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Quédate con nosotros

Por Camilo Valverde

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció (Lc 24,13-35).

El Evangelio según San Lucas relata hoy el hermoso pasaje del camino de los discípulos de Emaús, que le ruegan: "Mane nobiscum", al atardecer del mismo día de la resurrección de Jesús. Para la liturgia, la semana de Pascua constituye una perfecta unidad con el día de la resurrección.
La narración parte de Jerusalén y termina en Jerusalén e indica el mismo itinerario recorrido a la inversa. Pero, para Lucas, Jerusalén, más que una ciudad, es el lugar donde están los once y los demás. Jerusalén es el grupo creyente, los dos de Emaús lo han abandonado y retornan a él y comprueban que ya creen en Jesús Resucitado. No son, pues, los dos de Emaús los que hacen suscitan esa fe.

Este dato es importante para captar el sentido del relato: no tiene intención apologética, el demostrar la resurrección de Jesús, sino, catequética, instruir cómo acceder y encontrarse con el Resucitado; intenta ejemplarizar el camino de Emaús, para que sus lectores de todos los tiempos entiendan que Jesús camina junto a ellos en toda su vida, que han de abrir sus ojos y saber descubrirlo siempre a su lado, pues "era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria".

Los destinatarios del relato no son los que rechazan la resurrección de Jesús, sino los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los testigos presenciales. Los dos de Emaús tipifican a los cristianos que no hemos sido testigos directos.

Los caminantes en el episodio están designados simplemente como "dos de ellos". Por el contexto se ve claro que no son dos miembros del Colegio Apostólico; al final del relato se dice que "volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once", pues ya faltaba Judas. Se sabe, que uno de ellos se llamaba Cleofás y ninguno de los Doce tenía ese nombre.

Sin embargo, ellos hablan como parte de un grupo concreto, se refieren a María Magdalena y a las demás mujeres que habían ido al sepulcro de Jesús llamándolas: "Algunas mujeres de las nuestras", y a Pedro, que corrió al sepulcro a verificar la noticia: "Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro...". El pronombre personal "ellos", que equivale al posesivo "los nuestros", indica "los Once y todos los demás" (Lc 24,9).

Es cierto que Jesús había formado, aparte de los Doce, una comunidad más amplia que incluía también mujeres. Cuando convocó a los Doce, el Evangelio dice: "Llamó a sus discípulos y eligió a doce de entre ellos" (Lc 6,13). Y más adelante añade: "Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano: había un gran número de discípulos suyos..." (Lc 6,17). En su vida Jesús hace dos envíos a anunciar el Reino de Dios: el de los Doce (cf. Lc 9,1-2) y el de otros setenta y dos (cf. Lc 10,1).

Evidentemente, pues, Jesús, en el momento de su muerte, había fundado una comunidad de discípulos, hombres y mujeres, asentada sobre la base sólida de los Doce, con la convicción clara de pertenencia y militancia entre los suyos que, después, recibirá el nombre de Iglesia. Se puede afirmar que estos dos de Emaús son del círculo de los más íntimos; demuestran conocer bien todo lo referente a Jesús, incluso lo ocurrido esa misma mañana y se refieren a Pedro familiarmente como "uno de los nuestros". Tal vez son del grupo de los setenta y dos.

Jesús se une a ellos y camina once km hasta Emaús. Van apenados comentando los sucesos de esos días en Jerusalén: "Nosotros esperábamos que sería él quien iba a liberar a Israel". Se alejan de Jerusalén porque ya no esperan que prospere el movimiento creado por Jesús. De ahí, el reproche bastante severo: "¡Oh insensatos y tardos de corazón, para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?". Jesús reprende su incredulidad, tenían que haber creído las profecías y entendido la necesidad de su pasión y muerte; en lugar de fracaso, habían de ver en eso la prueba de que Jesús es el Cristo, porque "era necesario que el Cristo padeciera eso". Jesús les explica: "Empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, lo que había sobre él en todas las Escrituras", sigue con la legislación de Moisés sobre los sacrificios expiatorios, especialmente lo referente al cordero pascual, que se cumplía en él, el "Cord!
ero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29), que es también el sacerdote que lo ofrece (Heb 7,26-28), y que él es el Siervo de Yahvé, que cargó con el pecado de muchos e intercedió por los rebeldes" (Is 53,12).

