropas españolas, traficar con esclavos para las
colonias, construir carreteras y naves, convencer al rey y sus ministros de la
necesidad de apoyar la insurrección estadounidense y editar obras de Voltaire.
Se volvió a casar en 1768 con Geneviéve-Madeleine Wattebled, viuda de Lévêque,
que murió dos años más tarde, dejando una importante fortuna.
En 1786, se casa de nuevo con Marie Thérése de Willer-Mawlas. Realizó misiones
secretas para Luis XV y Luis XVI. Fundador en 1777 de la Sociedad de autores y
compositores dramáticos, obtuvo durante la Revolución francesa el reconocimiento
de los derechos de autor. Fue nombrado miembro provisional de la Comuna de
París. En 1789 los revolucionarios le consideraron sospechoso y le encarcelaron
en la Abadía, aunque pudo escapar del cadalso. Se exilió a Hamburgo y volvió a
Francia en 1796.
Beaumarchais trajo consigo el mejor desarrollo de la idea, ya iniciada por
Diderot, del drama, género monstruoso, como él dice en broma, colocado entre la
tragedia y la comedia, sin ser una cosa ni otra, y dos alegres, célebres
comedias, escritas de un modo muy personal, una de ellas, Le Mariage de Figaro,
de gran trascendencia social. Es uno de los primeros golpes de aquella
revolución política de la que él mismo quiso sacar partido después.
Muy claro había visto Luis XVI cuando al principio se opuso a que la obra se
representara, diciendo: “Este hombre se burla de cuanto hay que respetar en un
gobierno”. Sin embargo, al fin, la familia real transigió con aquella obra
juzgada como subversiva e inmoral, y nada más elocuente que el dato de que, en
una de las representaciones privadas de El barbero de Sevilla, la reina no se
negara a aceptar el papel de Rosina. Beaumarchais había triunfado a fuerza de
habilidad, de paciencia y de intrigas en la corte, la cual impuso su voluntad al
rey.
Su primera comedia, Eugenia (1767), está inspirada en un viaje que hizo a España
para vengar el honor de su hermana, poco años después publicó el drama Los dos
amigos (1770). Sus obras teatrales El barbero de Sevilla (1775) y Las bodas de
Fígaro (1784) gozaron de gran éxito, que se vio acrecentado al inspirar a
Rossini y a Mozart, respectivamente, sendas óperas famosas.
Pasó de la sátira tradicional en El barbero a la sátira social y política de
Fígaro (el lacayo triunfa sobre el amo), anunciando las ideas de la Revolución.
A estas dos obras aún seguiría una tercera parte La madre culpable (1792), cuyo
tono desengañado se corresponde con la situación creada por la Revolución.
Escribió también Memorias (1773-1774), brillante sátira social. Y como dijo el
dramaturgo francés: “No mires nunca de donde vienes, sino a donde vas”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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