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España debe confluir con América. Es el espacio natural al que hemos de
tender y atender con ahínco y con mimo. Debiera de quedar establecido el
criterio preferente de acogida para todo inmigrante de la América Hispana.
Comprobado que no pertenecen a mafias y a la delincuencia, se les debe facilitar
el status legal sin dilaciones ni entorpecimientos, por afinidad histórica y
arraigo cultural. En consonancia con las embajadas, es más fácil y barato
reclamar un contrato de trabajo y legalizar su estancia antes que devolverlos.
Es necesario suscitar la "Sociedad Iberoamericana de Naciones" con vínculos
estrechos en importantes terrenos de variada índole. Teniendo el español y otras
muchas coincidencias como punto de convergencia, podemos establecer el edificio
hispánico de países en que cada uno tenga su propia planta bajo el mismo techo y
tras la misma puerta. Es un trabajo común de todos y de todas las naciones
hispanas implantado sobre cimientos de concurrencia, en que, soslayando
discordias y allanando escollos, se llegue a cerrar el círculo de la unión e
igualdad sin acordarse ahora de juzgar la historia.
Tenemos el lazo principal, el idioma. La lengua más importante del mundo, con
más de cuatrocientos millones de hablantes y en auge; el Español avanza con
salud pujante en amplias zonas del Planeta por su consideración expresiva,
literaria y cultural. Es la lengua de Berceo, la lengua en que hablaban don
Quijote y Sancho, en que amaba don Juan Tenorio, expresaban sus ansias místicas
San Juan de la Cruz y Santa Teresa y en la que J. Manrique lloró a su padre y
Lorca lanzó su grito lírico por I. Sánchez Mejías; la lengua de Octavio Paz, G.
Márquez, Neruda, Vargas Llosa... El universo hispánico dispone de una antigua y
floreciente civilización. Somos herederos de una rica tradición cultural y
jurídica del mundo clásico y del entorno europeo. Esa concepción legislativa
clásica proporciona una visión del mundo propia que configura enfoques comunes y
perspectivas determinadas ante la problemática actual.
La andadura común, por la vía de la cooperación iberoamericana, no es un
desideratum, es ya una necesidad, una realidad palpable ahora, sin más dilación.
Es, para muchos pensadores, un hecho de enorme potencial humano, económico,
comercial, político y cultural, que es nuestro, nadie nos lo discute ni va a
hacerlo. Es un ámbito común para conformarlo a nuestra idiosincrasia, a la
personalidad hispanohablante, conformación hispánica de leyes, de enseñanza, de
mercado, de negocios, de la informática, del cine, de la radio, de la
televisión, de la música, de las editoriales, etc.
Democracia a nuestra manera, leyes a nuestra manera, enseñanza a nuestra manera,
medicina, comercio y cultura de sabor hispano. Patentes nuestras y copyright
nuestros en un mercado de inmensas posibilidades por el que se mueve un gran
flujo de capital. Así, ordenadores configurados totalmente en español hubieran
facilitado la práctica y el aprendizaje de los usuarios, evitado el calvario de
muchos y r!
eportado pingües cantidades a nuestros fabricantes. Sin duda, la informática
puede ser el lazo conector del espacio común.
Con este espíritu, hay que acoger a los hermanos iberoamericanos que llegan en
busca de trabajo y prosperidad. Son descendientes de aquellos que la Corona
Española proclamó súbditos e incorporó al Imperio. Son hijos de españoles,
retoños del mestizaje, indios vivos de los que pertenecieron a España y fueron y
se sienten hispanos. Mestizos e indígenas que, contra infames leyendas negras,
perduran en sus territorios hablando el español y sus lenguas nativas.
En 1590, Felipe II, por respeto y en favor del indio, dispuso que se
estableciesen cátedras de Lenguas Generales Indias y que no se apremiase a los
indios a dejar su lengua natural. Los misioneros aprendieron sus lenguas y las
defendieron siempre. El resultado es que hoy el Quechua, con cuatro millones de
hablantes, es cooficial en Perú y subsiste en el Sur de Colombia, en el Noroeste
de Argentina, Bolivia y Ecuador; el Guaraní, con dos millones, es cooficial en
Paraguay; el Náhuatl y el Maya en Méjico y el Aymará, en Perú, Bolivia y Norte
de Argentina.
La persistencia y extensión de las "lenguas generales" no sólo se debe a las
instrucciones solícitas, dictadas desde el principio por la Carona, atenta al
beneficio de sus nuevos súbditos y a la política lingüística seguida por la
Iglesia, sino a todo el proceso reverente de la conquista y colonización, salvo
errores caciquiles.
España acogió y aceptó los enlaces mixtos, no desechó al indio, no eliminó una
por una las naciones indias, como hicieron otros que luego cruelmente han
convertido su hazaña de exterminio en epopeya sanguinaria y ridícula
exhibiéndola en sus filmes.
Camilo Valverde Mudarra
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