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Acabo de llamar al Perú preguntando por la salud de mi cuñado Iván Ganoza
Quevedo, pero el teléfono marca ocupado. Mientras hago tiempo para llamar de
nuevo, diré algo de lo que pienso sobre él.
En lo que llevo de vida, he conocido a varias personas valientes y me siento muy
orgulloso de su amistad. Esta tarde recuerdo a dos, a Lucho Ganoza Ríos y a
Iván, tío y sobrino. Ambos provienen de Trujillo, por supuesto, de donde sale
tanta gente brava.
En los días iniciales de la Segunda Guerra Mundial, Lucho quería ser un héroe,
pero el conflicto bélico estaba al otro lado del planeta. Sin embargo, cuando
los tanques alemanes se desparramaron por toda Europa, varios países invadidos
publicaron avisos en los diarios de América solicitando voluntarios para pelear
contra los nazis. Lucho no dudó un minuto que ésa era su oportunidad y se alistó
bajo las banderas del reino de Bélgica.
Según lo pensaba, todo iba a ser muy rápido. Conocería Inglaterra, recibiría
entrenamiento, combatiría unas semanas, y en ese escaso plazo, contribuiría a la
caída de la bestia y se convertiría en un héroe. Por fin, sería un veterano
antes de cumplir la mayoría de edad… Como sabemos, la guerra duró un poco más.
Durante cuatro peligrosos años, apostado en la cola de un bombardero, Lucho
recorrió Europa muchas veces y conoció Alemania desde las nubes mientras
desafiaba el fuego de tierra y dejaba caer bombas sobre los puntos escogidos.
El famoso Día D, uno de cada diez aviones aliados regresó a Inglaterra. Los más
ingresaron a Normandía a proteger el desembarco, bombardearon a los nazis y
fueron alcanzados por el fuego enemigo. El avión de combate en el que volaba
Lucho regresó dos veces a aprovisionarse, y otras tantas volvió al combate. Tres
veces era demasiado. A las cuatro de la tarde, recibieron órdenes conminantes de
quedarse en Londres.
Por razones de edad, Lucho fue el tío preferido y casi el padre de Iván. No hubo
ninguna guerra para él, pero una oportunidad de otro tipo le llegó. En 1957,
luego de un duro entrenamiento, se hizo campeón de salto alto con garrocha en
Trujillo. De esa competencia pasó a la nacional en Lima. Allí, estaba dispuesto
a romper todas las marcas.
¿Por qué lo hacía? … Porque, además de combatiente, el tío preferido había
llegado a ser campeón bolivariano en esa especialidad, y él quería ser como él.
Lamentablemente, el ómnibus que lo llevaba a la capital sufrió un serio
accidente. Iván sufrió fracturas en el brazo derecho y, por lo tanto, quedó
imposibilitado de correr y saltar.
Eso, sin embargo, no lo detuvo. A los organizadores, les dijo que las vendas
sólo ocultaban magulladuras superficiales, y participó en el evento. Quedó
clasificado como uno de los mejores atletas peruanos de salto alto.
De entonces para acá, la vida le ha dado iguales posibilidades que al resto de
los peruanos para ser un héroe. La difícil lucha por la vida, las periódicas
devaluaciones y caídas bestiales de nuestra economía, incluso algún error
devastador de la SUNAT, no le hicieron mella, o tal vez se la hicieron, pero las
afrontó como un valiente, como un hombre. Un héroe es todo aquel que hace lo que
puede, o un poco más, o sea exactamente un hombre correcto- decía Romain Rolland.
En la vida cotidiana, serlo es afrontar la vida y tomar decisiones cuando ello
se hace necesario. Mi hermana María del Pilar, su esposa, siempre tendrá de Iván
la imagen de un hombre correcto.
Aunque no presentaba síntoma alguno, los médicos especialistas le hicieron saber
el mes pasado que padecía una cardiopatía muy severa y que debía someterse a una
delicada operación
Iván no lo dudó. A un primo que intentaba detenerlo le respondió que lo que hay
que hacer, hay que hacerlo de inmediato. Luego le hizo algunas bromas al
cirujano y se subió a la camilla.
Hace más de diez días fue operado. Del quirófano pasó a la sala de Cuidados
Intensivos, y de allí no ha vuelto aún…
Acabo de llamar otra vez y me responden que, a pesar de tremendas
complicaciones, Iván sigue luchando. Otra vez como su tío Lucho sobre los cielos
de Normandía, Iván es tan sólo un hombre, un hombre solo frente a la naturaleza
y el destino. Será Dios quien al final decida.
Por Eduardo González Viaña
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