
Una
vez más Japón hizo las veces de verdugo y propinó costosa derrota a Cuba en un
evento internacional de beisbol, esta vez con el doloroso saldo de la
eliminación del plantel antillano en la segunda ronda del II Clásico Mundial, al
doblegarlo anoche con pizarra de 5 carreras por cero en el estadio Petco Park de
San Diego, California.
El resultado sobrevino por varias razones que ya analizábamos en nuestra
publicación de ayer: en primer lugar, nuestros bateadores fueron silenciados por
la eficacia de pitcheo nipón, que demostró que no se reduce solamente a Daisuke
Matsuzaka y Yu Darvish sino que, en su conjunto, posee un elevado nivel y
maestría deportiva; así se encargaron de patentizarlo Hisashi Iwuakuma y Toshiya
Sugiuchi, los dos serpentineros que articularon sus esfuerzos para colgar nueve
argollas al plantel cubano y limitar su gasto ofensivo a escasos cinco jits, con
seis ponches propinados y solamente una base por bolas.
En segundo lugar, y en contraposición, los lanzadores cubanos no lograron el
hermetismo indispensable en un juego de esas características y fueron víctimas
de las habilidades ofensivas, del bateo de tacto de los japoneses y de su
capacidad para aprovechar todas las oportunidades.
Un total de seis bases por bolas concedieron los serpentineros cubanos y aunque
no todas se tradujeron en carreras, sí facilitaron espacios para el ataque
rival; lo cual contrasta significativamente con el control exhibido por los
asiáticos.
En tercer lugar, se puso en evidencia la capacidad de nuestros adversarios de
sacar dividendos ante la más mínima concesión de nuestra novena; así lo hicieron
para tomar la delantera en el cuarto episodio, por el lamentable error en fildeo
del patrullero central Yoenis Céspedes, que fue causante de las dos primeras
carreras japonesas; las que en todo caso habrían resultado suficientes para
sentenciar el encuentro.
De modo que así, poco a poco, desplegando su juego sereno y calculador los
japoneses fueron capaces de conjurar los peligros que anticipaba la llamada ¨ley
del promedio¨ que, dados los últimos resultados entre ambas novenas y la calidad
probada del equipo cubano, parecía augurar un desquite de los caribeños.
Ora por una causa, ora por la otra, cada brecha que apareció en el desempeño de
nuestro seleccionado se tradujo en el paulatino aumento de la ventaja asiática
hasta convertirla en una pesada losa que sepultó nuestros sueños de victoria.
A pesar de todo, Cuba puso de relieve nuevamente la indiscutida calidad de su
beisbol, a tal punto que no fueron pocos los entendidos que le adjudicaban el
favoritismo para luchar por el título. No hay que olvidar, siquiera por un
minuto, el rigor de esta competición, los escollos del calendario y su peculiar
sistema de muerte súbita, que ya había dejado sin aliento a más de un gigante.
Todas las experiencias anteriores y otras que no enumero en este trabajo (tal el
caso de la adecuación de los line-up) habrán de tomarse en cuenta en lo
adelante, ellas se refieren a aspectos técnicos que resultan absolutamente
perfectibles; por el contrario, nada tenemos que objetar en materia de espíritu
de combate, de vergüenza deportiva, de amor a la bandera, porque en aspectos
volitivos y de conciencia nuestros atletas fueron fieles al legado y al
compromiso que hicieron antes de partir y ahora regresan con toda dignidad como
elevados exponentes del deporte revolucionario cubano.