A la luz de esta explicación que hacía arder su corazón en el camino, cobró su sentido toda su vida. Una vez tomado ese alimento del alma ya no era necesario que Jesús permaneciera a su lado en forma visible, porque permanecía igualmente vivo en su corazón. La Palabra viva del Señor "enciende sus corazones" y da una nueva luz a todo aquello vivido. El episodio de los peregrinos de Emaús aparece como la celebración de la renovación que la resurrección de Jesús opera en aquellos que aceptan tal mensaje. Al final de su larga marcha, los dos discípulos están renovados por completo. Su comprensión de la vida ya es "otra".

Hasta entonces, veían en la muerte el fracaso último de la humanidad. Todos "esperaban" otra cosa. Se movían en otro nivel, muy distinto al de Jesús. Lo habían oído, pero no escuchado; habían visto signos, pero no habían creído. Ahora, "al partir el pan" lo reconocen. Se abren y miran con los ojos de la fe; ahora, ven y oyen, escuchan la Palabra y entienden, re!
conocen y reencuentran a Jesús en el viajero acompañante, ahora vivo y glorioso.

La conversación de Emaús desemboca en una comida. Hay que señalar la unión existente entre estas meditaciones bíblicas y la comida. Se puede pensar que se trata de la primera eucaristía ofrecida por el Sacerdote Resucitado y que fue el Memorial de una realidad cumplida; en tal caso tendríamos ahí el modelo de todas nuestras misas: Palabra y después Fracción del Pan.

"Insensatos y tardos de corazón"; insensatez y tardanza es la ceguera del entendimiento, que no se abre a la necesidad de la Pasión" y a la verdad de la palabra del Evangelio. Con razón dice Jesús a los judíos que se declaraban seguidores de Moisés: "Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí" (Jn 5,46). Y, hoy, sigue clamando: Si creyerais en el Evangelio, creeríais en mí, en Jesucristo, que ofreciéndose a sí mismo", por su obediencia complace a Dios y porque "indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre los malhechores por nuestros pecados y los del pueblo. La vida con sus ilusiones y decepciones, con momentos de búsqueda y de duda, con experiencias dolorosas y de alegría es el camino de Emaús. Ahí está también ese cierto desencanto de la sociedad, la sensación de que algo en lo que se había puesto toda la confianza les ha defraudado. El desánimo de los que caminan hacia Emaús muestra la desconfianza de todos los discípulos.

El Señor se ha hecho compañero de viaje para todos nosotros, y, sin que lo notemos, nos va dando sus explicaciones; hemos de abrir la mente, sentirlo al lado y dejar que esa Palabra llegue, como la buena semilla al barbecho más profundo de nuestro corazón, que la reciba y, por obra del Espíritu Santo, produzca abundantes frutos de salvación. Seremos testigos del Señor ante el mundo entero. Nuestras palabras, respaldadas por el buen ejemplo, darán una buena cosecha. Hemos de pasar haciendo el bien a todos. Sólo entonces la Iglesia de Cristo será digna de crédito.

Somos conscientes de que hay muchas cosas que han creado divisiones entre nosotros; por eso hemos de aprender a unirnos y a amar al Señor cada día con mayor madurez desde el perdón, la comprensión, la justicia y la solidaridad para con nuestro prójimo. Es ahí, en los diversos ambientes de la vida diaria, donde debemos hacer que ardan los corazones, para crear, a impulsos del Espíritu Santo que habita en nosotros, un mundo que camine hacia la plena civilización del amor; sólo así seremos signos creíbles del Reino de Dios eficiente en su fuerza salvadora.

El amor al prójimo abrirá nuestros ojos a sus pobrezas y a sus angustias, a su hambre y desnudez, para trabajar por el justo reparto de los bienes y venga su Reino de justicia y de paz. Sólo entonces la Iglesia, caminante en cercanía de Cristo, traerá, a la humanidad entera, la salvación.
Así podremos contar a los hermanos lo que vivimos en el camino. Quédate con nosotros.

Camilo Valverde
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Por Camilo Valverde
Publicado Wednesday 30 de April de 2008 en la Revista opine sección reflexionar



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