Hay temores que la relación se haga dependiente y surjan los celos de parte
del amante con respecto al esposo(a) y esto pueda provocar reacciones
insospechadas y hacer que se descubra la relación. Toda esta gama de temores
lleva a la larga a la pareja a una situación de incomodidad y desgaste,
traducido como pérdida de la tranquilidad.
Otra sensación típica de la infidelidad es la frustración. La frustración del
amante de no poder salir a gritarle al mundo que se ama a tal hombre o tal
mujer. Vale decir, en actos más prosaicos, salir al cine, aun teatro un
restaurante público, de paseo de viaje.
Aunque muchos lo hacen, siempre pende sobre ellos como espada de Damocles la
posibilidad de ser reconocidos y descubiertos por alguien. Esta frustración
lleva a adaptarse a vivir bajo la sombra o reaccionar con hostilidad y procurar
la definición, que el amante espera. La ruptura del vínculo formal con la
pareja.
He tomado nota de un caso de amantes que raya todo lo imaginable. La relación va
a cumplir 30 años. La amante recibe a su amante en su casa y la interacción
amorosa sólo se ha llevado a cabo en ese recinto. Esta pareja nunca tuvo la
oportunidad de estar juntos en un parque, una calle o algún lugar como en veinte
años.
Pareciera que en estas relaciones infieles de larga data hay un acostumbramiento
a un estilo de vida muy particular, cuya característica central es el
renunciamiento a la vida en pareja. Esta renunciación a la vida en pareja parece
ser la miel que encuentran los amantes en su relación y la que los hace
persistir a pesar de tener, casi todo en contra.
En los hechos llegan a comprender un principio de este tipo de relaciones: la
relación de amantes es la relación “perfecta para una pareja. Se encuentran sólo
para ejercer el amor en todos sus niveles: racional, emocional, físico. No hay
que tolerar enfermedades, malhumor, vidas en común, responsabilidades, etc.
Esta, creo, es una de las razones porque el “status infidelis” goza aún de buena
salud.
¿Que motiva a hombres y mujeres a ser infieles?
Obviamente hay una carga del aprendizaje consustancial al desarrollo de la
naturaleza humana. La necesidad de supervivencia de la especie condicionó
naturalmente a los hombres a embarazar a cuanta mujer se le cruzara en el
camino. La mortalidad infantil en esas épocas ha debido ser sencillamente
enorme.
La civilización a través de sus innumerables culturas ha socializado y legislado
la relación de hombres y mujeres. Algunas han sido francamente permisivas y
otras restrictivas. La institucionalización del matrimonio en la tradición
occidental y cristiana con la admonición de la Iglesia le ha dado carácter sacro
al vínculo matrimonial, por tanto la infidelidad es vista como pecaminosa.
En términos más actuales sin embargo, las personas que entran a pisar los
siempre inciertos terrenos de la infidelidad, lo hacen por muy distintas y hasta
contrapuestas razones. Aquí no valen generalizaciones, cada quien tiene su razón
y justificación adecuada.
La mayoría de los hombres infieles son quienes sufren de algún modo y de cierto
grado lo que se ha dado en llamar “donjuanismo”. Sabemos que son personas
adictas a coleccionar, nunca desarrollan afectos profundos y las relaciones son
más que pasajeras. Siempre en busca de lo más difícil y ciertamente una mujer
con pareja tiene para el “donjuan” un valor agregado.
1 | 2 | 3Autor: Luis Echegaray